martes, 1 de abril de 2025

Conversatorio entre dos miradas.

 

Conversatorio entre dos miradas:
Oriental y occidental.


Quien sigue la “aurea medianía”,
 vive por una parte protegido,
libre de los peligros de un techo inseguro
 y por otra con sobriedad,
libre de un palacio por todos envidiado.
 
Horacio (Fragmento de la aurea mediocritas)


Dr. Xavier A. López y de la Peña


Vamos a empezar con la etimología de estas dos palabras:   
Oriente tiene su origen en el latín oriens, que significa nacer o aparecer. El término se refiere al punto cardinal de donde “nace el sol”; en tanto que el termino Occidente depende de la raíz “kad- (cas, cis) que marca la idea de caída (cadere, caer), “occidens” siendo el participio de presente de “occidere” (caer al suelo, perecer, ponerse). La locución occidente sole se refiere entonces, al punto cardinal en donde “se pone el sol”.
Vaya pues, son términos que indican algo sustantivamente opuesto. ¿Habrá entonces alguna repercusión no sólo etimológica sino ideológica entre las culturas desarrolladas entre las civilizaciones originadas en ellas? La respuesta es: ¡Sí!
            Para dar cuenta de ello imaginemos entonces una conversación sostenida entre algunos reconocidos ideólogos representantes de cultura de las llamadas generalmente como oriental y occidental, hablando de su experiencia humana en algunas corrientes más representativas de cada tradición. Básicamente, sobre entendemos que la visión de ellos sobre el mundo es, en una sola palabra: antropocéntrica para el pensamiento occidental y holística en la oriental.
            En este conversatorio participan ideólogos occidentales y orientales discutiendo algunas de sus ideas, y son: El filósofo, poeta, compositor musical y filólogo alemán Friedrich Wilhelm Nietzsche (1844 -1900), el filósofo chino Confucio (551 a. C.- 479 a. C.), el filósofo francés Jean-Paul Charles Aymard Sartre (1905- 1980), el filósofo chino Lao Tsé (siglo IV a.C.), el filósofo y economista alemán Karl Marx (1818- 1883) y el asceta y meditador hindú Buda Gautama, (563 a. C. ​- 483 a. C).

            Ya todos animosos, sentados alrededor de una mesa y disfrutando de una taza de té o café (gustos, desde ya, también diferentes), inician cordialmente su intercambio ideológico.

Buena tarde a todos y bienvenidos a la mesa -inicia Nietzche-, el crítico radical de la moral tradicional, especialmente a la cristiana que considera opresiva y degenerativa para la humanidad, diciendo: quisiera poner sobre la mesa mis ideas de libertad diciéndoles que sostengo que el ser humano debe trascender las estructuras morales impuestas por la religión y la sociedad que se sustentan en la sumisión y la humildad, como constituyentes inobjetables de una manera de opresión. Para ello, propongo que el ser humano se convierta en una persona creadora de sus propios valores viviendo más allá de las normas convencionales. Esto es, que sea capaz de convertirse en un Übermensch (superhombre) superándose a sí mismo y a su naturaleza.

 

Confucio, representante a su vez de una visión filosófica profundamente social, le responde: Entiendo tu incomodidad hacia una moral impuesta Friedrich, sin embargo, debes considerar que el equilibrio y bienestar social que todos deseamos se sustenta mediante el respeto mutuo, la actitud responsable y el cultivo de la virtud tanto dentro de la familia como en la sociedad. Más allá de un liberalismo individual se debe considerar que el logro de la armonía en la comunidad se obtiene desarrollando benevolencia (ren), la propiedad (li) y el respeto filial (xiaoshuo) necesarios a través de las relaciones interpersonales y respetando el orden establecido.

 

Nietzsche le responde: Tu propuesta basada así en el respeto a las jerarquías sociales y familiares se convierte entonces -pienso yo-, en una limitación a la autonomía del individuo, haciéndole parte de un mundo en el que se le incapacita para desafiar y reinventar, en su caso, la realidad. Cuando la verdadera libertad radica en superar las estructuras existentes y en crear nuevas formas de ser.

           

Bueno, replica Confucio, entiendo tu argumento, pero la verdadera libertad considero que no es la liberación total del individuo de las estructuras sociales, sino la capacidad del ser humano para vivir de manera virtuosa dentro de un marco de relaciones interpersonales. En la vida diaria, la libertad debe estar alineada con la responsabilidad hacia los demás. El bienestar de la sociedad depende de cómo los individuos se comportan en su entorno y en sus relaciones.

 

Jean Paul Sartre, acorde con su filosofía existencialista toma luego la palabra diciendo que está de acuerdo con lo dicho por Nietzsche en el sentido de que el ser humano es esencialmente libre y que la libertad es el núcleo de la existencia humana. Por lo tanto, el hombre está condenado a ser libre, es decir, a tomar decisiones sin un destino predeterminado o un propósito trascendental y la angustia que puede acompañar a esta libertad forma parte de nuestra condición humana.

 

Lao Tse, toma ahora la palabra y señala que, a diferencia de lo dicho por Sartre, mi visión sustentada en el taoísmo ve la libertad no como una imposición del individuo sobre el mundo, sino como un fluir personal con el Tao (camino), el principio que subyace a todo en el universo. Así, el sabio actúa sin forzar nada, sin buscar resultados. El wu wei (acción sin esfuerzo) nos enseña que debemos actuar de manera natural, sin resistirnos al curso natural de las cosas. La verdadera libertad es la que se encuentra en la simplicidad y en la aceptación del flujo de la vida.

 

Sartre le responde: Lo que dices parece contrario a mi noción de libertad radical. Para mí, la libertad es algo activo, algo que debemos ganar a través de nuestras decisiones. No podemos simplemente conformarnos con aceptar el flujo de la vida, pues eso sería abandonar nuestra responsabilidad y nuestra capacidad de definirnos.

 

Lao Tse, seguidor de una libertad que surge también de la aceptación del Tao, el principio cósmico y natural que gobierna el universo, nuevamente le contesta: la armonía con el Tao lleva a una vida de simplicidad y calma interior, y dice enfáticamente: La libertad no es algo que se "gane" Sartre, sino algo que se "deja ir". El sabio no busca controlar la vida, sino que se convierte en uno con ella. Al actuar sin esfuerzo, no se impone sobre el mundo ni se lucha contra él. Esta es una libertad que surge del desapego, no de la lucha constante.

 

Tranquilos y calma, apunta luego Marx: Para mí, la libertad no se puede entender fuera de considerar las condiciones materiales. La verdadera libertad solo puede alcanzarse cuando las estructuras económicas y sociales que oprimen al individuo sean transformadas. Ejemplarmente la alienación que experimentan los trabajadores bajo el capitalismo limita su libertad real. Solo en una sociedad sin clases, en la que los medios de producción estén en manos del pueblo y para el pueblo, el individuo podrá experimentar una libertad genuina.

 

Buda tercia a su vez y le dice a Marx que la libertad, no solo es una cuestión externa de las estructuras materiales, sino también atañen al fuero interno. La causa del sufrimiento humano (dukkha) radica en el deseo y el apego, que nos mantienen atrapados en el ciclo del sufrimiento (samsara). La verdadera liberación se encuentra en la superación del deseo, en el desapego, y en alcanzar el nirvana, un estado de paz interior y liberación de las ataduras del ego.

 

Marx replica a Buda y le dice que, aunque tu camino hacia la liberación es válido a nivel personal, no puedes ignorar las condiciones materiales que subyugan a las personas. Creo que la superación del sufrimiento, tal como la planteas, es importante, pero también lo es la lucha contra las condiciones materiales que perpetúan la desigualdad. No podemos ignorar la necesidad de cambiar las estructuras socioeconómicas derivándolas en un equilibrio de clases. De lo contrario, el individuo podría -aunque tácitamente lo dudo-, lograr paz interior, sino que continuará viviendo bajo las mismas condiciones clasistas explotadoras y opresivas.

 

Vamos, dice Buda: El cambio exterior es importante, pero el verdadero cambio debe comenzar dentro de uno mismo. Mientras que la mente esté atada al deseo y al ego, y sin importar cuán libre pueda ser la sociedad, el individuo continuará siendo esclavo de su propia mente. Solo a través de la práctica de la meditación, el desapego y la compasión podemos encontrar la verdadera libertad.

 

Así es, como demuestra este supuesto coloquio entre pensadores, que existen tensiones inherentes entre las visiones orientales y occidentales; los occidentales en asuntos de libertad, sufrimiento y rol personal.
Nietzsche, Sartre y Marx, tienden a enfatizar la importancia de la libertad individual radical o auto afirmación, la auto transformación y las luchas sociales, en tanto que los pensadores orientales como Confucio, Lao Tse y Buda, subrayan la importancia de la armonía social, el desapego y la comprensión profunda del sufrimiento, la responsabilidad social y la transformación interna como camino hacia la liberación.
Es así que la mirada occidental considera la libertad como un proyecto individualista de auto determinación, en tanto que el oriente la percibe como una armonía con la naturaleza y la liberación interior. Es, -otra vez-, en una palabra, para la visión occidental el vivir para “tener”, en tanto que, para la oriental es para el “ser”.
Sin embargo, reconozcamos que ambas visiones ofrecen deseables caminos hacia la autocomprensión y la libertad, pero desde ángulos filosóficos opuestos.
Dependerá que entre ambas miradas fluyan la tolerancia, respeto, justicia y equidad para vivir la vida en armonía, ya estemos dentro de una cultura oriental u occidental. Tal vez, imitando la doctrina de la medianía o Zhongyong, que en la filosofía política china indica que en todas las actividades hay que conducirse con moderación y caminar con cautela y sobriedad. 

Lo que las ideologías dividen al hombre…
El amor con sus hilos los une en su nombre.
 
Ricardo Arjona