miércoles, 5 de diciembre de 2012

Internalizar

INTERNALIZAR LOS DERECHOS.


© D.R. Xavier A. López y de la Peña.
la condición del paciente resulta vulnerable cuando
los valores que prevalecen en su atención son distintos de los
estrictamente humanistas, y aunque la ley es importante,
los derechos del paciente son frecuentemente cuestión de acuerdos
informales, de políticas hospitalarias y de sensibilidades éticas
de los prestadores de servicio. No todos los derechos del
paciente están en las normales legales o en declaraciones escritas.

          A. Lifshitz, D. Trujillo, 1992.
   La “internalización de las externalidades” constituyen un juego de palabras en el nuevo uso del lenguaje que hace referencia al proceso de hacer substancialmente nuestro aquello que decimos, que creemos, que buscamos. Como ejemplo, si hablamos de que el respeto al derecho ajeno representa un valor deseable (externalidad) y ejercitamos cumplidamente para con los otros este principio, entonces lo hacemos realmente nuestro, lo internalizamos. Si se tiene cierta creencia religiosa y se asume en su conjunto verdaderamente, se internaliza el ser religioso. La frase de William Shakespeare resumía el precepto internalizador de las externalidades en el conocidísimo “ser o no ser”, arquetipo de la congruencia integral.
   El asunto de los derechos humanos entendidos, según los define Gregorio Peces-Barba, como “la facultad que la norma atribuye de protección a la persona en lo referente a su vida, su libertad, a la igualdad, a su participación política o social, o a cualquier otro aspecto fundamental que afecte su desarrollo integral como persona, en una comunidad de hombres libres, exigiendo el respeto de los demás hombres, de los grupos sociales y del Estado, y como posibilidad de poner en marcha el aparato coactivo del Estado en caso de infracción”, representan una “externalidad” que la sociedad en su conjunto debe luchar por “internalizar”.
   Nuestra Constitución da cuenta de cierto número de derechos entendidos también como garantías individuales, que conforman el elemento “dogmático” de la misma y que obligan consecuentemente al Estado a cumplirlas. La Constitución entonces incluye un cierto número de “externalidades” que deben ser asumidas y garantizadas o internalizadas por el propio Estado.
   El derecho a la protección de la salud, como ejemplo, representa una obligación del Estado para ejercer las medidas conducentes a garantizarlo a todo ciudadano en el país y, en la medida que cumpla con ello, podremos decir que el Estado ha “internalizado” congruentemente su obligación expresada en el artículo 4º de la Carta Magna.
   Los derechos humanos son y deben ser siempre tema de actualidad. Constituyen el caballo de batalla de la sociedad ávida de justicia y ley. De internalizar el ideal de las externalidades útiles para la convivencia pacífica entre los seres humanos. De ser.
   Vamos a tocar un poco el asunto de los derechos en el terreno de la salud y concretamente en el de los derechos que al paciente asisten en su relación con el prestador de servicios de salud.
   La única liga que conjunta al paciente con el profesional de la medicina es la enfermedad o la salud trastocada. Así, el eje sobre el que giran ambos es la salud ya amenazada o evidentemente quebrantada, y el andamiaje que se construye a su alrededor se teje resumidamente con los preceptos médicos hacia el paciente de: beneficencia, no dañar, ser justos, responsabilidad, lealtad y respeto a su autonomía; y a los preceptos que guían al paciente hacia el médico como son la confianza, honestidad, adherencia a las indicaciones y la notificación oportuna de cambios inesperados.
   Esta relación paciente-profesional de la medicina, contiene una serie importante de derechos. De hecho, su relación es una relación contractual amparada por preceptos constitucionales y meta constitucionales. Es decir, con externalidades ya jurídicas o de otra índole a las que los contratantes deben sujetarse.

¿Cómo se introducen o abordan en el hacer o en la formación médica dichas externalidades con el objeto de que el futuro profesionista las internalice?
 Desde mi particular punto de vista en la formación curricular del médico dichas externalidades suelen quedar muy marginadas.
  La relación del estudiante de medicina para con la persona enferma de hecho o en potencia y en razón de su formación, se da tardíamente de manera parcial y “sobre la marcha”. La carrera (como en todas las escuelas de medicina) no inicia con el estudio del ser humano vivo sino, paradójicamente, con el ser humano muerto.
   Este asunto siempre me ha causado gran conflicto de manera personal. ¿Porqué el estudio de la medicina, por la vida-salud, empieza con la muerte o, más precisamente, con un ser humano muerto? ¿Porqué no se inicia por la vida? Además no se aborda el estudio de la muerte, tema de la tanatología, sino sobre la estructura de, generalmente hablando, una parte “muerta” de un ser humano.
   La muerte entendida como el final de la vida, carece desde siempre del interés médico con formación occidental fundamentalmente. Al muerto no hay nada que hacerle, carece de sentido el hacer médico ante la vida ausente. El profesional de la medicina se conduce para y por “la vida” no para la muerte.
   Inicia pues su formación sobre “partes” humanas muertas, inertes. Cual mecanismo de relojería acorde al pensamiento cartesiano, el médico en ciernes hurga en dicho intrincado mecanismo para comprender su estructura y las relaciones entre sus partes, y su funcionamiento.
   Las partes o el todo corporal inerte de un “otro” al que se estudia, sin relaciones con nosotros, sin identidad y sin historia: atemporal. Se trabaja sobre “objetos” de un sujeto anónimo, ahistórico e indiferente a nosotros. ¿Cómo iniciamos entonces en el educando médico la internalización de los derechos (externalidades) del futuro paciente, si lo iniciamos sobre componentes humanos inertes?
   ¿Los estudiantes en ciernes, internalizan entonces como tal el “derecho” al trato respetuoso, ético, que tiene el ser humano privado de vida? ¿El respeto a los derechos de la persona muerta tratada como objeto, se podrán extrapolar luego a los de la persona viva tratada como sujeto?
   Es notable que el perfil del egresado de la carrera de medicina, en general, destaque como un primer inciso que podrá identificársele por tener un espíritu eminentemente humanista, esto es, como una persona cultivada en el estudio y conocimiento del conjunto de disciplinas que no tienen una aplicación práctica inmediata (filosofía, historia, literatura), sin embargo la historia de la medicina ocupa un pequeño lugar hasta el décimo semestre, la filosofía se aborda someramente quizá en el módulo de Bioética, y la literatura queda ausente del programa, tiene además, “otras materias humanísticas optativas a cursar en la carrera” ¿Podrá entonces cubrirse su formación humanística?
   El educando médico necesita ya adentrarse en el mundo de los “derechos” del paciente para internalizarlos ciertamente con una sólida formación humanística. Esta formación le hará ver que los derechos se encuentran tanto en la filosofía, como en la historia, la literatura, etc. Los derechos son la contraparte de las obligaciones en la relación contractual y deben enseñarse en todos los niveles de la enseñanza médica aunque esta se inicie con el estudio de las partes humanas muertas. La misma enseñanza de la fisiología impronta la urgencia de delinear los “derechos” que a los animales les corresponden, como los derechos que a la persona asisten cuando ésta misma constituye el sujeto de observación y/o de experimentación.
   La clínica representa entonces el mayor reto ya que enfrentará al educando médico con sujetos. Con personas que aquejadas por este o aquél padecimiento, que sienten y piensan, lloran y ríen, esperan y demandan, buscan y construyen su vida como nosotros siguiendo ideales. El estudiante que aborda entonces a un paciente debe tener plena conciencia de sus derechos y obligarse a respetárselos.
   El paciente a su vez, debe conocer cuáles son sus derechos y hacerlos valer ante el prestador de servicios de salud. La orientación del hacer médico desde los preceptos hipocráticos de beneficiar, no dañar y atender con justicia, se ha enriquecido con la norma, ahora, del respeto a su autonomía. Que el profesional de la salud internalice las externalidades que constituyen los derechos de los pacientes, son el reto de los formadores de estudiantes en el área de la salud deben enfrentar.

Lo humanístico en su formación habrá de concretarse en el mirar y tratar al paciente como el reflejo de lo que uno mismo deseara para si.

Sólo así internalizaríamos lo humano.

lunes, 19 de noviembre de 2012

¿Escuchamos nuestro cuerpo?

A LA ESCUCHA DEL CUERPO.

© D.R. Xavier A. López y de la Peña


¿Cómo transmitir un modo de aproximarnos
a la persona que sufre? ¿Cómo hacer comprender
algo tan vasto, tan inasible, algo que implica a la
vez un modo de ver y un modo de ser?

Salomón Touson
Buenos Aires, 1995

 Las formas de comunicación humana que no utilizan el lenguaje siguen facetas extraordinariamente interesantes y ajenas frecuentemente al común de las personas, cuando menos a nivel consciente.
      Se suele conocer como el lenguaje no verbal a la comunicación que se establece con los demás a través de nuestra actitud, movimientos, gestos o acciones y en última instancia con nuestra presencia misma. También la mercadotecnia recurre al lenguaje no verbal «subliminal se dice» de sus anuncios y promociones para inducir a la compra de un determinado producto, o preferir su uso al asociarlo con ideas eróticas, juveniles, de poder, de “frescura” y más que le hagan deseable y hasta irresistible. En este terreno, como en otros, no pretendemos de ninguna manera seguir a pie juntillas el comentario del Sr. Marshall McLuhan quien fuera director del Centro de Cultura y Tecnología de la Universidad de Toronto que decía:
todas mis recomendaciones [hablando sobre la propaganda subliminal]se pueden reducir a una: estudie las formas de los medios de comunicación para extraer todas las suposiciones del reino subliminal no verbal con el fin de estudiar detalladamente y para predecir y dominar los propósitos humanos.
      Una persona segura de sí misma, cuando le contactamos, manifestando su lenguaje no verbal suele mirarnos de frente, saludarnos de mano con firmeza y verse relajada, esto es, que su rostro no mantenga el ceño fruncido, que su hablar sea pausado, con los brazos en posición “abierta” y que se conduzca sin modales atropellados, etc.; consecuentemente lo contrario se apreciará en una persona insegura.
      El psicólogo y el analista de actitudes están muy familiarizados con estas formas de expresión no verbal y suele empleárseles en la selección y reclutamiento de personal. Es útil para los analistas este reconocimiento del lenguaje no verbal en situaciones que demanden certeza o seguridad como lo son los vigilantes en las aduanas que se preparan arduamente para “percibir” los gestos, actitudes o formas de desenvolvimiento sospechosos de alguna persona posiblemente infractora. El policía que interroga a una persona como presunta responsable de algún delito o infracción también debe ser sensible a captar aquellos elementos que denoten inseguridad en el indiciado y le hagan reconocer que posiblemente esté mintiendo u ocultando algo.
      Nos hemos acostumbrado a nivel no consciente en general, insisto, a reaccionar al lenguaje no verbal emitido por otra persona o por un anuncio publicitario cualquiera, sin embargo no dejo de asombrarme por la indiferencia y falta de interés observado con largueza por comprendernos a nosotros mismos. Por escuchar a nuestro cuerpo, por identificar sus señales, por establecer un diálogo entre nosotros y nuestro propio cuerpo.
      Valga un ejemplo sencillo que me viene de pronto a la memoria. Un hombre de 60 años de edad que tiene un dolor en el pecho, suele atribuírselo inicialmente a una indigestión por la cena que comió ayer por la noche con los Gutiérrez, a un disgusto que tuvo con sus empleados el día pasado por faltantes en el control de almacén de su empresa, o porque no se cubrió bien por la noche e hizo mucho frío. Pensará en todo menos en la posibilidad de que su dolor exprese un infarto de miocardio. De igual forma los dolores que producen las contracciones uterinas anunciando el inicio de un trabajo de parto en una mujer al término de su embarazo, podrían interpretarse y atribuirse también erróneamente a una simple indigestión.     
¿Por qué nos mostramos incapaces de reconocer el lenguaje no verbal que nuestro propio cuerpo expresa?
      El cuerpo humano ha sido dividido desde hace muchísimo tiempo en dos objetivos de análisis operativo mutuamente, y de forma absurda por demás, excluyentes: cuerpo y mente. El primero suele manejarse objetivamente, esto es, como un objeto. El corazón enfermo, la fractura del peroné, una enfermedad autoinmune o hepatitis anictérica. La mente, en segundo término, se maneja de manera subjetiva y por tanto aislada del cuerpo, del «soma» mediante técnicas doctrinarias, etéreas, intangibles. Procesos interactuantes del yo, ello y el superyo en una lucha por expresarse o reprimirse emitiendo “señales” que el terapeuta descifra al través de la doctrina psicoanalítica.
      Puede decirse así que el ser humano enfermo actualmente ya no es dueño ni de su cuerpo ni de su mente fraccionados. Ha sido presa del discurso médico en cuanto que el cuerpo enfermo se expresa solamente mediante el “cuadro clínico” objetivante de la mirada médica. El dolor abdominal de una persona representa entonces no la angustia del sufriente de forma intrínseca sino el “dato” de un deterioro intestinal o ureteral en su caso. La mirada médica bajo esta perspectiva desconoce el padecer del sufriente en todas las esferas; es simple y llanamente un “dolor-dato-enfermedad” de tal o cual estructura corporal.
      G. Groddek considerado el padre de la medicina psicosomática era sensible a estas cuestiones y entendía muy bien la unidad cuerpo-mente como lo demuestra una parte de su carta dirigida a S. Freud el 27 de mayo de 1917 al decirle que
      A mis concepciones [anteriores a 1909]-o debo decir a las suyas- no llegué a través del estudio de las neurosis, sino a lo largo de observación de pacientes aquejados de enfermedades que se suelen denominar corporales. Mi celebridad médica la debo originalmente a mi actividad como terapeuta físico y especialmente como masajista. [Hace tiempo]... había abrigado en mí la convicción de que la distinción entre cuerpo y alma no era más que una distinción nominal e inesencial, y que el cuerpo y el alma constituyen una cosa común: que en ellos se encierra un Ello, una fuerza por la que somos vividos mientras creemos que somos nosotros mismos quienes vivimos.
      El cuerpo enfermo con sus señales (“signos y síntomas”), le impide hoy al terapeuta (médico) ver la mente sufriente, su padecer, en tanto que las señales de la mente enferma impiden a su vez ver al psicoterapeuta el cuerpo que le contiene. Representan en ambos casos a el árbol que les impide ver el bosque. Hay entonces médicos de cuerpos y médicos de mentes. El sentido holístico del quehacer médico se ha perdido y S. Freud, si se me permite la digresión, fue culpable de ello en gran medida. Su psicoanálisis desplazó al cuerpo del análisis médico, creando su propio lenguaje, su propio método de estudio, su propia “enfermedad”.
      Joyce McDougall, la psicoanalista se lo preguntaba de la siguiente manera ¿Qué ocurre con el psicoanalista? ¿Necesita que le recuerden que el analizado no es pura estructura psicológica? ¿Y que no está moldeado únicamente por la palabra? ¿Con qué oído oye el psicoanalista el cuerpo de sus analizados y los mensajes mudos del soma?
      Decíamos arriba que el ser humano enfermo ha perdido potestad sobre su cuerpo y su mente frente al discurso médico que además lo ha dividido en dos constructos funcionales irreconciliables. Así, el enfermo suele referirse a sus partes corporales como “me duele el hígado, la cabeza o el estómago y no como me duele mi cabeza, mi estómago o mi columna vertebral indicativos de una «falta de posesión corporal»; tengo hepatitis y no padezco hepatitis sería otra forma de expresarlo.”
      La medicina integralmente debería entonces reconstruirse a fin de llegar al abordaje holístico (completo) del ser humano como una unidad. Debe reaprenderse a escuchar al cuerpo y ver a trasluz del signo o síntoma expresado por el soma, la mente del sufriente y sus diversos modos de expresión corporal.

¿Podrá algún día el ser humano establecer comunicación válida con su cuerpo-mente? ¿Podrá hablarle a su hígado en forma coloquial, escucharlo en su protesta por desvíos alimentarios? ¿Podremos estar orgullosos tanto de nuestros ojos, como de nuestro plexo mientérico de Auerbach?

      Si sentimos nuestro cuerpo-mente (particularmente cuando alguna de nuestras partes está ausente o alterada) pero no nos percibimos, entonces no nos poseemos. ¡Démosle entonces el cuerpo al terapeuta para que en secciones nos interprete a su manera y a callar! El terapeuta al fin, ya del soma o de la psiquis, hará un revoltijo con sus ideas interpretando un cuerpo o una mente que, a fin de cuentas no le pertenece ni entiende ni sufre y, muchas veces quizá, ni le importa.

Sólo cuando el mismo terapeuta sufra en su soma-mente, se dará cuenta de que, en realidad, los terapeutas de cuerpos y mentes no entienden su lenguaje verbal o no verbal integralmente (ven el árbol que les impide mirar el bosque) aunque lo atiendan, y sufrirá el no haberse sabido poseer (establecer el dialogo con su cuerpo-mente, conocerse) a tiempo y clamará entonces por encontrar a un terapeuta holístico del ser humano.

lunes, 29 de octubre de 2012

El proceso mental.

VERICUETOS DEL PENSAR.
© D. R. Xavier A. López y de la Peña
Desde mucho tiempo atrás las ideas sobre las relaciones cerebro-mente, lo material y lo inmaterial, a causado polémica. El cerebro y el pensar son indisolubles ya que no se concibe el uno sin el otro, y muchos pensadores e investigadores han aportado una amplia variedad de conocimientos y concepciones en torno a ello. El pensamiento, la conciencia o la identidad personal radica en el yo interno que emerge de la función cerebral basada en su estructura orgánica al través de la interconexión de cerca de once mil millones de neuronas y cuya función fue poéticamente descrita por Sir Charles Scott Sherrington (1857-1952) galardonado con el premio Nobel en medicina por sus estudios neuronales realizados en 1932, de la siguiente manera:
El cerebro es… un telar encantado donde millones de centelleantes lanzaderas urden un fugaz diseño siempre significativo, aunque jamás duradero.
Al pensar sobre el cerebro se le puede llamar filosofar sobre la materia y de manera amplia unas de las corrientes actuales de este pensamiento se ubican dentro del llamado neorealismo inglés, el materialismo dialéctico y el neopositivismo. Ahora bien, ¿dónde, físicamente radica el pensar? Fuera de las concepciones que le ubicaban en otras partes del organismo humano que no fuera el cerebro, (hígado, corazón) ya Platón concebía al alma compuesta de tres partes y localizaba una de ellas, el alma vital en el tórax, el alma vegetativa en el abdomen y la pelvis y el alma racional en la cabeza. El concepto actual es de que están integrados ambos: pensar-cerebro, funcionalmente son una unidad. Desde el punto de vista de la perspectiva histórica-filosófica (por citar sólo a unos pocos) Heráclito en el siglo V a.C., reconocía la adquisición del conocimiento (o sabiduría) a partir de los órganos de los sentidos con lo que sentó las bases conceptuales de la sensopercepción; Hipócrates de Cos (460-377 a.C.) el llamado padre de la medicina, señalaba al cerebro como la base del pensamiento, la tristeza y el goce otorgándole un estatuto órgano-funcional de primer orden y además "doble", al observar que algunos de los heridos de la cabeza en el lado derecho tenían afectación del cuerpo en el lado izquierdo y viceversa; Herófilo de Calcedonia (año 300 d.C.) reconoció la diferencia que existe entre los nervios sensitivos y motores, el "sentir y el hacer" o lo subjetivo y lo objetivo en el nexo común de una estructura orgánica, y Galeno, el médico romano, quien se refería a las mentalidades agudas asociándolas a una textura cerebral fina y delicada en tanto que a las burdas les confería cualidades ásperas y duras, también ubicaba el sitio de las funciones mentales superiores en las cavidades cerebrales o ventrículos (particularmente el medio). La fascinación por las cavidades cerebrales o "ventrículos" hizo que los "anatomistas" del siglo XII asentaran al sentido común, la imaginación, el raciocinio y otros en los lóbulos frontales, el cerebelo y los ventrículos. Estas ideas y otras, llevaron también al cirujano de Enrique VIII, Thomas Vicary, a localizar (erróneamente por supuesto) a los cinco sentidos y la imaginación en el primer ventrículo, el pensar en el segundo y la memoria en el tercero. En 1575, Huarte de San Juan, relacionaba el tamaño del cerebro con sus capacidades diciendo: "entre los brutos animales, aquéllos que van llegando más a la prudencia y discreción humanas, como la zorra, la mona y el perro, tienen mayor cantidad de cerebro que otros". Renato Descartes (1596-1650) el enorme científico y filósofo-racionalista que en sus estudios sobre el cerebro se ocupó en contar y comparar sus estructuras de manera muy meticulosa, concluyó que la glándula pineal, órgano impar del simétrico cerebro cumplía la función de válvula maestra por su ubicación central. Él resumió, de manera concreta la relación entre mente y cerebro en una frase de extraordinaria sencillez pero de enorme contenido: pienso, luego existo (cogito ergo sum). Baruch Spinoza (1623-1677) unificaba conceptualmente al pensamiento y al cerebro (espíritu y materia) de forma que "la mente y el cuerpo son uno y el mismo individuo que se concibe ya bajo el atributo del pensamiento, ya bajo el de la extensión" y el racional espiritualista Leibniz (1646-1716) afirmaba que a cada acto de conciencia correspondía proporcionalmente un acto físico. De la frenología de Gall del siglo XIX que "localizaba" sobre las eminencias cerebrales actividades congnocitivas, morales y funcionales, a Levi-Montalcini y Cohen que en 1986 recibieron el premio Nobel por su descubrimiento del factor de crecimiento neural, han pasado enormes figuras en los campos de la anatomía, fisiología, bioquímica, patología, etc., ocupados de estudio del cerebro, ése maravilloso órgano con apenas un volumen de 1,500 cm3, en el ser humano, que opera con una corriente de menos de 25 vatios, que recibe la información de cerca de 100 millones de receptores sensoriales distribuidos en el cuerpo y que pesa en promedio unos 1,300 gramos. ¿Puede un cerebro comprender a un cerebro?, quizá la primera respuesta sería iniciar de manera humilde por comprender qué significa "comprender". El neurofisiólogo Dr. Paul MacLean del Laboratorio de Evolución y Conducta Mentales en Poolesville, Maryland, E.U.A. desarrolló hace algún tiempo un modelo conceptual del cerebro constituido por tres partes (el cerebro tri-uno) entrelazadas desde el punto de vista estructural y funcional a la vez, que evolutivamente han surgido y se han superpuesto una a la otra y que, de fuera hacia adentro son: la corteza cerebral (adquirida hace apenas unas docenas de millones de años), el sistema límbico y el rinencéfalo (que evolucionó hace varios cientos de millones de años) y que dan al cerebro "funciones" que van de las racionales a las irracionales. En ese mismo orden: corteza, sistema límbico y rinencéfalo la escuela neurofisiológica rusa (Ivan Pavlov) ubica al sistema de señales, a el reflejo condicionado y el reflejo no condicionado en último término; la psiquiatría psicoanalítica (representada por Sigmund Freud) al super ego, al ego y al id y, dicho ya de manera sintética: los procesos de abstracción, discriminación, simbolización y comunicación se procesan en la corteza, la conducta adaptada adquirida en el sistema límbico y la realización estereotipada innata en el rinencéfalo. El cerebro se comporta como una unidad, sin embargo, es ampliamente conocido que algunas regiones "procesan" ciertos datos, como el habla que le localiza en el área de Broca en un 90% en el hemisferio izquierdo y, como ejemplo sobresaliente tenemos la variación en la modalidad funcional sobre éste órgano, determinada histórico-socialmente y representada por el llamado "cerebro japonés" por cuanto su actuación sobre el habla y escritura "globales" ,ya que el hemisferio derecho se encarga de procesar los caracteres del sistema "kanji", en tanto que el izquierdo procesa los caracteres del sistema "kana" como en la lectoescritura occidental. La génesis y desarrollo de las ideas en torno al tema de la física y metafísica del interesante mundo del cerebro se vuelcan de manera exponencial y no es posible abarcarlo con unas pocas líneas. Se conoce mucho (si se permite el término) sobre su estructura y menos sobre su función. El pinchazo en el dedo de un pie nos mueve a retirarlo de inmediato al través de un arco reflejo con millones de unidades interactuando y que pretendemos conocer, ¿cómo podríamos comprender entonces la emoción que nos despierta un tibio atardecer de verano, la vista de una pintura al óleo o la aterradora violencia de un huracán? La función cerebral, su física y su metafísica son las responsables unitariamente de la conducta, del conocimiento y la sensopercepción a un nivel todavía de extrema complejidad. Dicho con las palabras del Dr. Carl Sagan: "el producto de la operación del cerebro que denominamos mente es, nada más, una consecuencia de su anatomía y función". Sin embargo, hay también corrientes de pensamiento que consideran a la mente y al cerebro como entidades separadas en el que la actividad mental representa una forma de energía cualitativa y cuantitativamente diferentes a los cambios morfo fisiológicos cerebrales y una tercera que integra a las dos teorías anteriores. En términos de la informática actual, como indica el Ing. en electrónica Sergio Moriello, puede considerarse al cerebro (estructura) como el “hardware” y a la mente (proceso) como el “software” que, en el orden biológico están integrados e interactúan entre sí constituyendo un sistema fluido, adaptable y elástico que evoluciona y se modifica con el tiempo a medida que la persona crece y aprende. Simplemente a la mente no puede considerarse separada del cerebro, como tampoco del cuerpo y del entorno (tanto físico como social). En consecuencia, se lo debe considerar como una unidad conceptual indivisible.
Probablemente sea válido ahora invertir la frase anteriormente referida de Renato Descartes que reza: pienso, luego existo (cogito ergo sum) por la de existo, luego pienso (sum ergo cogito). ¿Cuál es su corriente de pensamiento sobre el cerebro-mente?