viernes, 1 de mayo de 2026

Homo egoísta.

 

Homo Egoísta.


Dr. Xavier A. López y de la Peña
         

  
Ya el filósofo y científico griego Aristóteles en el siglo IV a. C., en su obra Ética a Nicómaco se lo cuestionaba:
Se ha preguntado si conviene amarse a sí mismo con preferencia a todo lo demás o si vale más amar a otro; porque ordinariamente se censura a los que se aman excesivamente a sí propios, y se les llama egoístas, como para avergonzarles por este exceso.*
Vamos a hablar entonces ahora sobre el egoísmo: El yo, solo yo, primero yo, mi, mío, para mí, por mí, son una secuencia de palabras que describen su estructura y que se engloban en el egocentrismo donde la realidad se filtra exclusivamente a través de la propia perspectiva y beneficio.
Palabra que representa, en resumen, la tendencia o práctica de un inmoderado y excesivo amor a sí mismo que hace atender desmedidamente al propio interés, sin importar ni cuidarse del de los demás. Pero también -y esto es algo muy importante-, no se debe confundir con el amor propio cuya diferencia está en que el amor propio busca el bienestar sin dañar a otros, mientras que el egoísmo ignora lo que les pueda ocurrir, esto es, carece de empatía.
El egoísmo es una actitud considerada ya como buena o mala, una virtud o un defecto. Puede representar un obstáculo social y ético o constituirse como un motor esencial de la acción humana y del desarrollo personal. El egoísmo proviene del miedo y del ego no del verdadero amor propio, diferenciándose del amor propio saludable.1
            No obstante, el egoísmo forma parte de la naturaleza humana ya que, en todo acto, incluyendo el que parezca más altruista tiene como base un motivo egoísta. Por ejemplo, si se le proporciona ayuda a alguna persona, esta se hace para evitar el propio malestar o para sentir una satisfacción personal.
De esta manera el egoísmo se puede considerar como una pulsión o conducta básica de supervivencia enfocada en la autoconservación y la búsqueda de interés propio, pero, aunque esta sea una respuesta innata, esta evoluciona cuando se interactúa con la sociedad, donde se negocia este impulso y se desplaza hacia la justificación de que el bienestar individual es el motor legítimo del progreso y la moralidad.2
            El egoísmo como acto de supervivencia está entonces ligado con el derecho a la vida y podría elevarse a ser una virtud como lo propone la escritora y filósofa rusa Alisa Zinóvievna Rosenbaum (Ayn Rand), a través de su filosofía objetivista, diciendo sobre la vida que:
Hay solo un derecho fundamental (todos los otros son sus consecuencias o corolarios): el derecho del hombre a su propia vida. La vida es un proceso de auto sustento y acción autogenerada; el derecho a la vida significa el derecho a ocuparse en el auto sustento y la acción autogenerada, lo que significa que la libertad consiste en ejecutar todas las acciones requeridas por la naturaleza de un ser racional para el sustento, el fomento, la satisfacción y el disfrute de su propia vida.3
Hemos creído que somos seres conscientes y autónomos, pero, ¿acaso no estamos programados para perseguir lo que más nos beneficia, de acuerdo con una lógica evolutiva mucho más antigua que nuestra propia razón? Nuestros deseos, nuestras emociones, incluso nuestras relaciones, podrían ser simplemente el producto de un código genético que no entiende de ética ni de altruismo. Si el egoísmo tiene raíces en nuestra biología, entonces la compasión, la generosidad o el sacrificio podrían ser, en el mejor de los casos, simples excepciones, desviaciones de la norma, gestos raros que surgen por circunstancias sociales o culturales, pero que no corresponden a nuestra naturaleza más profunda.
El biólogo evolutivo británico, Clinton Richard Dawkins,4 con su obra El gen egoísta (1976), nos invitó a pensar que todo lo que somos, todo lo que creemos que es humano, no es más que la manifestación de un principio biológico fundamental: la necesidad de los genes de perpetuarse. El egoísmo, entonces, no sería una simple debilidad o un defecto moral sino una estrategia de supervivencia, un impulso innato y primordial radicado en la metáfora de un supuesto gen. En este sentido, no seríamos los amos de nuestros cuerpos sino simplemente los vehículos de nuestros genes, que luchan, compiten, y sobreviven.
            Nada nos resulta ajeno y el interior de nuestra más primitiva naturaleza nos recuerda constantemente que debemos cuidarnos a nosotros mismos, la de preservarnos ante el abismo que se abre bajo nuestros pies en la vida diaria. Pero, mientras más tratamos de comprenderlo, más se nos escapa su verdadera forma, más se difumina en la niebla de lo intangible y nos damos cuenta de que el egoísmo no es simplemente un acto consciente o egoísta, sino una pulsión que está incrustada en las entrañas mismas de nuestra existencia.
Intentamos sostener la creencia de que podemos ser generosos, altruistas y desprendidos, pero el egoísmo tiene una habilidad asombrosa para ocultarse en las sombras más sutiles de nuestro hacer diario. Es un suspiro en la acción, un impulso sin nombre que, disfrazado de nobleza, toma decisiones que parecen ser por los demás, pero que en el fondo son impulsadas por la necesidad de sentir que somos vistos, amados, aceptados. ¿No es todo acto de generosidad una forma de buscar un reflejo en los ojos del otro? ¿Acaso no nos volvemos egoístas incluso cuando nos creemos desinteresados?
            Al mirarnos notamos que no siempre somos el ser compasivo que pretendemos ser. A veces, lo que llamamos amor es solo una extensión de nuestro propio deseo de ser queridos. A veces, la soledad nos pesa tanto que la empatía que ofrecemos a los demás se convierte en una búsqueda de validación, no de conexión genuina. Y nos preguntamos: ¿es posible amar a los demás sin ver en ellos el eco de lo que necesitamos de ellos? ¿Es posible entregarnos sin esperar que nuestro sacrificio nos redima de nuestra propia angustia?
            Luego entonces el egoísmo no es un enemigo externo al que podamos simplemente derrotar con actos de bondad, sino que se convierte en una batalla constante con nosotros mismos. Somos por naturaleza seres solitarios, y esa soledad se convierte en un vacío que intentamos llenar ya con el afecto ajeno, con el reconocimiento, con la ilusión de que nuestra existencia tiene sentido solo si podemos tocar las vidas de otros. Sin embargo, con nuestra conducta ¿No estamos simplemente buscando nuestra propia salvación en los demás? ¿No estamos, finalmente buscando que el otro nos complete, que nos dé la plenitud que sentimos nos falta? ¿No será el egoísmo un reflejo de nuestra propia vulnerabilidad?
            Tal vez nuestra necesidad de cuidarnos, de proteger lo que creemos que somos es solo una respuesta al miedo existencial, el miedo a desvanecernos en el olvido y a ser insignificantes. El egoísmo, entonces, no sería solo un vicio, sino una defensa, una coraza que intentamos levantar alrededor de nosotros para mantenernos intactos en un mundo que, a veces, parece no reconocer nuestra fragilidad.
            Pero también el egoísmo en una condena ya que cuando más nos protegemos más nos aislamos, nos encerramos en nuestro propio mundo olvidándonos de la conexión y de la vulnerabilidad compartida para con los otros. Nos quita la posibilidad de experimentar todo lo que nos rodea de manera auténtica.
Finalmente debemos darnos cuenta de que el verdadero desafío no es evitar el egoísmo, sino aceptarlo como parte de nuestra condición humana. Es aprender a vivir con él, a no dejar que nos defina. El egoísmo es, tal vez, inevitable, pero también lo es nuestra capacidad de trascenderlo, de reconocer que hay algo más grande que nuestra propia supervivencia. Ese algo más grande es la conexión auténtica con los demás, el acto de darnos sin esperar nada, el permitirnos vulnerar el muro que construimos alrededor de nuestro ser.
Y aunque el egoísmo nos lleva a preguntarnos siempre por nosotros mismos, el amor más verdadero aquel que quizás nunca aprenderemos a dominar por completo, es el que se entrega sin reservas, sin la expectativa de que se nos devuelva.

Finalmente, como egoístas innatos deberíamos entonces aprender a dar sin miedo a sentir alguna pérdida y a recibir sin temer ser consumidos. Ello nos posibilitará a encontrar la respuesta a la paradoja del egoísmo de que, al final, la única forma de vivir verdaderamente es dejar de vivir solo para nosotros mismos.
            Y actuando bajo la premisa determinada por el filósofo Friedrich Nietzsche de que solo existe un derecho humano básico: el derecho a hacer lo que nos dé la gana (libre albedrío). Y con él viene el único deber humano: asumir las consecuencias.


*  Aristóteles. Moral a Nicómaco. Libro noveno, capítulo VIII. Del egoísmo o amor propio. En: https://www.filosofia.org/cla/ari/azc01255.htm


1 . https://www.filosofia.org/cla/ari/azc01255.htm
2 . Pinilla-Rodríguez, Diego, & Sánchez-Recio, Patricia. (2020). El egoísmo en el pensamiento de Thomas Hobbes. Interpretación y racionalidad cooperativa. Cinta de moebio, (69), 241-254. https://dx.doi.org/10.4067/S0717-554X2020000300241
3. https://courses.aynrand.org/works/mans-rights/
4. https://en.wikipedia.org/wiki/Richard_Dawkins

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