El médico como enfermo.
A
mis hijos, médicos y amigos que se reunieron en mi entorno
y
lograron hacerme sobrevivir a una catastrófica enfermedad
en
sus variables dimensiones. Con mi cariño y gratitud,
esta
breve reflexión sobre mi vivida condición de médico como paciente.
Dr. Xavier A. López y de la Peña.
El médico en su condición de paciente constituye una experiencia límite que desestabiliza categorías centrales de la práctica médica: objetividad, control técnico y autoridad epistemológica. Cuando quien encarna el saber clínico se transforma en un cuerpo enfermo, no solo cambia de rol; se produce una ruptura en su identidad narrativa, en su relación con el saber y en su posición ética frente al otro.
Cuando el médico asume el rol de paciente, la
relación clínica se transforma en un espacio de complejidad ética y psicológica
de que quien habitualmente ocupa el rol de sanador-cuidador pase a ocupar el
lugar de quien necesita atención sanitaria y cuidado.
No se trata solo de un cambio funcional, sino de una
transformación profunda del sentido ya que la superposición de identidades
-profesional y paciente-, genera tensiones en torno a la autonomía, la
jerarquía, la confidencialidad y la toma de decisiones cuyo análisis permite
comprender que la clave radica, principalmente, en reconocer la vulnerabilidad
como elemento constitutivo de toda experiencia del enfermar.
De esta manera el médico, cuando enferma, no solo
experimenta determinados signos y síntomas físicos, emocionales y
constitucionales, sino una ruptura profunda en la narrativa que sostenía su
identidad: pasando de analista e intérprete de los cuerpos ajenos a ser
un cuerpo analizado e interpretado, de quien diagnostica a ser diagnosticado,
de autoridad técnica a sujeto vulnerable necesitado de ayuda. Simplemente
se pasa de lo que antes era objeto de análisis clínico a ser una vivencia enferma
encarnada.
Al enfermar el médico se enfrenta a la pérdida de
control, a experimentar dependencia y a reconocer, -aún más-, la dimensión
afectiva del cuidado; esto es, cae en mayor o menor medida en una crisis de
identidad que le puede generar una sensación de fracaso o debilidad, dificultad
para aceptar ayuda y una tendencia a automedicarse o a minimizar sus síntomas.
Esta situación genera tensión entre el conocimiento
médico de la enfermedad y la experiencia subjetiva del sufrimiento donde el médico
como paciente puede analizar y comprender los mecanismos fisiopatológicos de su
enfermedad, pero eso no elimina necesariamente el miedo, la incertidumbre o la
angustia ya que más allá de vivir un evento clínico, el médico como paciente enfrenta
una experiencia liminal (entre roles), una crisis narrativa y una
revelación de la vulnerabilidad constitutiva del ser humano.
Sin embargo, hay que reconocer que lejos de ser una
contradicción, esta experiencia puede integrar ciencia y humanidad, técnica y
compasión, saber y padecer.
Frente a su relación con familiares, el
médico como enfermo suele enfrentar tres dimensiones interpretativas: identidad
profesional, vulnerabilidad personal y expectativas sociales. En cuanto a que
habitualmente ocupaba el lugar de un consejero en salud permanente, el
de figura de seguridad frente a la enfermedad y como referente
racional ante la crisis. De esta forma se invierte su rol de protector
familiar y su familia podría sentir desconcierto o temor: “Si él se
enferma, ¿Qué queda para nosotros?” y expresar resentimiento ¿Por qué no nos
pidió ayuda oportunamente? En tanto que el médico como paciente puede
experimentar culpa por “dejar de ser fuerte” y vivir en tensión entre mostrarse
vulnerable o sostener una imagen de control de su incómoda la situación. Si
bien el médico puede comprender técnicamente su enfermedad sus familiares viven
la situación desde la incertidumbre, el miedo y la afectividad, ello puede
llevar a que el médico pudiera minimizar su problema para tranquilizarles, a recibir
una sobreprotección por parte de su familia y dificultar el aceptar cuidados
básicos como podría ser el descanso y aceptar la dependencia. Bajo estas
circunstancias la enfermedad deja de ser objeto clínico y se convierte en una experiencia
compartida, revelando que la identidad profesional no agota la identidad
personal. Frente a los seres queridos, el médico deja de ser principalmente “el
que sabe” para volver a ser, simplemente, una “persona enferma”.
En relación con los
amigos, el médico como paciente suele oscilar ente el estigma y el
silencio. Entre sus colegas podría tratársele como el “colega que
sabe”, pidiéndole opinión aun estando enfermo y otros preferirían evitar hablar
del tema por incomodidad. Así, el médico como paciente podría optar por guardar
silencio para evitar perder su autoridad simbólica o compartir su
experiencia como una forma de autenticidad.
A lo anterior, uno de
los temas más significativos que hay que sumar es el de la dependencia y
reciprocidad ya que el médico acostumbrado a cuidar, ahora necesita apoyo
emocional, ayuda práctica y acompañamiento en decisiones médicas. Ello le puede
llevar a resistirse a “ser una carga”, a descubrir una reciprocidad afectiva y a
llevarle a una mayor comprensión de lo que implica para un paciente depender de
otros.
En el entorno hospitalario el médico como
paciente podría también tener dificultad para asumir el rol pasivo de paciente,
tender a cuestionar decisiones diagnósticas o terapéuticas y resistirse a
mostrar vulnerabilidad generando tensiones con el equipo tratante, que puede
sentirse evaluado o cuestionado. A su vez, un médico de mayor rango -por
ejemplo-, jefe de servicio, puede convertirse en paciente de un médico más
joven o subordinado y podría haber incomodidad al ejercer su autoridad clínica
sobre un superior jerárquico de igual manera que el médico como paciente podría
intentar influir en las decisiones médicas afectando la dinámica de poder
habitual.
Podrían generarse problemas de confidencialidad
al intentar el médico como paciente tener un acceso informal a su historia
clínica, a escuchar “ciertos” comentarios en los pasillos o ser víctima de la
curiosidad del personal, especialmente en casos “raros o extraordinarios”, psiquiátricos, de patologías graves o adicciones. A sufrir sobretratamientos
médicos por temor a cometer errores (medicina defensiva) o de ser infratratado
cuando se asume que el médico-paciente (opina u ordena hacérsele algo) y se le
considera que “sabe lo que hace” y otras más.
El médico construye entonces su “ipseidad” (término
que define la condición de "ser uno mismo", como experiencia
reflexiva, la identidad propia y el carácter único del sí mismo o ipse,
"él mismo" en latín), en torno a la competencia diagnóstica y la
capacidad de intervenir eficazmente sobre el cuerpo del otro. La enfermedad
introduce entonces un acontecimiento que interrumpe ese relato. El “yo que
interpreta” se convierte en el “yo interpretado”. Algo como lo que refirió el
filósofo y antropólogo francés Jean Paul Gustave Ricœur llamándole “El yo como
otro” (Soi-même comme un autre).
Si bien el filósofo tradicionalista alemán, Hans-Georg
Gadamer ha considerado a “la salud como el silencio del organismo”, cuando el
médico enferma, su cuerpo deja de ser objeto epistemológico y se convierte ahora
en experiencia inmediata.
En la relación clínica, el médico responde al
rostro vulnerable del paciente. Sin embargo, cuando enferma, se convierte en
ese rostro expuesto. La asimetría se invierte: el médico experimenta la
desnudez ética que antes contemplaba desde una posición de autoridad. Esta
inversión revela que la vulnerabilidad no es accidente, sino su condición
constitutiva. La medicina entonces, desde esta perspectiva, no puede fundarse
exclusivamente en la competencia técnica, sino en el reconocimiento de una
fragilidad compartida. Pero también podríamos preguntarnos como lo hace el filósofo
y escritor lituano de origen judío, Emmanuel Lévinas (Totalité et Infini):
¿cómo se articula esta ética cuando el médico es a la vez sujeto responsable y
sujeto necesitado de cuidado? La experiencia del médico como paciente muestra
que la ética no es unidireccional; la vulnerabilidad es recíproca.
El filósofo, ensayista y poeta alemán, Martin
Heidegger, describió al ser humano como un “ser-para-la-muerte” (Sein und
Zeit) en la que la muerte es la posibilidad más propia, irrebasable y
cierta. Sin embargo, en la actualidad la medicina moderna pretende alimentar la
ilusión de tener cierto control sobre la muerte cuando el médico, habituado a
combatirla en otros se enfrenta, ahora, con su enfermedad grave a su propia
finitud. Aquí, la enfermedad actúa como experiencia desveladora: el médico no
solo trata procesos biológicos, sino que se descubre como existencia finita. La
autenticidad surge entonces cuando el sujeto asume su mortalidad como
posibilidad propia.
Pues bien, más allá del paradigma tecno ético que
hemos planteado podemos concluir que la enfermedad desestabiliza la
identidad profesional (Paul Ricoeur), revela la dimensión encarnada y
pre-objetiva de la existencia (Hans-Georg Gadamer), manifiesta la
vulnerabilidad como fundamento ético (Emmanuel Levinas) y confronta al médico
con su propia finitud (Martin Heidegger)8.
La experiencia así del médico como paciente muestra
que la medicina no puede reducirse a epistemología aplicada. Es, en su núcleo,
práctica humana situada en terreno de la vulnerabilidad y fragilidad.
Es una experiencia no solo de crisis, sino de revelación.
Revela que el conocimiento médico describe procesos, pero no agota el sentido
del sufrimiento. Revela que la ética no nace del poder, sino de la
vulnerabilidad. Y revela que la finitud no es un accidente biológico, sino
condición constitutiva de toda práctica de cuidado.
En última instancia, el médico como paciente
testimonia que la medicina, antes que técnica de dominación, es encuentro entre
existencias y vivencias uni personales finitas.
Esta narración no elimina el dolor, la angustia, la
incertidumbre, la vulnerabilidad y el recordatorio de nuestra finitud
ciertamente, pero le sitúa en un horizonte de humano sentido.
A continuación, presento, para quien quiera abundar
sobre este tema, a algunos personajes notables que han escrito explícitamente
sobre su experiencia como pacientes, convirtiendo su enfermedad en reflexión
ética, existencial o narrativa. No son meros casos biográficos, sino
testimonios donde el tránsito de médico a paciente es tematizado por escrito.
Paul Kalanithi, el neurocirujano estadounidense formado
en Stanford, diagnosticado con cáncer pulmonar metastásico a los 36 años de
edad en su obra When Breath Becomes Air (2016) reflexiona y nos da un
testimonio contemporáneo paradigmático del médico que analiza filosóficamente
su propia enfermedad.
El médico y escritor Oliver Sacks en sus Ensayos
finales en The New York Times tras ser diagnosticado con cáncer metastásico,
escribió en su obra My Own Life (2015) “I cannot pretend I am without
fear. But my predominant
feeling is one of gratitude” (No puedo fingir que no tengo miedo. Pero
mi sentimiento predominante es la gratitud), demostrando cómo el médico puede
conservar su lucidez clínica sin negar la dimensión afectiva y espiritual.
El cirujano y profesor en Yale Sherwin B. Nuland en
su obra How We Die y Lost in America (2003), analiza procesos de muerte
desde perspectiva médica, como también sobre su propia depresión severa y
tratamientos psiquiátricos. Aportando una mirada sobre la humillación del
paciente hospitalizado y la vulnerabilidad del médico ante la enfermedad mental.
O la de Rafael Campo, médico internista y poeta estadounidense
que en su obra The Desire to Heal (1997) y otros ensayos, escribe sobre
enfermedad, identidad y vulnerabilidad, incluyendo experiencias personales como
médico dentro del sistema sanitario y su vivencia como paciente dándole un
enfoque literario y ético.
Por
ahora, ante este trance vivencial espero haberme comportado ante los que me
atendieron y me acompañaron como un vulnerable,
humilde, respetuoso
y agradecido paciente necesitado de ayuda,
comprensión y cariño.
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Nishigori, Hiroshi. (2019). Doctors’ Experience of Becoming Patients and its
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