domingo, 1 de marzo de 2026

El médico como enfermo.

 

El médico como enfermo.

A mis hijos, médicos y amigos que se reunieron en mi entorno
y lograron hacerme sobrevivir a una catastrófica enfermedad
en sus variables dimensiones. Con mi cariño y gratitud,
esta breve reflexión sobre mi vivida condición de médico como paciente.


Dr. Xavier A. López y de la Peña. 

 


El médico en su condición de paciente constituye una experiencia límite que desestabiliza categorías centrales de la práctica médica: objetividad, control técnico y autoridad epistemológica. Cuando quien encarna el saber clínico se transforma en un cuerpo enfermo, no solo cambia de rol; se produce una ruptura en su identidad narrativa, en su relación con el saber y en su posición ética frente al otro.
Cuando el médico asume el rol de paciente, la relación clínica se transforma en un espacio de complejidad ética y psicológica de que quien habitualmente ocupa el rol de sanador-cuidador pase a ocupar el lugar de quien necesita atención sanitaria y cuidado.
No se trata solo de un cambio funcional, sino de una transformación profunda del sentido ya que la superposición de identidades -profesional y paciente-, genera tensiones en torno a la autonomía, la jerarquía, la confidencialidad y la toma de decisiones cuyo análisis permite comprender que la clave radica, principalmente, en reconocer la vulnerabilidad como elemento constitutivo de toda experiencia del enfermar.
De esta manera el médico, cuando enferma, no solo experimenta determinados signos y síntomas físicos, emocionales y constitucionales, sino una ruptura profunda en la narrativa que sostenía su identidad: pasando de analista e intérprete de los cuerpos ajenos a ser un cuerpo analizado e interpretado, de quien diagnostica a ser diagnosticado, de autoridad técnica a sujeto vulnerable necesitado de ayuda. Simplemente se pasa de lo que antes era objeto de análisis clínico a ser una vivencia enferma encarnada.
Al enfermar el médico se enfrenta a la pérdida de control, a experimentar dependencia y a reconocer, -aún más-, la dimensión afectiva del cuidado; esto es, cae en mayor o menor medida en una crisis de identidad que le puede generar una sensación de fracaso o debilidad, dificultad para aceptar ayuda y una tendencia a automedicarse o a minimizar sus síntomas.
Esta situación genera tensión entre el conocimiento médico de la enfermedad y la experiencia subjetiva del sufrimiento donde el médico como paciente puede analizar y comprender los mecanismos fisiopatológicos de su enfermedad, pero eso no elimina necesariamente el miedo, la incertidumbre o la angustia ya que más allá de vivir un evento clínico, el médico como paciente enfrenta una experiencia liminal (entre roles), una crisis narrativa y una revelación de la vulnerabilidad constitutiva del ser humano.
Sin embargo, hay que reconocer que lejos de ser una contradicción, esta experiencia puede integrar ciencia y humanidad, técnica y compasión, saber y padecer.
Frente a su relación con familiares, el médico como enfermo suele enfrentar tres dimensiones interpretativas: identidad profesional, vulnerabilidad personal y expectativas sociales. En cuanto a que habitualmente ocupaba el lugar de un consejero en salud permanente, el de figura de seguridad frente a la enfermedad y como referente racional ante la crisis. De esta forma se invierte su rol de protector familiar y su familia podría sentir desconcierto o temor: “Si él se enferma, ¿Qué queda para nosotros?” y expresar resentimiento ¿Por qué no nos pidió ayuda oportunamente? En tanto que el médico como paciente puede experimentar culpa por “dejar de ser fuerte” y vivir en tensión entre mostrarse vulnerable o sostener una imagen de control de su incómoda la situación. Si bien el médico puede comprender técnicamente su enfermedad sus familiares viven la situación desde la incertidumbre, el miedo y la afectividad, ello puede llevar a que el médico pudiera minimizar su problema para tranquilizarles, a recibir una sobreprotección por parte de su familia y dificultar el aceptar cuidados básicos como podría ser el descanso y aceptar la dependencia. Bajo estas circunstancias la enfermedad deja de ser objeto clínico y se convierte en una experiencia compartida, revelando que la identidad profesional no agota la identidad personal. Frente a los seres queridos, el médico deja de ser principalmente “el que sabe” para volver a ser, simplemente, una “persona enferma”.
            En relación con los amigos, el médico como paciente suele oscilar ente el estigma y el silencio. Entre sus colegas podría tratársele como el “colega que sabe”, pidiéndole opinión aun estando enfermo y otros preferirían evitar hablar del tema por incomodidad. Así, el médico como paciente podría optar por guardar silencio para evitar perder su autoridad simbólica o compartir su experiencia como una forma de autenticidad.
            A lo anterior, uno de los temas más significativos que hay que sumar es el de la dependencia y reciprocidad ya que el médico acostumbrado a cuidar, ahora necesita apoyo emocional, ayuda práctica y acompañamiento en decisiones médicas. Ello le puede llevar a resistirse a “ser una carga”, a descubrir una reciprocidad afectiva y a llevarle a una mayor comprensión de lo que implica para un paciente depender de otros.
En el entorno hospitalario el médico como paciente podría también tener dificultad para asumir el rol pasivo de paciente, tender a cuestionar decisiones diagnósticas o terapéuticas y resistirse a mostrar vulnerabilidad generando tensiones con el equipo tratante, que puede sentirse evaluado o cuestionado. A su vez, un médico de mayor rango -por ejemplo-, jefe de servicio, puede convertirse en paciente de un médico más joven o subordinado y podría haber incomodidad al ejercer su autoridad clínica sobre un superior jerárquico de igual manera que el médico como paciente podría intentar influir en las decisiones médicas afectando la dinámica de poder habitual.
Podrían generarse problemas de confidencialidad al intentar el médico como paciente tener un acceso informal a su historia clínica, a escuchar “ciertos” comentarios en los pasillos o ser víctima de la curiosidad del personal, especialmente en casos “raros o extraordinarios”, psiquiátricos, de patologías graves o adicciones. A sufrir sobretratamientos médicos por temor a cometer errores (medicina defensiva) o de ser infratratado cuando se asume que el médico-paciente (opina u ordena hacérsele algo) y se le considera que “sabe lo que hace” y otras más.
El médico construye entonces su ipseidad (término que define la condición de "ser uno mismo", como experiencia reflexiva, la identidad propia y el carácter único del sí mismo o ipse, "él mismo" en latín), en torno a la competencia diagnóstica y la capacidad de intervenir eficazmente sobre el cuerpo del otro. La enfermedad introduce entonces un acontecimiento que interrumpe ese relato. El “yo que interpreta” se convierte en el “yo interpretado”. Algo como lo que refirió el filósofo y antropólogo francés Jean Paul Gustave Ricœur llamándole “El yo como otro” (Soi-même comme un autre).
Si bien el filósofo tradicionalista alemán, Hans-Georg Gadamer ha considerado a “la salud como el silencio del organismo”, cuando el médico enferma, su cuerpo deja de ser objeto epistemológico y se convierte ahora en experiencia inmediata.
En la relación clínica, el médico responde al rostro vulnerable del paciente. Sin embargo, cuando enferma, se convierte en ese rostro expuesto. La asimetría se invierte: el médico experimenta la desnudez ética que antes contemplaba desde una posición de autoridad. Esta inversión revela que la vulnerabilidad no es accidente, sino su condición constitutiva. La medicina entonces, desde esta perspectiva, no puede fundarse exclusivamente en la competencia técnica, sino en el reconocimiento de una fragilidad compartida. Pero también podríamos preguntarnos como lo hace el filósofo y escritor lituano de origen judío, Emmanuel Lévinas (Totalité et Infini): ¿cómo se articula esta ética cuando el médico es a la vez sujeto responsable y sujeto necesitado de cuidado? La experiencia del médico como paciente muestra que la ética no es unidireccional; la vulnerabilidad es recíproca.
El filósofo, ensayista y poeta alemán, Martin Heidegger, describió al ser humano como un “ser-para-la-muerte” (Sein und Zeit) en la que la muerte es la posibilidad más propia, irrebasable y cierta. Sin embargo, en la actualidad la medicina moderna pretende alimentar la ilusión de tener cierto control sobre la muerte cuando el médico, habituado a combatirla en otros se enfrenta, ahora, con su enfermedad grave a su propia finitud. Aquí, la enfermedad actúa como experiencia desveladora: el médico no solo trata procesos biológicos, sino que se descubre como existencia finita. La autenticidad surge entonces cuando el sujeto asume su mortalidad como posibilidad propia.
Pues bien, más allá del paradigma tecno ético que hemos planteado podemos concluir que la enfermedad desestabiliza la identidad profesional (Paul Ricoeur), revela la dimensión encarnada y pre-objetiva de la existencia (Hans-Georg Gadamer), manifiesta la vulnerabilidad como fundamento ético (Emmanuel Levinas) y confronta al médico con su propia finitud (Martin Heidegger)8.
La experiencia así del médico como paciente muestra que la medicina no puede reducirse a epistemología aplicada. Es, en su núcleo, práctica humana situada en terreno de la vulnerabilidad y fragilidad.

Es una experiencia no solo de crisis, sino de revelación. Revela que el conocimiento médico describe procesos, pero no agota el sentido del sufrimiento. Revela que la ética no nace del poder, sino de la vulnerabilidad. Y revela que la finitud no es un accidente biológico, sino condición constitutiva de toda práctica de cuidado.

En última instancia, el médico como paciente testimonia que la medicina, antes que técnica de dominación, es encuentro entre existencias y vivencias uni personales finitas.
Esta narración no elimina el dolor, la angustia, la incertidumbre, la vulnerabilidad y el recordatorio de nuestra finitud ciertamente, pero le sitúa en un horizonte de humano sentido.
A continuación, presento, para quien quiera abundar sobre este tema, a algunos personajes notables que han escrito explícitamente sobre su experiencia como pacientes, convirtiendo su enfermedad en reflexión ética, existencial o narrativa. No son meros casos biográficos, sino testimonios donde el tránsito de médico a paciente es tematizado por escrito.
Paul Kalanithi, el neurocirujano estadounidense formado en Stanford, diagnosticado con cáncer pulmonar metastásico a los 36 años de edad en su obra When Breath Becomes Air (2016) reflexiona y nos da un testimonio contemporáneo paradigmático del médico que analiza filosóficamente su propia enfermedad.
El médico y escritor Oliver Sacks en sus Ensayos finales en The New York Times tras ser diagnosticado con cáncer metastásico, escribió en su obra My Own Life (2015) “I cannot pretend I am without fear. But my predominant feeling is one of gratitude” (No puedo fingir que no tengo miedo. Pero mi sentimiento predominante es la gratitud), demostrando cómo el médico puede conservar su lucidez clínica sin negar la dimensión afectiva y espiritual.
El cirujano y profesor en Yale Sherwin B. Nuland en su obra How We Die y Lost in America (2003), analiza procesos de muerte desde perspectiva médica, como también sobre su propia depresión severa y tratamientos psiquiátricos. Aportando una mirada sobre la humillación del paciente hospitalizado y la vulnerabilidad del médico ante la enfermedad mental.
O la de Rafael Campo, médico internista y poeta estadounidense que en su obra The Desire to Heal (1997) y otros ensayos, escribe sobre enfermedad, identidad y vulnerabilidad, incluyendo experiencias personales como médico dentro del sistema sanitario y su vivencia como paciente dándole un enfoque literario y ético.

Por ahora, ante este trance vivencial espero haberme comportado ante los que me
 atendieron y me acompañaron como un vulnerable, humilde, respetuoso
 y agradecido paciente necesitado de ayuda, comprensión y cariño.



    Morishita, Mariko & Iida, Junko & Nishigori, Hiroshi. (2019). Doctors’ Experience of Becoming Patients and its Influence on their Medical Practice: A Literature Review. EXPLORE. 16. 10.1016/j.explore.2019.10.007.
    Beauchamp, T. L., & Childress, J. F. (2019). Principles of biomedical ethics (8th ed.). Oxford University Press.
    Kay, M., Mitchell, G., Clavarino, A., & Doust, J. (2008). Doctors as patients: A systematic review of doctors’ health access and the barriers they experience. British Journal of General Practice, 58(552), 501–508. https://doi.org/10.3399/bjgp08X319486
    Maslach, C., & Leiter, M. P. (2016). Burnout in the workplace: A review of the research and its implications. World Psychiatry, 15(2), 103–111.
    Parsons, T. (1951). The social system. Free Press.
    Pellegrino, E. D. (2008). The philosophy of medicine reborn: A Pellegrino reader. University of Notre Dame Press.
    Wallace, J. E., Lemaire, J. B., & Ghali, W. A. (2009). Physician wellness: A missing quality indicator. The Lancet, 374(9702), 1714–1721.
    Heidegger, M. (2003). Ser y tiempo (J. E. Rivera, Trad.). Trotta. (Trabajo original publicado en 1927)