domingo, 30 de agosto de 2026

Confónico.

 

Confónico.
Una transgresión semántica.


Al salir del teatro, un gran y querido amigo que me había invitado a escuchar la Sinfónica
 local que presentaba un programa con obras de Nikolái Rimski-Kórsakov, me preguntó: Bien, ¿Qué te pareció?
Mi respuesta fue rápida y breve: Amigo, prefiero la salsa.

Dr. Xavier A. López y de la Peña

 


Trataré de explicarme empezando con los significados de las palabras:
Sinfónico: Esta palabra inicia con un prefijo de origen griego syn, que significa junto a, unión o a la vez y phoné, sonido o voz; esto es, lo que suena junto o una combinación armoniosa de varias voces y sonidos.
De acuerdo con el Diccionario de la RAE: adj. Dicho de una orquesta: Que está formada por un amplio número de músicos que tocan instrumentos pertenecientes a las familias de cuerda, viento y percusión.
Así, estrictamente hablando, el término "sinfónico" se refiere a una forma específica de componer y estructurar la música o “una cualidad de lo que suena junto”,1 basándose en la elaboración de ideas complejas mediante una gran orquesta.
Bueno, en este ensayo me permito hacer una transgresión lingüística en la que sustituyo el prefijo griego “syn” de la palabra sinfónico por la preposición “sin” que significa “privación o carencia”, lo que no da entonces una definición “opuesta o contraria” a la palabra sinfonía, es decir ahora, “sin sonido o voz”, y a la vez me permito crear un neologismo que llamo confónico, esto es, añado la preposición “con” (que indica compañía, instrumento, modo, causa o adición) al phoné , esto es “con sonido y voz”. Así, estrictamente hablando también, el término "confónico" se refiere a una forma específica de componer y estructurar la música o “una cualidad de lo que suena junto”, basándose ahora en la elaboración de ideas simples o sencillas mediante recursos básicos.
            Los motivos y razones que me mueven para ello se basan en que el arte “sinfónico” rechaza las repeticiones exactas o las estructuras simples como las canciones populares de estrofa y coro, y en su lugar utiliza la variación constante en la que una idea musical nace, crece, se fragmenta, choca contra otra, cambia de ritmo y madura a lo largo de la pieza. En tanto que a mi entender lo que llamo “confónico” hace referencia a la música que carece de un desarrollo conceptual complicado, de una gran orquesta mixta o de formas abstractas estructuradas y complejas.
Dicho de manera sencilla y clara a mi manera de entender: Mientras que lo “sinfónico” busca transformar un motivo musical en un viaje denso e intelectual, lo “confónico” apuesta por la inmediatez, la intimidad, la función social o la repetición en el entorno de lo cotidiano.
            De hecho, la música sinfónica y la ópera me resultan intrincadas, difíciles de seguir, impredecibles en su desarrollo. Su complejidad técnica celebrada por algunos como sublime, se convierte para mí en un entramado que exige un esfuerzo intelectual más que una entrega sensible. En mi percepción general, lo sinfónico es literalmente -permítanme exagerar-, “sin fónico”: sin sonido vital, sin cadencia íntima, sin resonancia ni vibrato que me pertenezca.
La ópera, además, me confronta con un lenguaje ajeno (italiano -bel canto”-, francés, alemán, ruso y checo generalmente) y, aunque las voces estén educadas con severa disciplina técnica, su expresividad me resulta distante. No comprendo lo que dicen, y aun cuando lo entendiera, el timbre y la forma vocal me parecen desligados de la raíz sensible de la voz humana. El o la cantante de ópera se exigen una colocación alta de la voz (resonancia craneal), descenso de la laringe y un uso extremo del diafragma para lograr un vibrato natural y un volumen masivo sin dañar las cuerdas vocales; en tanto que el cantante popular si acaso, recurre a técnicas como el belting (técnica vocal que permite cantar notas agudas con la potencia, el brillo y la resonancia de la voz de pecho, en lugar de cambiar a la voz de cabeza o falsete), voz de aire, distorsiones sutiles o vocal fry (el registro más grave de la voz humana) en las que prioriza la personalidad y la textura única de la voz sobre la pureza académica.
Frente a esas voces que buscan sublimidad, reconozco mi preferencia por las voces rítmicas y primitivas de una canción vernácula que transmite emoción inmediata y visceral.

Por ello he denominado para mi gusto como “confónico” a la música con sonido, con ritmo y con cadencia. Música que me retrotrae a lo sensible, a la emoción más primitiva que poseemos: el ritmo.

Antes de poder modular palabras, los primeros homínidos utilizaban el cuerpo y el entorno para comunicarse ya con golpes como chocar piedras, golpear troncos huecos o batir palmas (señales acústicas) que servían para alertar sobre depredadores, delimitar territorios o coordinar cacerías a grandes distancias. A la par de los golpes, la comunicación vocal primitiva (proto-lenguaje) con gritos y gruñidos se emitían sonidos instintivos para expresar emociones básicas como miedo, enojo, placer o advertencia.
Así, bajo una interpretación psicodinámica mi gusto por el ritmo “confónico” puede considerarse como una regresión a lo originario, a la matriz sensorial que nos constituye.
Sigmund Freud lo llamaría expresión de la pulsión primaria, vinculada al movimiento y al placer. Es música que no se escucha con la mente, sino con el cuerpo; que no exige comprensión, sino participación.
A su vez, Carl Jung podría interpretarlo como un retorno al inconsciente colectivo donde los tambores y danzas ancestrales representan arquetipos universales de comunión y celebración, donde la música es un lenguaje que conecta directamente con el dicho inconsciente y los arquetipos. A diferencia de las palabras, la música expresa sin filtros el movimiento de las emociones y nos permite acceder a lo universal y ancestral que compartimos como seres humanos.
La salsa, la cumbia el mambo, cha-cha-cha-, bolero, cool-jazz, pop tradicional, rock and roll, doo-wop, etc., así como los ritmos recientes del reguetón y neo-perreo (estos últimos son los monarcas absolutos de la música latina actual), es música que enloquece y obliga a moverse, a reír, a gozar. Son ritmos populares modernos caracterizados por fusionar raíces folclóricas o urbanas con producción electrónica, ritmos sincopados (acentos en tiempos débiles) y estructuras diseñadas para el baile.
Friedrich Nietzsche, el filósofo más vitalista, luminoso y enérgico de la historia del pensamiento lo expresó así:     “Sin música, la vida sería un error”, ya que la música encarnaba el espíritu dionisíaco: la fuerza del instinto, la pasión, el caos y la embriaguez.
El pediatra, psiquiatra y psicoanalista inglés Donald Woods Winnicott, además de ser un apasionado pianista opinaba que: “La música permite al individuo fluir sin defensas, sin obstáculos ni autoconciencia, facilitando un estado de conexión donde es posible ser verdaderamente uno mismo”.
Luego entonces, lo “confónico” me conecta con los ritmos primordiales como el “ta-túm – ta-túm” del corazón, el oleaje del mar, el día y la noche, con el tambor del chamán que liga con el más allá. Escuchando las percusiones africanas con tambores djembe y batá se generan respuestas motoras inmediatas e inducen a un trance colectivo.
            Socialmente la música sinfónica y la ópera representan la estética de la imposición:2 escenarios majestuosos, protocolos rígidos y un público que debe guardar silencio absoluto y permanecer casi inmóvil hasta que llegue el momento “preciso” para aplaudir. El filósofo, crítico musical y sociólogo alemán, Theodor Ludwig Wiesengrund Adorno, las defendía considerándoles como un arte elevado, capaz de resistir la banalidad de la industria cultural. Sin embargo, para mí, esa elevación se convierte en adusta distancia.
            En contraste, lo “confónico” representa la estética de la comunión universal que invita al cuerpo a participar, a dejarse llevar por el ritmo, a compartir la vívida experiencia con otros. Allí no hay espectadores pasivos, sino protagonistas activos donde la música no se contempla, se disfruta y se vive. Sencillez de alcance universal contra complejidad exclusivista.
            Schopenhauer veía en la música sinfónica la manifestación directa de la voluntad, capaz de expresar lo inefable. La música como una manifestación directa de la Voluntad, la fuerza ciega e irracional que impulsa toda la existencia. Habla directamente a las emociones y al corazón sin pasar por el pensamiento racional. Para otros, la ópera, aunque en lenguas ajenas, transmite emociones universales a través de la voz entrenada, que se convierte en instrumento sublime.
Finalmente, y como corolario, el sociólogo francés Pierre Bourdieu considera que la música no es un gusto o preferencia natural ni neutral, ni puramente “libre”, sino una herramienta central de “distinción social”, fuertemente moldeado por el nivel educativo y los ingresos. Un producto del habitus (disposiciones duraderas, esquemas de pensamiento, percepciones y estilos de vida que las personas interiorizan de manera inconsciente) y una manifestación del capital cultural heredado.3
Psicodinámicamente mi gusto por lo “confónico” podría interpretarse así mismo -y justificadamente por supuesto-, como una defensa frente a la ansiedad de lo intrincado y lo incomprensible mientras que, para otros, esa misma complejidad sería un espacio de expansión del yo, un desafío que permite trascender lo inmediato. Así, lo que para mí es distancia, para otros es elevación.
            Esto representa mi manera de entender y apreciar la música. Prefiero lo que me habla directamente, lo que me conecta con la raíz sensible de la existencia. En lo “confónico” encuentro la fonía que me pertenece: la resonancia íntima que me recuerda que la música no es un estricto y reservado monumento intelectual, sino un gozoso espejo vivencial.
No niego la grandeza ni la legitimidad de quienes encuentran en el arte “sinfónico” y la “ópera” lo considerado culturalmente bajo una idea histórica, técnica y política cuyo desarrollo en Europa Occidental fue cimentado por las élites aristocráticas y burguesas del siglo XIX, y que les catalogó como la “más alta expresión estética”. Pero reivindico mi derecho y gusto a preferir la música de “más alta sensación” que me hace vibrar, moverme y gozar. Lo inmediato, simple, corporal y sensible frente a lo complejo, abstracto y técnico. En lo “confónico” descubro, vibro y gozo mi verdadera e intrínseca fonía: la comunión con el ritmo primordial que nos une en la naturaleza.

Soy entonces -para expresarlo con otro neologismo más-, un Cenomusicofílico, término derivado del griego koinós, común, público o compartido, mousikē, música (arte de las musas), phílos, amante, atracción o afinidad, e -ikos, relativo a, que significa “persona con atracción, amor o preferencia por la música común”.

Y quedaría también suscrito a la “preferencia musical” según el Modelo de Rentfrow y Gosling a la dimensión llamada Energetic and Rhytmic, correspondiente a la música dominada por el ritmo, el movimiento, la estimulación física, niveles medios-altos de energía y letras densas o con fuerte carga de rima y pulso urbano; la antítesis del Reflective & Complex, que incluye a la ópera y música clásica considerados como selecto y rígido “arte elevado”.4



1 . https://etimologias.dechile.net/?sinfoni.a
2. Enrique Gervilla Castillo. La Tiranía de la belleza, Un problema educativo hoy. Teor. educ. 14, 2002, pp. 185-206. ISSN: 1130-3743.
3 . https://es.wikipedia.org/wiki/Pierre_Bourdieu
4 . Rentfrow PJ, Goldberg LR, Levitin DJ. The structure of musical preferences: a five-factor model. J Pers Soc Psychol. 2011 Jun;100(6):1139-57. doi: 10.1037/a0022406. PMID: 21299309; PMCID: PMC3138530.

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