Confónico.
Una transgresión
semántica.
Al
salir del teatro, un gran y querido amigo que me había invitado a escuchar la
Sinfónica
local que presentaba un programa con obras de Nikolái
Rimski-Kórsakov, me preguntó: Bien, ¿Qué te pareció?
Mi
respuesta fue rápida y breve: Amigo, prefiero la salsa.
Dr.
Xavier A. López y de la Peña
Trataré de explicarme empezando
con los significados de las palabras:
Sinfónico: Esta palabra inicia con un prefijo
de origen griego
syn, que significa junto a, unión o a la vez y
phoné,
sonido o voz; esto es, lo que suena junto o una
combinación armoniosa de varias
voces y sonidos.
De acuerdo con el
Diccionario de la RAE:
adj.
Dicho de una orquesta: Que está formada por un amplio número de músicos que
tocan instrumentos pertenecientes a las familias de cuerda, viento y percusión.
Así, estrictamente hablando, el término
"sinfónico" se refiere a una forma específica de componer y
estructurar la música o “una cualidad de lo que suena junto”,
1 basándose
en la elaboración de ideas complejas mediante una gran orquesta.
Bueno, en este ensayo me permito hacer una
transgresión
lingüística en la que sustituyo el prefijo griego “
syn” de la
palabra
sinfónico por la preposición “
sin” que significa
“privación o carencia”, lo que no da entonces una definición “opuesta o
contraria” a la palabra sinfonía, es decir ahora, “sin sonido o voz”, y a la
vez me permito crear un neologismo que llamo
confónico, esto es,
añado la preposición “
con” (que indica compañía, instrumento, modo,
causa o adición) al
phoné , esto es “con sonido y voz”. Así,
estrictamente hablando también, el término "confónico" se refiere a
una forma específica de componer y estructurar la música o “una cualidad de lo
que suena junto”, basándose ahora en la elaboración de ideas simples o
sencillas mediante recursos básicos.
Los motivos y razones
que me mueven para ello se basan en que el arte “sinfónico” rechaza las
repeticiones exactas o las estructuras simples como las canciones populares de
estrofa y coro, y en su lugar utiliza la variación constante en la que una idea
musical nace, crece, se fragmenta, choca contra otra, cambia de ritmo y madura
a lo largo de la pieza. En tanto que a mi entender lo que llamo “confónico”
hace referencia a la música que carece de un desarrollo conceptual complicado,
de una gran orquesta mixta o de formas abstractas estructuradas y complejas.
Dicho de manera sencilla y clara a mi manera de entender:
Mientras que lo “sinfónico” busca transformar un motivo musical en un viaje
denso e intelectual, lo “confónico” apuesta por la inmediatez, la intimidad, la
función social o la repetición en el entorno de lo cotidiano.
De hecho, la música
sinfónica y la ópera me resultan intrincadas, difíciles de seguir,
impredecibles en su desarrollo. Su complejidad técnica celebrada por algunos como
sublime, se convierte para mí en un entramado que exige un esfuerzo intelectual
más que una entrega sensible. En mi percepción general, lo sinfónico es
literalmente -permítanme exagerar-, “sin fónico”: sin sonido vital, sin
cadencia íntima, sin resonancia ni vibrato que me pertenezca.
La ópera, además, me confronta con un lenguaje ajeno
(italiano -
“bel canto”-, francés, alemán, ruso y checo generalmente) y,
aunque las voces estén educadas con severa disciplina técnica, su expresividad
me resulta distante. No comprendo lo que dicen, y aun cuando lo entendiera, el
timbre y la forma vocal me parecen desligados de la raíz sensible de la voz
humana. El o la cantante de ópera se exigen una colocación alta de la voz
(resonancia craneal), descenso de la laringe y un uso extremo del diafragma
para lograr un vibrato natural y un volumen masivo sin dañar las cuerdas
vocales; en tanto que el cantante popular si acaso, recurre a técnicas como el
belting
(técnica vocal que permite cantar notas agudas con la potencia, el brillo y la
resonancia de la voz de pecho, en lugar de cambiar a la voz de cabeza o falsete),
voz de aire, distorsiones sutiles o vocal
fry (el registro más grave de
la voz humana) en las que prioriza la personalidad y la textura única de la voz
sobre la pureza académica.
Frente a esas voces que buscan sublimidad, reconozco
mi preferencia por las voces rítmicas y primitivas de una
canción vernácula
que transmite emoción inmediata y visceral.
Por ello he denominado para mi gusto como “confónico” a la música con
sonido, con ritmo y con cadencia. Música que me retrotrae a lo sensible, a la
emoción más primitiva que poseemos: el ritmo.
Antes de poder modular palabras, los primeros
homínidos utilizaban el cuerpo y el entorno para comunicarse ya con golpes como
chocar piedras, golpear troncos huecos o batir palmas (señales acústicas) que
servían para alertar sobre depredadores, delimitar territorios o coordinar
cacerías a grandes distancias. A la par de los golpes, la comunicación vocal
primitiva (proto-lenguaje) con gritos y gruñidos se emitían sonidos instintivos
para expresar emociones básicas como miedo, enojo, placer o advertencia.
Así, bajo una interpretación psicodinámica mi gusto
por el ritmo “confónico” puede considerarse como una regresión a lo originario,
a la matriz sensorial que nos constituye.
Sigmund Freud lo llamaría expresión de la pulsión
primaria, vinculada al movimiento y al placer. Es música que no se escucha con
la mente, sino con el cuerpo; que no exige comprensión, sino participación.
A su vez,
Carl Jung podría interpretarlo como un
retorno al inconsciente colectivo donde los tambores y danzas ancestrales
representan arquetipos universales de comunión y celebración, donde la música
es un lenguaje que conecta directamente con el dicho inconsciente y los
arquetipos. A diferencia de las palabras, la música expresa sin filtros el
movimiento de las emociones y nos permite acceder a lo universal y ancestral
que compartimos como seres humanos.
La salsa, la cumbia el mambo, cha-cha-cha-, bolero,
cool-jazz, pop tradicional,
rock and roll, doo-wop, etc., así como los ritmos
recientes del
reguetón y
neo-perreo (estos últimos son los monarcas absolutos
de la música latina actual), es música que enloquece y obliga a moverse, a
reír, a gozar. Son ritmos populares modernos caracterizados por fusionar raíces
folclóricas o urbanas con producción electrónica, ritmos sincopados (acentos en
tiempos débiles) y estructuras diseñadas para el baile.
Friedrich Nietzsche, el filósofo más vitalista,
luminoso y enérgico de la historia del pensamiento lo expresó así:
“Sin música, la vida sería un error”, ya que
la música encarnaba el espíritu dionisíaco: la fuerza del instinto, la pasión,
el caos y la embriaguez.
El pediatra, psiquiatra y psicoanalista inglés
Donald Woods Winnicott, además de ser un apasionado pianista opinaba que: “La
música permite al individuo
fluir sin defensas, sin obstáculos ni
autoconciencia, facilitando un estado de conexión donde es posible ser
verdaderamente uno mismo”.
Luego entonces, lo “confónico” me conecta con los
ritmos primordiales como el “ta-túm – ta-túm” del corazón, el oleaje del mar,
el día y la noche, con el tambor del chamán que liga con el más allá. Escuchando
las percusiones africanas con tambores
djembe y batá se generan respuestas
motoras inmediatas e inducen a un trance colectivo.
Socialmente la música
sinfónica y la ópera representan la estética de la imposición:
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escenarios majestuosos, protocolos rígidos y un público que debe guardar
silencio absoluto y permanecer casi inmóvil hasta que llegue el momento “preciso”
para aplaudir. El filósofo, crítico musical y sociólogo alemán, Theodor Ludwig
Wiesengrund Adorno, las defendía considerándoles como un arte elevado, capaz de
resistir la banalidad de la industria cultural. Sin embargo, para mí, esa
elevación se convierte en adusta distancia.
En contraste, lo
“confónico” representa la estética de la comunión universal que invita al
cuerpo a participar, a dejarse llevar por el ritmo, a compartir la vívida experiencia
con otros. Allí no hay espectadores pasivos, sino protagonistas activos donde la
música no se contempla, se disfruta y se vive. Sencillez de alcance universal
contra complejidad exclusivista.
Schopenhauer veía en
la música sinfónica la manifestación directa de la voluntad, capaz de expresar
lo inefable. La música como una manifestación directa de la Voluntad, la fuerza
ciega e irracional que impulsa toda la existencia. Habla directamente a las
emociones y al corazón sin pasar por el pensamiento racional. Para otros, la
ópera, aunque en lenguas ajenas, transmite emociones universales a través de la
voz entrenada, que se convierte en instrumento sublime.
Finalmente, y como corolario, el sociólogo francés Pierre
Bourdieu considera que la música no es un gusto o preferencia natural ni
neutral, ni puramente “libre”, sino una herramienta central de “distinción
social”, fuertemente moldeado por el nivel educativo y los ingresos. Un producto
del
habitus (disposiciones duraderas, esquemas de pensamiento,
percepciones y estilos de vida que las personas interiorizan de manera
inconsciente) y una manifestación del capital cultural heredado.
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Psicodinámicamente mi gusto por lo “confónico” podría
interpretarse así mismo -y justificadamente por supuesto-, como una defensa
frente a la ansiedad de lo intrincado y lo incomprensible mientras que, para
otros, esa misma complejidad sería un espacio de expansión del yo, un desafío
que permite trascender lo inmediato. Así, lo que para mí es distancia, para
otros es elevación.
Esto representa
mi manera de entender y apreciar la música. Prefiero lo que me habla
directamente, lo que me conecta con la raíz sensible de la existencia. En lo “confónico”
encuentro la fonía que me pertenece: la resonancia íntima que me
recuerda que la música no es un estricto y reservado monumento intelectual,
sino un gozoso espejo vivencial.
No niego la grandeza ni la legitimidad de quienes
encuentran en el arte “sinfónico” y la “ópera” lo considerado culturalmente
bajo una idea histórica, técnica y política cuyo desarrollo en Europa
Occidental fue cimentado por las élites aristocráticas y burguesas del siglo
XIX, y que les catalogó como la “más alta expresión estética”. Pero reivindico
mi derecho y gusto a preferir la música de “más alta sensación” que me hace
vibrar, moverme y gozar. Lo inmediato, simple, corporal y sensible frente a lo complejo,
abstracto y técnico. En lo “confónico” descubro, vibro y gozo mi verdadera e
intrínseca fonía: la comunión con el ritmo primordial que nos une en la
naturaleza.
Soy entonces -para expresarlo con otro neologismo
más-, un
Cenomusicofílico, término derivado del griego
koinós, común,
público o compartido,
mousikē, música (arte de las musas),
phílos, amante,
atracción o afinidad, e
-ikos, relativo a, que significa “persona con
atracción, amor o preferencia por la música común”.
Y quedaría también suscrito a la “preferencia
musical” según el Modelo de Rentfrow y Gosling a la dimensión llamada Energetic
and Rhytmic, correspondiente a la música dominada por el ritmo, el
movimiento, la estimulación física, niveles medios-altos de energía y letras
densas o con fuerte carga de rima y pulso urbano; la antítesis del Reflective
& Complex, que incluye a la ópera y música clásica considerados como selecto
y rígido “arte elevado”.4
1 . https://etimologias.dechile.net/?sinfoni.a
2. Enrique Gervilla
Castillo. La Tiranía de la belleza, Un problema educativo hoy. Teor. educ. 14, 2002, pp. 185-206.
ISSN: 1130-3743.
3 .
https://es.wikipedia.org/wiki/Pierre_Bourdieu
4 . Rentfrow PJ, Goldberg LR, Levitin DJ. The
structure of musical preferences: a five-factor model. J Pers Soc Psychol. 2011
Jun;100(6):1139-57. doi: 10.1037/a0022406. PMID: 21299309; PMCID: PMC3138530.
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