jueves, 1 de enero de 2026

Indigenismo y alteridad.



 

ALTERIDAD INDIGENISTA

In quexquichcauh maniz cemanahuatl,
ayc pollihuiz yn itenyo yn itauhcain Mexico-Tenochtitlan.
 
(En tanto permanezca el mundo,
no acabará la fama y la gloria de México-Tenochtitlan).
 
Domingo Francisco de San Antón Muñón Chimalpahin Cuauhtlehuanitzin (1579-1645 aprox.)
 
Dr. Xavier A. López y de la Peña


Bajo este título nos referiremos la alteridad indigenista, es decir, a la concepción del "otro" indígena desde una perspectiva externa (no indígena), que ha estado marcada por la historia colonial de dominación que idealiza, folkloriza o busca integrar al indígena a la cultura occidental, construyendo una narrativa sobre lo "indígena" como una alteridad (lo extraño) útil a las necesidades de un proyecto nacional, más que reconocer su propia identidad, implicando una relación de subordinación y una alteridad que debe ser superada por el "nosotros" mestizo, a diferencia de una alteridad cultural auténtica que buscaría el diálogo y aprendizaje mutuo como lo propone el filósofo mexicano de origen español, Luis Villoro Toranzo,1 en su filosofía.
                De manera general la visión indigenista en México ha transitado como una traducción del “otro” dentro del imaginario nacional que busca asimilarle a la modernidad, a desplazarse hacia formas actuales de auto hermenéutica indígena, es decir, de un proceso de auto interpretación donde el sujeto se convierte en sujeto y objeto de la comprensión, analizando sus propias experiencias, discursos, emociones y el significado que construye de su propia vida, y por el pensamiento decolonial que busca desmontar la “colonialidad del poder” (La colonialidad es un patrón de poder global que perdura tras el colonialismo oficial, manteniendo estructuras de dominación basadas en jerarquías raciales y eurocéntricas, donde el conocimiento, el trabajo y las relaciones sociales se organizan bajo la supremacía del "Norte Global" (Europa/EE. UU.)2
            Cuando menos desde la Independencia y hasta nuestros días, el Estado y los intelectuales mexicanos han intentado dar respuesta a la pregunta: ¿qué lugar ocupa el indígena en la nación moderna? De forma general la respuesta ha variado mucho, sin embargo, ha estado cargada de graves tensiones entre exclusión e inclusión, dominación y reconocimiento.
            En los tiempos post revolucionarios el indígena o lo indígena pretendía incorporarse a la modernidad a través de la educación y la ciencia sustentada en una lógica paternalista y asimétrica en la que el indígena era objeto de redención, no sujeto de palabra. Así, con la creación del Departamento Autónomo de Asuntos Indígenas (DAAI) creado por Lázaro Cárdenas y la expansión de las escuelas rurales se fomentó una visión mestiza de la nación, donde el indígena se convertía en raíz espiritual de un nuevo humanismo americano. No obstante, esta interpretación seguía siendo monológica, es decir, el indígena era considerado solo un símbolo y materia prima, pero no como un interlocutor.
            Con lo apropiación nacional de “lo indígena” el Estado y la intectualidad representada -entre muchos otros-, por el arqueólogo, antropólogo y diplomático mexicano Alfonso Caso Andrade, el pintor y muralista Diego Rivera y el educador, político e indigenista Moisés Sáenz Garza de su tiempo, nos ofrecieron una lectura colectiva de lo indígena como una “esencia” de México, aunque esencialmente desligada de las comunidades vivas. De alguna manera, delineándola como una civilización negada como señalara el etnólogo, antropólogo e historiador Guillermo Bonfil Batalla,3 en un país donde la superficie mestiza subordina o suprime a la realidad indígena.
            Ahora bien, nos preguntamos: ¿cómo concibe el mexicano común su orgullo o pertenencia -si es que lo hay-, al pasado cultural prehispánico? En general, consideramos que es real, amplio y socialmente aceptado, sin embargo, es más simbólico que vivido como pertenencia directa. Esto es, se admira, se celebra y se usa como identidad nacional, aunque no siempre se asume como identidad personal indígena.
            Así, las civilizaciones mexica, maya, zapoteca, mixteca o teotihuacana son vistas orgullosamente como avanzadas y sofisticadas comparables a las de Egipto, Grecia o Roma. A pesar de ello la pertenencia a ese legado cultural suele ser moderado y ambiguo. De hecho, muchos mexicanos dicen: “Venimos de los aztecas o de los mayas”, sin embargo, no dicen “soy indígena”. El pasado prehispánico se percibe a menudo como glorioso pero lejano, algo “de antes”, pero no necesariamente “mío hoy”. Así, el mexicano promedio se siente heredero simbólico, pero no descendiente directo en términos identitarios. Mayoritariamente el México antiguo “engrandece” al país, en tanto que negarlo o despreciarlo suele verse como una evidencia de ignorancia o incluso como una actitud antipatriótica.
        Es así que, mayoritariamente el mexicano cae en la paradoja de admirar nuestras civilizaciones indígenas pasadas, en tanto que mantiene graves prejuicios hacia los indígenas de la actualidad. Reconoce la grandeza de la cultura maya por un lado en tanto que discrimina al hablante maya contemporáneo. Admira los vestigios monumentales de la civilización teotihuacana, pero ignora a su comunidad actual y más. De esta forma, el orgullo y pertenencia mexicano hacia a lo originario o indígena queda demostrado entonces reducido a lo estético e histórico más que lo social y político. El pasado claramente nos identifica como país, pero intrínsecamente no lo vivimos como “nuestro”.
        En la escuela se nos inculca un gran respeto hacia nuestra cultura originaria o prehispánica como algo grandioso y avanzado en su arquitectura, conocimientos astronómicos, sus calendarios, su arte y escritura, su orden y estructura social, sus hazañas y más, pero como algo que “pasó”, no como una cultura viva en el presente.
        Se nos machaca una y otra vez que somos entonces una raza “mestiza” no española ni indígena, sino una “mezcla” en donde el pasado originario o prehispánico queda asimilado así, como algo que, aunque maravilloso y magnífico ya ha “pasado”; es algo bucólico que ya está superado.
        El mexicano -entonces-, tiende a considerar como estereotipo del indígena su asociación con la pobreza, el atraso y la falta de educación, como “algo” folklórico (vestuario, ritos, ceremonias, danzas o bailes, costumbres, etc.) e íntimamente ligado al trabajo rural o manual y desarrollado en poblaciones aisladas y fuertemente tradicionales; también suele idealizársele como unívocamente vinculado a la naturaleza como un guardián de la tierra, noble y puro desatendido de la agobiante, desarticulada y desnaturalizada modernidad.
          En el México turístico -por ejemplo-, lo indígena se le suele representar y vivir como una colorida “atracción cultural”; en el medio urbano cosmopolita como el “otro” asociado a la pobreza y al campo, como alguien que no comparte las mismas costumbres, valores o formas de vida, y en las poblaciones con fuerte presencia originaria o indígena como “algo” más aceptable, pero arrastrando una importante desigualdad histórica.
          En los variados medios de comunicación se suele mostrar mayoritariamente al indígena como una víctima, como “algo” folklórico y secundario, y ocasionalmente como un profesional o político actuando con y entre “nosotros”.
De acuerdo con lo anterior, podemos decir que en México se vive un racismo estructural (generalmente no reconocido o no aceptado entre la población general) en la que la discriminación hacia lo indígena está fuertemente arraigada ya contra en que habla una lengua indígena, como contra el que tiene una apariencia con rasgos indígenas que suelen ser asociados a estigmas negativos, como el bajo estatus social o el atraso, y al que viste ropas conforme a sus tradiciones y proviene de un medio rural o campesino.
            Aunque esto ha cambiado en las últimas décadas, sigue influyendo en el imaginario colectivo.
De hecho, en esta visión altamente contradictoria y fuertemente paternalista de lo indígena se valoran ciertos elementos, pero a la vez se margina a las comunidades y sus derechos. Necesitamos entonces superar esta dualidad y revalorar la diversidad del y lo indígena no solo como un símbolo del pasado o folklórico y atractivo turístico, sino como una parte integral y activa de nuestra sociedad moderna, con respeto e igualdad de condiciones, con acceso a la educación inclusiva y multicultural, el empleo (promoviendo la igualdad de oportunidades) y las libertades y derechos que incluyan su autonomía.
        Ciertamente también, se han hecho esfuerzos para revalorizar nuestra percepción aceptación e integración hacia lo indígena. Desde el indigenismo oficial de los años 1940 a 1960 de corte paternalista y asistencialista, pasamos luego al indigenismo participativo de los años 1970 a 1990 en los que se representó a lo indígena ya en foros internacionales, y se hizo resonar -más adelante-, la presencia indígena con el Levantamiento Zapatista de 1994 con sus demandas de autonomía, justicia social y reconocimiento de derechos colectivos (Acuerdo de San Andrés Larráinzar de 1996), hasta llegar al indigenismo contemporáneo con la Reforma Constitucional de 2001,4 particularmente con las reforma hechas en el Artículo 2º. en el que se reconoce a los pueblos y comunidades indígenas como sujetos de derecho público, estableciendo su composición pluricultural, y garantizando su derecho fundamental a la libre determinación y autonomía para decidir sobre su organización social, económica y política, su cultura, sus lenguas, sus sistemas normativos internos y el control de sus territorios, aunque con límites en los derechos humanos y sujeto a adecuaciones legislativas posteriores.
            Todo ello en la búsqueda por alcanzar la armonía en un México más justo, equitativo y plural. En este sentido, podemos hablar de que la orientación hacia lo indígena se ha convertido ya en una verdadera hermenéutica decolonial, orientada no solo a reinterpretar los símbolos, sino revelando un largo proceso de interpretación, apropiación y, finalmente, reapropiación del sentido de lo indígena orientado a reconstruir sus modos de existencia entre nosotros.



1 . Villoro, L. (1998). El poder y el valor. Fondo de Cultura Económica. México.
2 . https://www.alharaca.sv/derechos-de-las-mujeres/colonialidad-raza-y-otros-conceptos-claves-para-entender-las-desigualdades-en-latinoamerica/#:~:text=Se%20refiere%20a%20la%20actualizaci%C3%B3n%20y%20vigencia,relaciones%20de%20poder%20enraizadas%20en%20el%20colonialismo.
3 . Bonfil Batalla, G. (1987). México profundo: una civilización negada. SEP/Cultura.
4. DOF, 14 de agosto de 2001.

lunes, 1 de diciembre de 2025

Galimatías de la Democracia

 

Galimatías de la Democracia.


Dr. Xavier A. López y de la Peña


La palabra democracia proviene del griego antiguo δημοκρατία y fue acuñada en Atenas en el siglo V a. C. a partir de los vocablos δῆμος (demos «pueblo») y κράτος (krátos, «poder» o «gobierno»), esto es, el gobierno   por el pueblo.
Este concepto de democracia vio la luz cuando los atenienses nombraron al político Clístenes para que organizara una nueva forma de gobierno, en oposición al hasta entonces “draconiano” impuesto por aristócratas y tiranos, al establecer como principio básico la isonomía o la igualdad de todos los ciudadanos de Atenas ante la ley.
Actualmente la democracia, como aquí la consideraremos, se define como el sistema político en el cual la soberanía reside en el pueblo, que la ejerce directamente o por medio de representantes.
Clístenes
(507-570 a.C.)

Sin embargo, el término democracia no tiene un significado único de la realidad entre los ciudadanos, sino que posee un grupo importante y variado de significados e interpretaciones por lo que se le considera una palabra polisémica que, por tanto, se corresponde con un discurso oscuro, confuso y difícil de comprender que suele llevar a una ofuscación, lío u enredo tremendo: un verdadero galimatías uniendo tanto la riqueza como la tensión que encierra la propia palabra. 
Por lo anterior nos preguntamos ¿Cómo entendemos la democracia los ciudadanos en México? y ¿Cómo se valora la democracia en México a nivel mundial?
Para responder a la primera pregunta hay que saber que México es un país profundamente pluricultural y multiétnico: indígena, mestizo, urbano, rural, del norte, del sur, migrante, empresarial, campesino, tradicional o cosmopolita. Por tanto, la democracia, no se vive y entiende entonces como una sola cosa, sino como un mosaico de interpretaciones: Para algunos es sólo acudir a votar y para otros es participación comunitaria (usos y costumbres), en otros más es justicia social y programas públicos o -en los sectores urbanos en particular-, es transparencia, alternancia, derechos y contrapesos y para otros más puede ser mano dura ante la inseguridad o seguir a un líder que represente al pueblo, o sólo estar preocupados e importarles qué comer y dónde vivir el día de hoy. Todo depende entonces del contexto cultural, social y económico en el que cada ciudadano viva.
Así también, existe el concurso de una polisemia “ideológica”: la liberal que propone libertades, leyes y control del poder; la socialdemócrata que busca la igualdad, el bienestar y la protección social; los populistas que se guían por la voluntad del pueblo y la mayoría moral; los comunitaristas que abogan por la identidad, los bienes comunes y la participación local y, finalmente, por los conservadores basados en el orden social, los valores tradicionales y la cohesión.
A pesar de esta variabilidad concurrente, el ciudadano no es simplemente un ser que elige el modo de gobierno al que deberá sujetarse a través de su “voto” y en cómo quiere vivir en un determinado régimen social, sino que debería constituirse como un actor que interpreta la vida pública, que construye sentido con los demás y que participa en la formación de significados compartidos con empatía, apertura al otro, autocrítica y reconocimiento de que nadie posee la verdad única y absoluta. Esto es, vivir en un espacio donde las múltiples y variadas interpretaciones de la realidad puedan coexistir y dialogarse en paz y armonía.
Sin embargo, en México, el ciudadano se suele conducir como un intérprete altamente desconfiado ante su realidad “democrática”, hacia los partidos políticos, los garantes de la seguridad y el orden (policías y ministerios públicos) y las instituciones, y a la búsqueda de un significado narrativo constantemente oscilando entre héroes y villanos, élite y pueblo, fifís o chairos, patriotas o traidores.
¿Por qué se ha dado esta desconfianza?
Recientemente por la concentración de poder en la figura presidencial y la erosión de los contrapesos institucionales. Por la reforma al Poder Judicial como un intento de controlar los tribunales y que pueden comprometer su neutralidad y poner en peligro la protección de los derechos humanos. En el año 2023 la encuesta de Latinobarómetro, registró que solo el 30% de los mexicanos confiaban en los partidos políticos y menos del 40% confiaban en el Poder Judicial; los cambios en la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) y en el Instituto Nacional Electoral (INE) con la reducción importante de sus presupuestos y la reforma para como elegir a sus consejeros, sugieren hechos para reducir la autonomía de estos órganos fundamentales1, entre otros más.
Por la violencia proveniente principalmente del crimen organizado y la exorbitante impunidad (sólo el 0.9% de los delitos cometidos tiene la posibilidad de ser resuelto)2; a estas fechas se registra en el país un total de 133 mil 190 personas desaparecidas y no localizadas y, según el Movimiento por Nuestros Familiares Desaparecidos en México,  hay 52 000 restos humanos aún sin identificar en todo el país y esta cifra no incluye los fragmentos óseos recuperados de los lugares de ejecución;3 la criminalidad (33,241 homicidios en 2024, con una tasa de 25.6 por cada 100 mil habitantes) aunados a la falta de investigación y justicia; los ataques a la libertad de expresión y la represión de los medios con asesinatos a periodistas (175 en total, del año 2000 hasta ahora) y un discurso presidencial hostil hacia ellos llamándolos -entre otros deleznables epítetos-, carroñeros, enemigos del pueblo, conservadores, neoliberales.
Por la desigualdad socioeconómica y exclusión política que se vive y por el uso de varios programas clientelistas (Pensión para el Bienestar de las Personas Adultas Mayores y Jóvenes Construyendo el Futuro, como ejemplos) que abonan el terreno de intercambio de votos por beneficios sociales como empleo, apoyos y dinero, particularmente de este último; por el ascenso del populismo (discurso que apela directamente a las clases populares, enfrentándolas a una élite considerada corrupta y egoísta) y la concentración de poder en la figura presidencial que tilda a los opositores políticos o no, con términos despectivos con lo que se genera un ambiente hostil para el debate democrático y la libre expresión.
Por la corrupción en la que, según el INEGI en el año 2023, 83% de las personas consideraron que la corrupción en México sigue siendo un problema “frecuente o muy frecuente” y también que 6 de cada 10 mexicanas y mexicanos fueron víctimas de corrupción o extorsión policial en 2023. Estos datos nos ubican en el lugar número 18, del grupo del G-20, con un Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) de 26 en el año 2024, sólo por arriba de Rusia.4
Todo lo anterior ha llevado a que se interprete a la democracia en el país como una “democracia en fatiga” donde el ciudadano sigue considerando que, aunque la democracia siga pensandose como una estrategia política ideal, los resultados no se reflejan en su vida cotidiana.
Ahora, repetimos la segunda pregunta: ¿cómo se valora la democracia en México a nivel mundial?
Sábese que para evaluar el grado de democracia en una determinada nación suelen considerarse, entre otros, los siguientes indicadores: Si las elecciones nacionales son libres y justas, si los ciudadanos pueden competir por cargos públicos y si hay un pluralismo político; si en las libertades civiles se incluyen la protección de los derechos fundamentales, como la libertad de prensa, de expresión y de reunión, así como la seguridad personal de los ciudadanos; el cómo funciona el gobierno de acuerdo con su eficacia para implementar políticas, su capacidad de respuesta a las necesidades de la población y la transparencia en su gestión; medir el grado en que los ciudadanos participan activamente en la vida pública, más allá del voto, y si tienen mecanismos para influir en las decisiones del gobierno; la actitud y los valores de la sociedad (cultura política) respecto a la democracia, el compromiso cívico y la disposición de los ciudadanos para participar en el proceso democrático; la garantía de los derechos políticos de los ciudadanos; la igualdad de género; la capacidad de los ciudadanos para controlar el poder político a través de mecanismos como el acceso a la información y la transparencia, y se evalúa si se cumplen las garantías del Estado de derecho y los procesos bajo las leyes actuales establecidas.
Bajo estos indicadores y algunos otros más México -en su evaluación-, ha oscilado en el Índice de Democracia Global de ser catalogado entre el grupo de las que denominan como "democracias defectuosas" a la de “régimen híbrido” actualmente. De acuerdo con el reporte publicado por el The Economist Intelligence Unit, con una calificación de 5.32 sobre 10, por encima de varios estados latinoamericanos; a pesar de este avance, el país se mantiene hoy, como referimos antes, en la categoría de “régimen híbrido”, que combina elementos democráticos con características autoritarias.5
            Nuestra anhelada y escurridiza democracia sigue dando trompicones oscilantes entre el caudillismo militar y las élites conservadoras patentes en nuestra Constitución de 1824 y el ulterior autoritarismo institucionalizado en pos de una verdadera democracia.
De la llamada “democracia tutelada”  liderada por el partido dominante PRI  o la “dictadura perfecta” como la nominara el escritor Mario Vargas Llosa, al fallido balbuceo de su “transición” abanderada por el PAN, hasta nuestros tiempos en que nos encajonamos en un régimen de “democracia delegativa” con MORENA, término así definido por el politólogo argentino y teórico de la democracia, Guillermo A. O’Donnell, en donde -define-la ciudadanía elige libremente a sus gobernantes, pero luego éstos gobiernan sin rendir cuentas, asumiendo que el triunfo electoral les otorga un mandato para actuar sin restricciones.
Así, vemos que nuestro presidente/a tiende a presentarse como intérprete exclusivo de la voluntad popular (atosigándonos con lo de que el pueblo es el que manda), debilitando los contrapesos institucionales (poder legislativo y judicial) y reduciendo la participación ciudadana a un acto electoral. La democracia se vuelve, así, plebiscitaria y personalista, más cercana al liderazgo carismático con tintes autoritarios que al deseable equilibrio republicano.
Acabemos:
La democracia, en términos generales, puede considerarse también de dos maneras: como un estado o como un proceso. Desde la perspectiva institucional o jurídica es un estado (Estado democrático), una condición estructurada y establecida como queda registrado en el Artículo 40 de nuestra Constitución que señala: Es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una República representativa, democrática, laica y federal, compuesta por Estados libres y soberanos en todo lo concerniente a su régimen interior, y por la Ciudad de México, unidos en una federación establecida según los principios de esta ley fundamental.
            Así también es considerada un proceso, un proceso inacabado que requiere de una participación ciudadana activa y constante que sostenga, amplíe, perfeccione y adecúe en su tiempo una cultura de empático diálogo, tolerancia y rendición de cuentas de sus instituciones para ello creadas, con el fin de lograr una convivencia social armónica y pacífica en la que imperen la libertad, la justicia, la igualdad y el respeto a los derechos humanos adaptada a nuestras nuevas y cambiantes realidades.
            Alcanzar la meta de conseguir nuestra verdadera e idealizada democracia nos hará decir, con orgullo, un mínimo de “cuatro verdaderas tes”:
Tengo un gobierno que libremente elegí y me representa. Tengo confianza en las instituciones. Tengo seguridad y libertades. Tengo un trato igualitario y justo.

 

En otras palabras, recordamos lo dicho sobre la democracia por el político y estadista israelí, ganador del Premio Nobel de la Paz de 1994, Shimon Peres:

 

La democracia implica una división, una colección de desacuerdos.
No es un lugar de gente similar sino gente diferente.
Su principio no es de igualdad sino de igualdad de derechos para que cada quien sea diferente y, no obstante, las diferencias y los puntos de vista variados, sea posible vivir juntos y sin violencia.
La democracia es la historia de la pluralidad y la tolerancia, no de la victoria y la imposición.
Por ello no hay victorias en la democracia, hay paz y la Paz es la verdadera victoria de la vida política de los pueblos. 6


1 . file:///C:/Users/xalop/Downloads/F00017303-Latinobarometro_Informe_2024.pdf
2 . https://www.impunidadcero.org/impunidad-en-mexico/#/
3 . https://icmp.int/es/los-desaparecidos/donde-estan-los-desaparecidos/mexico/
4 . https://www.tm.org.mx/indice-de-corrupcion-confirma-el-mandato-social-de-enfrentar-de-raiz-la-corrupcion-en-mexico-transparencia-mexicana/
5 . Ricardo del Muro. Índice Político. En: https://indicepolitico.com/mexico-mejora-su-posicion-en-el-indice-de-democracia-global/#:~:text=M%C3%A9xico%20avanz%C3%B3%20seis%20posiciones%20del%20lugar%2090,mantiene%20en%20la%20categor%C3%ADa%20de%20%E2%80%9Cr%C3%A9gimen%20h%C3%ADbrido
6 . https://etimologias.dechile.net/?democracia

sábado, 1 de noviembre de 2025

Réquien para los espantapájaros.

 

Réquiem para los espantapájaros.
¿Una advertencia?

Dr. Xavier A. López y de la Peña



Después de haber realizado recientemente un viaje cruzando por algunos estados del centro de México en autobuses comerciales, pude disfrutar la vista a través de ventanilla de lo habido en el trayecto lejos de mantener la mirada pegada al camino asfaltado y sus señalizaciones para conducir de manera segura y de forma casi monótona, dejando con ello de “mirar” al circundante entorno y que me llevó a reflexionar sobre los espantapájaros.
El espantapájaros por definición, es una cosa que por su representación o figura es causal de un infundado temor que el agricultor pone en sus sembrados y en los árboles para ahuyentar a los pájaros que los pudiesen dañar y que durante siglos ha sido una figura icónica en los campos agrícolas. Su función -de alguna manera-, ha sido a la vez tan práctica como simbólica representando la relación ancestral entre el ser humano y la tierra, y su existencia depende del miedo que inspira, y su eficacia reside en la ilusión de humanidad que proyecta.
            Así, me percaté casi de manera inconsciente de que en los múltiples y variados campos de cultivos por los que atravesé, no se veían los tradicionales espantapájaros por lo que me pregunté: ¿Por qué ya no se ven los espantapájaros en los campos mexicanos? Esta herramienta agrícola ahora ausente en el campo, a la vez, nos lleva a hacernos otra pregunta: ¿Qué somos, sino figuras entre el trabajo y la representación, entre la conciencia y el simulacro?
            Vamos por partes.
La historia y evolución de los espantapájaros está ligada, como hemos dicho, a la agricultura y los primeros registros conocidos se remontan al Antiguo Egipto (desde el Neolítico -10 000 a. C., época en que apareció y se generalizó la agricultura y el pastoreo de animales, dando origen a las sociedades agrarias-, hasta la época romana) donde los agricultores colocaban figuras representativas humanas en campos de trigo a lo largo del Nilo para proteger sus cultivos.
En la Grecia clásica, figuras del dios Príapo se colocaban en las zonas rurales, particularmente, donde la gente lo invocaba para asegurar la fertilidad de la tierra y el ganado; su apariencia grotesca y fálica servía para asustar a las aves y proteger los viñedos.
            Los espantapájaros del Japón feudal gobernado por shogunes (1185-1603) eran figuras hechas con trapos, sombreros y paja nominadas "kakashi" que los agricultores ponían en sus campos para espantar pájaros y otros animales.
En Europa durante la Edad Media (siglos V y XV) inicialmente los campos solían estar protegidos de sus aves por niños que se ocupaban de espantarlas, para luego empezar a emplear figuras humanas hechas de paja, vestidas con ropas viejas.
            Ya entrando al siglo XX a medida que avanzaba la tecnología e industrialización los espantapájaros, hasta entonces tradicionales, comenzaron a ser reemplazados por dispositivos más modernos: cintas reflectantes, redes anti aves, ruidos automatizados, emisores ultrasónicos y más.
También desaparecen los espantapájaros porque en algunas regiones han disminuido las aves a causa de la pérdida de sus hábitats, del uso de pesticidas que eliminan los insectos de que se alimentan un grupo de ellas, por los cambios climáticos o migratorios que sufren, por la sustitución de algunos cultivos como el maíz y el sorgo, por otros como agave, cítricos, aguacate o por el empleo de invernaderos. De igual manera, las generaciones jóvenes tienden a dejar atrás las tradiciones agrícolas al paso de la creciente urbanización y la migración que impulsan su abandono.
            Podría parecer trivial referirnos a la desaparición de los espantapájaros en los campos agrícolas; sin embargo, ello representa un ejemplo profundamente simbólico que refleja una transformación impactante en nuestra relación con la naturaleza y, especialmente, con lo natural. Esta relación es ahora casi virtual, en la que la tierra es vista básicamente desde la óptica de la eficiencia económica y la productividad sin, generalmente, consideraciones ecológicas. El espantapájaros es entonces una víctima más del mismo proceso que está llevando a la extinción de especies, de paisajes y de formas de vida ancestrales en la desconexión ocurrente entre lo humano y lo natural mediada por dispositivos que operan bajo un paradigma de control y rentabilidad, olvidando la armonía y el equilibrio de tiempos pasados.
El espantapájaros, entendido ya como símbolo de esa conexión humana con la tierra ha sido ciertamente, en parte, víctima de esta “extinción” que experimentamos en esta era geológica que vivimos en la que la actividad humana (antrópica) ha sido un factor de cambio que ha alterado drásticamente el clima y el medio ambiente en el planeta, y que se ha denominado como “Antropoceno”. Su desaparición podría considerarse entonces como una metáfora de la crisis ecológica global y de la manera en que nuestra civilización ha optado por reemplazar su relación simbólica con la naturaleza por una visión expoliadora, utilitarista y mecanizada.
Fue el químico neerlandés Paul Josef Crutzen, premio Nobel de Química en 1995 quien nominó en el año 2002 a esta era geológica como “Antropoceno” cuyo impacto nos está conduciendo a la considerada “sexta extinción masiva”, esto es, al evento en el que desaparece un alto porcentaje de la biodiversidad, con frecuencia el 75% o más de las especies, en un determinado período de tiempo.
Entre las causas contribuyentes a  esta “extinción masiva” está la llamada deforestación que es pérdida permanente de bosques y selvas, causada particularmente por actividades humanas como la agricultura, la ganadería, la tala y la minería, y por causas naturales como incendios, caza ilegal y otras, que llevan a la pérdida de biodiversidad (más del 70 % de los animales y plantas viven en áreas forestales), a la erosión del suelo, la alteración del ciclo del agua y la contribución al cambio climático al liberar carbono a la atmósfera. Por esta deforestación se calcula que cada año estamos perdiendo unas 50 000 especies de plantas y animales (incluidos insectos). 1
            Otra causa es la denominada defaunación, término acuñado por el mexicano doctor en biología, Rodolfo Dirzo Minjarez, que define como la extinción global, local o funcional de poblaciones o especies animales de comunidades ecológicas, particularmente de mamíferos de gran tamaño. Este autor señala que el número de especies que se han extinguido totalmente de la faz de la Tierra es cercano a 400 desde el año 1500 y que esta velocidad es entre cien y mil veces más alto de lo que normalmente ocurre cuando no hay procesos de extinción masiva. Señala también que: "De todos los insectos con tendencias poblacionales documentadas por la UICN [203 especies de insectos en cinco órdenes], el 33% están disminuyendo, con una fuerte variación entre órdenes". En el Reino Unido, "entre el 30 y el 60% de las especies por orden tienen tendencias decrecientes". Los insectos polinizadores, "necesarios para el 75% de todos los cultivos alimentarios del mundo", parecen estar "en fuerte declive a nivel mundial, tanto en abundancia como en diversidad", lo que se ha relacionado en el norte de Europa con el declive de las especies vegetales que dependen de ellos. El estudio se refería a la pérdida de vertebrados e invertebrados causada por el hombre como la defaunación antropocena.2,3
            En cuanto a las aves, incluido en ellos el orden de los pájaros (paseriformes), la disminución de ellos es también alarmante: el 11% de todas las especies se encuentran amenazadas, el 61% del total han registrado descensos en todo el mundo y tres de cada cinco especies de aves tienen poblaciones en merma. Esto representa un peligro para los ecosistemas ya que ayudan a polinizar las flores, dispersar semillas y controlar plagas.4
            Con este vistazo a unas aristas sobre la “extinción masiva” o “Antropoceno” ¿para qué queremos o necesitamos utilizar ya espantapájaros?
Este objeto constitutivo del umbral entre lo humano y lo artificial, simulación engañosa para los pájaros, símbolo del trabajo agrícola, del cuerpo que cuida la tierra, aún en su ausencia. Figura que tanto puede aterrorizar entre el ser y parecer, como representar la soledad, el abandono o la persistencia.
Podría considerársele también como un objeto apotropaico, -esto es, utilizado para alejar el mal o protegerse de él, de malos espíritus o de algo mágico o maligno en particular como ocurre con las gárgolas o la figura del dios Príapo referida arriba.
El espantapájaros es, así, un objeto y figura existencial sin existencia, con una función que no entiende y en medio de algo que no le pertenece ni lo reconoce ni le importa.

Finalmente, como paradoja para nuestro tiempo Antropoceno (o de la “Sexta Masiva Extinción”), el espantapájaros, como un objeto humano creado para ahuyentar la vida, se ha convertido en el ausente espantapájaros del planeta que se mantiene en la sombra, avizorando hacia un horizonte vacío y árido sin aves que ahuyentar ni semillas para sembrar. Recordatorio de lo que hemos perdido y de lo que aún podríamos recuperar.
Así habla esta composición o réquiem que se podría llegar a cantar con el texto biológico aprisionado tras el pentagrama de la vida en una misa de naturaleza difunta, si no nos preocupamos y ocupamos en darle necesaria y urgente solución.


1 . https://es.wikipedia.org/wiki/Deforestaci%C3%B3n
2 . https://www.gaceta.unam.mx/defaunacion-en-los-linderos-de-la-sexta-extincion-masiva/
3 . Dirzo, Rodolfo; Young, Hillary; Galetti, Mauro; Ceballos, Gerardo; Isaac, Nick; Collen, Ben (25 de julio de 2014), «Defaunation in the Anthropocene», Science 345 (6195): 401-406, PMID 25061202, doi:10.1126/science.1251817.
4 . https://www.infobae.com/espana/2025/10/13/mas-de-la-mitad-de-las-especies-de-aves-del-mundo-estan-en-declive-los-lideres-se-reunen-para-abordar-la-crisis-de-extincion/