Conversatorio
entre dos miradas:
Oriental
y occidental.
Quien sigue la “aurea medianía”,
vive por una parte protegido,
libre de los peligros de un techo
inseguro
y por otra con sobriedad,
libre de un palacio por todos
envidiado.
Horacio (Fragmento de la aurea
mediocritas)
Dr. Xavier A. López y de la Peña
Vamos a empezar con
la etimología de estas dos palabras:
Oriente tiene su origen en el latín oriens,
que significa nacer o aparecer. El término se refiere al punto cardinal de
donde “nace el sol”; en tanto que el termino Occidente depende de la
raíz “kad- (cas, cis) que marca la idea de caída (cadere, caer), “occidens”
siendo el participio de presente de “occidere” (caer al suelo, perecer,
ponerse). La locución occidente sole se refiere entonces, al punto
cardinal en donde “se pone el sol”.
Vaya
pues, son términos que indican algo sustantivamente opuesto. ¿Habrá entonces
alguna repercusión no sólo etimológica sino ideológica entre las culturas
desarrolladas entre las civilizaciones originadas en ellas? La respuesta es:
¡Sí!
Para dar cuenta de ello imaginemos entonces una
conversación sostenida entre algunos reconocidos ideólogos representantes de
cultura de las llamadas generalmente como oriental y occidental, hablando
de su experiencia humana en algunas corrientes más representativas de cada
tradición. Básicamente, sobre entendemos que la visión de ellos sobre el mundo
es, en una sola palabra: antropocéntrica para el pensamiento occidental
y holística en la oriental.
En este conversatorio participan ideólogos
occidentales y orientales discutiendo algunas de sus ideas, y son: El filósofo,
poeta, compositor musical y filólogo alemán Friedrich Wilhelm Nietzsche (1844
-1900), el filósofo chino Confucio (551 a. C.- 479 a. C.), el filósofo francés Jean-Paul
Charles Aymard Sartre (1905- 1980), el filósofo chino Lao Tsé (siglo IV a.C.),
el filósofo y economista alemán Karl Marx (1818- 1883) y el asceta y meditador hindú
Buda Gautama, (563 a. C. - 483 a. C).
Ya todos animosos, sentados
alrededor de una mesa y disfrutando de una taza de té o café (gustos, desde ya,
también diferentes), inician cordialmente su intercambio ideológico.
Buena
tarde a todos y bienvenidos a la mesa -inicia Nietzche-, el crítico radical de
la moral tradicional, especialmente a la cristiana que considera opresiva y
degenerativa para la humanidad, diciendo: quisiera poner sobre la mesa mis
ideas de libertad diciéndoles que sostengo que el ser humano debe trascender las
estructuras morales impuestas por la religión y la sociedad que se sustentan en
la sumisión y la humildad, como constituyentes inobjetables de una manera de opresión.
Para ello, propongo que el ser humano se convierta en una persona creadora de
sus propios valores viviendo más allá de las normas convencionales. Esto es,
que sea capaz de convertirse en un Übermensch (superhombre) superándose
a sí mismo y a su naturaleza.
Confucio,
representante a su vez de una visión filosófica profundamente social, le
responde: Entiendo tu incomodidad hacia una moral impuesta Friedrich, sin
embargo, debes considerar que el equilibrio y bienestar social que todos
deseamos se sustenta mediante el respeto mutuo, la actitud responsable y el
cultivo de la virtud tanto dentro de la familia como en la sociedad. Más allá
de un liberalismo individual se debe considerar que el logro de la armonía en
la comunidad se obtiene desarrollando benevolencia (ren), la propiedad (li)
y el respeto filial (xiaoshuo) necesarios a través de las relaciones
interpersonales y respetando el orden establecido.
Nietzsche
le responde: Tu propuesta basada así en el respeto a las jerarquías sociales y
familiares se convierte entonces -pienso yo-, en una limitación a la autonomía
del individuo, haciéndole parte de un mundo en el que se le incapacita para
desafiar y reinventar, en su caso, la realidad. Cuando la verdadera libertad
radica en superar las estructuras existentes y en crear nuevas formas de ser.
Bueno,
replica Confucio, entiendo tu argumento, pero la verdadera libertad considero
que no es la liberación total del individuo de las estructuras sociales, sino
la capacidad del ser humano para vivir de manera virtuosa dentro de un marco de
relaciones interpersonales. En la vida diaria, la libertad debe estar alineada
con la responsabilidad hacia los demás. El bienestar de la sociedad depende de
cómo los individuos se comportan en su entorno y en sus relaciones.
Jean
Paul Sartre, acorde con su filosofía existencialista toma luego la palabra
diciendo que está de acuerdo con lo dicho por Nietzsche en el sentido de que el
ser humano es esencialmente libre y que la libertad es el núcleo de la
existencia humana. Por lo tanto, el hombre está condenado a ser libre, es
decir, a tomar decisiones sin un destino predeterminado o un propósito
trascendental y la angustia que puede acompañar a esta libertad forma parte de
nuestra condición humana.
Lao
Tse, toma ahora la palabra y señala que, a diferencia de lo dicho por Sartre,
mi visión sustentada en el taoísmo ve la libertad no como una imposición del
individuo sobre el mundo, sino como un fluir personal con el Tao (camino),
el principio que subyace a todo en el universo. Así, el sabio actúa sin forzar
nada, sin buscar resultados. El wu wei (acción sin esfuerzo) nos enseña
que debemos actuar de manera natural, sin resistirnos al curso natural de las
cosas. La verdadera libertad es la que se encuentra en la simplicidad y en la
aceptación del flujo de la vida.
Sartre
le responde: Lo que dices parece contrario a mi noción de libertad radical.
Para mí, la libertad es algo activo, algo que debemos ganar a través de
nuestras decisiones. No podemos simplemente conformarnos con aceptar el flujo
de la vida, pues eso sería abandonar nuestra responsabilidad y nuestra
capacidad de definirnos.
Lao
Tse, seguidor de una libertad que surge también de la aceptación del Tao, el
principio cósmico y natural que gobierna el universo, nuevamente le contesta: la
armonía con el Tao lleva a una vida de simplicidad y calma interior, y dice
enfáticamente: La libertad no es algo que se "gane" Sartre, sino algo
que se "deja ir". El sabio no busca controlar la vida, sino que se
convierte en uno con ella. Al actuar sin esfuerzo, no se impone sobre el mundo
ni se lucha contra él. Esta es una libertad que surge del desapego, no de la
lucha constante.
Tranquilos
y calma, apunta luego Marx: Para mí, la libertad no se puede entender fuera de considerar
las condiciones materiales. La verdadera libertad solo puede alcanzarse cuando
las estructuras económicas y sociales que oprimen al individuo sean
transformadas. Ejemplarmente la alienación que experimentan los trabajadores
bajo el capitalismo limita su libertad real. Solo en una sociedad sin clases,
en la que los medios de producción estén en manos del pueblo y para el pueblo,
el individuo podrá experimentar una libertad genuina.
Buda
tercia a su vez y le dice a Marx que la libertad, no solo es una cuestión
externa de las estructuras materiales, sino también atañen al fuero interno. La
causa del sufrimiento humano (dukkha) radica en el deseo y el apego, que
nos mantienen atrapados en el ciclo del sufrimiento (samsara). La
verdadera liberación se encuentra en la superación del deseo, en el desapego, y
en alcanzar el nirvana, un estado de paz interior y liberación de las
ataduras del ego.
Marx
replica a Buda y le dice que, aunque tu camino hacia la liberación es válido a
nivel personal, no puedes ignorar las condiciones materiales que subyugan a las
personas. Creo que la superación del sufrimiento, tal como la planteas, es
importante, pero también lo es la lucha contra las condiciones materiales que
perpetúan la desigualdad. No podemos ignorar la necesidad de cambiar las
estructuras socioeconómicas derivándolas en un equilibrio de clases. De lo
contrario, el individuo podría -aunque tácitamente lo dudo-, lograr paz
interior, sino que continuará viviendo bajo las mismas condiciones clasistas explotadoras
y opresivas.
Vamos,
dice Buda: El cambio exterior es importante, pero el verdadero cambio debe
comenzar dentro de uno mismo. Mientras que la mente esté atada al deseo y al
ego, y sin importar cuán libre pueda ser la sociedad, el individuo continuará
siendo esclavo de su propia mente. Solo a través de la práctica de la
meditación, el desapego y la compasión podemos encontrar la verdadera libertad.
Así
es, como demuestra este supuesto coloquio entre pensadores, que existen
tensiones inherentes entre las visiones orientales y occidentales; los
occidentales en asuntos de libertad, sufrimiento y rol personal.
Nietzsche,
Sartre y Marx, tienden a enfatizar la importancia de la libertad individual
radical o auto afirmación, la auto transformación y las luchas sociales, en
tanto que los pensadores orientales como Confucio, Lao Tse y Buda, subrayan la
importancia de la armonía social, el desapego y la comprensión profunda del
sufrimiento, la responsabilidad social y la transformación interna como camino
hacia la liberación.
Es
así que la mirada occidental considera la libertad como un proyecto
individualista de auto determinación, en tanto que el oriente la percibe como
una armonía con la naturaleza y la liberación interior. Es, -otra vez-, en una palabra,
para la visión occidental el vivir para “tener”, en tanto que, para la oriental
es para el “ser”.
Sin
embargo, reconozcamos que ambas visiones ofrecen deseables caminos hacia la
autocomprensión y la libertad, pero desde ángulos filosóficos opuestos.
Dependerá
que entre ambas miradas fluyan la tolerancia, respeto, justicia y equidad para
vivir la vida en armonía, ya estemos dentro de una cultura oriental u
occidental. Tal vez, imitando la doctrina de la medianía o Zhongyong, que
en la filosofía política china indica que en todas las actividades hay que conducirse
con moderación y caminar con cautela y sobriedad.