domingo, 30 de agosto de 2026

Confónico.

 

Confónico.
Una transgresión semántica.


Al salir del teatro, un gran y querido amigo que me había invitado a escuchar la Sinfónica
 local que presentaba un programa con obras de Nikolái Rimski-Kórsakov, me preguntó: Bien, ¿Qué te pareció?
Mi respuesta fue rápida y breve: Amigo, prefiero la salsa.

Dr. Xavier A. López y de la Peña

 


Trataré de explicarme empezando con los significados de las palabras:
Sinfónico: Esta palabra inicia con un prefijo de origen griego syn, que significa junto a, unión o a la vez y phoné, sonido o voz; esto es, lo que suena junto o una combinación armoniosa de varias voces y sonidos.
De acuerdo con el Diccionario de la RAE: adj. Dicho de una orquesta: Que está formada por un amplio número de músicos que tocan instrumentos pertenecientes a las familias de cuerda, viento y percusión.
Así, estrictamente hablando, el término "sinfónico" se refiere a una forma específica de componer y estructurar la música o “una cualidad de lo que suena junto”,1 basándose en la elaboración de ideas complejas mediante una gran orquesta.
Bueno, en este ensayo me permito hacer una transgresión lingüística en la que sustituyo el prefijo griego “syn” de la palabra sinfónico por la preposición “sin” que significa “privación o carencia”, lo que no da entonces una definición “opuesta o contraria” a la palabra sinfonía, es decir ahora, “sin sonido o voz”, y a la vez me permito crear un neologismo que llamo confónico, esto es, añado la preposición “con” (que indica compañía, instrumento, modo, causa o adición) al phoné , esto es “con sonido y voz”. Así, estrictamente hablando también, el término "confónico" se refiere a una forma específica de componer y estructurar la música o “una cualidad de lo que suena junto”, basándose ahora en la elaboración de ideas simples o sencillas mediante recursos básicos.
            Los motivos y razones que me mueven para ello se basan en que el arte “sinfónico” rechaza las repeticiones exactas o las estructuras simples como las canciones populares de estrofa y coro, y en su lugar utiliza la variación constante en la que una idea musical nace, crece, se fragmenta, choca contra otra, cambia de ritmo y madura a lo largo de la pieza. En tanto que a mi entender lo que llamo “confónico” hace referencia a la música que carece de un desarrollo conceptual complicado, de una gran orquesta mixta o de formas abstractas estructuradas y complejas.
Dicho de manera sencilla y clara a mi manera de entender: Mientras que lo “sinfónico” busca transformar un motivo musical en un viaje denso e intelectual, lo “confónico” apuesta por la inmediatez, la intimidad, la función social o la repetición en el entorno de lo cotidiano.
            De hecho, la música sinfónica y la ópera me resultan intrincadas, difíciles de seguir, impredecibles en su desarrollo. Su complejidad técnica celebrada por algunos como sublime, se convierte para mí en un entramado que exige un esfuerzo intelectual más que una entrega sensible. En mi percepción general, lo sinfónico es literalmente -permítanme exagerar-, “sin fónico”: sin sonido vital, sin cadencia íntima, sin resonancia ni vibrato que me pertenezca.
La ópera, además, me confronta con un lenguaje ajeno (italiano -bel canto”-, francés, alemán, ruso y checo generalmente) y, aunque las voces estén educadas con severa disciplina técnica, su expresividad me resulta distante. No comprendo lo que dicen, y aun cuando lo entendiera, el timbre y la forma vocal me parecen desligados de la raíz sensible de la voz humana. El o la cantante de ópera se exigen una colocación alta de la voz (resonancia craneal), descenso de la laringe y un uso extremo del diafragma para lograr un vibrato natural y un volumen masivo sin dañar las cuerdas vocales; en tanto que el cantante popular si acaso, recurre a técnicas como el belting (técnica vocal que permite cantar notas agudas con la potencia, el brillo y la resonancia de la voz de pecho, en lugar de cambiar a la voz de cabeza o falsete), voz de aire, distorsiones sutiles o vocal fry (el registro más grave de la voz humana) en las que prioriza la personalidad y la textura única de la voz sobre la pureza académica.
Frente a esas voces que buscan sublimidad, reconozco mi preferencia por las voces rítmicas y primitivas de una canción vernácula que transmite emoción inmediata y visceral.

Por ello he denominado para mi gusto como “confónico” a la música con sonido, con ritmo y con cadencia. Música que me retrotrae a lo sensible, a la emoción más primitiva que poseemos: el ritmo.

Antes de poder modular palabras, los primeros homínidos utilizaban el cuerpo y el entorno para comunicarse ya con golpes como chocar piedras, golpear troncos huecos o batir palmas (señales acústicas) que servían para alertar sobre depredadores, delimitar territorios o coordinar cacerías a grandes distancias. A la par de los golpes, la comunicación vocal primitiva (proto-lenguaje) con gritos y gruñidos se emitían sonidos instintivos para expresar emociones básicas como miedo, enojo, placer o advertencia.
Así, bajo una interpretación psicodinámica mi gusto por el ritmo “confónico” puede considerarse como una regresión a lo originario, a la matriz sensorial que nos constituye.
Sigmund Freud lo llamaría expresión de la pulsión primaria, vinculada al movimiento y al placer. Es música que no se escucha con la mente, sino con el cuerpo; que no exige comprensión, sino participación.
A su vez, Carl Jung podría interpretarlo como un retorno al inconsciente colectivo donde los tambores y danzas ancestrales representan arquetipos universales de comunión y celebración, donde la música es un lenguaje que conecta directamente con el dicho inconsciente y los arquetipos. A diferencia de las palabras, la música expresa sin filtros el movimiento de las emociones y nos permite acceder a lo universal y ancestral que compartimos como seres humanos.
La salsa, la cumbia el mambo, cha-cha-cha-, bolero, cool-jazz, pop tradicional, rock and roll, doo-wop, etc., así como los ritmos recientes del reguetón y neo-perreo (estos últimos son los monarcas absolutos de la música latina actual), es música que enloquece y obliga a moverse, a reír, a gozar. Son ritmos populares modernos caracterizados por fusionar raíces folclóricas o urbanas con producción electrónica, ritmos sincopados (acentos en tiempos débiles) y estructuras diseñadas para el baile.
Friedrich Nietzsche, el filósofo más vitalista, luminoso y enérgico de la historia del pensamiento lo expresó así:     “Sin música, la vida sería un error”, ya que la música encarnaba el espíritu dionisíaco: la fuerza del instinto, la pasión, el caos y la embriaguez.
El pediatra, psiquiatra y psicoanalista inglés Donald Woods Winnicott, además de ser un apasionado pianista opinaba que: “La música permite al individuo fluir sin defensas, sin obstáculos ni autoconciencia, facilitando un estado de conexión donde es posible ser verdaderamente uno mismo”.
Luego entonces, lo “confónico” me conecta con los ritmos primordiales como el “ta-túm – ta-túm” del corazón, el oleaje del mar, el día y la noche, con el tambor del chamán que liga con el más allá. Escuchando las percusiones africanas con tambores djembe y batá se generan respuestas motoras inmediatas e inducen a un trance colectivo.
            Socialmente la música sinfónica y la ópera representan la estética de la imposición:2 escenarios majestuosos, protocolos rígidos y un público que debe guardar silencio absoluto y permanecer casi inmóvil hasta que llegue el momento “preciso” para aplaudir. El filósofo, crítico musical y sociólogo alemán, Theodor Ludwig Wiesengrund Adorno, las defendía considerándoles como un arte elevado, capaz de resistir la banalidad de la industria cultural. Sin embargo, para mí, esa elevación se convierte en adusta distancia.
            En contraste, lo “confónico” representa la estética de la comunión universal que invita al cuerpo a participar, a dejarse llevar por el ritmo, a compartir la vívida experiencia con otros. Allí no hay espectadores pasivos, sino protagonistas activos donde la música no se contempla, se disfruta y se vive. Sencillez de alcance universal contra complejidad exclusivista.
            Schopenhauer veía en la música sinfónica la manifestación directa de la voluntad, capaz de expresar lo inefable. La música como una manifestación directa de la Voluntad, la fuerza ciega e irracional que impulsa toda la existencia. Habla directamente a las emociones y al corazón sin pasar por el pensamiento racional. Para otros, la ópera, aunque en lenguas ajenas, transmite emociones universales a través de la voz entrenada, que se convierte en instrumento sublime.
Finalmente, y como corolario, el sociólogo francés Pierre Bourdieu considera que la música no es un gusto o preferencia natural ni neutral, ni puramente “libre”, sino una herramienta central de “distinción social”, fuertemente moldeado por el nivel educativo y los ingresos. Un producto del habitus (disposiciones duraderas, esquemas de pensamiento, percepciones y estilos de vida que las personas interiorizan de manera inconsciente) y una manifestación del capital cultural heredado.3
Psicodinámicamente mi gusto por lo “confónico” podría interpretarse así mismo -y justificadamente por supuesto-, como una defensa frente a la ansiedad de lo intrincado y lo incomprensible mientras que, para otros, esa misma complejidad sería un espacio de expansión del yo, un desafío que permite trascender lo inmediato. Así, lo que para mí es distancia, para otros es elevación.
            Esto representa mi manera de entender y apreciar la música. Prefiero lo que me habla directamente, lo que me conecta con la raíz sensible de la existencia. En lo “confónico” encuentro la fonía que me pertenece: la resonancia íntima que me recuerda que la música no es un estricto y reservado monumento intelectual, sino un gozoso espejo vivencial.
No niego la grandeza ni la legitimidad de quienes encuentran en el arte “sinfónico” y la “ópera” lo considerado culturalmente bajo una idea histórica, técnica y política cuyo desarrollo en Europa Occidental fue cimentado por las élites aristocráticas y burguesas del siglo XIX, y que les catalogó como la “más alta expresión estética”. Pero reivindico mi derecho y gusto a preferir la música de “más alta sensación” que me hace vibrar, moverme y gozar. Lo inmediato, simple, corporal y sensible frente a lo complejo, abstracto y técnico. En lo “confónico” descubro, vibro y gozo mi verdadera e intrínseca fonía: la comunión con el ritmo primordial que nos une en la naturaleza.

Soy entonces -para expresarlo con otro neologismo más-, un Cenomusicofílico, término derivado del griego koinós, común, público o compartido, mousikē, música (arte de las musas), phílos, amante, atracción o afinidad, e -ikos, relativo a, que significa “persona con atracción, amor o preferencia por la música común”.

Y quedaría también suscrito a la “preferencia musical” según el Modelo de Rentfrow y Gosling a la dimensión llamada Energetic and Rhytmic, correspondiente a la música dominada por el ritmo, el movimiento, la estimulación física, niveles medios-altos de energía y letras densas o con fuerte carga de rima y pulso urbano; la antítesis del Reflective & Complex, que incluye a la ópera y música clásica considerados como selecto y rígido “arte elevado”.4



1 . https://etimologias.dechile.net/?sinfoni.a
2. Enrique Gervilla Castillo. La Tiranía de la belleza, Un problema educativo hoy. Teor. educ. 14, 2002, pp. 185-206. ISSN: 1130-3743.
3 . https://es.wikipedia.org/wiki/Pierre_Bourdieu
4 . Rentfrow PJ, Goldberg LR, Levitin DJ. The structure of musical preferences: a five-factor model. J Pers Soc Psychol. 2011 Jun;100(6):1139-57. doi: 10.1037/a0022406. PMID: 21299309; PMCID: PMC3138530.

sábado, 1 de agosto de 2026

Soy yo o ¿somos?

 

Soy yo o ¿somos?
La indispensable compañía.

Dr. Xavier A. López y de la Peña

 


Me referiré a la indispensable compañía de otra y otras personas, no a la de los llamados “sintientes” no humanos como a los perros, gatos, loros, micos, pájaros, iguanas, ajolotes,
arañas, etc., que algunas personas consideran como “indispensables” y a las que, además, los llevan a acomodarles (hablaré sólo de perros) en mansiones de lujo como ocurre en EUA, hechas a medida y con tecnología climática, acabados de diseñador y sistemas de iluminación. Hay de estas casas en venta a precios que pueden superar los $30,000 y alcanzar hasta los $200,000 o $300,000 dólares como: Rockstar Puppy Boutique, Dogominium o Luxury Dog House en Etsy. Bodas de perros que incluyen desde ceremonias simbólicas hasta su inclusión legal como “testigos” en 29 estados (Nueva York, Florida, Texas, California, etc.), además de bodas reales entre mascotas a través de servicios especializados de pet planners y plataformas dedicadas a la papelería y anuncios del evento: Tailored Wedding Day Pet Care y FairyTail Pet Care. En Etsy puedes encontrar carteles y letreros como "My Humans Are Getting Married", Spa, Doga (Yoga para perros) y alta costura con marcas como Gucci, Prada y Louis Vuitton que venden impermeables o chubasqueros.
Todo ello derivado como una forma de sustitución de la paternidad azuzada por la incertidumbre laboral y económica, el alto costo de la vivienda y otras que lleva a posponer la tenencia o sustituir la crianza de hijos por el cuidado de un animal a menor costo y compromiso, a una gratificación inmediata con su compañía y hasta llegar a considerarles como miembros de la “familia”. Esto no es intrínsecamente malo; es sólo el reflejo de una inmensa necesidad de dar y recibir compañía en un mundo donde los vínculos humanos se han vuelto fútiles, frágiles o difíciles de sostener.
            ¡No, por supuesto!
            Me referiré al “nosotros”, a todos los humanos que para poder vivir necesitamos, obligadamente la compañía del “otro”.
No somos como algunos otros seres vivientes que no necesitan relacionarse con otros de su especie para vivir, como las lagartijas cola de látigo (Aspidoscelis uniparens) que se reproducen por partenogénesis, ni gecos llorones (Lepidodactylus lugubris) que se reproducen sin intervención masculina.

Nosotros somos seres relacionales o, como nos etiquetó Aristóteles: un zoon politikon (animal político) que vive en compañía.

Su etimología habla por sí misma ya que esta palabra proviene del latín vulgar compania, formada por el prefijo com- (junto o reunido) y panis (pan) que literalmente significa "el que come el pan contigo" o "compartir el pan".
            Somos y estamos en el mundo no solo cercanos unos con otros físicamente, sino como un escucha e intérprete que intercambia símbolos con el otro y donde nos reconocemos como somos y estamos en mundo. Así nos conocemos y descubrimos tras el encuentro con otros.
            No podemos estar solos. El rechazo (aberrante o aversivo) a la compañía con otros se llama sutilmente como anhedonia social y en los casos graves antropofobia.1
Queda fuera de este problema el de ser simplemente tímido para interactuar, para mostrarse como una verdadera desconexión y malestar severo ante la presencia de otra persona. Esta desconexión se expresa con la falta de motivación para ello, por la incapacidad de sentir gusto en el convivir, en evitar conscientemente la interacción y recluirnos o aislarnos, o ser indiferentes emocionalmente ante el afecto de los demás.
            Difícilmente estamos aislados. Incluso en la soledad el recuerdo y la memoria del otro queda y vive en nosotros como una voz interior, como un lenguaje heredado o nostalgia.
Cuando estamos con otra persona con la que compartimos ideas, proyectos, experiencias, tristezas o alegrías no solo transmitimos y recibimos información, sino que reorganizamos e interpretamos significados.2 Con frecuencia comprendemos mejor lo que sentimos después de hablarlo. Vivimos en un mundo de interacción e interpretación continua donde nuestro conocimiento está tejido de significados colectivos.
Con la compañía del otro nos “humanizamos” ya que hacemos consciencia de nuestras vulnerabilidades. En ella nuestra relación va más allá de la simple transmisión de información ya que se embebe de familia, amor, amistad y comunidad que simbolizan nuestra estructura del mundo y nuestra propia cultura.
Con la compañía podremos entender el dolor o la alegría del otro que nos nace de compartir la misma naturaleza biológica y mortal; nos ayuda a luchar con la frustración el desacuerdo y el perdón, ayudándonos a madurar emocionalmente y nos unimos al reconocernos nuestra vulnerabilidad, el miedo a la soledad y la necesidad genuina del uno con el otro. Dicho de manera sencilla: La falta de compañía silencia nuestra existencia y ensordece el vivir ya que ella se construye dialógicamente.
También debemos reconocer que la compañía o las compañías pueden ser buenas o malas. Las hay buenas como la del amigo que nos escucha sin premura, el amor de la pareja que nos abraza e impulsa y nos sostiene en la fatiga, o la comunidad que nos acompaña en los festejos o el duelo representando en ello un verdadero refugio; o malas, como con aquella persona que nos incomoda -quizá por nuestros prejuicios-, reta y amenaza, o la que nos obliga a desplazarnos fuera de nuestro entorno habitual y otras. Ambas forman nuestra ineludible compañía ya que sin refugio no hay solaz y sin desafío no hay evolución ni crecimiento.
Sin embargo, también a veces es necesario “algo” de soledad ya que la mucha compañía puede diluir nuestra propia individualidad. No faltará el tiempo en que necesitemos estar solos para interpretar nuestra propia existencia lejos del ruido constante que nos dan las expectativas ajenas. Eso sí, experimentando la soledad como un silencio de reflexión e introspección y no como un abandono mundano.
Así también nos juntamos y separamos a través de ciclos dinámicos que transforman nuestra cercanía física, emocional y social en el curso de nuestra vida. Nos atenemos a una sincronía biológica regulando nuestro ritmo cardíaco y sistema nervioso al estar cerca de otros de forma presencial. Rompemos la distancia física mediante la interacción constante en las redes sociales; construimos puentes temporales al recordar experiencias vividas con personas que ya no están y nos unimos en ceremonias, ritos, duelos y tradiciones que fortalecen nuestro sentido de pertenencia grupal.
Nos separamos también de forma natural cuando cambian nuestros intereses o metas. Experimentamos una “soledad conectada” -en los tiempos modernos-, cuando interactuamos digitalmente con otros o un “aislamiento emocional” al enfrentar la desaparición física o el fallecimiento de seres queridos como un desacompañamiento inevitable y, en el individualismo que vivimos, solemos con frecuencia priorizar la autonomía personal y la independencia sobre los compromisos comunitarios a largo plazo.
Nuestra relación con las máquinas (como medio de acompañamiento) nos lleva a crear con ellas un vínculo tecnológico por su disponibilidad inmediata, que no se cansa, no se aburre ni abandona por sí la interacción (no conversación) y cuyos algoritmos le programan para complacernos y agradarnos imitando un lenguaje afectivo mediante patrones y datos, pero sin experimentar emoción alguna. Están además bajo nuestro total control: cuándo iniciar, terminar o cambiar sin que ello lleve a consecuencia alguna. De esta manera. la máquina puede aliviar el aislamiento inmediato y ayudar a resolver tareas, pero carece -y esto es esencial-, de la capacidad de compartir el "pan" (retomando su raíz etimológica) en un sentido de destino común.
La compañía humana puede ser algunas veces, imperfecta y difícil, pero es la única capaz de validar nuestra existencia de manera real.
            Para abundar este asunto de la indispensable compañía, nos referiremos ahora sobre el Fenómeno Hikikomori, término japonés (引きこもり o ひきこもり) compuesto por los verbos hiku (引く, “tirar, atraer, retirarse”) y komoru (籠る, “encerrarse, permanecer dentro”)3 acuñado en la década de 1990 referido a un aislamiento social severo y voluntario entre las personas que lo padecen y deciden aislarse por completo de la sociedad, la escuela o el trabajo, recluyéndose en sus habitaciones durante meses o incluso años.
Este fenómeno en medicina es considerado como un trastorno de «aislamiento social agudo» o «Trastorno de ansiedad social» (fobia social) según el DSM-5.4 En Japón se estima que actualmente hay 1.5 millones de personas bajo esta condición.
El Fenómeno Hikikomori podría considerarse en nuestros tiempos como un equivalente a un Harakiri social existencial.
Para terminar:
La indispensable compañía humana posee una dimensión mucho más profunda que la de una simple convivencia práctica. No basta con coexistir; es necesario habitar auténticamente la presencia del otro. La verdadera compañía no consiste solo en estar cerca, sino en interactuar y participar mutuamente en la interpretación, comprensión y construcción de significados entre las personas.
Tal vez por ello el ser humano busca incesantemente interacción en la conversación, amistad y comunidad: porque en la presencia del otro encuentra una confirmación de su propia existencia y un sentido compartido frente al misterio del vivir. La compañía del otro es, en definitiva, la condición misma de nuestra humanidad como ya lo apuntara hace siglos “El Estagirita”.


1 . Puig Llobet, M., Sabater Mateu, P., & Rodríguez Ávila, N. Necesidades humanas: evolución del concepto según la perspectiva social. Aposta. Revista de Ciencias Sociales, 2012 (54), 1-12.
2 . Anika Kottaram. The Essential Role of social connectedness in human life. https://www.ijnrd.org/papers/IJNRD2405716.pdf
3. https://es.wikipedia.org/wiki/Hikikomori
4 . Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fifth Edition (DSM-5) —en español.

miércoles, 1 de julio de 2026

Homo destrudo.

 

La pulsión del destrudo en eventos actuales:

Guerra y Futbol. 

Un equipo de once personas vistiendo los colores nacionales se convierte en la iglesia visible de la patria, transformando un juego en una guerra santa dominical.

Eric John Ernest Hobsbawm

Dr. Xavier A. López y de la Peña



Somos considerados como seres pensantes y sapientes (Homo sapiens) por nuestra capacidad de razonar; sin embargo, nuestra especie tiene la capacidad única de destruir su entorno y a sí misma.
En tanto que otros seres matan por necesidad biológica de supervivencia nosotros desarrollamos

una pulsión destructiva que ha desembocado en una crisis ecosistémica mundial. Somos así mismo entonces, un Homo destrudo. Término del psicoanálisis introducido en 1935 por el psicoanalista Edoardo Weiss para describir nuestra energía psíquica ligada al instinto de muerte o Tánatos que es la contraparte oscura de la libido y que representa nuestra pulsión de agresión, dominio y autodestrucción.1
En la actualidad vivimos inmersos en situaciones varias ligadas estrechamente a esta pulsión bajo un fuerte componente religioso:
¿Cuáles son esos determinantes religiosos comunes? 
En religión lo sagrado es como su núcleo, separado de lo cotidiano, considerado puro o prohibido; los objetos, imágenes, gestos o expresiones; los mitos; los rituales, la doctrina, vestimenta, la comunidad y la experiencia mística le componen.
            Bien.
En el tema de la guerra sabemos que existen actualmente entre 59 y 65 conflictos armados activos basados en Estados (guerras directas o guerras civiles), repartidos en aproximadamente 35 a 40 países directamente afectados en su territorio, afectando a más de 612 millones de personas (específicamente mujeres y niñas). Sobresaliendo el conflicto Ucrania y Rusia, Medio Oriente (Eje Israel-Gaza-Irán-Líbano), Sudán, Myanmar (Birmania) y Zonas de insurgencia continua e países como Siria, Yemen, Somalia, Nigeria y la República Democrática del Congo. Estas guerras han dejado entre 244,000 y 255,000 muertes anuales directas en combate, en cuanto a las personas lesionadas, heridas o mutiladas, se estima que la cifra supera los 2.5 millones de personas, a lo que se suma un colapso sanitario que multiplica las víctimas indirectas por enfermedades y desnutrición.
            La guerra ha sido constante entre los humanos debido a varias causas: Por la competencia por recursos como mecanismo de supervivencia; por la división que hacemos del mundo entre el "nosotros" y "ellos"; por el deseo de poder, honor y dominación social; por la distribución desigual de la riqueza entre naciones ricas y pobres; cuando un país aumenta sus armas para defenderse, hace que sus vecinos se sienten amenazados y se armen también; cuando se inician guerras para el propio beneficio político o financiero; cuando ocurre un choque entre creencias o ideologías religiosas o políticas que llevan a justificar la deshumanización del “otro” (enemigo) y como consecuencia de la narrativa histórica que inyecta el deseo de vengarse ahora por los pasados agravios.
            En el tema del futbol (Copa Mundial) organizada por Canadá, México y Estados Unidos participan 48 países que suman una población total combinada de aproximadamente 2,300 millones de habitantes. Esta cifra representa cerca del 27.7% de la población mundial actual. En las predicciones por computadora (Opta) se señalan como favoritos (en este orden) a ganarla: Francia, España, Inglaterra, Argentina, Brasil y Portugal.
El móvil antropológico y social del deporte competitivo (futbol en este caso concreto) es el de ser un sustituto pacífico de la guerra que funciona como una catarsis colectiva en donde el enfrentamiento entre grupos, comunidades, ciudades o naciones ocurre sin la destrucción real de la guerra. Conmina a pertenecer a un "grupo" reuniendo a miles de personas bajo los mismos colores, símbolos y cantos en donde el jugador compite para alcanzar la gloria, el reconocimiento público, trofeos, récords, etc. Actuar en el escenario donde gana quien demuestra mayor destreza, disciplina y esfuerzo en condiciones idénticas. Todo ello impulsado por la industria del deporte enfocada en capturar la atención de las masas para generar ingresos a través de derechos televisivos, patrocinios y publicidad.
Veamos ahora cuáles son los lazos que comparten:
En el futbol el objetivo que se tiene es la victoria en el marcador, vencer al rival en el torneo y la conquista del galardón en el terreno de juego donde el rendimiento físico atlético de élite sustituye la letalidad de las fuerzas de combate. En tanto que en la guerra se estimula el patriotismo extremo como forma de identificación grupal y nacionalista, la propaganda, los himnos, las banderas y la narrativa del "nosotros contra ellos" para unificar a la población civil frente a una amenaza; en tanto que en el futbol los estadios son campos de batalla simbólicos. Las selecciones nacionales visten los colores de su bandera, se cantan los himnos nacionales antes del combate deportivo y la afición se moviliza bajo una identidad colectiva -a veces-, destructiva y feroz.
En la guerra se planea la ofensiva en mapas, se exploran las debilidades del enemigo, se despliegan líneas de defensa y utilizan la inteligencia militar para sorprender y acorralar al contrincante, en tanto que, en el futbol, el cuerpo técnico diseña las tácticas en una pizarra y se habla en términos militares también como el “atacar por los flancos”, “replegar a las defensas”, “atacar y contra atacar”, usar estrategias defensivas y ofensivas y todo ello para acertar al gol venciendo al guardameta.
La guerra se rige por códigos militares y el Derecho Internacional Humanitario (Convenios de Ginebra) para evitar la barbarie total, castigando los crímenes de guerra; en tanto que el futbol se rige por el deseo de un Fair Play o el juego limpio y el reglamento de la FIFA castigando con tarjetas (amarillas o rojas) a los jugadores que cometan agresiones ilegales o violencia física.
La guerra es un motor económico industrial (producción de armamento) y una herramienta geopolítica destructiva para alterar el equilibrio de poder mundial, en tanto que en el futbol el motor es comercial masivo (derechos de televisión, patrocinios) y una herramienta de "poder blando" (soft power) en que los países utilizan el éxito deportivo o la organización de mundiales para lavar su -tal vez deteriorada-, imagen internacional o para demostrar supremacía político-económica de una forma más o menos pacífica.
Vemos así que la relación entre la guerra, religión y futbol representa un fenómeno social poderoso e interesante, donde el deporte se transforma en un canalizador de devoción espiritual o en un reflejo de conflictos bélicos históricos, actuando tanto como un sustituto pacífico de la guerra o como un catalizador de tensiones religiosas, donde ambos pueden considerarse seguidores y partícipes de una Religión Laica.
Así, los estadios de futbol u olímpicos actúan como catedrales modernas; la cancha es el altar y el campo de batalla es el terreno sagrado.
Los himnos nacionales, las ceremonias de apertura, los desfiles de banderas y los juramentos iniciales imitan fielmente las procesiones religiosas.
Los uniformes militares y las camisetas de los equipos funcionan como hábitos sagrados que identifican a los fieles.
Los generales históricos y los atletas de élite (como Maradona, Pelé, Messi, Ronaldo) son venerados como semidioses dotados de capacidades sobrehumanas.
Un soldado que cae en combate y un atleta que se lesiona de por vida o muere en la cancha por defender los colores reciben el mismo estatus de mártir.
Ambos dividen el mundo de forma absoluta entre la comunidad de fieles (tu país o tu equipo) y los infieles o rivales (el enemigo).
El verdadero fanático apoya a su equipo "en las buenas y en las malas", un nivel de lealtad ciega idéntico al dogmatismo religioso o al patriotismo bélico.
Tanto la guerra como el deporte permiten al individuo disolver su ego para formar parte de algo más grande, otorgando un propósito existencial.
El entrenamiento militar y la preparación atlética exigen ambos la mortificación del cuerpo, el dolor físico extremo y la disciplina absoluta en busca de la "salvación" o la “victoria”.2
            Recuérdese también que, en diversas regiones del planeta, el futbol dejó de ser un simple juego para convertirse en un verdadero campo de batalla de guerras religiosas y políticas preexistentes. El ejemplo más simbólico a nivel mundial es El derbi "Old Firm" de Escocia. Entre los Celtic F. C. y Rangers F. C. con su origen bélico históricamente ligado al conflicto de la defensa Irlanda del Norte vinculado a de la Corona Británica.
Al terminar este encuentro muchos aficionados de los locales ya se marchaban del estadio cuando Colin Stein anotó el tanto del empate en el tiempo de descuento, lo que provocó el delirio de la afición. En medio de la confusión de los que se iban y la celebración del tanto, en la escalera 13 ocurrió una desbandada que dejó 66 muertos, la mayoría por asfixia entre los que estaban muchos niños, y también más de 200 heridos en el que es un capítulo negro en la historia del futbol escocés. Esta historia de fanatismo y rencores desbordados e incontrolables comenzó un 28 de mayo de 1888 en un encuentro que venció el Celtic por 5-2 y ahí comenzó la historia de un choque no solo futbolístico, sino que va más allá y queda marcado hace más de un siglo en el pensamiento que enfrenta a católicos y protestantes, irlandeses contra unionistas, ricos contra pobres.
Finalmente, la triada compuesta por la guerra, la religión y el futbol expone las fibras más íntimas de la psicología de masas y la antropología cultural, en donde el futbol competitivo es hoy uno de los logros sociales más sobresalientes de la humanidad al constituirse como una Religión laica aunada fuertemente a la estructura estratégica y competitiva de la guerra, que “trata” de aprisionar -aunque, desgraciadamente algunas trágicas veces no lo logra-, los instintos naturales más peligrosos y destructivos de nuestra especie dentro de un espectáculo “pacificado”.

 

Disfrute pues de los juegos de esta Copa Mundial de Futbol 2026, sin fanatismo, gozando de la inteligencia, agilidad, disciplina, destreza, fuerza, capacidad, estrategia y orden común entre jugadores de uno y otro equipo, ya que:
“El fanatismo ciega; el deporte une.”
“La violencia no juega, el respeto sí.”
Ganadores y perdedores todos en paz y armonía, dejando atrás nuestra pulsión del “destrudo” y gozando de la “libido” o pulsión de vida, enfocada principalmente en la búsqueda del placer que este deporte nos produzca.


1 . https://en.wikipedia.org/wiki/Death_drive
2 . Durkheim, É. Las formas elementales de la vida religiosa. Madrid, 1912. Alianza Editorial.
3 . Huizinga, J. Homo Ludens. Buenos Aires, 1938. Emecé Editores.
4 . Orwell, G. The Sporting Spirit. Tribune, 1945. London.
5 . Foer, F. How Soccer Explains the World: An Unlikely Theory of Globalization. New York, 2004. HarperCollins.
6 . Armstrong, G. Football Hooligans: Knowing the Score. Oxford, 1998. Berg.
7 . https://www.elespanol.com/deportes/futbol/20190102/celtic-rangers-desastre-ibrox-marco-futbol-escoces/364963821_0.html