viernes, 16 de julio de 2010

Del alacrán a la clonación.


DEL ALACRÁN A LA CLONACIÓN.*

*Dr. Xavier A. López y de la Peña


Así como el humanista debe tener en cuenta las lecciones
de la ciencia moderna, evitando una representación
anacrónica del hombre, también la ciencia debería
por su parte realizar un esfuerzo para tener en cuenta al hombre.

Jean Laloup. La Ciencia y lo humano.


Recuerdo que de niño, aficionado a la búsqueda nocturna y furtiva de arañas para “criarlas” en cautiverio, con la ayuda de una linterna sorda en la enredadera que tapizaba el muro sur de la casa paterna, el encuentro con un alacrán me impresionó enormemente. Lo capturé no sin grandes dificultades y temor y lo coloqué en un frasco que llevaba siempre preparado para “mis” especímenes. Por poco mi padre se da cuenta de ello y, apresuradamente puse agua en el frasco a sabiendas que ése era un animal potencialmente peligroso y lo metí corriendo a hurtadillas en el congelador del refrigerador Frigidaire que había en la cocina. Al siguiente día muy temprano, no pude recuperar mi frasco del congelador por el ajetreo propio de la cocina-desayunador ocupado en los preparativos del desayuno para correr a la escuela primaria. Por fin, de vuelta en casa, recuperé mi frasco con el alacrán que estaba ya, lógicamente, incluido en un bloque de hielo. Puse entonces el alacrán “helado” al sol y pacientemente esperé a que se derritiera para poder “prepararlo” para la colección. ¡Mayúscula sorpresa me causó observar que el alacrán -que yo pensaba muerto- empezó a moverse lentamente sobre el charco del deshielo, y corrió!
Este fue mi precoz e inexplicable contacto -por aquél entonces- con el fenómeno conocido como “hibernación”, proceso que aún bajo diversas modalidades y términos sigue vigente en el terreno del conocimiento.
Mucho tiempo después supe que más o menos por la misma fecha de mi experiencia (década del 1950), el cirujano indochino Henri Laborit de 37 años de edad, intervenía quirúrgicamente por vez primera y de forma exitosa a una joven agónica en Francia bajo el proceso de “hipotermia” (bajar la temperatura del cuerpo con medios físicos) que no es otra cosa que una forma de “hibernación” , dando con ello inicio formal a ésta práctica hoy tan cotidiana en el mundo entero. Las experiencias científicas precedentes de Spallanzani, Rahm y Becquerel en éste campo daban al fin sus frutos.
Y seguimos asombrándonos. Hace unos años se ha hecho del conocimiento público el trascendente experimento de reproducción asexual en un mamífero realizado por los investigadores escoceses Ian Wilmut y Keith Campbell en el PPL Therapeutics y el Roslin Institute de Edimburgo, Escocia, en el que se produjo una oveja, el Roslin lamb 6LL3 y al quien se ha dado el nombre de “Dolly” (Nature -27 de febrero- 1997;385:810) a un costo aproximado de 750,000 dólares americanos.
El método utilizado para ello recibe el nombre de “clonación”, palabra que proviene del griego clone y que significa varita o acodo.
Desde la antigüedad se tiene el conocimiento de que al plantar una pequeña rama, o un pedazo de tronco en la tierra, ésta es capaz de crecer y desarrollarse dando una planta con la misma composición genética, y también que al injertar se produce una planta exacta de la cual se tomó el acodo.
Estas formas de reproducción asexual han sido ampliamente conocidas, como también la reproducción que ocurre con animales simples como la medusa.
La idea de la clonación tiene casi sesenta años cuando el biólogo y premio Nobel alemán Hans Spemann en 1938 planteó la posibilidad de “sacar” el núcleo de un óvulo y reemplazarlo con el núcleo de una célula somática y esperar a ver si del óvulo se obtenía un descendiente idéntico al del que se había sacado el núcleo.
Para 1952 la idea del Dr. Spemann se hizo realidad en los laboratorios del Instituto Carnegie, de Washington en las investigaciones conducidas por los Dres. Robert Briggs y Thomas J. King quienes extrajeron los núcleos de huevos recientemente fecundados de ranas, reemplazándolos con núcleos de células de tejido embrionario de individuos de la misma especie y produciendo renacuajos genéticamente idénticos al donante de núcleos celulares.
Siguieron adelante los estudios del Dr. F.C. Steward con células diferenciadas de las raíces de zanahoria que, tras varios procesos técnicos de reproducción, abrieron camino a la aplicación a nivel comercial de la clonación en el ámbito vegetal.
En la Universidad de Oxford, el Dr. John B. Gordon demostró que es posible “clonar” células somáticas de animales adultos al trasplantar el núcleo de una célula intestinal de un sapo adulto en el huevo de una sapa a la que se había extraído previamente el núcleo. Lo mamíferos se empezaron a clonar experimentalmente desde 1981 tras la información de los doctores Karl Illmensee de Ginebra, Suiza y Peter Hoppe de Maine (EUA) en que dan a conocer la clonación en ratones, cuya técnica fue mejorada luego en 1983 por los norteamericanos McGrath y Solter de Filadelfia (EUA) .
Dolly, sin embargo, representa el primer mamífero adulto entero clonado. Para el efecto, los científicos referidos cogieron células de la ubre de una oveja adulta de 6 años de edad y las pusieron a cultivar. Dichas células fueron sometidas luego a un proceso “quiescente” o de inactividad (un símil de la “hibernación”) en el que se manipuló su ADN (ácido desoxiribonucleico) mediante un proceso que llamaron de “reprogramación de la expresión del gen” . Luego tomaron el óvulo de otra oveja adulta a la que se le quitó el núcleo. En seguida hicieron pasar el núcleo de la célula de la ubre a la del óvulo sin núcleo mediante una descarga eléctrica y, cuando se inició el desarrollo del óvulo éste se implantó en el útero de una tercera oveja que hizo las veces de “madre gestadora” hasta el nacimiento normal de Dolly.
El mundo científico se conmocionó con la noticia y en México está por conformarse un comité encabezado por los doctores Pablo Rudomín (investigador del CINESTAV-IPN) y Ruy Pérez Tamayo que estudiará la situación y ofrecerá sus opiniones a la Secretaría de Salud para crear la normatividad correspondiente tan atrasada en nuestro país.
Los biotecnólogos y, en general los científicos, se dedican con ahínco a la búsqueda de la verdad, de su verdad y casi nunca -si es que algunas veces lo hacen- reflexionan acerca de las posibles implicaciones en el terreno ético, moral o incluso legal de sus pesquisas y descubrimientos.
Al interesado en la clonación, sumido en la maraña altamente tecnificada de su laboratorio le tiene muy sin cuidado -ni siquiera llega a pensarlo, tal vez-, si su proyecto pueda ser aplicado bien o mal, de la misma forma que Alfred Nobel no recapacitó en el posible y terrible uso como poder destructivo de la dinamita, o Albert Einstein en el caso de la bomba atómica construida sobre las bases matemáticas teóricas.
Los constructos formativos en las ciencias carecen, en general, de ligas con lo ético. La carrera de física, matemáticas o ingeniería civil -vamos, la de biología- ¿tienen materias que aborden los aspectos éticos de su quehacer?
La clonación, regresando al asunto, abre nuevamente un conflicto científico-ético que ha desatado la polémica y en efervescencia afloran diversas opiniones: “No existe -dice el Lic. Diego León Rábago del Centro de Investigaciones en Bioética de la Universidad de Guanajuato, México- para el hombre y la mujer un derecho a tener descendencia mediante la clonación. Todo derecho, para serlo, ha de sustentarse en una razón lógica y valorativa de ser, en una justificación, y la clonación carece de ella. Sólo puede servir a personas narcisistas que pretenden perpetuarse en sus descendientes. En el fondo, la clonación sólo puede servir para satisfacer tendencias racistas, mediante una práctica eugenésica discriminatoria. ¿A costa de qué -se pregunta siguiendo la línea de Huxley- se habrán de producir en serie hombres superiores?” De otro lado un especialista en biotecnología, el Dr. Fco. Bolívar Zapata dice que los experimentos en torno a la clonación no significan que éstos vayan “a hacerse de una manera inadecuada, y cree que es totalmente inexacto pensar en la clonación de seres humanos. Pero por otro lado -sigue diciendo- debemos entender que a través de este conocimiento nos iremos conociendo mucho mejor”.
La clonación ofrece ahora la oportunidad de que la mujer ya no necesite de un hombre para reproducirse, sólo necesitaría -hoy- de un útero, mañana quizá sólo del tubo de ensayo descrito en el Mundo Feliz, hoy perfeccionado y confrontando fuera de la ficción a la ciencia con lo humano.

FUENTES:
Laloup J. La ciencia y lo humano. Editorial Herder. Barcelona (España) 1964:286-7.
Miravitlles L. Visado para el futuro. Salvat Editores, S.A. Navarra (España) 1969:12.
Varga AC. Bioética. Principales problemas. Ed. Paulinas, Bogotá (Colombia) 1988:128.
Science, 23 de enero de 1981, p. 375.
Science, 17 de junio de 1983, p. 1300.
Barba N, Carrillo AJL. ¿Gen-ético? Clonación, incursiones en los dominios de la creación. Investigación Hoy. IPN México. Julio-Agosto de 1997(77):20-25.
León RD. Fecundación médicamente asistida y clonación. En: Ecos del IV encuentro de la Federación Latinoamericana de Instituciones de Bioética. CIEB, Univ. de Guanajuato, México 1996:149-54.

martes, 29 de junio de 2010

Un episodio Jónico.


UN EPISODIO JÓNICO .*

* (DR) Xavier A. López y de la Peña

En un lugar de la costa bañada por el mar Egeo, Calímaco reposaba sentado sobre unas rocas de frente al mar.
Él era un pensador y más que un pensador en sentido estricto, un hábil ejecutante de la dialéctica. Invencible en las lides de la conversación. Un «entrometido» que siempre habría de salirse con la suya en el tema que se tratase. Un personaje desgarbado con esposa pero sin hijos que solía decir ufanamente en los últimos reparos de agitadas, controvertidas y acaloradas discusiones su postrera e inamovible frase: aunque me convenzan, digo que no.
Había tenido algunos encuentros con Demócrito y Zenón y cavilaba sobre sus teorías. Sabía que ellos habían realizado varios viajes por Asia Menor y Egipto, en esta última en la ciudad del sol (Heliópolis) porque tenían padrinos poderosos, pero los despreciaba por disponer de las ideas de Empédocles básicamente y argumentar que todo en la materia podría reducirse, si se fragmenta y se fragmenta hasta un límite: al átomo, al no-se-puede-cortar-más.
Insensatos -refunfuñaba- ¿Quién podría cortar el agua de mar o el aire?, por supuesto que les había dado una lección en el momento debido.
Él había consultado previamente –como solía hacer, para tener “otra opinión”- sobre el asunto al oráculo de Delfos en varias ocasiones y la sacerdotisa encargada, Anexitidis, una mujer flaca o mejor enjuta y de malas pulgas le había contestado irritada e histérica que sus preguntas como siempre, eran vagas, rebuscadas e imposibles de responder por el oráculo. ¡Los dioses no atienden estupideces!, le recordaba gritando airadamente y casi fuera de sí.
Otro día -recuerda amargamente Calímaco-, se topó con Sócrates el mayéutico, un hombre feo, medio jorobado, narinosus [esto es, narizón] y regordete de quien pomposamente se decía ayudaba a los demás a parir sus ideas ¡háganme el caramba favor! quien le espetó, harto de sus necedades y con la premura de llevar el aceite de oliva a su mujer Jantipa: conócete a ti mismo primero, menso.
Sócrates, como el mismo Calímaco, nunca había trabajado y se pasaba el día de vago haciendo una serie de preguntas a cuanto paseante encontraba y listo para argumentar sobre ello: ¿sabe usted que es el ser? ¡Deténte! -le dijo a Liserpo una vez, a la salida de un mitin político cuando iba acompañado de sus jóvenes seguidores- y contéstame con sinceridad espontanea y diáfana: ¿la esencia de la virtud radica en la belleza, o es ésta la que posee la virtud? Liserpo, por su cuenta, siempre listo y nada tonto no abrió ni un milímetro la boca, apresurando el paso.
¡Puf! –Exclamó rumiando exasperado Calímaco- ¿cómo podría uno conocerse a sí mismo? Si se mira uno reflejado en un espejo, entonces se conoce a uno mismo. Uno es uno y basta. Yo soy yo y tú eres tú. Ellos son ellos y ya. Nadie puede mirarse el interior, la introspección es una falacia ¿cómo puedo verme por dentro? El mayéutico o “partero de las ideas” le había caído gordo. Él era el menso ciertamente y se aseguraba de saber en realidad que él no sabía nada.
Calímaco cambió de posición en la roca al sentir dormida una nalga, se incorporó y haciendo a un lado su túnica orinó en dirección al mar.
Satisfecha su necesidad fisiológica elaboró de inmediato un novedoso constructo ideológico: toda la materia proviene del agua. Ciertamente Calímaco desconocía que poco tiempo antes un tal Tales había enunciado el mismo principio pero mirándolo desde otra perspectiva. El agua –pensó- es elemento material constitutivo en los seres vivos y no vivos de toda la naturaleza, el agua va y viene en movimiento constante en el mar con un dinamismo propio. El agua es signo de vida como había comprobado (práctica ya vieja) al colocar un espejo bajo la nariz de un muerto, sin que dejase la huella del vaho. Lo seco es muerto. La sangre, la orina, la savia y el mismo semen tiene una humedad incuestionable.
Feliz, dejó la roca y aterido por el cambiante tiempo, fue directo a cuestionar al oráculo de Delfos nuevamente. Mayúsculo coraje hubo de pasar al encontrar el oráculo cerrado “por reparaciones en sus columnas y atrium”.
Fue entonces a su casa y encontró a su mujer atareada cortando unas aceitunas y cociendo huevos, mientras de reojo, leía una comedia recién escrita de Aristófanes: Las Tesmofonas.
¡Quihubo Soprista, ya llegué! –dijo eufórico al trasponer el umbral de su casa- Sabes que pensé que el agua es el constituyente primordial de la materia –le dijo orgullosamente-.
¡Calímaco carajo! le reconvino de súbito Soprista. En lugar de andar vagando siempre por ahí y jorobar metódicamente al oráculo deberías buscar trabajo. ¡Los niños tienen que pagar sus cursos de verano en la Academia, sus túnicas deben renovarse y le debo cuando menos tres siclos de plata al tendero! Si la materia es agua, con el molinillo te voy a remojar de inmediato la cabeza, ¡haragán!
Calímaco salió corriendo, apesadumbrado y tropezó con Anaxímenes el hijo de Eurístrato. Otro menso –solía decir reiteradamente para descalificar siempre al otro-. Por todos los dioses Calímaco, fíjate por donde corres insensato, me rasgaste la túnica y me pisaste un callo. Perdóname Anaxímenes, -dijo disculpándose- el asunto de que toda la materia proviene del agua me tiene loco y Soprista no me entiende: ¿qué piensas tú? -le soltó aprovechando la ocasión-.
Bueno, -con una amarga resignación ante el embate de Calímaco que ya sabía presto a discutirle- a decir verdad, yo le apuesto al aire; todo –siguió diciendo-, es aire como la misma roca que lo contiene estupendamente comprimido.
Calímaco soltó de inmediato una estruendosa carcajada ¿cómo es posible pensar que la materia se constituye de aire? que especulación más falaz y sin sentido. Ya había yo escuchado –recordó Calímaco- que otro vecino del rumbo de las Éfeso, de nombre Heráclito, el eterno misántropo que desdeñaba acremente la estupidez humana, apostaba por el fuego y que hacía referencia a este elemento tal vez de forma metafórica en alusión a que todo cambia y se transforma; fluye, no es propiamente una materia sino que constituye un proceso.
Todo y todos estaban locos –rumió-.
Calímaco, pensando febrilmente, luchaba con desesperación por entender lo que los otros creían y decían, pero se daba cuenta de que eso no era posible. Cada quién entendía lo que quería. El principio de las cosas [opinión aparte de los dioses] radicaba en algo. El agua digo yo; el viento y el fuego dicen otros. El agua se opone al fuego, por tanto son contrarios, en cambio el viento aviva al fuego y agita el agua, son pues similares y...
En estas lucubraciones estaba cuando se percató que tenía hambre. Esto lo sabía bien: una sensación de vacío en el abdomen acompañada de los crujidos y chillidos que emitía o los borborigmos como los llamaba Hipócrates y que revelaban que el ser necesita nutrirse para ser, porque si no, deja de ser. Guió entonces sus pasos hasta el mercatus para comer alguna cosa porque en casa Soprista estaría ocupada con Aristófanes… y brava.
Llegó al puesto de Arístides y éste, al verle, de inmediato le ofreció un pedazo de cecina de chango y un envoltorio con dátiles sin decir nada, rogando a los dioses que Calímaco tampoco dijera nada y se fuera de inmediato. Bien sabía Arístides que Calímaco pretendía nutrir su cuerpo y su mente con su comida y con él, por lo que prefirió –una y mil veces lo haría-, concederle sólo lo primero aunque no pagara, como siempre.
Perplejo recibió Calímaco la ofrenda pensando, sin embargo, que su buen nombre y prestigio le hacían meritorio y digno del donativo y siguió camino cuando de pronto fue a caer pecho a tierra con toda su humanidad al haber tropezando con el acuaeductus.
Rápido acudieron a prestarle auxilio Mirto, ex-esposa [la primera, Jantipa es la segunda] de Sócrates, y sobrina de Arístides, y Peleómano ahora su nuevo esposo.
Calímaco había recibido un fuerte golpe en la cabeza haciéndose un chichón sobre la frente; los dátiles se aplastaron y su cecina se llenó de tierra. ¡Tierra! –gritó Calímaco fuera de sí al incorporarse y mirar su enterrada cecina-, ¡este es el elemento que me faltaba! TIERRA, FUEGO, AIRE Y AGUA; la tierra se lleva con el agua, el agua se mueve con el viento, el fuego se aviva con el viento, la tierra apaga el fuego, el agua no se lleva con el fuego, yo soy yo y tú ¿quién eres? –le dijo a Peleómano esposo de Mirto-.
Todo se mueve –seguía diciendo Calímaco fuera de sí ¿o en sí?-, todo gira en acto y potencia, todo es forma y materia ¿qué es eso de la esencia y accidente? ¿sujeto y atributo? ¿entelequia o... tauromaquia? ¿sinfonía o… quién me puede definir lo que es mirificus?
Hipócrates de Cos –al que se le consultó inmediatamente y de urgencia- dijo en su acertadísimo diagnóstico sobre Calímaco una vez enterado de los pormenores del acuaeductus, del chichón y de la cecina enterrada que no se pudo comer: longa enim abstinentia aut nutritionis defectus astheniam directam parit [la abstinencia larga, o sea la falta de nutrición, produce astenia directa], le mandó al hospitium per invocatum sanitatem restituere [al hospital, pidiendo por su salud].