lunes, 2 de noviembre de 2026

De la Fe ritual a la confianza Algorítmica

 De la credibilidad en la Fe ritual a la confianza Algorítmica.
La dignidad humana en juego.

El futuro de la tecnología amenaza destruir todo lo que es humano en el hombre,
pero la tecnología no alcanza a la locura, y en ella es donde lo humano del hombre se refugia.
 
Chaya Pinjasivna Lispector o Clarice Lispector.

Dr. Xavier A. López y de la Peña



La credibilidad es la facilidad o la tendencia que tiene una persona para creer cualquier cosa con ligereza o sin pruebas suficientes, en tanto que la confianza es la esperanza firme, la seguridad o la convicción de que una persona tiene en que algo funcione, en que alguien actúe con rectitud, o en sus propias capacidades.
En tanto que la dignidad humana es un valor intrínseco, esencial, universal e inalienable por el simple hecho de existir, sin importar cual sea su raza, género, edad, condición social, religión o nivel socio-económico. Ese valor determina que la persona nunca debe o puede ser tratada como una herramienta u objeto, ya que su valor no se puede medir en dinero, productividad ni utilidad social. El filósofo Immanuel Kant lo resumió así: En el reino de los fines, todo tiene o un precio o una dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y no admite equivalente, eso tiene una dignidad. De esta manera, la credibilidad y la dignidad humana están entrelazadas porque ambas se sostienen en la capacidad de reconocer y valorar al otro como sujeto de confianza.
Trataremos de explicar la interacción de ambos vocablos bajo las tensiones de la Fe ritual y la certeza Algorítmica de nuestro tiempo, para comprender cómo procesamos la credibilidad en esta era del dataísmo en la que pasamos de adorar mitos y ritos tradicionales, a sacralizar los sistemas automatizados de predicción. Todo ello poniendo en jaque la propia dignidad humana en la que hemos cambiado los rituales celebrados en el templo, por lo rituales frente a la computadora en donde la certeza algorítmica afecta nuestra credulidad simulando una verdad divina proveniente de este oráculo digital.
Nuestra civilización occidental ha seguido un camino de cambios en los sistemas de legitimación de la verdad y en las estructuras en las que la humanidad deposita su credibilidad frente a la incertidumbre del acontecer cotidiano.
Hace unos 1500 años con la Fe ritual en el Teocentrismo de la Edad Media se seguía a pie juntillas la Regla de San Benito de Nursia, que señalaba: La obediencia sin demora es lo que más agrada a Dios, frase que representa a la obediencia ritualizada como virtud suprema relacionada con la salvación. En ella todos los aspectos de la vida humana estaban subordinados a la voluntad divina, como la ciencia, la política, la cultura y la moral. Además -sigue diciendo-, El primer grado de humildad es que el monje, sin amar su propia voluntad, imite a Cristo obediente hasta la muerte, con lo que se expresa que la dignidad de la persona renuncia a su autonomía, en favor de la obediencia ritual.
Más adelante, unos 500 años después con el nacimiento del Humanismo (siglos XIV y XV en Florencia, Roma y Venecia), sus iniciadores adoptaron como lema histórico la célebre frase dada por el comediógrafo romano, Publio Terencio Afro, del año 165 a. C. que dice: Hombre soy; nada de lo humano me es ajeno con la que sitúan al ser humano con su razón y su valor en el centro del pensamiento, desplazando las explicaciones puramente teológicas.
            Uno de sus exponentes fue el pensador humanista italiano, Giovanni Pico della Mirandola, con su Oración sobre la dignidad del hombre (Oratio de hominis dignitate) en el año de 1486, al dejarnos el texto cumbre del humanismo renacentista en el que Dios le dice al ser humano que le concedió el libre albedrío para esculpir su propio destino mediante la razón; veamos cómo:

Fragmento de la Oratio de hominis dignitate.

 

Oh Adán, no te he dado ni un lugar determinado, ni un aspecto propio, ni una prerrogativa peculiar con el fin de que poseas el lugar, el aspecto y la prerrogativa que conscientemente elijas y que de acuerdo con tu intención obtengas y conserves. La naturaleza definida de los otros seres está constreñida por las precisas leyes por mí prescritas. Tú, en cambio, no constreñido por estrechez alguna te la determinarás según el arbitrio a cuyo poder te he consignado. Te he puesto en el centro del mundo para que más cómodamente observes cuanto en él existe. No te he hecho ni celeste ni terreno, ni mortal ni inmortal, con el fin de que tú, como árbitro y soberano artífice de ti mismo, te informases y plasmases en la obra que prefirieses. Podrás degenerar en los seres inferiores que son las bestias, podrás regenerarte, según tu ánimo, en las realidades superiores que son divinas.

 

Ahora en nuestros tiempos nos desarrollamos en la era de la computación moderna o “Era del Algoritmo”, iniciada por el matemático y teórico británico Alan Mathison Turing en 1936 quien demostró cómo una máquina podía procesar cualquier algoritmo programado. Un algoritmo requiere de un conjunto ordenado, finito y preciso de instrucciones lógicas (datos) que nos ayudan o permiten resolver un problema, realizar un cálculo o cumplir con una tarea específica, abriéndole las puertas a la corriente filosófica de la actualidad llamada Dataísmo o “religión de la información”, que sostiene que las decisiones tomadas por algoritmos y macrodatos (big data) son más confiables o creíbles y objetivas que la intuición, la sabiduría o el conocimiento humano.
            ¡Vaya! Esto nos ha impactado de manera increíble en la vida cotidiana hasta casi llevarnos a la atrofia de nuestro propio juicio y a la fricción constante con nuestra existencia misma al transformar los gestos más íntimos y las rutinas más ordinarias que realizamos, en respuesta a instrucciones programáticas.
            De hecho y como ejemplos: cambiamos nuestras decisiones de consumo cultural y ocio mediado por el uso de plataformas como Spotify, Netflix o TikTok que nos dicen qué hacer, qué ver, que comprar, a dónde ir y más. Esto es, la credibilidad algorítmica tiende ahora colonizar nuestros espacios de la toma de decisiones diarias a través de un proceso tecnológico externo.
Hoy, caminar desenfadadamente por las calles, mirando librerías, degustando un café y viendo como cae la tarde conversando con algún amigo, ha sido sustituido por sistemas de recomendación automatizados en la web. Son sistemas que, mediante análisis predictivos procesan nuestro comportamiento histórico para mantenernos “alerta, contentos, satisfechos”, encerrados en una burbuja tecnológica donde nos alejan de enfrentarnos con el azar y el gusto por lo desconocido, para darnos lo “que estadísticamente saben que nos gusta o queremos” y, por tanto, eliminando el interactuar con nuestros congéneres. El autor surcoreano y alemán, Byung-Chul Han (2022) quien describe cómo la sociedad postmoderna está dominada por el rendimiento, evolución de la sociedad del deber o sociedad disciplinaria, nos explica que esta dinámica suprime la alteridad y la negatividad del descubrimiento, convirtiéndonos en un fenómeno de domesticación existencial.
            Otro ejemplo: En la esfera interpersonal de relaciones afectivas y eróticas con el otro/a en lo que se llama “cortejo”, se tiende a recurrir a sistemas y procesos matemáticos que determinan una “compatibilidad entre perfiles” a través de aplicaciones como lo son Tinder o Bumble. Aquí, el usuario confía en que la respuesta algorítmica le propicie el encuentro y evite el rechazo, reduciendo a la ideada romántica “relación” a un proceso de descarte y la cosificación del “otro”.
            En otro sentido nos podríamos preguntar: ¿Cómo hago para ir al hospital Echeverri?, ¿Tomo la vía 45 norte, o voy por la avenida Real de campo? Nada, no piense, no planee, no se preocupe, consulte en la plataforma Google Maps o Waze que le indicarán cómo ir, cuanto tiempo demorará en llegar y si hay algún obstáculo, accidente, radar de vigilancia de velocidad, etc., en el camino. De hecho, con la confianza en su uso estamos perdiendo nuestra espacialidad y relación corpórea con el entorno, dejamos de desarrollar mapas internos y nos conducimos como autómatas indiferentes al medio urbano y su ubicación espacial, dejando de habitarlo con la mirada y la memoria. De vuelta a la derecha en la calle Longín… -son sus algorítmicas instrucciones-; en 300 metros manténgase en el carril izquierdo… ¡Cuidado, vehículo descompuesto en el carril derecho a 139 metros! Y, si el sistema comete algún error, (aunque los programas informáticos no cometen errores por voluntad o distracción, sino que ejecutan de forma matemática y ciega las instrucciones que reciben) ¡no habrá a quién recurrir o reclamar!
            Ahora también se nos empuja a “cuantificamos” (Quantified Self), es decir a recurrir a la validación numérica observable en la pantalla de diversos dispositivos portátiles (Fitbit, Apple Watch) y otros (báscula, glucómetro, baumanómetro) para saber nuestro estado de bienestar o fatiga, entre muchas otras. Dejamos de escuchar nuestro cuerpo y ya no confiamos en lo que percibimos o sentimos en nuestras funciones orgánicas, sino que delegamos la respuesta a un sensor de un dispositivo de silicio que nos mide ritmo cardíaco, calorías quemadas, número de pasos dados, calidad de sueño, niveles de productividad, peso corporal, niveles de estrés, estados de ánimo, y otros cuya finalidad es convertirnos en una forma de auto explotación voluntaria convirtiéndonos en “capataz” de nosotros mismos (His own taskmaster).
            Ya no necesitamos perder tiempo y esfuerzo en pensar ¿qué vestir?, ¿cómo cortejar a una persona?, ¿qué comer saludable?, ¿a dónde pasar vacaciones?, ¿qué automóvil comprar?, ¿cómo invertir mi dinero?, ¿cómo hacer mi declaración de impuestos, ¿cómo viajar por carretera de Juchitepec, Mor., hasta Durango?, ¿qué película mirar hoy en la noche?, ¿qué reloj inteligente comprar?, ¿qué regalarle al tío Jaime en su cumpleaños?, ¿cómo hacer una presentación en Power Point sobre el conflicto entre Rusia y Ucrania?, ¿cuál es la receta para hacer una birria?, ¿cómo reparar mi microondas?, ¿qué significa la palabra palindromia?, ¿qué… y qué… y qué…? ¡Pregúntele a su dispositivo Algorítmico!
Debemos darnos cuenta en esta “modernidad” que nos enfrentamos a una transición silenciosa, imperiosa e ineludible: el paso de la Fe ritual a la confianza Algorítmica. No sólo limitada al uso técnico de herramientas de cómputo, sino a una verdadera infraestructura sociotécnica y ontológica donde la credibilidad, la verdad y la capacidad de decisión han sido delegadas a sistemas automatizados de procesamiento de datos e Inteligencia Artificial (IA) con sus respuestas algorítmicas consideradas como presumiblemente infalibles.
Si nos dejamos moldear pasivamente por esta corriente, renunciaríamos a esa libertad y plasticidad que Pico della Mirandola consideraba como nuestra mayor dignidad, volviéndonos predecibles, incapaces e "insulsos". De esta manera y si hoy tuviéramos que reescribir 540 años después su "Oración" o proclama, advirtiendo sobre el peligro de entregar nuestra dignidad a los datos y quedar sometidos en la era posthumanista o dataísta al algoritmo, podría quedar así:

 

Oratio hominis dignitate in aetate algorithmica.

 

Oh, criatura de carne y de misterio, a quien no di una forma fija ni un camino predeterminado en el infinito código del universo, para que fueras tú, con tu propia razón y tu libre albedrío, el escultor de tu destino. No te entregué una brújula de silicio ni registré tus vivencias en una nube de datos. Te di la capacidad de errar para que aprendieras a rectificar; te di la fricción del dolor para que conocieras la empatía; y te di la incertidumbre para que tuvieras la libertad de elegir cómo, qué y quién ser. Mira ahora cómo te arrodillas ante el nuevo altar del cálculo algorítmico, entregando tu intuición a la fría pantalla y tu voluntad al veredicto programado de un inasible software. No abdiques de tu naturaleza; no te conviertas en un nodo pasivo de la red, ni reduzcas tu alma a una métrica utilitaria y optimizada. Recuerda que no eres una máquina para ser programada, ni un animal para ser pastoreado por predicciones. Despierta tu juicio crítico, abraza el azar, sueña, ama y recupera el sentido de tu propia vida. Pues tu mayor dignidad no radica en ser guiado de manera eficiente o predecible para un sistema de IA, sino en la capacidad humana de razonar, decidir, sentir y crear tu propio camino desde la libertad de tu espíritu.

Referencias:
https://psicologiaymente.com/reflexiones/frases-tecnologia
https://www.ipade.mx/newsmedia/factor-humano-es/la-dignidad-humana-en-kant/
Ensayos para pensar. Giovanni Pico Della Mirandola. Discurso sobre la dignidad del hombre. Consultado en internet en: http://editorialpi.net/ensayos/discursosobreladignidaddelhombre.pdf
Arendt, H. La condición humana. Ed. Paidós. 2016.
Han, B.-C. Infocracia: La digitalización y la crisis de la democracia. Ed. Taurus. 2022.
Harari, Y. N. Homo Deus: Breve historia del mañana. Ed. Debate. 2016.
Imagen creada por IA.

jueves, 1 de octubre de 2026

Homo Stupidus.

 

Homo Stupidus.
O de las bofetadas deportivas. 

Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana.
 Y del Universo no estoy seguro.
 
Albert Einstein

Dr. Xavier A. López y de la Peña


Cuando el ser humano abdica de su capacidad ética, racional y creativa, dentro de la antropología filosófica puede conceptuarse como una figura crítica y satírica nombrándole “Homo Sapiens subespecie Stupidus”.
Llámase así a aquel individuo que utiliza el máximo desarrollo intelectual y tecnológico de la historia para diseñar formas voluntarias, complejas y masivas de autodestrucción1 (aunque el termino no esté registrado aún en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española).
Pero, ¿cómo se le caracteriza?
Como un Homo Sapiens subesp. Stupidus, presente en el período Antropoceno tardío y empoderado a partir de la era digital. Habita en entornos hiperconectados, complejos digitales, oficinas de planificación burocrática y escenarios de entretenimiento masivo. Su lema existencial es: "Porque puedo, porque genera ganancias y porque quiero ver qué pasa". Sus rasgos sicológicos y conceptuales destacan por tener un cerebro idéntico al del Homo Sapiens, pero su entramado cognitivo opera bajo tres graves distorsiones: 1) Anulación voluntaria de su instinto de conservación, 2) Gracias a su arrogancia tecno-burocrática tiene una fe ciega en que puede "corregir" la naturaleza mediante la fuerza bruta y, 3) Merced a su desconexión entre causa y efecto, es incapaz de proyectar las consecuencias de sus actos a mediano plazo, priorizando el beneficio inmediato  como dinero, un récord o fama a cambio de su propia salud, su libertad o el equilibrio del planeta.
De hecho, si el Homo Sapiens ha sobrevivido en la tierra a catástrofes climáticas, depredadores, hambrunas y guerras gracias a la cooperación y al análisis racional de su entorno, el Homo Stupidus por el contrario, es un peligro latente para su propia sobrevivencia que no se extinguirá por falta de recursos, sino por exceso de iniciativa mal dirigida. Su fin no ocurrirá por la llegada al planeta de un nuevo gran meteorito como aquél cuyo impacto dio origen al famoso cráter de Chicxulub, ubicado en la península de Yucatán, México, ocurrido hace unos 66 millones de años y llamado científicamente el impacto K-Pg (límite Cretácico-Paleógeno), sino por un megaproyecto mal calculado (guerra atómica) o de una cachetada o bofetada que él mismo diseñó y decidió voluntariamente recibir estoicamente, sin defenderse y con los brazos abajo.
Recordemos que, desde el punto de vista histórico, social y sicológico, recibir o dar una cachetada o bofetada nunca ha sido simplemente un golpe físico; es un potente acto comunicativo y simbólico que tiene múltiples significados interpretables.
Por ejemplo, a diferencia de un puñetazo (que busca derribar, dañar físicamente o destruir), una bofetada se da tradicionalmente sólo a una persona con la mano abierta significando que no se trata de infligir primordialmente daño o dolor, sino la humillación pública y la denigración del estatus del “otro”. Como un mensaje que dice: "No te considero un rival digno para darte con el puño cerrado; te desprecio".
Ahora me referiré a otro tipo de cachetadas o bofetadas en las que una persona considera voluntaria y dignamente recibirlas sin defenderse y, a su vez, propinarlas.
            Todo lo anterior viene a consecuencia de que por primera vez me enteré y vi una transmisión por televisión de un “deporte a bofetadas” (Fox Sports México: Reality show Power Slap: Road to the Title).
            Quedé sorprendido de ver este espectáculo de insensatez y estupidez inaudita (para darle una mínima graduación con este calificativo) de este llamado SLAP FIGHTING o “deporte de las cachetadas”, considerado ya como un deporte de combate y de exhibición extrema (combate sin armas, por supuesto) que fue oficializado como una disciplina regulada el 18 de octubre de 2022 por la Comisión Atlética del Estado de Nevada (NSAC) en los Estados Unidos de Norteamérica. La iniciativa y los encargados de lograr esta regulación fueron, nada más, los directivos de la UFC (Ultimate Fighting Championship): Dana White (presidente de la UFC) y Hunter Campbell (director de negocios de la UFC) quienes presentaron una estructura formal ante la comisión para la creación de su liga: Power Slap. Para su aprobación argumentaron que estas competencias de bofetadas ya existían de manera clandestina o viral en redes sociales (como Rusia y Polonia) y, por tanto, habría que regularle para hacerle “mejor y más seguro” vigilado y con un marco legal integrado con pruebas médicas, que dejarle sin supervisión.2
Bueno, para empezar, hay que recordar que el propósito del deporte a nivel universal, es potenciar el desarrollo integral del ser humano y fomentar la cohesión social mediante la actividad física estructurada y competitiva; además de promover la salud, el respeto mutuo y la disciplina.
Por esta razón, disciplinas con altos niveles de violencia descontrolada o nula protección del competidor (como las peleas clandestinas) tardan años o nunca logran ser aceptadas formalmente, mientras que otras como el slap fighting han tenido que forzar su reglamentación médica para ser consideradas como tales.
            En el deporte se pregona como valor el fair play o juego limpio, pero, ¿cómo se respeta al rival si se le va a dar una fortísima cachetada para incapacitarlo y de ser posible noquearlo? Y también, -esto es lo más importante- ¿sin que éste se defienda? ¡Ah!, pero eso sí, cumpliendo ahora con ciertas reglas establecidas (no moverse, no defenderse y casi casi no parpadear), protocolos médicos donde se indica que el traumatismo cerebral ocasionado, no es grave y puede continuar siendo golpeado y ¡claro! respetando al rival por igual.
Otro valor es del del lograr esfuerzo y superación en el deporte y ¡por supuesto!, en este caso entrenando duro para propinarle al rival una cachetada tan fenomenal que le ocasione una disrupción cerebral que lo desconecte con la realidad y caiga como peso muerto, o tal vez muerto de verdad (aunque se pregone que este último suceso sea totalmente indeseable).
El competidor busca con el deporte el crecimiento personal y dar el máximo más allá de la derrota o la victoria: ¡Bravo! Ya noqueó a su total y voluntariamente indefenso rival dejándolo con su brutal cachetada inconsciente durante treinta minutos y, en el caso de haber perdido exclamará: ¡Joder! sólo me atarantó seis milésimas de segundo y el año que viene acabaré con él.
            Otro valor es del trabajo en equipo y bien, en este deporte sus rudos asesores físicos y técnicos le enseñan como cachetear “mejor y más fuerte” al indefenso, lo repito e insisto rival, ilustrándole sobre la “venerable física de los golpes” a su congénere que se rige por la transferencia de energía a través de la cadena cinética y los principios de la mecánica clásica, donde la potencia no depende solo de la fuerza bruta, sino de la velocidad y la masa efectiva.3
En este llamado “deporte” el espíritu que trasciende la competencia física, no es entonces una filosofía de vida basada en la nobleza, la solidaridad y la convivencia pacífica, sino una manifestación agresiva, consentida y potencialmente letal entre competidores que abandonan voluntariamente su principal instinto de supervivencia, la defensa. Todo en ello contrario al señalamiento que ha hecho la UNESCO en el sentido de que la práctica deportiva ayuda a formar ciudadanos inclusivos y respetuosos que trasladan estos aprendizajes fuera de las canchas.
¡Vaya estupidez! Por ello este producto “deportivo” es obra del Homo Sapiens subesp. Stupidus en donde esta estupidez se expresa no como un insulto sino como una fuerza social destructiva como la refiriera el historiador y economista italiano Carlo María Cipolla en su obra Allegro ma non troppo (Ed. Il Mulino, 1988) en donde formula las cinco Leyes de la Estupidez Humana. Me referiré concretamente sólo a su 3ª. Ley que dice: Una persona estúpida es aquella que causa pérdidas o daños a otra persona o grupo de personas sin obtener ningún beneficio para sí misma, o incluso perjudicándose a sí. Esta es pues, la radiografía exacta del participante del equivocado e irresponsablemente llamado deporte de bofetadas, en la que los rivales aceptan voluntariamente y sin defenderse la destrucción de sus neuronas a cambio de una recompensa utilitaria ínfima, dañando su futuro sin generar un valor real para el mundo.
Ya el teólogo luterano y filósofo alemán Dietrich Bonhoeffer, mientras estaba prisionero de los nazis escribió y advirtió sobre la estupidez en su obra Resistencia y sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio (1951), diciendo que la estupidez no es un problema de falta de cerebro, sino de personas que renuncian voluntariamente a su capacidad crítica para formar parte de una masa o seguir consignas ideológicas. El estúpido se vuelve inmune a los hechos y a la razón; si intentas argumentar con él con datos clínicos o lógicos, simplemente se indigna o te agrede.
Erasmo de Rotterdam en su obra Elogio de la locura (1511) advierte que, si el ser humano fuera 100% racional, la sociedad se detendría. Es la estupidez la que impulsa a los hombres a la guerra por una medalla colorida de latón barato, a casarse a ciegas o a invertir y gastar fortunas en espectáculos absurdos como este de las brutales cachetadas. La advertencia implícita es que la sociedad tiene una alarmante tendencia a premiar, aplaudir y seguir a los estúpidos, convirtiendo el disparate en la norma cultural.
De hecho, el deporte de las cachetadas o "Slap Fighting" se ha estudiado bajo la mirada crítica entre la psicopatología y la neuro traumatología ya que, a diferencia de los deportes de contacto tradicionales, en este espectáculo se elimina por completo la defensa en la que los competidores se sostienen de una mesa y están ¡obligados a recibir un impacto directo a mano abierta en el rostro sin esquivarlo, bloquearlo ni parpadear!
Nuestro cerebro humano no está diseñado para absorber impactos repetitivos directos sin amortiguación, por lo que bajo un riguroso estudio clínico hecho por la Universidad de Pittsburgh publicado en JAMA Surgery4 se demostró que más de la mitad de las secuencias de bofetadas en este “abominable espectáculo” provocaron que los participantes presentaran signos visibles de conmoción cerebral. Al término de los partidos aproximadamente un tercio de las secuencias dieron como resultado que los participantes tuvieran una mirada perdida y vacía; casi el 40% de las secuencias mostraron signos de mala coordinación motora, y casi el 80% de los luchadores mostraron signos visibles de conmoción cerebral al menos una vez durante la serie de combates; en una cuarta parte de las secuencias, los participantes tardaban en levantarse después de haber recibido un golpe que los derribaba. Así, los resultados sugieren que las peleas a bofetadas pueden provocar lesiones cerebrales traumáticas en los participantes que podrían tener consecuencias neurológicas a largo plazo.
El traumatismo cerebral repetido (TBI o Traumatic Brain Injury) y el riesgo inminente de Encefalopatía Traumática Crónica (CTE o Cronic Traumatic Encefalopaty) destruyen paulatinamente el tejido cerebral y las lesiones se concentran severamente en el lóbulo frontal y prefrontal. Ello puede ocasionar, entre otras, depresión severa y labilidad emocional extrema; brotes de ira súbita, irritabilidad patológica y agresividad injustificada; demencia prematura, deterioro motriz y lagunas mentales recurrentes tras los impactos.
 
¿Cuál puede ser la interpretación psicopatológica del participante?
1. Desensibilización extrema al dolor por una distorsión en el procesamiento del autocuidado y del instinto básico de supervivencia, haciendo que el participante anule la respuesta natural de huida o defensa ante una agresión inminente.
2. Vulnerabilidad socioeconómica y necesidad de validación, ya que gran parte de los competidores provienen de entornos vulnerables. El dinero rápido y la búsqueda de viralidad inmediata actúan como potentes reforzadores. Esto los lleva a aceptar la instrumentalización de sus cuerpos y la destrucción de su salud neurológica a cambio de una notoriedad efímera. 

¿Cuál es la del espectador?
1. El éxito de este "deporte" en el público radica en la espectacularización del trauma-daño cuyo análisis psicopatológico colectivo es preocupante. Además, se le suma la recreación de la estética del daño físico presentado a cámara lenta en las transmisiones televisivas en las que se aprecia el rostro grotescamente distorsionado por el brutal impacto que lleva al espectador a una -también antipática como estúpida-, respuesta casi orgásmica.
2. Las ligas comerciales empaquetan la mirada perdida (vacant look), las convulsiones tras el impacto o la pérdida de coordinación motriz de un ser humano como normalización del trauma cerebral en “divertimento, entretenimiento e insumo” para generar público.
3. El espectador se desensibiliza y muestra una anestesia empática ante la violencia física explícita. El "atractivo" no es la destreza o la estrategia atlética, sino el morbo biológico de ver el colapso del sistema nervioso del contrincante en tiempo real: las convulsiones o el nocaut.
Por estas razones, la comunidad médica global y asociaciones como la Brain Injury Association of America han catalogado esta actividad no como un deporte, sino como "daño cerebral consentido por lucro", exigiendo de forma constante su prohibición. 

¿Por qué ocurre y se acepta en nuestra sociedad?

Porque en nuestros tiempos modernos se emplean técnicas de sicología conductual para retener al espectador durante el mayor tiempo posible. Aquí el espectáculo del “Deporte de cachetadas” representa un producto perfecto para la economía de la atención, cuyo término fue acuñado por el premio Nobel Herbert Simon, quien explicó que la abundancia de información genera necesariamente una escasez de lo que esa información consume: la atención de las personas.
            Así, en donde los deportes tradicionales que duran unas tres horas tienden a perder audiencia joven -particularmente-, el “Deporte de las cachetadas” garantiza al público-usuario el espectáculo de un golpe brutal que le lleve al clímax del nocaut en un formato de vídeo de 8 segundos.
No se requiere de conocer y entender reglas, estrategias ni entornos; es un impacto visual puro que detiene el scroll del usuario (se refiere al momento exacto en que un contenido es tan impactante que logra que la persona frene el dedo, deje de deslizar la pantalla y preste atención a una publicación específica) que se traduce inmediatamente en clics y dinero. El público demanda estímulos inmediatos y ¡hay que dárselos! se reza en el establishment publicitario.
La visión de este espectáculo violento produce una desconexión empática en el público que ve el daño físico producido como si fuese un meme o un videojuego donde los competidores estúpidamente se golpean y carecen de humanidad.
Y finalmente, se normaliza el exceso de lo que antes se consideraba una como una agresión o pelea callejera y hoy se organiza, legítima y comercializa como "deporte" de élite bajo marcas globales.
A esto hemos llegado, a que el Homo Sapiens subesp. Stupidus ahora esté empoderado y no sea inofensivo.
Cuando los estúpidos se organizan, son validados por algoritmos modernos de redes sociales, o alcanzan el poder institucional, tienen la capacidad real de arrastrar a toda una civilización hacia el colapso, como lo hacen ahora normalizando espectáculos basados en la autodestrucción mutua.

 

El "colmo de la estupidez" en la era de la economía de la atención no es solo realizar un acto absurdo y lesivo como este obtusamente llamado Deporte de bofetadas o cachetadas, donde los competidores se convierten voluntariamente en indefensa mercancía destructiva para el entretenimiento de otros, creyendo que se está ganando.
Obra del Homo Sapiens subesp. Stupidus que, además, ¡la justifica!





1 . Paul Tabori. Historia de la estupidez humana. Ed. elaleph.com 1999.
2 . Imagen tomada de: https://www.facebook.com/robertomtzTV/videos/el-peligro-real-de-los-torneos-de-cachetadas/962653586844856/
3 . https://translate.google.com/translate?u=https://boxingscience.co.uk/science-behind-punch/&hl=es&sl=en&tl=es&client=sge
4 . JAMA Surg Publicado en línea: 18 de septiembre de 2024. 2024;159;(12):1435-1436. doi:10.1001/jamasurg.2024.2605

domingo, 30 de agosto de 2026

Confónico.



 

Confónico.
Una transgresión semántica.


Al salir del teatro, un gran y querido amigo que me había invitado a escuchar la Sinfónica
 local que presentaba un programa con obras de Nikolái Rimski-Kórsakov, me preguntó: Bien, ¿Qué te pareció?
Mi respuesta fue rápida y breve: Amigo, prefiero la salsa.

Dr. Xavier A. López y de la Peña

 


Trataré de explicarme empezando con los significados de las palabras:
Sinfónico: Esta palabra inicia con un prefijo de origen griego syn, que significa junto a, unión o a la vez y phoné, sonido o voz; esto es, lo que suena junto o una combinación armoniosa de varias voces y sonidos.
De acuerdo con el Diccionario de la RAE: adj. Dicho de una orquesta: Que está formada por un amplio número de músicos que tocan instrumentos pertenecientes a las familias de cuerda, viento y percusión.
Así, estrictamente hablando, el término "sinfónico" se refiere a una forma específica de componer y estructurar la música o “una cualidad de lo que suena junto”,1 basándose en la elaboración de ideas complejas mediante una gran orquesta.
Bueno, en este ensayo me permito hacer una transgresión lingüística en la que sustituyo el prefijo griego “syn” de la palabra sinfónico por la preposición “sin” que significa “privación o carencia”, lo que no da entonces una definición “opuesta o contraria” a la palabra sinfonía, es decir ahora, “sin sonido o voz”, y a la vez me permito crear un neologismo que llamo confónico, esto es, añado la preposición “con” (que indica compañía, instrumento, modo, causa o adición) al phoné , esto es “con sonido y voz”. Así, estrictamente hablando también, el término "confónico" se refiere a una forma específica de componer y estructurar la música o “una cualidad de lo que suena junto”, basándose ahora en la elaboración de ideas simples o sencillas mediante recursos básicos.
            Los motivos y razones que me mueven para ello se basan en que el arte “sinfónico” rechaza las repeticiones exactas o las estructuras simples como las canciones populares de estrofa y coro, y en su lugar utiliza la variación constante en la que una idea musical nace, crece, se fragmenta, choca contra otra, cambia de ritmo y madura a lo largo de la pieza. En tanto que a mi entender lo que llamo “confónico” hace referencia a la música que carece de un desarrollo conceptual complicado, de una gran orquesta mixta o de formas abstractas estructuradas y complejas.
Dicho de manera sencilla y clara a mi manera de entender: Mientras que lo “sinfónico” busca transformar un motivo musical en un viaje denso e intelectual, lo “confónico” apuesta por la inmediatez, la intimidad, la función social o la repetición en el entorno de lo cotidiano.
            De hecho, la música sinfónica y la ópera me resultan intrincadas, difíciles de seguir, impredecibles en su desarrollo. Su complejidad técnica celebrada por algunos como sublime, se convierte para mí en un entramado que exige un esfuerzo intelectual más que una entrega sensible. En mi percepción general, lo sinfónico es literalmente -permítanme exagerar-, “sin fónico”: sin sonido vital, sin cadencia íntima, sin resonancia ni vibrato que me pertenezca.
La ópera, además, me confronta con un lenguaje ajeno (italiano - “bel canto”-, francés, alemán, ruso y checo generalmente) y, aunque las voces estén educadas con severa disciplina técnica, su expresividad me resulta distante. No comprendo lo que dicen, y aun cuando lo entendiera, el timbre y la forma vocal me parecen desligados de la raíz sensible de la voz humana. El o la cantante de ópera se exigen una colocación alta de la voz (resonancia craneal), descenso de la laringe y un uso extremo del diafragma para lograr un vibrato natural y un volumen masivo sin dañar las cuerdas vocales; en tanto que el cantante popular si acaso, recurre a técnicas como el belting (técnica vocal que permite cantar notas agudas con la potencia, el brillo y la resonancia de la voz de pecho, en lugar de cambiar a la voz de cabeza o falsete), voz de aire, distorsiones sutiles o vocal fry (el registro más grave de la voz humana) en las que prioriza la personalidad y la textura única de la voz sobre la pureza académica.
Frente a esas voces que buscan sublimidad, reconozco mi preferencia por las voces rítmicas y primitivas de una canción vernácula que transmite emoción inmediata y visceral.

Por ello he denominado para mi gusto como “confónico” a la música con sonido, con ritmo y con cadencia. Música que me retrotrae a lo sensible, a la emoción más primitiva que poseemos: el ritmo.

Antes de poder modular palabras, los primeros homínidos utilizaban el cuerpo y el entorno para comunicarse ya con golpes como chocar piedras, golpear troncos huecos o batir palmas (señales acústicas) que servían para alertar sobre depredadores, delimitar territorios o coordinar cacerías a grandes distancias. A la par de los golpes, la comunicación vocal primitiva (proto-lenguaje) con gritos y gruñidos se emitían sonidos instintivos para expresar emociones básicas como miedo, enojo, placer o advertencia.
Así, bajo una interpretación psicodinámica mi gusto por el ritmo “confónico” puede considerarse como una regresión a lo originario, a la matriz sensorial que nos constituye.
Sigmund Freud lo llamaría expresión de la pulsión primaria, vinculada al movimiento y al placer. Es música que no se escucha con la mente, sino con el cuerpo; que no exige comprensión, sino participación.
A su vez, Carl Jung podría interpretarlo como un retorno al inconsciente colectivo donde los tambores y danzas ancestrales representan arquetipos universales de comunión y celebración, donde la música es un lenguaje que conecta directamente con el dicho inconsciente y los arquetipos. A diferencia de las palabras, la música expresa sin filtros el movimiento de las emociones y nos permite acceder a lo universal y ancestral que compartimos como seres humanos.
La salsa, la cumbia el mambo, cha-cha-cha-, bolero, cool-jazz, pop tradicional, rock and roll, doo-wop, etc., así como los ritmos recientes del reguetón y neo-perreo (estos últimos son los monarcas absolutos de la música latina actual), es música que enloquece y obliga a moverse, a reír, a gozar. Son ritmos populares modernos caracterizados por fusionar raíces folclóricas o urbanas con producción electrónica, ritmos sincopados (acentos en tiempos débiles) y estructuras diseñadas para el baile.
Friedrich Nietzsche, el filósofo más vitalista, luminoso y enérgico de la historia del pensamiento lo expresó así:     “Sin música, la vida sería un error”, ya que la música encarnaba el espíritu dionisíaco: la fuerza del instinto, la pasión, el caos y la embriaguez.
El pediatra, psiquiatra y psicoanalista inglés Donald Woods Winnicott, además de ser un apasionado pianista opinaba que: “La música permite al individuo fluir sin defensas, sin obstáculos ni autoconciencia, facilitando un estado de conexión donde es posible ser verdaderamente uno mismo”.
Luego entonces, lo “confónico” me conecta con los ritmos primordiales como el “ta-túm – ta-túm” del corazón, el oleaje del mar, el día y la noche, con el tambor del chamán que liga con el más allá. Escuchando las percusiones africanas con tambores djembe y batá se generan respuestas motoras inmediatas e inducen a un trance colectivo.
            Socialmente la música sinfónica y la ópera representan la estética de la imposición:2 escenarios majestuosos, protocolos rígidos y un público que debe guardar silencio absoluto y permanecer casi inmóvil hasta que llegue el momento “preciso” para aplaudir. El filósofo, crítico musical y sociólogo alemán, Theodor Ludwig Wiesengrund Adorno, las defendía considerándoles como un arte elevado, capaz de resistir la banalidad de la industria cultural. Sin embargo, para mí, esa elevación se convierte en adusta distancia.
            En contraste, lo “confónico” representa la estética de la comunión universal que invita al cuerpo a participar, a dejarse llevar por el ritmo, a compartir la vívida experiencia con otros. Allí no hay espectadores pasivos, sino protagonistas activos donde la música no se contempla, se disfruta y se vive. Sencillez de alcance universal contra complejidad exclusivista.
            Schopenhauer veía en la música sinfónica la manifestación directa de la voluntad, capaz de expresar lo inefable. La música como una manifestación directa de la Voluntad, la fuerza ciega e irracional que impulsa toda la existencia. Habla directamente a las emociones y al corazón sin pasar por el pensamiento racional. Para otros, la ópera, aunque en lenguas ajenas, transmite emociones universales a través de la voz entrenada, que se convierte en instrumento sublime.
Finalmente, y como corolario, el sociólogo francés Pierre Bourdieu considera que la música no es un gusto o preferencia natural ni neutral, ni puramente “libre”, sino una herramienta central de “distinción social”, fuertemente moldeado por el nivel educativo y los ingresos. Un producto del habitus (disposiciones duraderas, esquemas de pensamiento, percepciones y estilos de vida que las personas interiorizan de manera inconsciente) y una manifestación del capital cultural heredado.3
Psicodinámicamente mi gusto por lo “confónico” podría interpretarse así mismo -y justificadamente por supuesto-, como una defensa frente a la ansiedad de lo intrincado y lo incomprensible mientras que, para otros, esa misma complejidad sería un espacio de expansión del yo, un desafío que permite trascender lo inmediato. Así, lo que para mí es distancia, para otros es elevación.
            Esto representa mi manera de entender y apreciar la música. Prefiero lo que me habla directamente, lo que me conecta con la raíz sensible de la existencia. En lo “confónico” encuentro la fonía que me pertenece: la resonancia íntima que me recuerda que la música no es un estricto y reservado monumento intelectual, sino un gozoso espejo vivencial.
No niego la grandeza ni la legitimidad de quienes encuentran en el arte “sinfónico” y la “ópera” lo considerado culturalmente bajo una idea histórica, técnica y política cuyo desarrollo en Europa Occidental fue cimentado por las élites aristocráticas y burguesas del siglo XIX, y que les catalogó como la “más alta expresión estética”. Pero reivindico mi derecho y gusto a preferir la música de “más alta sensación” que me hace vibrar, moverme y gozar. Lo inmediato, simple, corporal y sensible frente a lo complejo, abstracto y técnico. En lo “confónico” descubro, vibro y gozo mi verdadera e intrínseca fonía: la comunión con el ritmo primordial que nos une en la naturaleza.

Soy entonces -para expresarlo con otro neologismo más-, un Cenomusicofílico, término derivado del griego koinós, común, público o compartido, mousikē, música (arte de las musas), phílos, amante, atracción o afinidad, e -ikos, relativo a, que significa “persona con atracción, amor o preferencia por la música común”.

Y quedaría también suscrito a la “preferencia musical” según el Modelo de Rentfrow y Gosling a la dimensión llamada Energetic and Rhytmic, correspondiente a la música dominada por el ritmo, el movimiento, la estimulación física, niveles medios-altos de energía y letras densas o con fuerte carga de rima y pulso urbano; la antítesis del Reflective & Complex, que incluye a la ópera y música clásica considerados como selecto y rígido “arte elevado”.4



1 . https://etimologias.dechile.net/?sinfoni.a
2. Enrique Gervilla Castillo. La Tiranía de la belleza, Un problema educativo hoy. Teor. educ. 14, 2002, pp. 185-206. ISSN: 1130-3743.
3 . https://es.wikipedia.org/wiki/Pierre_Bourdieu
4 . Rentfrow PJ, Goldberg LR, Levitin DJ. The structure of musical preferences: a five-factor model. J Pers Soc Psychol. 2011 Jun;100(6):1139-57. doi: 10.1037/a0022406. PMID: 21299309; PMCID: PMC3138530.