Bajo este título nos
referiremos la
alteridad indigenista, es decir, a la concepción del
"otro" indígena desde una perspectiva externa (no indígena), que ha
estado marcada por la historia colonial de dominación que idealiza,
folkloriza
o busca integrar al indígena a la cultura occidental, construyendo una narrativa
sobre lo "indígena" como una alteridad (lo extraño) útil a las
necesidades de un proyecto nacional, más que reconocer su propia identidad,
implicando una relación de subordinación y una alteridad que debe ser superada
por el "nosotros" mestizo, a diferencia de una alteridad cultural
auténtica que buscaría el diálogo y aprendizaje mutuo como lo propone el
filósofo mexicano de origen español,
Luis Villoro Toranzo,
1 en
su filosofía.
De manera general la visión indigenista en México ha
transitado como una traducción del “otro” dentro del imaginario nacional que
busca asimilarle a la modernidad, a desplazarse hacia formas actuales de
auto
hermenéutica indígena, es decir, de un proceso de auto interpretación donde
el sujeto se convierte en sujeto y objeto de la comprensión, analizando sus
propias experiencias, discursos, emociones y el significado que construye de su
propia vida, y por el pensamiento
decolonial que busca desmontar la “colonialidad
del poder” (La colonialidad es un patrón de poder global que perdura tras el
colonialismo oficial, manteniendo estructuras de dominación basadas en
jerarquías raciales y eurocéntricas, donde el conocimiento, el trabajo y las
relaciones sociales se organizan bajo la supremacía del "Norte
Global" (Europa/EE. UU.)
2 Cuando menos desde la Independencia y hasta nuestros
días, el Estado y los intelectuales mexicanos han intentado dar respuesta a la
pregunta: ¿qué lugar ocupa el indígena en la nación moderna? De forma general
la respuesta ha variado mucho, sin embargo, ha estado cargada de graves
tensiones entre exclusión e inclusión, dominación y reconocimiento.
En los tiempos post
revolucionarios el indígena o lo indígena pretendía incorporarse a la
modernidad a través de la educación y la ciencia sustentada en una lógica
paternalista y asimétrica en la que el indígena era objeto de redención, no
sujeto de palabra. Así, con la creación del Departamento Autónomo de Asuntos
Indígenas (DAAI) creado por
Lázaro Cárdenas y la expansión de las escuelas
rurales se fomentó una visión mestiza de la nación, donde el indígena se
convertía en raíz espiritual de un nuevo humanismo americano. No obstante, esta
interpretación seguía siendo
monológica, es decir, el indígena era considerado
solo un símbolo y materia prima, pero no como un interlocutor.
Con lo apropiación
nacional de “lo indígena” el Estado y la intectualidad representada -entre muchos
otros-, por el arqueólogo, antropólogo y diplomático mexicano Alfonso Caso
Andrade, el pintor y muralista
Diego Rivera y el educador, político e
indigenista
Moisés Sáenz Garza de su tiempo, nos ofrecieron una lectura
colectiva de lo indígena como una “esencia” de México, aunque esencialmente desligada
de las comunidades vivas. De alguna manera, delineándola como una
civilización
negada como señalara el etnólogo, antropólogo e historiador Guillermo
Bonfil Batalla,
3 en un país donde la
superficie mestiza subordina o suprime a la realidad indígena.
Ahora bien, nos
preguntamos: ¿cómo concibe el mexicano común su orgullo o pertenencia -si es
que lo hay-, al pasado cultural prehispánico? En general, consideramos que es
real, amplio y socialmente aceptado, sin embargo, es más simbólico que vivido
como pertenencia directa. Esto es, se admira, se celebra y se usa como
identidad nacional, aunque no siempre se asume como identidad personal
indígena.
Así, las civilizaciones
mexica, maya, zapoteca,
mixteca o teotihuacana son vistas orgullosamente como avanzadas y sofisticadas comparables
a las de Egipto, Grecia o Roma. A pesar de ello la
pertenencia a ese
legado cultural suele ser moderado y ambiguo. De hecho, muchos mexicanos dicen:
“Venimos de los aztecas o de los mayas”, sin embargo, no dicen “soy indígena”.
El pasado prehispánico se percibe a menudo como glorioso pero lejano, algo “de
antes”, pero no necesariamente “mío hoy”. Así, el mexicano promedio se siente
heredero simbólico, pero no descendiente directo en términos identitarios.
Mayoritariamente el México antiguo “engrandece” al país, en tanto que negarlo o
despreciarlo suele verse como una evidencia de ignorancia o incluso como una actitud
antipatriótica.
Es así que, mayoritariamente el mexicano cae en la
paradoja
de admirar nuestras civilizaciones indígenas pasadas, en tanto que mantiene
graves prejuicios hacia los indígenas de la actualidad. Reconoce la grandeza de
la cultura maya por un lado en tanto que discrimina al hablante maya
contemporáneo. Admira los vestigios monumentales de la civilización
teotihuacana, pero ignora a su comunidad actual y más. De esta forma, el
orgullo y pertenencia mexicano hacia a lo originario o indígena queda
demostrado entonces reducido a lo estético e histórico más que lo social y político.
El pasado claramente nos identifica como país, pero intrínsecamente no lo
vivimos como “nuestro”.
En la escuela se nos inculca un gran respeto hacia
nuestra cultura originaria o prehispánica como algo grandioso y avanzado en su
arquitectura, conocimientos astronómicos, sus calendarios, su arte y escritura,
su orden y estructura social, sus hazañas y más, pero como algo que “pasó”, no
como una cultura viva en el presente.
Se nos machaca una y otra vez que somos entonces una
raza “mestiza” no española ni indígena, sino una “mezcla” en donde el pasado
originario o prehispánico queda asimilado así, como algo que, aunque maravilloso
y magnífico ya ha “pasado”; es algo bucólico que ya está superado.
El mexicano -entonces-, tiende a considerar como
estereotipo del indígena su asociación con la pobreza, el atraso y la falta de
educación, como “algo” folklórico (vestuario, ritos, ceremonias, danzas o
bailes, costumbres, etc.) e íntimamente ligado al trabajo rural o manual y
desarrollado en poblaciones aisladas y fuertemente tradicionales; también suele
idealizársele como unívocamente vinculado a la naturaleza como un
guardián
de la tierra, noble y puro desatendido de la agobiante, desarticulada y
desnaturalizada modernidad.
En el México turístico -por ejemplo-, lo indígena se
le suele representar y vivir como una colorida “atracción cultural”; en el
medio urbano cosmopolita como el “otro” asociado a la pobreza y al campo, como
alguien que no comparte las mismas costumbres, valores o formas de vida, y en
las poblaciones con fuerte presencia originaria o indígena como “algo” más aceptable,
pero arrastrando una importante desigualdad histórica.
En los variados medios de comunicación se suele
mostrar mayoritariamente al indígena como una
víctima, como “algo”
folklórico y secundario, y ocasionalmente como un profesional o político
actuando con y entre “nosotros”.
De acuerdo con lo anterior, podemos decir que en
México se vive un
racismo estructural (generalmente no reconocido o no
aceptado entre la población general) en la que la discriminación hacia lo
indígena está fuertemente arraigada ya contra en que habla una lengua indígena,
como contra el que tiene una apariencia con rasgos indígenas que suelen ser
asociados a estigmas negativos, como el bajo estatus social o el atraso, y al
que viste ropas conforme a sus tradiciones y proviene de un medio rural o
campesino.
Aunque esto ha cambiado en las últimas décadas,
sigue influyendo en el imaginario colectivo.
De hecho, en esta visión altamente contradictoria y fuertemente
paternalista de lo indígena se valoran ciertos elementos, pero a la vez se
margina a las comunidades y sus derechos. Necesitamos entonces superar esta
dualidad y revalorar la diversidad del y lo indígena no solo como un símbolo
del pasado o folklórico y atractivo turístico, sino como una parte integral y
activa de nuestra sociedad moderna, con respeto e igualdad de condiciones, con
acceso a la educación inclusiva y multicultural, el empleo (promoviendo la
igualdad de oportunidades) y las libertades y derechos que incluyan su
autonomía.
Ciertamente también, se han hecho esfuerzos para revalorizar
nuestra percepción aceptación e integración hacia lo indígena. Desde el
indigenismo oficial de los años 1940 a 1960 de corte
paternalista y
asistencialista, pasamos luego al
indigenismo participativo de los
años 1970 a 1990 en los que se representó a lo indígena ya en foros
internacionales, y se hizo resonar -más adelante-, la presencia indígena con el
Levantamiento Zapatista de 1994 con sus demandas de autonomía, justicia social
y reconocimiento de derechos colectivos (
Acuerdo de San Andrés Larráinzar de
1996), hasta llegar al
indigenismo contemporáneo con la Reforma
Constitucional de 2001,
4
particularmente con las reforma hechas en el Artículo 2º. en el que se reconoce
a los pueblos y comunidades indígenas como sujetos de derecho público,
estableciendo su composición pluricultural, y garantizando su
derecho
fundamental a la libre determinación y autonomía para decidir sobre su
organización social, económica y política, su cultura, sus lenguas, sus
sistemas normativos internos y el control de sus territorios, aunque con
límites en los derechos humanos y sujeto a adecuaciones legislativas
posteriores.
Todo ello en la búsqueda por alcanzar la armonía en
un México más justo, equitativo y plural. En este sentido, podemos hablar de
que la orientación hacia lo indígena se ha convertido ya en una verdadera
hermenéutica
decolonial, orientada no solo a reinterpretar los símbolos, sino revelando
un largo proceso de interpretación, apropiación y, finalmente, reapropiación
del sentido de lo indígena orientado a reconstruir sus modos de existencia
entre nosotros.