viernes, 1 de mayo de 2026

Homo egoísta.

 

Homo Egoísta.


Dr. Xavier A. López y de la Peña
         

  
Ya el filósofo y científico griego Aristóteles en el siglo IV a. C., en su obra Ética a Nicómaco se lo cuestionaba:
Se ha preguntado si conviene amarse a sí mismo con preferencia a todo lo demás o si vale más amar a otro; porque ordinariamente se censura a los que se aman excesivamente a sí propios, y se les llama egoístas, como para avergonzarles por este exceso.*
Vamos a hablar entonces ahora sobre el egoísmo: El yo, solo yo, primero yo, mi, mío, para mí, por mí, son una secuencia de palabras que describen su estructura y que se engloban en el egocentrismo donde la realidad se filtra exclusivamente a través de la propia perspectiva y beneficio.
Palabra que representa, en resumen, la tendencia o práctica de un inmoderado y excesivo amor a sí mismo que hace atender desmedidamente al propio interés, sin importar ni cuidarse del de los demás. Pero también -y esto es algo muy importante-, no se debe confundir con el amor propio cuya diferencia está en que el amor propio busca el bienestar sin dañar a otros, mientras que el egoísmo ignora lo que les pueda ocurrir, esto es, carece de empatía.
El egoísmo es una actitud considerada ya como buena o mala, una virtud o un defecto. Puede representar un obstáculo social y ético o constituirse como un motor esencial de la acción humana y del desarrollo personal. El egoísmo proviene del miedo y del ego no del verdadero amor propio, diferenciándose del amor propio saludable.1
            No obstante, el egoísmo forma parte de la naturaleza humana ya que, en todo acto, incluyendo el que parezca más altruista tiene como base un motivo egoísta. Por ejemplo, si se le proporciona ayuda a alguna persona, esta se hace para evitar el propio malestar o para sentir una satisfacción personal.
De esta manera el egoísmo se puede considerar como una pulsión o conducta básica de supervivencia enfocada en la autoconservación y la búsqueda de interés propio, pero, aunque esta sea una respuesta innata, esta evoluciona cuando se interactúa con la sociedad, donde se negocia este impulso y se desplaza hacia la justificación de que el bienestar individual es el motor legítimo del progreso y la moralidad.2
            El egoísmo como acto de supervivencia está entonces ligado con el derecho a la vida y podría elevarse a ser una virtud como lo propone la escritora y filósofa rusa Alisa Zinóvievna Rosenbaum (Ayn Rand), a través de su filosofía objetivista, diciendo sobre la vida que:
Hay solo un derecho fundamental (todos los otros son sus consecuencias o corolarios): el derecho del hombre a su propia vida. La vida es un proceso de auto sustento y acción autogenerada; el derecho a la vida significa el derecho a ocuparse en el auto sustento y la acción autogenerada, lo que significa que la libertad consiste en ejecutar todas las acciones requeridas por la naturaleza de un ser racional para el sustento, el fomento, la satisfacción y el disfrute de su propia vida.3
Hemos creído que somos seres conscientes y autónomos, pero, ¿acaso no estamos programados para perseguir lo que más nos beneficia, de acuerdo con una lógica evolutiva mucho más antigua que nuestra propia razón? Nuestros deseos, nuestras emociones, incluso nuestras relaciones, podrían ser simplemente el producto de un código genético que no entiende de ética ni de altruismo. Si el egoísmo tiene raíces en nuestra biología, entonces la compasión, la generosidad o el sacrificio podrían ser, en el mejor de los casos, simples excepciones, desviaciones de la norma, gestos raros que surgen por circunstancias sociales o culturales, pero que no corresponden a nuestra naturaleza más profunda.
El biólogo evolutivo británico, Clinton Richard Dawkins,4 con su obra El gen egoísta (1976), nos invitó a pensar que todo lo que somos, todo lo que creemos que es humano, no es más que la manifestación de un principio biológico fundamental: la necesidad de los genes de perpetuarse. El egoísmo, entonces, no sería una simple debilidad o un defecto moral sino una estrategia de supervivencia, un impulso innato y primordial radicado en la metáfora de un supuesto gen. En este sentido, no seríamos los amos de nuestros cuerpos sino simplemente los vehículos de nuestros genes, que luchan, compiten, y sobreviven.
            Nada nos resulta ajeno y el interior de nuestra más primitiva naturaleza nos recuerda constantemente que debemos cuidarnos a nosotros mismos, la de preservarnos ante el abismo que se abre bajo nuestros pies en la vida diaria. Pero, mientras más tratamos de comprenderlo, más se nos escapa su verdadera forma, más se difumina en la niebla de lo intangible y nos damos cuenta de que el egoísmo no es simplemente un acto consciente o egoísta, sino una pulsión que está incrustada en las entrañas mismas de nuestra existencia.
Intentamos sostener la creencia de que podemos ser generosos, altruistas y desprendidos, pero el egoísmo tiene una habilidad asombrosa para ocultarse en las sombras más sutiles de nuestro hacer diario. Es un suspiro en la acción, un impulso sin nombre que, disfrazado de nobleza, toma decisiones que parecen ser por los demás, pero que en el fondo son impulsadas por la necesidad de sentir que somos vistos, amados, aceptados. ¿No es todo acto de generosidad una forma de buscar un reflejo en los ojos del otro? ¿Acaso no nos volvemos egoístas incluso cuando nos creemos desinteresados?
            Al mirarnos notamos que no siempre somos el ser compasivo que pretendemos ser. A veces, lo que llamamos amor es solo una extensión de nuestro propio deseo de ser queridos. A veces, la soledad nos pesa tanto que la empatía que ofrecemos a los demás se convierte en una búsqueda de validación, no de conexión genuina. Y nos preguntamos: ¿es posible amar a los demás sin ver en ellos el eco de lo que necesitamos de ellos? ¿Es posible entregarnos sin esperar que nuestro sacrificio nos redima de nuestra propia angustia?
            Luego entonces el egoísmo no es un enemigo externo al que podamos simplemente derrotar con actos de bondad, sino que se convierte en una batalla constante con nosotros mismos. Somos por naturaleza seres solitarios, y esa soledad se convierte en un vacío que intentamos llenar ya con el afecto ajeno, con el reconocimiento, con la ilusión de que nuestra existencia tiene sentido solo si podemos tocar las vidas de otros. Sin embargo, con nuestra conducta ¿No estamos simplemente buscando nuestra propia salvación en los demás? ¿No estamos, finalmente buscando que el otro nos complete, que nos dé la plenitud que sentimos nos falta? ¿No será el egoísmo un reflejo de nuestra propia vulnerabilidad?
            Tal vez nuestra necesidad de cuidarnos, de proteger lo que creemos que somos es solo una respuesta al miedo existencial, el miedo a desvanecernos en el olvido y a ser insignificantes. El egoísmo, entonces, no sería solo un vicio, sino una defensa, una coraza que intentamos levantar alrededor de nosotros para mantenernos intactos en un mundo que, a veces, parece no reconocer nuestra fragilidad.
            Pero también el egoísmo en una condena ya que cuando más nos protegemos más nos aislamos, nos encerramos en nuestro propio mundo olvidándonos de la conexión y de la vulnerabilidad compartida para con los otros. Nos quita la posibilidad de experimentar todo lo que nos rodea de manera auténtica.
Finalmente debemos darnos cuenta de que el verdadero desafío no es evitar el egoísmo, sino aceptarlo como parte de nuestra condición humana. Es aprender a vivir con él, a no dejar que nos defina. El egoísmo es, tal vez, inevitable, pero también lo es nuestra capacidad de trascenderlo, de reconocer que hay algo más grande que nuestra propia supervivencia. Ese algo más grande es la conexión auténtica con los demás, el acto de darnos sin esperar nada, el permitirnos vulnerar el muro que construimos alrededor de nuestro ser.
Y aunque el egoísmo nos lleva a preguntarnos siempre por nosotros mismos, el amor más verdadero aquel que quizás nunca aprenderemos a dominar por completo, es el que se entrega sin reservas, sin la expectativa de que se nos devuelva.

Finalmente, como egoístas innatos deberíamos entonces aprender a dar sin miedo a sentir alguna pérdida y a recibir sin temer ser consumidos. Ello nos posibilitará a encontrar la respuesta a la paradoja del egoísmo de que, al final, la única forma de vivir verdaderamente es dejar de vivir solo para nosotros mismos.
            Y actuando bajo la premisa determinada por el filósofo Friedrich Nietzsche de que solo existe un derecho humano básico: el derecho a hacer lo que nos dé la gana (libre albedrío). Y con él viene el único deber humano: asumir las consecuencias.


*  Aristóteles. Moral a Nicómaco. Libro noveno, capítulo VIII. Del egoísmo o amor propio. En: https://www.filosofia.org/cla/ari/azc01255.htm


1 . https://www.filosofia.org/cla/ari/azc01255.htm
2 . Pinilla-Rodríguez, Diego, & Sánchez-Recio, Patricia. (2020). El egoísmo en el pensamiento de Thomas Hobbes. Interpretación y racionalidad cooperativa. Cinta de moebio, (69), 241-254. https://dx.doi.org/10.4067/S0717-554X2020000300241
3. https://courses.aynrand.org/works/mans-rights/
4. https://en.wikipedia.org/wiki/Richard_Dawkins

miércoles, 1 de abril de 2026

Sobre el Albur.

 

SOBRE EL ALBUR. 

Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio: no lo digas.
Proverbio árabe.

Dr. Xavier A. López y de la Peña.



El Diccionario de la Lengua Española de la RAE 2024, nos dice sobre el Albur: “Palabra que viene del ár. hisp. albúri, este del ár. clás. būrī, y este del egipcio br; cf. copto bōre. En México y República Dominicana en un juego de palabras de doble sentido”.
En tanto que en el Diccionario del Español de México editado por el Colegio de México 2026, la definición se amplía diciendo: Juego de palabras de doble sentido que en una conversación sirve para comentar o responder a algo en plan de burla o escarnio, normalmente aludiendo a algo que se considera una humillación sexual.1
El origen del albur en México suele decirse que ocurrió durante la Colonia como una jerga entre los mineros de la zona de Pachuca, Hidalgo, que utilizaban para comunicarse entre sí sin que los capataces españoles lo entendieran y, frecuentemente, cargado de críticas o humor sexual. Sin embargo, algunos otros estudiosos del tema, tratando de retrotraer o “mexicanizar” más el vocablo, recuerdan que en un género de la poesía y lírica náhuatl de carácter erótico y festivo llamado cuecuechcuícatl o “canto travieso”, se hacían alusiones eróticas, en ocasiones encubiertas (un tipo de doble sentido) usado para la atraer la fertilidad y en donde el cuecuechcuícatl tenía un carácter erótico, "obsceno". 2    
Ahora, recientes trabajos de estudio sobre el albur, le refieren como un lenguaje especial usado entre algunos grupos, generalmente de mal gusto y difícil de comprender o jerigonza,3 como un fenómeno cultural y lingüístico de ingenio fundamentado en un juego de palabras con doble sentido, empleado como un modo de agresión, dominio y sometimiento verbal contra una persona que tal vez algunos consideren vulgar, impropio, soez u obsceno por la naturaleza picante o erótica de sus mensajes, y que otros, le identifican como una forma de pertenencia a una comunidad lingüística que burla la censura; pero para todos, un espacio en donde el ingenio y la picardía imponen su ley.4
México, y particularmente la Ciudad de México, tiene en el emblemático Barrio de Tepito ubicado en la Alcaldía Cuauhtémoc, que forma parte de la colonia Morelos, el bastión y cuna del “albur contemporáneo” en donde se han establecido normas y reglas informales acerca de su juego como son, básicamente, no insultar, usar rimas y no usar palabras soeces directas.
El albur saltó de las calles a la cultura de las masas entre finales del siglo XIX y mediados del XX través del movimiento popular, teatral y de variedades con funciones accesibles en carpas itinerantes que combinaban sátira política, comedia popular (con albures, por supuesto), música, baile y circo (Mario Moreno «Cantinflas», Jesús Martínez Rentería «Palillo» y Alberto Zayas «El rey sin corona del abur», entre otros), el teatro de revista y el cine.
El doble sentido del albur principalmente tiene alusiones sexuales en cuya construcción se emplean diversas figuras retóricas, entre las que están: Anfibologías, antonomasias, paronomasias, retruécanos, antónimos, sinónimos, homofonías, eufemismos y otros.
Veamos ahora los actores: 

El ambiente en el que ocurre:
El lugar en donde se desarrolla el albur constituye el espacio de significación cultural (semiosfera), en donde este actúa como un “texto catalizador” entre los hablantes que permite una comunicación que trasciende lo literal y debe ser propicio para ello. Esto suele suceder en un entorno de “camaradería” en donde la agresión simbólica no sea tomada como una agresión real y que -generalmente-, ocurre en los mercados, las obras de construcción, los talleres mecánicos y las cantinas

El iniciador (alburero):
Es una figura paradójica: Agresiva pero creativa, vulnerable pero invulnerable en apariencia, ágil y hábil en la retórica, pero a menudo atrapada en estructuras de sometimiento; es una expresión de la psicología del mexicano que utiliza la palabra para controlar su entorno auto protegiéndose de su vulnerabilidad. Suele dar inicio al albur al identificar a su potencial objetivo como una persona dispuesta, vulnerable o desprevenida buscando demostrar hacia ella su “superioridad mental” para humillarlo sutilmente y, que se siente seguro de poder ganar porque en esta interacción lo único que cuenta es triunfar sobre el otro; esto es, para expresarlo con un  término coloquial, popular y vulgar de la comunicación cotidiana en México: ¡Chingárselo! Expresando en ello, además, un fuerte arraigo a la madre y a la familia como núcleo sagrado, que choca constantemente con la pulsión de rebeldía hacia la figura de autoridad (el padre o el gobierno), y cuando ha analizado que el ambiente en el que actuará sea propicio y de confianza.

El receptor (albureado):
Deseablemente su papel no debería ser pasivo, debe saber ver y oír e interpretar el “ataque verbal” para poder “defenderse”; atento y calmado al recibir el mensaje y responder en esta batalla verbal “consentida”; astuto para detectar el doble sentido debe entonces ser implacable, rápido y directo al responder con un contra albur para evitar ser dominado, agachado, rebajado o “chingado”. Necesita tener entonces una mente maliciosa y el afán de no dejarse “chingar” porque, de no ser así pierde por su ingenuidad o falta de destreza mental, lo cual le puede costar el apelativo de ser un “pendejo” o “güey” ante los testigos, en equivalencia a sufrir una "humillación" intelectual y sexual.
 
            Y los testigos del duelo alburero:
Para los pasivos e interesados observadores que “disfrutan” el gozoso espectáculo retórico, su interés radica en dilucidar y comprender con rapidez los sentidos y mensajes ocultos y encriptados en el lenguaje usado por los contrincantes, a la vez que celebrar y calibrar la “sagacidad” del vencedor que -en su caso-, al hacer callar a su contrincante, triunfa y a la vez veja y humilla al vencido porque simbólicamente lo somete y lo utiliza como si fuera una hembra. Es, pues, un juego agresivo y machista: el vencedor constata y reafirma su calidad masculina mientras rebaja a la feminidad la calidad viril del vencido, mismo que, al enmudecer, simbólicamente se traga las armas de su contrincante, es decir, las palabras, lo cual “significa que se deja penetrar, violar”.5

Las reglas y estructura general del albur:
Lograr evitar que el contrario pueda contestar lo que se le dijo.
Utilizar el verso rimado en vez de la prosa.
Usar la acentuación para formar, con dos o más palabras, otra que sea el verdadero sentido (calambur). Por ejemplo, "Johnny Lotengo" se acentúa y espacia para decir "Yo ni lo tengo".
Los versos deben ser nuevos y relacionados con una situación diferente a la que se trata en la realidad.
Se pueden incluir ademanes, gestos, expresiones gráficas, escritas e incluso sonoras no lingüísticas.

El las reglas oficiales del Campeonato Nacional del Albur se establece que:
No se puede insultar directamente al contrincante.
No se pueden utilizar palabras soeces (causa de descalificación inmediata).
Se debe contestar el albur en menos de “cinco segundos” o se pierde.
No se puede repetir un verso.6

Para más, ya se cuenta con un Reconocimiento oficial:
En el Campeonato Nacional del Albur de 1997, en el concurso "Trompo contra perinolas" celebrado en el Museo de la Ciudad de México, Lourdes Ruiz Baltazar, representó a la figura de la "mujer cabrona" de Tepito, término que ella misma utilizaba para referirse a las mujeres fuertes y resilientes de su barrio, obtuvo el primer lugar en el torneo de albures compitiendo contra 50 hombres, convirtiéndose en la primera mujer en ganar este tipo de competencia y ganándose el apodo de "La Reina del Albur" o "La Verdolaga Enmascarada".
En 1998, en la ciudad de Pachuca, se inauguró el Concurso Nacional del Albur por parte de la Fundación Arturo Herrera Cabañas, A.C., el Gobierno del Estado y con apoyo del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.
El albur forma parte de la Lista de Identificación y Registro del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Ciudad de México. Desde hace años, el 1 de marzo se celebra (¿?) el Día Nacional del Albur en México, designado a instancias de un grupo de estudiantes universitarios y de la revista Chilango.7

Finalmente, como corolario podemos decir que:

 

Nos guste o no, tengamos las herramientas retóricas necesarias para el albur o no y la propensión a liberar con consciente malicia “juguetona y picante” una posible reacción defensiva homofóbica, así como una empoderada pulsión machista y ofensiva de burla y escarnio proyectándola hacia el “otro” para someterlo y rebajarlo detrás de una “máscara de risa”, el albur forma parte del folclor dialéctico cotidiano del mexicano considerado ya como un Patrimonio Cultural Inmaterial de la Ciudad de México.


1 . https://dem.colmex.mx/ver/albur
2 . El cuecuechcuícatl: ¿un canto erótico de origen huasteco? https://arqueologiamexicana.mx/mexico-antiguo/el-cuecuechcuicatl-un-canto-erotico-de-origen-huasteco
3 . https://etimologias.dechile.net/?jerigonza
4 . Ruiz Zaragoza, B. E. (2023). Ingenio y picardía en el habla popular mexicana: albur y calabur. Revista Argos, 10(26), 132–146. Recuperado a partir de https://revistaargos.cucsh.udg.mx/index.php/argos/article/view/79
5. Helena Beristáin. El Albur. Nuevas Glosas Estudios Lingüísticos y Literarios. NÚMERO 5 | enero –junio 2023 | ISSN: 2954-3479 | 62-83.
DOI: 10.22201/ffyl.29543479e.2023.5.1956
6 . https://es.wikipedia.org/wiki/Albur_(M%C3%A9xico)
7 . Helena Beristáin. Ob. Cit. Pág. 74.

domingo, 1 de marzo de 2026

El médico como enfermo.

 

El médico como enfermo.

A mis hijos, médicos y amigos que se reunieron en mi entorno
y lograron hacerme sobrevivir a una catastrófica enfermedad
en sus variables dimensiones. Con mi cariño y gratitud,
esta breve reflexión sobre mi vivida condición de médico como paciente.


Dr. Xavier A. López y de la Peña. 

 


El médico en su condición de paciente constituye una experiencia límite que desestabiliza categorías centrales de la práctica médica: objetividad, control técnico y autoridad epistemológica. Cuando quien encarna el saber clínico se transforma en un cuerpo enfermo, no solo cambia de rol; se produce una ruptura en su identidad narrativa, en su relación con el saber y en su posición ética frente al otro.
Cuando el médico asume el rol de paciente, la relación clínica se transforma en un espacio de complejidad ética y psicológica de que quien habitualmente ocupa el rol de sanador-cuidador pase a ocupar el lugar de quien necesita atención sanitaria y cuidado.
No se trata solo de un cambio funcional, sino de una transformación profunda del sentido ya que la superposición de identidades -profesional y paciente-, genera tensiones en torno a la autonomía, la jerarquía, la confidencialidad y la toma de decisiones cuyo análisis permite comprender que la clave radica, principalmente, en reconocer la vulnerabilidad como elemento constitutivo de toda experiencia del enfermar.
De esta manera el médico, cuando enferma, no solo experimenta determinados signos y síntomas físicos, emocionales y constitucionales, sino una ruptura profunda en la narrativa que sostenía su identidad: pasando de analista e intérprete de los cuerpos ajenos a ser un cuerpo analizado e interpretado, de quien diagnostica a ser diagnosticado, de autoridad técnica a sujeto vulnerable necesitado de ayuda. Simplemente se pasa de lo que antes era objeto de análisis clínico a ser una vivencia enferma encarnada.
Al enfermar el médico se enfrenta a la pérdida de control, a experimentar dependencia y a reconocer, -aún más-, la dimensión afectiva del cuidado; esto es, cae en mayor o menor medida en una crisis de identidad que le puede generar una sensación de fracaso o debilidad, dificultad para aceptar ayuda y una tendencia a automedicarse o a minimizar sus síntomas.
Esta situación genera tensión entre el conocimiento médico de la enfermedad y la experiencia subjetiva del sufrimiento donde el médico como paciente puede analizar y comprender los mecanismos fisiopatológicos de su enfermedad, pero eso no elimina necesariamente el miedo, la incertidumbre o la angustia ya que más allá de vivir un evento clínico, el médico como paciente enfrenta una experiencia liminal (entre roles), una crisis narrativa y una revelación de la vulnerabilidad constitutiva del ser humano.
Sin embargo, hay que reconocer que lejos de ser una contradicción, esta experiencia puede integrar ciencia y humanidad, técnica y compasión, saber y padecer.
Frente a su relación con familiares, el médico como enfermo suele enfrentar tres dimensiones interpretativas: identidad profesional, vulnerabilidad personal y expectativas sociales. En cuanto a que habitualmente ocupaba el lugar de un consejero en salud permanente, el de figura de seguridad frente a la enfermedad y como referente racional ante la crisis. De esta forma se invierte su rol de protector familiar y su familia podría sentir desconcierto o temor: “Si él se enferma, ¿Qué queda para nosotros?” y expresar resentimiento ¿Por qué no nos pidió ayuda oportunamente? En tanto que el médico como paciente puede experimentar culpa por “dejar de ser fuerte” y vivir en tensión entre mostrarse vulnerable o sostener una imagen de control de su incómoda la situación. Si bien el médico puede comprender técnicamente su enfermedad sus familiares viven la situación desde la incertidumbre, el miedo y la afectividad, ello puede llevar a que el médico pudiera minimizar su problema para tranquilizarles, a recibir una sobreprotección por parte de su familia y dificultar el aceptar cuidados básicos como podría ser el descanso y aceptar la dependencia. Bajo estas circunstancias la enfermedad deja de ser objeto clínico y se convierte en una experiencia compartida, revelando que la identidad profesional no agota la identidad personal. Frente a los seres queridos, el médico deja de ser principalmente “el que sabe” para volver a ser, simplemente, una “persona enferma”.
            En relación con los amigos, el médico como paciente suele oscilar ente el estigma y el silencio. Entre sus colegas podría tratársele como el “colega que sabe”, pidiéndole opinión aun estando enfermo y otros preferirían evitar hablar del tema por incomodidad. Así, el médico como paciente podría optar por guardar silencio para evitar perder su autoridad simbólica o compartir su experiencia como una forma de autenticidad.
            A lo anterior, uno de los temas más significativos que hay que sumar es el de la dependencia y reciprocidad ya que el médico acostumbrado a cuidar, ahora necesita apoyo emocional, ayuda práctica y acompañamiento en decisiones médicas. Ello le puede llevar a resistirse a “ser una carga”, a descubrir una reciprocidad afectiva y a llevarle a una mayor comprensión de lo que implica para un paciente depender de otros.
En el entorno hospitalario el médico como paciente podría también tener dificultad para asumir el rol pasivo de paciente, tender a cuestionar decisiones diagnósticas o terapéuticas y resistirse a mostrar vulnerabilidad generando tensiones con el equipo tratante, que puede sentirse evaluado o cuestionado. A su vez, un médico de mayor rango -por ejemplo-, jefe de servicio, puede convertirse en paciente de un médico más joven o subordinado y podría haber incomodidad al ejercer su autoridad clínica sobre un superior jerárquico de igual manera que el médico como paciente podría intentar influir en las decisiones médicas afectando la dinámica de poder habitual.
Podrían generarse problemas de confidencialidad al intentar el médico como paciente tener un acceso informal a su historia clínica, a escuchar “ciertos” comentarios en los pasillos o ser víctima de la curiosidad del personal, especialmente en casos “raros o extraordinarios”, psiquiátricos, de patologías graves o adicciones. A sufrir sobretratamientos médicos por temor a cometer errores (medicina defensiva) o de ser infratratado cuando se asume que el médico-paciente (opina u ordena hacérsele algo) y se le considera que “sabe lo que hace” y otras más.
El médico construye entonces su ipseidad (término que define la condición de "ser uno mismo", como experiencia reflexiva, la identidad propia y el carácter único del sí mismo o ipse, "él mismo" en latín), en torno a la competencia diagnóstica y la capacidad de intervenir eficazmente sobre el cuerpo del otro. La enfermedad introduce entonces un acontecimiento que interrumpe ese relato. El “yo que interpreta” se convierte en el “yo interpretado”. Algo como lo que refirió el filósofo y antropólogo francés Jean Paul Gustave Ricœur llamándole “El yo como otro” (Soi-même comme un autre).
Si bien el filósofo tradicionalista alemán, Hans-Georg Gadamer ha considerado a “la salud como el silencio del organismo”, cuando el médico enferma, su cuerpo deja de ser objeto epistemológico y se convierte ahora en experiencia inmediata.
En la relación clínica, el médico responde al rostro vulnerable del paciente. Sin embargo, cuando enferma, se convierte en ese rostro expuesto. La asimetría se invierte: el médico experimenta la desnudez ética que antes contemplaba desde una posición de autoridad. Esta inversión revela que la vulnerabilidad no es accidente, sino su condición constitutiva. La medicina entonces, desde esta perspectiva, no puede fundarse exclusivamente en la competencia técnica, sino en el reconocimiento de una fragilidad compartida. Pero también podríamos preguntarnos como lo hace el filósofo y escritor lituano de origen judío, Emmanuel Lévinas (Totalité et Infini): ¿cómo se articula esta ética cuando el médico es a la vez sujeto responsable y sujeto necesitado de cuidado? La experiencia del médico como paciente muestra que la ética no es unidireccional; la vulnerabilidad es recíproca.
El filósofo, ensayista y poeta alemán, Martin Heidegger, describió al ser humano como un “ser-para-la-muerte” (Sein und Zeit) en la que la muerte es la posibilidad más propia, irrebasable y cierta. Sin embargo, en la actualidad la medicina moderna pretende alimentar la ilusión de tener cierto control sobre la muerte cuando el médico, habituado a combatirla en otros se enfrenta, ahora, con su enfermedad grave a su propia finitud. Aquí, la enfermedad actúa como experiencia desveladora: el médico no solo trata procesos biológicos, sino que se descubre como existencia finita. La autenticidad surge entonces cuando el sujeto asume su mortalidad como posibilidad propia.
Pues bien, más allá del paradigma tecno ético que hemos planteado podemos concluir que la enfermedad desestabiliza la identidad profesional (Paul Ricoeur), revela la dimensión encarnada y pre-objetiva de la existencia (Hans-Georg Gadamer), manifiesta la vulnerabilidad como fundamento ético (Emmanuel Levinas) y confronta al médico con su propia finitud (Martin Heidegger)8.
La experiencia así del médico como paciente muestra que la medicina no puede reducirse a epistemología aplicada. Es, en su núcleo, práctica humana situada en terreno de la vulnerabilidad y fragilidad.

Es una experiencia no solo de crisis, sino de revelación. Revela que el conocimiento médico describe procesos, pero no agota el sentido del sufrimiento. Revela que la ética no nace del poder, sino de la vulnerabilidad. Y revela que la finitud no es un accidente biológico, sino condición constitutiva de toda práctica de cuidado.

En última instancia, el médico como paciente testimonia que la medicina, antes que técnica de dominación, es encuentro entre existencias y vivencias uni personales finitas.
Esta narración no elimina el dolor, la angustia, la incertidumbre, la vulnerabilidad y el recordatorio de nuestra finitud ciertamente, pero le sitúa en un horizonte de humano sentido.
A continuación, presento, para quien quiera abundar sobre este tema, a algunos personajes notables que han escrito explícitamente sobre su experiencia como pacientes, convirtiendo su enfermedad en reflexión ética, existencial o narrativa. No son meros casos biográficos, sino testimonios donde el tránsito de médico a paciente es tematizado por escrito.
Paul Kalanithi, el neurocirujano estadounidense formado en Stanford, diagnosticado con cáncer pulmonar metastásico a los 36 años de edad en su obra When Breath Becomes Air (2016) reflexiona y nos da un testimonio contemporáneo paradigmático del médico que analiza filosóficamente su propia enfermedad.
El médico y escritor Oliver Sacks en sus Ensayos finales en The New York Times tras ser diagnosticado con cáncer metastásico, escribió en su obra My Own Life (2015) “I cannot pretend I am without fear. But my predominant feeling is one of gratitude” (No puedo fingir que no tengo miedo. Pero mi sentimiento predominante es la gratitud), demostrando cómo el médico puede conservar su lucidez clínica sin negar la dimensión afectiva y espiritual.
El cirujano y profesor en Yale Sherwin B. Nuland en su obra How We Die y Lost in America (2003), analiza procesos de muerte desde perspectiva médica, como también sobre su propia depresión severa y tratamientos psiquiátricos. Aportando una mirada sobre la humillación del paciente hospitalizado y la vulnerabilidad del médico ante la enfermedad mental.
O la de Rafael Campo, médico internista y poeta estadounidense que en su obra The Desire to Heal (1997) y otros ensayos, escribe sobre enfermedad, identidad y vulnerabilidad, incluyendo experiencias personales como médico dentro del sistema sanitario y su vivencia como paciente dándole un enfoque literario y ético.

Por ahora, ante este trance vivencial espero haberme comportado ante los que me
 atendieron y me acompañaron como un vulnerable, humilde, respetuoso
 y agradecido paciente necesitado de ayuda, comprensión y cariño.



    Morishita, Mariko & Iida, Junko & Nishigori, Hiroshi. (2019). Doctors’ Experience of Becoming Patients and its Influence on their Medical Practice: A Literature Review. EXPLORE. 16. 10.1016/j.explore.2019.10.007.
    Beauchamp, T. L., & Childress, J. F. (2019). Principles of biomedical ethics (8th ed.). Oxford University Press.
    Kay, M., Mitchell, G., Clavarino, A., & Doust, J. (2008). Doctors as patients: A systematic review of doctors’ health access and the barriers they experience. British Journal of General Practice, 58(552), 501–508. https://doi.org/10.3399/bjgp08X319486
    Maslach, C., & Leiter, M. P. (2016). Burnout in the workplace: A review of the research and its implications. World Psychiatry, 15(2), 103–111.
    Parsons, T. (1951). The social system. Free Press.
    Pellegrino, E. D. (2008). The philosophy of medicine reborn: A Pellegrino reader. University of Notre Dame Press.
    Wallace, J. E., Lemaire, J. B., & Ghali, W. A. (2009). Physician wellness: A missing quality indicator. The Lancet, 374(9702), 1714–1721.
    Heidegger, M. (2003). Ser y tiempo (J. E. Rivera, Trad.). Trotta. (Trabajo original publicado en 1927)