sábado, 1 de agosto de 2026

Soy yo o ¿somos?

 

Soy yo o ¿somos?
La indispensable compañía.

Dr. Xavier A. López y de la Peña

 


Me referiré a la indispensable compañía de otra y otras personas, no a la de los llamados “sintientes” no humanos como a los perros, gatos, loros, micos, pájaros, iguanas, ajolotes,
arañas, etc., que algunas personas consideran como “indispensables” y a las que, además, los llevan a acomodarles (hablaré sólo de perros) en mansiones de lujo como ocurre en EUA, hechas a medida y con tecnología climática, acabados de diseñador y sistemas de iluminación. Hay de estas casas en venta a precios que pueden superar los $30,000 y alcanzar hasta los $200,000 o $300,000 dólares como: Rockstar Puppy Boutique, Dogominium o Luxury Dog House en Etsy. Bodas de perros que incluyen desde ceremonias simbólicas hasta su inclusión legal como “testigos” en 29 estados (Nueva York, Florida, Texas, California, etc.), además de bodas reales entre mascotas a través de servicios especializados de pet planners y plataformas dedicadas a la papelería y anuncios del evento: Tailored Wedding Day Pet Care y FairyTail Pet Care. En Etsy puedes encontrar carteles y letreros como "My Humans Are Getting Married", Spa, Doga (Yoga para perros) y alta costura con marcas como Gucci, Prada y Louis Vuitton que venden impermeables o chubasqueros.
Todo ello derivado como una forma de sustitución de la paternidad azuzada por la incertidumbre laboral y económica, el alto costo de la vivienda y otras que lleva a posponer la tenencia o sustituir la crianza de hijos por el cuidado de un animal a menor costo y compromiso, a una gratificación inmediata con su compañía y hasta llegar a considerarles como miembros de la “familia”. Esto no es intrínsecamente malo; es sólo el reflejo de una inmensa necesidad de dar y recibir compañía en un mundo donde los vínculos humanos se han vuelto fútiles, frágiles o difíciles de sostener.
            ¡No, por supuesto!
            Me referiré al “nosotros”, a todos los humanos que para poder vivir necesitamos, obligadamente la compañía del “otro”.
No somos como algunos otros seres vivientes que no necesitan relacionarse con otros de su especie para vivir, como las lagartijas cola de látigo (Aspidoscelis uniparens) que se reproducen por partenogénesis, ni gecos llorones (Lepidodactylus lugubris) que se reproducen sin intervención masculina.

Nosotros somos seres relacionales o, como nos etiquetó Aristóteles: un zoon politikon (animal político) que vive en compañía.

Su etimología habla por sí misma ya que esta palabra proviene del latín vulgar compania, formada por el prefijo com- (junto o reunido) y panis (pan) que literalmente significa "el que come el pan contigo" o "compartir el pan".
            Somos y estamos en el mundo no solo cercanos unos con otros físicamente, sino como un escucha e intérprete que intercambia símbolos con el otro y donde nos reconocemos como somos y estamos en mundo. Así nos conocemos y descubrimos tras el encuentro con otros.
            No podemos estar solos. El rechazo (aberrante o aversivo) a la compañía con otros se llama sutilmente como anhedonia social y en los casos graves antropofobia.1
Queda fuera de este problema el de ser simplemente tímido para interactuar, para mostrarse como una verdadera desconexión y malestar severo ante la presencia de otra persona. Esta desconexión se expresa con la falta de motivación para ello, por la incapacidad de sentir gusto en el convivir, en evitar conscientemente la interacción y recluirnos o aislarnos, o ser indiferentes emocionalmente ante el afecto de los demás.
            Difícilmente estamos aislados. Incluso en la soledad el recuerdo y la memoria del otro queda y vive en nosotros como una voz interior, como un lenguaje heredado o nostalgia.
Cuando estamos con otra persona con la que compartimos ideas, proyectos, experiencias, tristezas o alegrías no solo transmitimos y recibimos información, sino que reorganizamos e interpretamos significados.2 Con frecuencia comprendemos mejor lo que sentimos después de hablarlo. Vivimos en un mundo de interacción e interpretación continua donde nuestro conocimiento está tejido de significados colectivos.
Con la compañía del otro nos “humanizamos” ya que hacemos consciencia de nuestras vulnerabilidades. En ella nuestra relación va más allá de la simple transmisión de información ya que se embebe de familia, amor, amistad y comunidad que simbolizan nuestra estructura del mundo y nuestra propia cultura.
Con la compañía podremos entender el dolor o la alegría del otro que nos nace de compartir la misma naturaleza biológica y mortal; nos ayuda a luchar con la frustración el desacuerdo y el perdón, ayudándonos a madurar emocionalmente y nos unimos al reconocernos nuestra vulnerabilidad, el miedo a la soledad y la necesidad genuina del uno con el otro. Dicho de manera sencilla: La falta de compañía silencia nuestra existencia y ensordece el vivir ya que ella se construye dialógicamente.
También debemos reconocer que la compañía o las compañías pueden ser buenas o malas. Las hay buenas como la del amigo que nos escucha sin premura, el amor de la pareja que nos abraza e impulsa y nos sostiene en la fatiga, o la comunidad que nos acompaña en los festejos o el duelo representando en ello un verdadero refugio; o malas, como con aquella persona que nos incomoda -quizá por nuestros prejuicios-, reta y amenaza, o la que nos obliga a desplazarnos fuera de nuestro entorno habitual y otras. Ambas forman nuestra ineludible compañía ya que sin refugio no hay solaz y sin desafío no hay evolución ni crecimiento.
Sin embargo, también a veces es necesario “algo” de soledad ya que la mucha compañía puede diluir nuestra propia individualidad. No faltará el tiempo en que necesitemos estar solos para interpretar nuestra propia existencia lejos del ruido constante que nos dan las expectativas ajenas. Eso sí, experimentando la soledad como un silencio de reflexión e introspección y no como un abandono mundano.
Así también nos juntamos y separamos a través de ciclos dinámicos que transforman nuestra cercanía física, emocional y social en el curso de nuestra vida. Nos atenemos a una sincronía biológica regulando nuestro ritmo cardíaco y sistema nervioso al estar cerca de otros de forma presencial. Rompemos la distancia física mediante la interacción constante en las redes sociales; construimos puentes temporales al recordar experiencias vividas con personas que ya no están y nos unimos en ceremonias, ritos, duelos y tradiciones que fortalecen nuestro sentido de pertenencia grupal.
Nos separamos también de forma natural cuando cambian nuestros intereses o metas. Experimentamos una “soledad conectada” -en los tiempos modernos-, cuando interactuamos digitalmente con otros o un “aislamiento emocional” al enfrentar la desaparición física o el fallecimiento de seres queridos como un desacompañamiento inevitable y, en el individualismo que vivimos, solemos con frecuencia priorizar la autonomía personal y la independencia sobre los compromisos comunitarios a largo plazo.
Nuestra relación con las máquinas (como medio de acompañamiento) nos lleva a crear con ellas un vínculo tecnológico por su disponibilidad inmediata, que no se cansa, no se aburre ni abandona por sí la interacción (no conversación) y cuyos algoritmos le programan para complacernos y agradarnos imitando un lenguaje afectivo mediante patrones y datos, pero sin experimentar emoción alguna. Están además bajo nuestro total control: cuándo iniciar, terminar o cambiar sin que ello lleve a consecuencia alguna. De esta manera. la máquina puede aliviar el aislamiento inmediato y ayudar a resolver tareas, pero carece -y esto es esencial-, de la capacidad de compartir el "pan" (retomando su raíz etimológica) en un sentido de destino común.
La compañía humana puede ser algunas veces, imperfecta y difícil, pero es la única capaz de validar nuestra existencia de manera real.
            Para abundar este asunto de la indispensable compañía, nos referiremos ahora sobre el Fenómeno Hikikomori, término japonés (引きこもり o ひきこもり) compuesto por los verbos hiku (引く, “tirar, atraer, retirarse”) y komoru (籠る, “encerrarse, permanecer dentro”)3 acuñado en la década de 1990 referido a un aislamiento social severo y voluntario entre las personas que lo padecen y deciden aislarse por completo de la sociedad, la escuela o el trabajo, recluyéndose en sus habitaciones durante meses o incluso años.
Este fenómeno en medicina es considerado como un trastorno de «aislamiento social agudo» o «Trastorno de ansiedad social» (fobia social) según el DSM-5.4 En Japón se estima que actualmente hay 1.5 millones de personas bajo esta condición.
El Fenómeno Hikikomori podría considerarse en nuestros tiempos como un equivalente a un Harakiri social existencial.
Para terminar:
La indispensable compañía humana posee una dimensión mucho más profunda que la de una simple convivencia práctica. No basta con coexistir; es necesario habitar auténticamente la presencia del otro. La verdadera compañía no consiste solo en estar cerca, sino en interactuar y participar mutuamente en la interpretación, comprensión y construcción de significados entre las personas.
Tal vez por ello el ser humano busca incesantemente interacción en la conversación, amistad y comunidad: porque en la presencia del otro encuentra una confirmación de su propia existencia y un sentido compartido frente al misterio del vivir. La compañía del otro es, en definitiva, la condición misma de nuestra humanidad como ya lo apuntara hace siglos “El Estagirita”.


1 . Puig Llobet, M., Sabater Mateu, P., & Rodríguez Ávila, N. Necesidades humanas: evolución del concepto según la perspectiva social. Aposta. Revista de Ciencias Sociales, 2012 (54), 1-12.
2 . Anika Kottaram. The Essential Role of social connectedness in human life. https://www.ijnrd.org/papers/IJNRD2405716.pdf
3. https://es.wikipedia.org/wiki/Hikikomori
4 . Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fifth Edition (DSM-5) —en español.

miércoles, 1 de julio de 2026

Homo destrudo.

 

La pulsión del destrudo en eventos actuales:

Guerra y Futbol. 

Un equipo de once personas vistiendo los colores nacionales se convierte en la iglesia visible de la patria, transformando un juego en una guerra santa dominical.

Eric John Ernest Hobsbawm

Dr. Xavier A. López y de la Peña



Somos considerados como seres pensantes y sapientes (Homo sapiens) por nuestra capacidad de razonar; sin embargo, nuestra especie tiene la capacidad única de destruir su entorno y a sí misma.
En tanto que otros seres matan por necesidad biológica de supervivencia nosotros desarrollamos

una pulsión destructiva que ha desembocado en una crisis ecosistémica mundial. Somos así mismo entonces, un Homo destrudo. Término del psicoanálisis introducido en 1935 por el psicoanalista Edoardo Weiss para describir nuestra energía psíquica ligada al instinto de muerte o Tánatos que es la contraparte oscura de la libido y que representa nuestra pulsión de agresión, dominio y autodestrucción.1
En la actualidad vivimos inmersos en situaciones varias ligadas estrechamente a esta pulsión bajo un fuerte componente religioso:
¿Cuáles son esos determinantes religiosos comunes? 
En religión lo sagrado es como su núcleo, separado de lo cotidiano, considerado puro o prohibido; los objetos, imágenes, gestos o expresiones; los mitos; los rituales, la doctrina, vestimenta, la comunidad y la experiencia mística le componen.
            Bien.
En el tema de la guerra sabemos que existen actualmente entre 59 y 65 conflictos armados activos basados en Estados (guerras directas o guerras civiles), repartidos en aproximadamente 35 a 40 países directamente afectados en su territorio, afectando a más de 612 millones de personas (específicamente mujeres y niñas). Sobresaliendo el conflicto Ucrania y Rusia, Medio Oriente (Eje Israel-Gaza-Irán-Líbano), Sudán, Myanmar (Birmania) y Zonas de insurgencia continua e países como Siria, Yemen, Somalia, Nigeria y la República Democrática del Congo. Estas guerras han dejado entre 244,000 y 255,000 muertes anuales directas en combate, en cuanto a las personas lesionadas, heridas o mutiladas, se estima que la cifra supera los 2.5 millones de personas, a lo que se suma un colapso sanitario que multiplica las víctimas indirectas por enfermedades y desnutrición.
            La guerra ha sido constante entre los humanos debido a varias causas: Por la competencia por recursos como mecanismo de supervivencia; por la división que hacemos del mundo entre el "nosotros" y "ellos"; por el deseo de poder, honor y dominación social; por la distribución desigual de la riqueza entre naciones ricas y pobres; cuando un país aumenta sus armas para defenderse, hace que sus vecinos se sienten amenazados y se armen también; cuando se inician guerras para el propio beneficio político o financiero; cuando ocurre un choque entre creencias o ideologías religiosas o políticas que llevan a justificar la deshumanización del “otro” (enemigo) y como consecuencia de la narrativa histórica que inyecta el deseo de vengarse ahora por los pasados agravios.
            En el tema del futbol (Copa Mundial) organizada por Canadá, México y Estados Unidos participan 48 países que suman una población total combinada de aproximadamente 2,300 millones de habitantes. Esta cifra representa cerca del 27.7% de la población mundial actual. En las predicciones por computadora (Opta) se señalan como favoritos (en este orden) a ganarla: Francia, España, Inglaterra, Argentina, Brasil y Portugal.
El móvil antropológico y social del deporte competitivo (futbol en este caso concreto) es el de ser un sustituto pacífico de la guerra que funciona como una catarsis colectiva en donde el enfrentamiento entre grupos, comunidades, ciudades o naciones ocurre sin la destrucción real de la guerra. Conmina a pertenecer a un "grupo" reuniendo a miles de personas bajo los mismos colores, símbolos y cantos en donde el jugador compite para alcanzar la gloria, el reconocimiento público, trofeos, récords, etc. Actuar en el escenario donde gana quien demuestra mayor destreza, disciplina y esfuerzo en condiciones idénticas. Todo ello impulsado por la industria del deporte enfocada en capturar la atención de las masas para generar ingresos a través de derechos televisivos, patrocinios y publicidad.
Veamos ahora cuáles son los lazos que comparten:
En el futbol el objetivo que se tiene es la victoria en el marcador, vencer al rival en el torneo y la conquista del galardón en el terreno de juego donde el rendimiento físico atlético de élite sustituye la letalidad de las fuerzas de combate. En tanto que en la guerra se estimula el patriotismo extremo como forma de identificación grupal y nacionalista, la propaganda, los himnos, las banderas y la narrativa del "nosotros contra ellos" para unificar a la población civil frente a una amenaza; en tanto que en el futbol los estadios son campos de batalla simbólicos. Las selecciones nacionales visten los colores de su bandera, se cantan los himnos nacionales antes del combate deportivo y la afición se moviliza bajo una identidad colectiva -a veces-, destructiva y feroz.
En la guerra se planea la ofensiva en mapas, se exploran las debilidades del enemigo, se despliegan líneas de defensa y utilizan la inteligencia militar para sorprender y acorralar al contrincante, en tanto que, en el futbol, el cuerpo técnico diseña las tácticas en una pizarra y se habla en términos militares también como el “atacar por los flancos”, “replegar a las defensas”, “atacar y contra atacar”, usar estrategias defensivas y ofensivas y todo ello para acertar al gol venciendo al guardameta.
La guerra se rige por códigos militares y el Derecho Internacional Humanitario (Convenios de Ginebra) para evitar la barbarie total, castigando los crímenes de guerra; en tanto que el futbol se rige por el deseo de un Fair Play o el juego limpio y el reglamento de la FIFA castigando con tarjetas (amarillas o rojas) a los jugadores que cometan agresiones ilegales o violencia física.
La guerra es un motor económico industrial (producción de armamento) y una herramienta geopolítica destructiva para alterar el equilibrio de poder mundial, en tanto que en el futbol el motor es comercial masivo (derechos de televisión, patrocinios) y una herramienta de "poder blando" (soft power) en que los países utilizan el éxito deportivo o la organización de mundiales para lavar su -tal vez deteriorada-, imagen internacional o para demostrar supremacía político-económica de una forma más o menos pacífica.
Vemos así que la relación entre la guerra, religión y futbol representa un fenómeno social poderoso e interesante, donde el deporte se transforma en un canalizador de devoción espiritual o en un reflejo de conflictos bélicos históricos, actuando tanto como un sustituto pacífico de la guerra o como un catalizador de tensiones religiosas, donde ambos pueden considerarse seguidores y partícipes de una Religión Laica.
Así, los estadios de futbol u olímpicos actúan como catedrales modernas; la cancha es el altar y el campo de batalla es el terreno sagrado.
Los himnos nacionales, las ceremonias de apertura, los desfiles de banderas y los juramentos iniciales imitan fielmente las procesiones religiosas.
Los uniformes militares y las camisetas de los equipos funcionan como hábitos sagrados que identifican a los fieles.
Los generales históricos y los atletas de élite (como Maradona, Pelé, Messi, Ronaldo) son venerados como semidioses dotados de capacidades sobrehumanas.
Un soldado que cae en combate y un atleta que se lesiona de por vida o muere en la cancha por defender los colores reciben el mismo estatus de mártir.
Ambos dividen el mundo de forma absoluta entre la comunidad de fieles (tu país o tu equipo) y los infieles o rivales (el enemigo).
El verdadero fanático apoya a su equipo "en las buenas y en las malas", un nivel de lealtad ciega idéntico al dogmatismo religioso o al patriotismo bélico.
Tanto la guerra como el deporte permiten al individuo disolver su ego para formar parte de algo más grande, otorgando un propósito existencial.
El entrenamiento militar y la preparación atlética exigen ambos la mortificación del cuerpo, el dolor físico extremo y la disciplina absoluta en busca de la "salvación" o la “victoria”.2
            Recuérdese también que, en diversas regiones del planeta, el futbol dejó de ser un simple juego para convertirse en un verdadero campo de batalla de guerras religiosas y políticas preexistentes. El ejemplo más simbólico a nivel mundial es El derbi "Old Firm" de Escocia. Entre los Celtic F. C. y Rangers F. C. con su origen bélico históricamente ligado al conflicto de la defensa Irlanda del Norte vinculado a de la Corona Británica.
Al terminar este encuentro muchos aficionados de los locales ya se marchaban del estadio cuando Colin Stein anotó el tanto del empate en el tiempo de descuento, lo que provocó el delirio de la afición. En medio de la confusión de los que se iban y la celebración del tanto, en la escalera 13 ocurrió una desbandada que dejó 66 muertos, la mayoría por asfixia entre los que estaban muchos niños, y también más de 200 heridos en el que es un capítulo negro en la historia del futbol escocés. Esta historia de fanatismo y rencores desbordados e incontrolables comenzó un 28 de mayo de 1888 en un encuentro que venció el Celtic por 5-2 y ahí comenzó la historia de un choque no solo futbolístico, sino que va más allá y queda marcado hace más de un siglo en el pensamiento que enfrenta a católicos y protestantes, irlandeses contra unionistas, ricos contra pobres.
Finalmente, la triada compuesta por la guerra, la religión y el futbol expone las fibras más íntimas de la psicología de masas y la antropología cultural, en donde el futbol competitivo es hoy uno de los logros sociales más sobresalientes de la humanidad al constituirse como una Religión laica aunada fuertemente a la estructura estratégica y competitiva de la guerra, que “trata” de aprisionar -aunque, desgraciadamente algunas trágicas veces no lo logra-, los instintos naturales más peligrosos y destructivos de nuestra especie dentro de un espectáculo “pacificado”.

 

Disfrute pues de los juegos de esta Copa Mundial de Futbol 2026, sin fanatismo, gozando de la inteligencia, agilidad, disciplina, destreza, fuerza, capacidad, estrategia y orden común entre jugadores de uno y otro equipo, ya que:
“El fanatismo ciega; el deporte une.”
“La violencia no juega, el respeto sí.”
Ganadores y perdedores todos en paz y armonía, dejando atrás nuestra pulsión del “destrudo” y gozando de la “libido” o pulsión de vida, enfocada principalmente en la búsqueda del placer que este deporte nos produzca.


1 . https://en.wikipedia.org/wiki/Death_drive
2 . Durkheim, É. Las formas elementales de la vida religiosa. Madrid, 1912. Alianza Editorial.
3 . Huizinga, J. Homo Ludens. Buenos Aires, 1938. Emecé Editores.
4 . Orwell, G. The Sporting Spirit. Tribune, 1945. London.
5 . Foer, F. How Soccer Explains the World: An Unlikely Theory of Globalization. New York, 2004. HarperCollins.
6 . Armstrong, G. Football Hooligans: Knowing the Score. Oxford, 1998. Berg.
7 . https://www.elespanol.com/deportes/futbol/20190102/celtic-rangers-desastre-ibrox-marco-futbol-escoces/364963821_0.html

lunes, 1 de junio de 2026

De la cicatriz a la raya.

DE LA CICATRIZ A LA RAYA:
UNA INTERPRETACIÓN DEL SENTIDO.

Dr. Xavier A. López y de la Peña. 

La interpretación del sentido (entendido como proceso mediante el cual el ser humano otorga significado, coherencia y valor a su experiencia del mundo, de sí mismo y de los otros) consiste en la capacidad que tenemos de reconocer la realidad circundante y de relacionarnos con ella mediante nuestros sentidos que nos permiten percibir estímulos internos y externos, enviando información al cerebro para poder interpretar el entorno y, en su caso, actuar.

Miré entonces la cicatriz en mi piel recordándome una herida que simboliza a su vez dolor y transformación, así como nuestra capacidad de sanar, dejándomela como un recuerdo de la propia resistencia y como una raya para contar una historia. Una simple “raya” en mi piel que separa un lado del otro dentro de un todo y que inicia y termina abruptamente. Esta “raya” es entonces una inscripción o el registro de una acción - en mi caso particular-, de una cirugía.
En base a ello me surgió la idea de hurgar en el significado y simbolismo que puede haber en torno a una “raya” que, a pesar de conformarse como un sencillo y simple trazo, posee una riqueza interpretativa de enormes dimensiones como serían: origen, límite, tamaño, camino, conexión, diferencia, umbral, sentido y señal.
Sutilmente podríamos considerarle incluso como el principio del todo; de la nada (marcada con su inicio que rompe el vacío) al todo (marcado en su final), es decir, como un acto realmente “originario”. Es tanto unión como separación y umbral, punto exacto donde dejas de estar en un lugar para entrar en otro.
Ahora bien, relacionando lo dicho sobre la “raya” (línea gráfica alargada que se traza sobre una superficie) con algunos objetos más comunes en forma de “raya” incluyendo a la cicatriz, por supuesto, y que tienen un significado simbólico podremos considerar a:
El relámpago: Luz breve y súbita que corta la oscuridad.
El palo: Defensa, poder.
El surco: Representa alimento por el trabajo, el orden sobre el caos natural.
La flecha: Dirección y energía.
La aguja: Conexión, integración.
La estela: Rastro que dejamos atrás, nuestras acciones pasadas.
El eje: Sobre la cual todo lo demás gira, la estabilidad central.
La antena: Percepción, transmisión. 
Como objetos físicos (símiles de “raya” recta) destacaremos aquí únicamente a la antena, la aguja y la flecha para tratar de dimensionarles en la esfera de nuestro hacer humano en el mundo con su orientación simbólica en la interpretación del sentido.
            Son en sí mismos “objetos-rayas” con diferentes propósitos que trataremos de englobarlas en el sentido que se les da en la vida social. Como una forma de metáfora clave para comprender lo que hacemos al vivir en el mundo.

            Veamos:

La antena. A finales del siglo XIX, con la invención de la telegrafía sin hilos, este término se adoptó para describir los conductores metálicos que "perciben" las ondas electromagnéticas, similar a las antenas sensitivas que poseen los insectos. Es, por tanto, un objeto actuante que representa para nosotros la estimulación de nuestros sentidos (visual, táctil, auditivo, gustativo u oloroso) con la capacidad de captar las señales provenientes del entorno tanto de recepción como de apertura. Gracias a ello somos capaces de recibir la señal-estímulo de (casi) todo lo que nos rodea, donde el sujeto se constituye en la medida en que “atiende a lo otro”.

La aguja como símbolo de conexión, unión e integración en su función más básica, sirve para unir o conectar dos elementos, como cuando se usa para coser o reparar tejidos. Este acto de ensamblar diferentes partes de un todo la convierte en un símbolo de unión, ya sea interpretado en el plano físico, emocional o hasta espiritual. En este sentido, la aguja puede ser vista como un puente entre lo separado, que ayuda a reparar lo roto o a juntar partes que previamente estaban distantes. Simboliza también integración y reconciliación, ya que, en muchos contextos emocionales una persona que se siente fragmentada o dividida podría ser "cosida" por la aguja, restaurando así su integridad. Por tanto, la aguja, más allá de su función utilitaria y práctica, representa el acto interpretativo mismo, que selecciona, atraviesa, integra y organiza el sentido recibido.

La flecha, señala la dirección, la orientación. Si las antenas reciben y las agujas interpretan, las flechas proyectan. De hecho, toda interpretación culmina en una toma de posición, en una dirección o decisión elegida entre muchas posibilidades. La flecha no duda: apunta. Comprender no es solo conocer, sino también comprometerse con un sentido, asumir sus consecuencias y orientarse en función de él. La flecha simboliza, por tanto, la transformación del significado en acción, del entendimiento que en voluntad decide y actúa.


Lo que queremos expresar con esta triada no es únicamente la descripción de tres elementos físicos aislados, sino su articulación dinámica a través de su simbolismo. De hecho, no hay flecha sin aguja, ni aguja sin antena: son rayas diversas pero únicas.
Bien, para tener una orientación auténtica del sentido se exigen tres pasos: “apertura”, “mediación” y “decisión”. Si alguno de estos elementos falla, la experiencia se distorsiona: Sin antena, el sujeto se aísla y encierra en sí mismo; sin aguja, se desorienta y pierde en su confusión; sin flecha, queda paralizado entre la incertidumbre y la indecisión: no decide, no actúa.
Esta no es simplemente una metáfora, sino una descripción antropológica y simbólica del modo en que habitamos el mundo. Somos, simultáneamente, receptores, intérpretes y proyectores de sentido o, dicho de otra manera, nos comportamos como personas que percibimos selectivamente, interpretamos colectivamente y actuamos con determinada orientación construyendo una gran diversidad y creatividad improntada y manifiesta en nuestras diversas culturas.

Por lo tanto, dada nuestra interpretación del
sentido puede decirse aforísticamente que: 
Yo soy yo y lo que decido.

1. Latour, B. (2007). Nunca fuimos modernos. Ensayo de antropología simétrica. Siglo XXI, Argentina. Disponible en: https://monoskop.org/images/f/fb/Latour_Bruno_Nunca_fuimos_modernos_Ensayo_de_antropologia_simetrica.pdf
2. McLuhan, M. (1944). Understanding Media: The Extensions of Man. MIT Press. ISBN: 9780262631594
3. Simondon, G. (2008). El modo de existencia de los objetos técnicos. Prometeo Libros. Buenos Aires, Argentina. Disponible en: https://sociologiassociativa.wordpress.com/wp-content/uploads/2011/09/simondon_2007_el-modo-de-existencia-de-los-objetos-tecnicos_book.pdf