sábado, 1 de agosto de 2026

Soy yo o ¿somos?

 

Soy yo o ¿somos?
La indispensable compañía.

Dr. Xavier A. López y de la Peña

 


Me referiré a la indispensable compañía de otra y otras personas, no a la de los llamados “sintientes” no humanos como a los perros, gatos, loros, micos, pájaros, iguanas, ajolotes,
arañas, etc., que algunas personas consideran como “indispensables” y a las que, además, los llevan a acomodarles (hablaré sólo de perros) en mansiones de lujo como ocurre en EUA, hechas a medida y con tecnología climática, acabados de diseñador y sistemas de iluminación. Hay de estas casas en venta a precios que pueden superar los $30,000 y alcanzar hasta los $200,000 o $300,000 dólares como: Rockstar Puppy Boutique, Dogominium o Luxury Dog House en Etsy. Bodas de perros que incluyen desde ceremonias simbólicas hasta su inclusión legal como “testigos” en 29 estados (Nueva York, Florida, Texas, California, etc.), además de bodas reales entre mascotas a través de servicios especializados de pet planners y plataformas dedicadas a la papelería y anuncios del evento: Tailored Wedding Day Pet Care y FairyTail Pet Care. En Etsy puedes encontrar carteles y letreros como "My Humans Are Getting Married", Spa, Doga (Yoga para perros) y alta costura con marcas como Gucci, Prada y Louis Vuitton que venden impermeables o chubasqueros.
Todo ello derivado como una forma de sustitución de la paternidad azuzada por la incertidumbre laboral y económica, el alto costo de la vivienda y otras que lleva a posponer la tenencia o sustituir la crianza de hijos por el cuidado de un animal a menor costo y compromiso, a una gratificación inmediata con su compañía y hasta llegar a considerarles como miembros de la “familia”. Esto no es intrínsecamente malo; es sólo el reflejo de una inmensa necesidad de dar y recibir compañía en un mundo donde los vínculos humanos se han vuelto fútiles, frágiles o difíciles de sostener.
            ¡No, por supuesto!
            Me referiré al “nosotros”, a todos los humanos que para poder vivir necesitamos, obligadamente la compañía del “otro”.
No somos como algunos otros seres vivientes que no necesitan relacionarse con otros de su especie para vivir, como las lagartijas cola de látigo (Aspidoscelis uniparens) que se reproducen por partenogénesis, ni gecos llorones (Lepidodactylus lugubris) que se reproducen sin intervención masculina.

Nosotros somos seres relacionales o, como nos etiquetó Aristóteles: un zoon politikon (animal político) que vive en compañía.

Su etimología habla por sí misma ya que esta palabra proviene del latín vulgar compania, formada por el prefijo com- (junto o reunido) y panis (pan) que literalmente significa "el que come el pan contigo" o "compartir el pan".
            Somos y estamos en el mundo no solo cercanos unos con otros físicamente, sino como un escucha e intérprete que intercambia símbolos con el otro y donde nos reconocemos como somos y estamos en mundo. Así nos conocemos y descubrimos tras el encuentro con otros.
            No podemos estar solos. El rechazo (aberrante o aversivo) a la compañía con otros se llama sutilmente como anhedonia social y en los casos graves antropofobia.1
Queda fuera de este problema el de ser simplemente tímido para interactuar, para mostrarse como una verdadera desconexión y malestar severo ante la presencia de otra persona. Esta desconexión se expresa con la falta de motivación para ello, por la incapacidad de sentir gusto en el convivir, en evitar conscientemente la interacción y recluirnos o aislarnos, o ser indiferentes emocionalmente ante el afecto de los demás.
            Difícilmente estamos aislados. Incluso en la soledad el recuerdo y la memoria del otro queda y vive en nosotros como una voz interior, como un lenguaje heredado o nostalgia.
Cuando estamos con otra persona con la que compartimos ideas, proyectos, experiencias, tristezas o alegrías no solo transmitimos y recibimos información, sino que reorganizamos e interpretamos significados.2 Con frecuencia comprendemos mejor lo que sentimos después de hablarlo. Vivimos en un mundo de interacción e interpretación continua donde nuestro conocimiento está tejido de significados colectivos.
Con la compañía del otro nos “humanizamos” ya que hacemos consciencia de nuestras vulnerabilidades. En ella nuestra relación va más allá de la simple transmisión de información ya que se embebe de familia, amor, amistad y comunidad que simbolizan nuestra estructura del mundo y nuestra propia cultura.
Con la compañía podremos entender el dolor o la alegría del otro que nos nace de compartir la misma naturaleza biológica y mortal; nos ayuda a luchar con la frustración el desacuerdo y el perdón, ayudándonos a madurar emocionalmente y nos unimos al reconocernos nuestra vulnerabilidad, el miedo a la soledad y la necesidad genuina del uno con el otro. Dicho de manera sencilla: La falta de compañía silencia nuestra existencia y ensordece el vivir ya que ella se construye dialógicamente.
También debemos reconocer que la compañía o las compañías pueden ser buenas o malas. Las hay buenas como la del amigo que nos escucha sin premura, el amor de la pareja que nos abraza e impulsa y nos sostiene en la fatiga, o la comunidad que nos acompaña en los festejos o el duelo representando en ello un verdadero refugio; o malas, como con aquella persona que nos incomoda -quizá por nuestros prejuicios-, reta y amenaza, o la que nos obliga a desplazarnos fuera de nuestro entorno habitual y otras. Ambas forman nuestra ineludible compañía ya que sin refugio no hay solaz y sin desafío no hay evolución ni crecimiento.
Sin embargo, también a veces es necesario “algo” de soledad ya que la mucha compañía puede diluir nuestra propia individualidad. No faltará el tiempo en que necesitemos estar solos para interpretar nuestra propia existencia lejos del ruido constante que nos dan las expectativas ajenas. Eso sí, experimentando la soledad como un silencio de reflexión e introspección y no como un abandono mundano.
Así también nos juntamos y separamos a través de ciclos dinámicos que transforman nuestra cercanía física, emocional y social en el curso de nuestra vida. Nos atenemos a una sincronía biológica regulando nuestro ritmo cardíaco y sistema nervioso al estar cerca de otros de forma presencial. Rompemos la distancia física mediante la interacción constante en las redes sociales; construimos puentes temporales al recordar experiencias vividas con personas que ya no están y nos unimos en ceremonias, ritos, duelos y tradiciones que fortalecen nuestro sentido de pertenencia grupal.
Nos separamos también de forma natural cuando cambian nuestros intereses o metas. Experimentamos una “soledad conectada” -en los tiempos modernos-, cuando interactuamos digitalmente con otros o un “aislamiento emocional” al enfrentar la desaparición física o el fallecimiento de seres queridos como un desacompañamiento inevitable y, en el individualismo que vivimos, solemos con frecuencia priorizar la autonomía personal y la independencia sobre los compromisos comunitarios a largo plazo.
Nuestra relación con las máquinas (como medio de acompañamiento) nos lleva a crear con ellas un vínculo tecnológico por su disponibilidad inmediata, que no se cansa, no se aburre ni abandona por sí la interacción (no conversación) y cuyos algoritmos le programan para complacernos y agradarnos imitando un lenguaje afectivo mediante patrones y datos, pero sin experimentar emoción alguna. Están además bajo nuestro total control: cuándo iniciar, terminar o cambiar sin que ello lleve a consecuencia alguna. De esta manera. la máquina puede aliviar el aislamiento inmediato y ayudar a resolver tareas, pero carece -y esto es esencial-, de la capacidad de compartir el "pan" (retomando su raíz etimológica) en un sentido de destino común.
La compañía humana puede ser algunas veces, imperfecta y difícil, pero es la única capaz de validar nuestra existencia de manera real.
            Para abundar este asunto de la indispensable compañía, nos referiremos ahora sobre el Fenómeno Hikikomori, término japonés (引きこもり o ひきこもり) compuesto por los verbos hiku (引く, “tirar, atraer, retirarse”) y komoru (籠る, “encerrarse, permanecer dentro”)3 acuñado en la década de 1990 referido a un aislamiento social severo y voluntario entre las personas que lo padecen y deciden aislarse por completo de la sociedad, la escuela o el trabajo, recluyéndose en sus habitaciones durante meses o incluso años.
Este fenómeno en medicina es considerado como un trastorno de «aislamiento social agudo» o «Trastorno de ansiedad social» (fobia social) según el DSM-5.4 En Japón se estima que actualmente hay 1.5 millones de personas bajo esta condición.
El Fenómeno Hikikomori podría considerarse en nuestros tiempos como un equivalente a un Harakiri social existencial.
Para terminar:
La indispensable compañía humana posee una dimensión mucho más profunda que la de una simple convivencia práctica. No basta con coexistir; es necesario habitar auténticamente la presencia del otro. La verdadera compañía no consiste solo en estar cerca, sino en interactuar y participar mutuamente en la interpretación, comprensión y construcción de significados entre las personas.
Tal vez por ello el ser humano busca incesantemente interacción en la conversación, amistad y comunidad: porque en la presencia del otro encuentra una confirmación de su propia existencia y un sentido compartido frente al misterio del vivir. La compañía del otro es, en definitiva, la condición misma de nuestra humanidad como ya lo apuntara hace siglos “El Estagirita”.


1 . Puig Llobet, M., Sabater Mateu, P., & Rodríguez Ávila, N. Necesidades humanas: evolución del concepto según la perspectiva social. Aposta. Revista de Ciencias Sociales, 2012 (54), 1-12.
2 . Anika Kottaram. The Essential Role of social connectedness in human life. https://www.ijnrd.org/papers/IJNRD2405716.pdf
3. https://es.wikipedia.org/wiki/Hikikomori
4 . Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fifth Edition (DSM-5) —en español.

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