DE LA CICATRIZ A LA RAYA:
UNA INTERPRETACIÓN DEL SENTIDO.
Dr.
Xavier A. López y de la Peña.
La interpretación del
sentido
(entendido como proceso mediante el cual el ser humano otorga significado,
coherencia y valor a su experiencia del mundo, de sí mismo y de los otros) consiste
en la capacidad que tenemos de reconocer la realidad circundante y de
relacionarnos con ella mediante nuestros
sentidos que nos permiten
percibir estímulos internos y externos, enviando información al cerebro para poder
interpretar el entorno y, en su caso, actuar.
Miré entonces la cicatriz en mi piel recordándome
una herida que simboliza a su vez dolor y transformación, así como nuestra
capacidad de sanar, dejándomela como un recuerdo de la propia resistencia y como
una raya para contar una historia. Una simple “raya” en mi piel que
separa un lado del otro dentro de un todo y que inicia y termina abruptamente. Esta
“raya” es entonces una inscripción o el registro de una acción - en mi
caso particular-, de una cirugía.
En base a ello me surgió la idea de hurgar en el
significado y simbolismo que puede haber en torno a una “raya” que, a pesar de
conformarse como un sencillo y simple trazo, posee una riqueza interpretativa
de enormes dimensiones como serían: origen, límite, tamaño, camino, conexión,
diferencia, umbral, sentido y señal.
Sutilmente podríamos considerarle incluso como el
principio del todo; de la nada (marcada con su inicio que rompe el vacío) al
todo (marcado en su final), es decir, como un acto realmente “originario”. Es
tanto unión como separación y umbral, punto exacto donde dejas de estar en un
lugar para entrar en otro.
Ahora bien, relacionando lo dicho sobre la “raya” (línea
gráfica alargada que se traza sobre una superficie) con algunos objetos más
comunes en forma de “raya” incluyendo a la cicatriz, por supuesto, y que tienen
un significado simbólico podremos considerar a:
El relámpago: Luz breve y súbita que corta la
oscuridad.
El palo: Defensa, poder.
El surco: Representa alimento por el trabajo, el
orden sobre el caos natural.
La
flecha: Dirección y energía.
La
aguja: Conexión, integración.
La estela: Rastro que dejamos atrás, nuestras
acciones pasadas.
El eje: Sobre la cual todo lo demás gira, la
estabilidad central.
La
antena: Percepción, transmisión.
Como objetos físicos (símiles de “raya” recta) destacaremos
aquí únicamente a la antena, la aguja y la flecha para
tratar de dimensionarles en la esfera de nuestro hacer humano en el mundo con
su orientación simbólica en la interpretación del sentido.
Son en sí mismos “objetos-rayas”
con diferentes propósitos que trataremos de englobarlas en el sentido
que se les da en la vida social. Como una forma de metáfora clave para
comprender lo que hacemos al vivir en el mundo.
Veamos:
La antena. A finales del siglo XIX, con
la invención de la telegrafía sin hilos, este término se adoptó para describir
los conductores metálicos que "perciben" las ondas electromagnéticas,
similar a las antenas sensitivas que poseen los insectos. Es, por tanto, un
objeto actuante que representa para nosotros la estimulación de nuestros sentidos
(visual, táctil, auditivo, gustativo u oloroso) con la capacidad de captar las señales
provenientes del entorno tanto de recepción como de apertura. Gracias a ello
somos capaces de recibir la señal-estímulo de (casi) todo lo que nos
rodea, donde el sujeto se constituye en la medida en que “atiende
a lo otro”.
La aguja como símbolo de conexión, unión
e integración en su función más básica, sirve para unir o conectar dos
elementos, como cuando se usa para coser o reparar tejidos. Este acto de ensamblar
diferentes partes de un todo la convierte en un símbolo de unión, ya sea interpretado
en el plano físico, emocional o hasta espiritual. En este sentido, la aguja
puede ser vista como un puente entre lo separado, que ayuda a reparar lo roto o
a juntar partes que previamente estaban distantes. Simboliza también
integración y reconciliación, ya que, en muchos contextos emocionales una
persona que se siente fragmentada o dividida podría ser "cosida" por
la aguja, restaurando así su integridad. Por tanto, la aguja, más allá de su
función utilitaria y práctica, representa el acto interpretativo mismo, que
selecciona, atraviesa, integra y organiza el sentido recibido.
La flecha, señala la dirección, la
orientación. Si las antenas reciben y las agujas interpretan, las flechas
proyectan. De hecho, toda interpretación culmina en una toma de posición, en
una dirección o decisión elegida entre muchas posibilidades. La flecha no duda:
apunta. Comprender no es solo conocer, sino también comprometerse con un sentido,
asumir sus consecuencias y orientarse en función de él. La flecha simboliza,
por tanto, la transformación del significado en acción, del entendimiento que en
voluntad decide y actúa.
Lo que queremos expresar con esta triada no es
únicamente la descripción de tres elementos físicos aislados, sino su
articulación dinámica a través de su simbolismo. De hecho, no hay flecha sin
aguja, ni aguja sin antena: son rayas diversas pero únicas.
Bien, para tener una orientación auténtica del sentido
se exigen tres pasos: “apertura”, “mediación” y “decisión”. Si alguno de estos
elementos falla, la experiencia se distorsiona: Sin antena, el sujeto se aísla
y encierra en sí mismo; sin aguja, se desorienta y pierde en su confusión; sin
flecha, queda paralizado entre la incertidumbre y la indecisión: no decide, no actúa.
Esta no es simplemente una metáfora, sino una
descripción antropológica y simbólica del modo en que habitamos el mundo.
Somos, simultáneamente, receptores, intérpretes y proyectores de sentido
o, dicho de otra manera, nos comportamos como personas que percibimos
selectivamente, interpretamos colectivamente y actuamos con determinada
orientación construyendo una gran diversidad y creatividad improntada y
manifiesta en nuestras diversas culturas.
Por lo tanto, dada nuestra
interpretación del
sentido puede
decirse aforísticamente que:
Yo soy yo y
lo que decido.
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