miércoles, 1 de julio de 2026

Homo destrudo.

 

La pulsión del destrudo en eventos actuales:

Guerra y Futbol. 

Un equipo de once personas vistiendo los colores nacionales se convierte en la iglesia visible de la patria, transformando un juego en una guerra santa dominical.

Eric John Ernest Hobsbawm

Dr. Xavier A. López y de la Peña



Somos considerados como seres pensantes y sapientes (Homo sapiens) por nuestra capacidad de razonar; sin embargo, nuestra especie tiene la capacidad única de destruir su entorno y a sí misma.
En tanto que otros seres matan por necesidad biológica de supervivencia nosotros desarrollamos

una pulsión destructiva que ha desembocado en una crisis ecosistémica mundial. Somos así mismo entonces, un Homo destrudo. Término del psicoanálisis introducido en 1935 por el psicoanalista Edoardo Weiss para describir nuestra energía psíquica ligada al instinto de muerte o Tánatos que es la contraparte oscura de la libido y que representa nuestra pulsión de agresión, dominio y autodestrucción.1
En la actualidad vivimos inmersos en situaciones varias ligadas estrechamente a esta pulsión bajo un fuerte componente religioso:
¿Cuáles son esos determinantes religiosos comunes? 
En religión lo sagrado es como su núcleo, separado de lo cotidiano, considerado puro o prohibido; los objetos, imágenes, gestos o expresiones; los mitos; los rituales, la doctrina, vestimenta, la comunidad y la experiencia mística le componen.
            Bien.
En el tema de la guerra sabemos que existen actualmente entre 59 y 65 conflictos armados activos basados en Estados (guerras directas o guerras civiles), repartidos en aproximadamente 35 a 40 países directamente afectados en su territorio, afectando a más de 612 millones de personas (específicamente mujeres y niñas). Sobresaliendo el conflicto Ucrania y Rusia, Medio Oriente (Eje Israel-Gaza-Irán-Líbano), Sudán, Myanmar (Birmania) y Zonas de insurgencia continua e países como Siria, Yemen, Somalia, Nigeria y la República Democrática del Congo. Estas guerras han dejado entre 244,000 y 255,000 muertes anuales directas en combate, en cuanto a las personas lesionadas, heridas o mutiladas, se estima que la cifra supera los 2.5 millones de personas, a lo que se suma un colapso sanitario que multiplica las víctimas indirectas por enfermedades y desnutrición.
            La guerra ha sido constante entre los humanos debido a varias causas: Por la competencia por recursos como mecanismo de supervivencia; por la división que hacemos del mundo entre el "nosotros" y "ellos"; por el deseo de poder, honor y dominación social; por la distribución desigual de la riqueza entre naciones ricas y pobres; cuando un país aumenta sus armas para defenderse, hace que sus vecinos se sienten amenazados y se armen también; cuando se inician guerras para el propio beneficio político o financiero; cuando ocurre un choque entre creencias o ideologías religiosas o políticas que llevan a justificar la deshumanización del “otro” (enemigo) y como consecuencia de la narrativa histórica que inyecta el deseo de vengarse ahora por los pasados agravios.
            En el tema del futbol (Copa Mundial) organizada por Canadá, México y Estados Unidos participan 48 países que suman una población total combinada de aproximadamente 2,300 millones de habitantes. Esta cifra representa cerca del 27.7% de la población mundial actual. En las predicciones por computadora (Opta) se señalan como favoritos (en este orden) a ganarla: Francia, España, Inglaterra, Argentina, Brasil y Portugal.
El móvil antropológico y social del deporte competitivo (futbol en este caso concreto) es el de ser un sustituto pacífico de la guerra que funciona como una catarsis colectiva en donde el enfrentamiento entre grupos, comunidades, ciudades o naciones ocurre sin la destrucción real de la guerra. Conmina a pertenecer a un "grupo" reuniendo a miles de personas bajo los mismos colores, símbolos y cantos en donde el jugador compite para alcanzar la gloria, el reconocimiento público, trofeos, récords, etc. Actuar en el escenario donde gana quien demuestra mayor destreza, disciplina y esfuerzo en condiciones idénticas. Todo ello impulsado por la industria del deporte enfocada en capturar la atención de las masas para generar ingresos a través de derechos televisivos, patrocinios y publicidad.
Veamos ahora cuáles son los lazos que comparten:
En el futbol el objetivo que se tiene es la victoria en el marcador, vencer al rival en el torneo y la conquista del galardón en el terreno de juego donde el rendimiento físico atlético de élite sustituye la letalidad de las fuerzas de combate. En tanto que en la guerra se estimula el patriotismo extremo como forma de identificación grupal y nacionalista, la propaganda, los himnos, las banderas y la narrativa del "nosotros contra ellos" para unificar a la población civil frente a una amenaza; en tanto que en el futbol los estadios son campos de batalla simbólicos. Las selecciones nacionales visten los colores de su bandera, se cantan los himnos nacionales antes del combate deportivo y la afición se moviliza bajo una identidad colectiva -a veces-, destructiva y feroz.
En la guerra se planea la ofensiva en mapas, se exploran las debilidades del enemigo, se despliegan líneas de defensa y utilizan la inteligencia militar para sorprender y acorralar al contrincante, en tanto que, en el futbol, el cuerpo técnico diseña las tácticas en una pizarra y se habla en términos militares también como el “atacar por los flancos”, “replegar a las defensas”, “atacar y contra atacar”, usar estrategias defensivas y ofensivas y todo ello para acertar al gol venciendo al guardameta.
La guerra se rige por códigos militares y el Derecho Internacional Humanitario (Convenios de Ginebra) para evitar la barbarie total, castigando los crímenes de guerra; en tanto que el futbol se rige por el deseo de un Fair Play o el juego limpio y el reglamento de la FIFA castigando con tarjetas (amarillas o rojas) a los jugadores que cometan agresiones ilegales o violencia física.
La guerra es un motor económico industrial (producción de armamento) y una herramienta geopolítica destructiva para alterar el equilibrio de poder mundial, en tanto que en el futbol el motor es comercial masivo (derechos de televisión, patrocinios) y una herramienta de "poder blando" (soft power) en que los países utilizan el éxito deportivo o la organización de mundiales para lavar su -tal vez deteriorada-, imagen internacional o para demostrar supremacía político-económica de una forma más o menos pacífica.
Vemos así que la relación entre la guerra, religión y futbol representa un fenómeno social poderoso e interesante, donde el deporte se transforma en un canalizador de devoción espiritual o en un reflejo de conflictos bélicos históricos, actuando tanto como un sustituto pacífico de la guerra o como un catalizador de tensiones religiosas, donde ambos pueden considerarse seguidores y partícipes de una Religión Laica.
Así, los estadios de futbol u olímpicos actúan como catedrales modernas; la cancha es el altar y el campo de batalla es el terreno sagrado.
Los himnos nacionales, las ceremonias de apertura, los desfiles de banderas y los juramentos iniciales imitan fielmente las procesiones religiosas.
Los uniformes militares y las camisetas de los equipos funcionan como hábitos sagrados que identifican a los fieles.
Los generales históricos y los atletas de élite (como Maradona, Pelé, Messi, Ronaldo) son venerados como semidioses dotados de capacidades sobrehumanas.
Un soldado que cae en combate y un atleta que se lesiona de por vida o muere en la cancha por defender los colores reciben el mismo estatus de mártir.
Ambos dividen el mundo de forma absoluta entre la comunidad de fieles (tu país o tu equipo) y los infieles o rivales (el enemigo).
El verdadero fanático apoya a su equipo "en las buenas y en las malas", un nivel de lealtad ciega idéntico al dogmatismo religioso o al patriotismo bélico.
Tanto la guerra como el deporte permiten al individuo disolver su ego para formar parte de algo más grande, otorgando un propósito existencial.
El entrenamiento militar y la preparación atlética exigen ambos la mortificación del cuerpo, el dolor físico extremo y la disciplina absoluta en busca de la "salvación" o la “victoria”.2
            Recuérdese también que, en diversas regiones del planeta, el futbol dejó de ser un simple juego para convertirse en un verdadero campo de batalla de guerras religiosas y políticas preexistentes. El ejemplo más simbólico a nivel mundial es El derbi "Old Firm" de Escocia. Entre los Celtic F. C. y Rangers F. C. con su origen bélico históricamente ligado al conflicto de la defensa Irlanda del Norte vinculado a de la Corona Británica.
Al terminar este encuentro muchos aficionados de los locales ya se marchaban del estadio cuando Colin Stein anotó el tanto del empate en el tiempo de descuento, lo que provocó el delirio de la afición. En medio de la confusión de los que se iban y la celebración del tanto, en la escalera 13 ocurrió una desbandada que dejó 66 muertos, la mayoría por asfixia entre los que estaban muchos niños, y también más de 200 heridos en el que es un capítulo negro en la historia del futbol escocés. Esta historia de fanatismo y rencores desbordados e incontrolables comenzó un 28 de mayo de 1888 en un encuentro que venció el Celtic por 5-2 y ahí comenzó la historia de un choque no solo futbolístico, sino que va más allá y queda marcado hace más de un siglo en el pensamiento que enfrenta a católicos y protestantes, irlandeses contra unionistas, ricos contra pobres.
Finalmente, la triada compuesta por la guerra, la religión y el futbol expone las fibras más íntimas de la psicología de masas y la antropología cultural, en donde el futbol competitivo es hoy uno de los logros sociales más sobresalientes de la humanidad al constituirse como una Religión laica aunada fuertemente a la estructura estratégica y competitiva de la guerra, que “trata” de aprisionar -aunque, desgraciadamente algunas trágicas veces no lo logra-, los instintos naturales más peligrosos y destructivos de nuestra especie dentro de un espectáculo “pacificado”.

 

Disfrute pues de los juegos de esta Copa Mundial de Futbol 2026, sin fanatismo, gozando de la inteligencia, agilidad, disciplina, destreza, fuerza, capacidad, estrategia y orden común entre jugadores de uno y otro equipo, ya que:
“El fanatismo ciega; el deporte une.”
“La violencia no juega, el respeto sí.”
Ganadores y perdedores todos en paz y armonía, dejando atrás nuestra pulsión del “destrudo” y gozando de la “libido” o pulsión de vida, enfocada principalmente en la búsqueda del placer que este deporte nos produzca.


1 . https://en.wikipedia.org/wiki/Death_drive
2 . Durkheim, É. Las formas elementales de la vida religiosa. Madrid, 1912. Alianza Editorial.
3 . Huizinga, J. Homo Ludens. Buenos Aires, 1938. Emecé Editores.
4 . Orwell, G. The Sporting Spirit. Tribune, 1945. London.
5 . Foer, F. How Soccer Explains the World: An Unlikely Theory of Globalization. New York, 2004. HarperCollins.
6 . Armstrong, G. Football Hooligans: Knowing the Score. Oxford, 1998. Berg.
7 . https://www.elespanol.com/deportes/futbol/20190102/celtic-rangers-desastre-ibrox-marco-futbol-escoces/364963821_0.html

lunes, 1 de junio de 2026

De la cicatriz a la raya.

DE LA CICATRIZ A LA RAYA:
UNA INTERPRETACIÓN DEL SENTIDO.

Dr. Xavier A. López y de la Peña. 

La interpretación del sentido (entendido como proceso mediante el cual el ser humano otorga significado, coherencia y valor a su experiencia del mundo, de sí mismo y de los otros) consiste en la capacidad que tenemos de reconocer la realidad circundante y de relacionarnos con ella mediante nuestros sentidos que nos permiten percibir estímulos internos y externos, enviando información al cerebro para poder interpretar el entorno y, en su caso, actuar.

Miré entonces la cicatriz en mi piel recordándome una herida que simboliza a su vez dolor y transformación, así como nuestra capacidad de sanar, dejándomela como un recuerdo de la propia resistencia y como una raya para contar una historia. Una simple “raya” en mi piel que separa un lado del otro dentro de un todo y que inicia y termina abruptamente. Esta “raya” es entonces una inscripción o el registro de una acción - en mi caso particular-, de una cirugía.
En base a ello me surgió la idea de hurgar en el significado y simbolismo que puede haber en torno a una “raya” que, a pesar de conformarse como un sencillo y simple trazo, posee una riqueza interpretativa de enormes dimensiones como serían: origen, límite, tamaño, camino, conexión, diferencia, umbral, sentido y señal.
Sutilmente podríamos considerarle incluso como el principio del todo; de la nada (marcada con su inicio que rompe el vacío) al todo (marcado en su final), es decir, como un acto realmente “originario”. Es tanto unión como separación y umbral, punto exacto donde dejas de estar en un lugar para entrar en otro.
Ahora bien, relacionando lo dicho sobre la “raya” (línea gráfica alargada que se traza sobre una superficie) con algunos objetos más comunes en forma de “raya” incluyendo a la cicatriz, por supuesto, y que tienen un significado simbólico podremos considerar a:
El relámpago: Luz breve y súbita que corta la oscuridad.
El palo: Defensa, poder.
El surco: Representa alimento por el trabajo, el orden sobre el caos natural.
La flecha: Dirección y energía.
La aguja: Conexión, integración.
La estela: Rastro que dejamos atrás, nuestras acciones pasadas.
El eje: Sobre la cual todo lo demás gira, la estabilidad central.
La antena: Percepción, transmisión. 
Como objetos físicos (símiles de “raya” recta) destacaremos aquí únicamente a la antena, la aguja y la flecha para tratar de dimensionarles en la esfera de nuestro hacer humano en el mundo con su orientación simbólica en la interpretación del sentido.
            Son en sí mismos “objetos-rayas” con diferentes propósitos que trataremos de englobarlas en el sentido que se les da en la vida social. Como una forma de metáfora clave para comprender lo que hacemos al vivir en el mundo.

            Veamos:

La antena. A finales del siglo XIX, con la invención de la telegrafía sin hilos, este término se adoptó para describir los conductores metálicos que "perciben" las ondas electromagnéticas, similar a las antenas sensitivas que poseen los insectos. Es, por tanto, un objeto actuante que representa para nosotros la estimulación de nuestros sentidos (visual, táctil, auditivo, gustativo u oloroso) con la capacidad de captar las señales provenientes del entorno tanto de recepción como de apertura. Gracias a ello somos capaces de recibir la señal-estímulo de (casi) todo lo que nos rodea, donde el sujeto se constituye en la medida en que “atiende a lo otro”.

La aguja como símbolo de conexión, unión e integración en su función más básica, sirve para unir o conectar dos elementos, como cuando se usa para coser o reparar tejidos. Este acto de ensamblar diferentes partes de un todo la convierte en un símbolo de unión, ya sea interpretado en el plano físico, emocional o hasta espiritual. En este sentido, la aguja puede ser vista como un puente entre lo separado, que ayuda a reparar lo roto o a juntar partes que previamente estaban distantes. Simboliza también integración y reconciliación, ya que, en muchos contextos emocionales una persona que se siente fragmentada o dividida podría ser "cosida" por la aguja, restaurando así su integridad. Por tanto, la aguja, más allá de su función utilitaria y práctica, representa el acto interpretativo mismo, que selecciona, atraviesa, integra y organiza el sentido recibido.

La flecha, señala la dirección, la orientación. Si las antenas reciben y las agujas interpretan, las flechas proyectan. De hecho, toda interpretación culmina en una toma de posición, en una dirección o decisión elegida entre muchas posibilidades. La flecha no duda: apunta. Comprender no es solo conocer, sino también comprometerse con un sentido, asumir sus consecuencias y orientarse en función de él. La flecha simboliza, por tanto, la transformación del significado en acción, del entendimiento que en voluntad decide y actúa.


Lo que queremos expresar con esta triada no es únicamente la descripción de tres elementos físicos aislados, sino su articulación dinámica a través de su simbolismo. De hecho, no hay flecha sin aguja, ni aguja sin antena: son rayas diversas pero únicas.
Bien, para tener una orientación auténtica del sentido se exigen tres pasos: “apertura”, “mediación” y “decisión”. Si alguno de estos elementos falla, la experiencia se distorsiona: Sin antena, el sujeto se aísla y encierra en sí mismo; sin aguja, se desorienta y pierde en su confusión; sin flecha, queda paralizado entre la incertidumbre y la indecisión: no decide, no actúa.
Esta no es simplemente una metáfora, sino una descripción antropológica y simbólica del modo en que habitamos el mundo. Somos, simultáneamente, receptores, intérpretes y proyectores de sentido o, dicho de otra manera, nos comportamos como personas que percibimos selectivamente, interpretamos colectivamente y actuamos con determinada orientación construyendo una gran diversidad y creatividad improntada y manifiesta en nuestras diversas culturas.

Por lo tanto, dada nuestra interpretación del
sentido puede decirse aforísticamente que: 
Yo soy yo y lo que decido.

1. Latour, B. (2007). Nunca fuimos modernos. Ensayo de antropología simétrica. Siglo XXI, Argentina. Disponible en: https://monoskop.org/images/f/fb/Latour_Bruno_Nunca_fuimos_modernos_Ensayo_de_antropologia_simetrica.pdf
2. McLuhan, M. (1944). Understanding Media: The Extensions of Man. MIT Press. ISBN: 9780262631594
3. Simondon, G. (2008). El modo de existencia de los objetos técnicos. Prometeo Libros. Buenos Aires, Argentina. Disponible en: https://sociologiassociativa.wordpress.com/wp-content/uploads/2011/09/simondon_2007_el-modo-de-existencia-de-los-objetos-tecnicos_book.pdf


viernes, 1 de mayo de 2026

Homo egoísta.

 

Homo Egoísta.


Dr. Xavier A. López y de la Peña
         

  
Ya el filósofo y científico griego Aristóteles en el siglo IV a. C., en su obra Ética a Nicómaco se lo cuestionaba:
Se ha preguntado si conviene amarse a sí mismo con preferencia a todo lo demás o si vale más amar a otro; porque ordinariamente se censura a los que se aman excesivamente a sí propios, y se les llama egoístas, como para avergonzarles por este exceso.*
Vamos a hablar entonces ahora sobre el egoísmo: El yo, solo yo, primero yo, mi, mío, para mí, por mí, son una secuencia de palabras que describen su estructura y que se engloban en el egocentrismo donde la realidad se filtra exclusivamente a través de la propia perspectiva y beneficio.
Palabra que representa, en resumen, la tendencia o práctica de un inmoderado y excesivo amor a sí mismo que hace atender desmedidamente al propio interés, sin importar ni cuidarse del de los demás. Pero también -y esto es algo muy importante-, no se debe confundir con el amor propio cuya diferencia está en que el amor propio busca el bienestar sin dañar a otros, mientras que el egoísmo ignora lo que les pueda ocurrir, esto es, carece de empatía.
El egoísmo es una actitud considerada ya como buena o mala, una virtud o un defecto. Puede representar un obstáculo social y ético o constituirse como un motor esencial de la acción humana y del desarrollo personal. El egoísmo proviene del miedo y del ego no del verdadero amor propio, diferenciándose del amor propio saludable.1
            No obstante, el egoísmo forma parte de la naturaleza humana ya que, en todo acto, incluyendo el que parezca más altruista tiene como base un motivo egoísta. Por ejemplo, si se le proporciona ayuda a alguna persona, esta se hace para evitar el propio malestar o para sentir una satisfacción personal.
De esta manera el egoísmo se puede considerar como una pulsión o conducta básica de supervivencia enfocada en la autoconservación y la búsqueda de interés propio, pero, aunque esta sea una respuesta innata, esta evoluciona cuando se interactúa con la sociedad, donde se negocia este impulso y se desplaza hacia la justificación de que el bienestar individual es el motor legítimo del progreso y la moralidad.2
            El egoísmo como acto de supervivencia está entonces ligado con el derecho a la vida y podría elevarse a ser una virtud como lo propone la escritora y filósofa rusa Alisa Zinóvievna Rosenbaum (Ayn Rand), a través de su filosofía objetivista, diciendo sobre la vida que:
Hay solo un derecho fundamental (todos los otros son sus consecuencias o corolarios): el derecho del hombre a su propia vida. La vida es un proceso de auto sustento y acción autogenerada; el derecho a la vida significa el derecho a ocuparse en el auto sustento y la acción autogenerada, lo que significa que la libertad consiste en ejecutar todas las acciones requeridas por la naturaleza de un ser racional para el sustento, el fomento, la satisfacción y el disfrute de su propia vida.3
Hemos creído que somos seres conscientes y autónomos, pero, ¿acaso no estamos programados para perseguir lo que más nos beneficia, de acuerdo con una lógica evolutiva mucho más antigua que nuestra propia razón? Nuestros deseos, nuestras emociones, incluso nuestras relaciones, podrían ser simplemente el producto de un código genético que no entiende de ética ni de altruismo. Si el egoísmo tiene raíces en nuestra biología, entonces la compasión, la generosidad o el sacrificio podrían ser, en el mejor de los casos, simples excepciones, desviaciones de la norma, gestos raros que surgen por circunstancias sociales o culturales, pero que no corresponden a nuestra naturaleza más profunda.
El biólogo evolutivo británico, Clinton Richard Dawkins,4 con su obra El gen egoísta (1976), nos invitó a pensar que todo lo que somos, todo lo que creemos que es humano, no es más que la manifestación de un principio biológico fundamental: la necesidad de los genes de perpetuarse. El egoísmo, entonces, no sería una simple debilidad o un defecto moral sino una estrategia de supervivencia, un impulso innato y primordial radicado en la metáfora de un supuesto gen. En este sentido, no seríamos los amos de nuestros cuerpos sino simplemente los vehículos de nuestros genes, que luchan, compiten, y sobreviven.
            Nada nos resulta ajeno y el interior de nuestra más primitiva naturaleza nos recuerda constantemente que debemos cuidarnos a nosotros mismos, la de preservarnos ante el abismo que se abre bajo nuestros pies en la vida diaria. Pero, mientras más tratamos de comprenderlo, más se nos escapa su verdadera forma, más se difumina en la niebla de lo intangible y nos damos cuenta de que el egoísmo no es simplemente un acto consciente o egoísta, sino una pulsión que está incrustada en las entrañas mismas de nuestra existencia.
Intentamos sostener la creencia de que podemos ser generosos, altruistas y desprendidos, pero el egoísmo tiene una habilidad asombrosa para ocultarse en las sombras más sutiles de nuestro hacer diario. Es un suspiro en la acción, un impulso sin nombre que, disfrazado de nobleza, toma decisiones que parecen ser por los demás, pero que en el fondo son impulsadas por la necesidad de sentir que somos vistos, amados, aceptados. ¿No es todo acto de generosidad una forma de buscar un reflejo en los ojos del otro? ¿Acaso no nos volvemos egoístas incluso cuando nos creemos desinteresados?
            Al mirarnos notamos que no siempre somos el ser compasivo que pretendemos ser. A veces, lo que llamamos amor es solo una extensión de nuestro propio deseo de ser queridos. A veces, la soledad nos pesa tanto que la empatía que ofrecemos a los demás se convierte en una búsqueda de validación, no de conexión genuina. Y nos preguntamos: ¿es posible amar a los demás sin ver en ellos el eco de lo que necesitamos de ellos? ¿Es posible entregarnos sin esperar que nuestro sacrificio nos redima de nuestra propia angustia?
            Luego entonces el egoísmo no es un enemigo externo al que podamos simplemente derrotar con actos de bondad, sino que se convierte en una batalla constante con nosotros mismos. Somos por naturaleza seres solitarios, y esa soledad se convierte en un vacío que intentamos llenar ya con el afecto ajeno, con el reconocimiento, con la ilusión de que nuestra existencia tiene sentido solo si podemos tocar las vidas de otros. Sin embargo, con nuestra conducta ¿No estamos simplemente buscando nuestra propia salvación en los demás? ¿No estamos, finalmente buscando que el otro nos complete, que nos dé la plenitud que sentimos nos falta? ¿No será el egoísmo un reflejo de nuestra propia vulnerabilidad?
            Tal vez nuestra necesidad de cuidarnos, de proteger lo que creemos que somos es solo una respuesta al miedo existencial, el miedo a desvanecernos en el olvido y a ser insignificantes. El egoísmo, entonces, no sería solo un vicio, sino una defensa, una coraza que intentamos levantar alrededor de nosotros para mantenernos intactos en un mundo que, a veces, parece no reconocer nuestra fragilidad.
            Pero también el egoísmo en una condena ya que cuando más nos protegemos más nos aislamos, nos encerramos en nuestro propio mundo olvidándonos de la conexión y de la vulnerabilidad compartida para con los otros. Nos quita la posibilidad de experimentar todo lo que nos rodea de manera auténtica.
Finalmente debemos darnos cuenta de que el verdadero desafío no es evitar el egoísmo, sino aceptarlo como parte de nuestra condición humana. Es aprender a vivir con él, a no dejar que nos defina. El egoísmo es, tal vez, inevitable, pero también lo es nuestra capacidad de trascenderlo, de reconocer que hay algo más grande que nuestra propia supervivencia. Ese algo más grande es la conexión auténtica con los demás, el acto de darnos sin esperar nada, el permitirnos vulnerar el muro que construimos alrededor de nuestro ser.
Y aunque el egoísmo nos lleva a preguntarnos siempre por nosotros mismos, el amor más verdadero aquel que quizás nunca aprenderemos a dominar por completo, es el que se entrega sin reservas, sin la expectativa de que se nos devuelva.

Finalmente, como egoístas innatos deberíamos entonces aprender a dar sin miedo a sentir alguna pérdida y a recibir sin temer ser consumidos. Ello nos posibilitará a encontrar la respuesta a la paradoja del egoísmo de que, al final, la única forma de vivir verdaderamente es dejar de vivir solo para nosotros mismos.
            Y actuando bajo la premisa determinada por el filósofo Friedrich Nietzsche de que solo existe un derecho humano básico: el derecho a hacer lo que nos dé la gana (libre albedrío). Y con él viene el único deber humano: asumir las consecuencias.


*  Aristóteles. Moral a Nicómaco. Libro noveno, capítulo VIII. Del egoísmo o amor propio. En: https://www.filosofia.org/cla/ari/azc01255.htm


1 . https://www.filosofia.org/cla/ari/azc01255.htm
2 . Pinilla-Rodríguez, Diego, & Sánchez-Recio, Patricia. (2020). El egoísmo en el pensamiento de Thomas Hobbes. Interpretación y racionalidad cooperativa. Cinta de moebio, (69), 241-254. https://dx.doi.org/10.4067/S0717-554X2020000300241
3. https://courses.aynrand.org/works/mans-rights/
4. https://en.wikipedia.org/wiki/Richard_Dawkins