miércoles, 1 de junio de 2016

Réquiem por el cabás o maletín médico.

Dr. Xavier A. López y de la Peña, 1970
Dr. Xavier A. López y de la Peña
Cualquier profesional, esto es, la actividad habitual para la que una persona se ha preparado formalmente y que, al ejercerla tiene el derecho a recibir una remuneración económica, requiere de cierto tipo de utensilios para llevarlos consigo y ejecutar su trabajo.
Así, cada profesión demanda ciertos útiles para poder cumplir con su objetivo. En la profesión médica los útiles de trabajo conforman su particular armamentarium (en el diccionario inglés Collins: los objetos que componen el material y equipo utilizado por el médico en su práctica profesional) El profesionista médico suele utilizar un cabás (palabra de origen provenzal, cabas, y del latín vulgar capacium, capazo o capacho originalmente, en Francia; cesto que servía para llevar provisiones de boca, durante mucho tiempo tejido con juncos o eneas) o maletín pequeño para cumplir con su función y con el que generalmente se reconoce al médico general que hace visitas a domicilio.
El empleo de este particular contenedor, bolso o cabás se remonta a los tiempos prehistóricos en los que el primer sanador, médico brujo o chamán -por llamarlo de alguna manera-, asiste a su prójimo enfermo apoyándose con las diversas hierbas, flores, frutos, tierra u otros variados y múltiples objetos que consideraba necesario llevar consigo y realizando diversas maniobras y rituales a la luz de lo que le indicaren las estrellas en el firmamento, o la historia reciente de una inundación o una plaga cualquiera o la ira sobrenatural de su creación de la divinidad.
Algunas personas, no necesariamente médicos, habían de estar provistas de un determinado bolso o cabás con lo necesario para atender sus propias necesidades de salud trastornada, como lo demuestra el hallazgo de Ötzi, el Hombre de Similaun u Hombre de Hauslabjoch, como suele llamarse a este hombre momificado que vivió cerca del año 3300 a.n.e., encontrado en los Alpes de Ötztal, cerca de Hauslabjoch en la frontera ítalo-austríaca a una altitud de 3200 msnm., y quien aparentemente trató de curar una herida en su mano usando un hongo que llevaba en su cabás, el Fomes fomentarius, que podía usarse tanto como yesca para hacer fuego como para curar heridas, ya que este hongo posee acción antibacteriana; también llevaba consigo otro hongo, el Piptoporus betulinus (hongo del abedul), usado como remedio tradicional para combatir los parásitos, lo cual tiene sentido porque también se encontraron huevos de parásitos en el intestino de ese hombre.
Como quiera que haya sido, el chamán o sanador generalista poco a poco fue diversificándose, según sus propias cualidades, gustos, capacidades y necesidades sociales hacia determinado ámbito de la salud trastornada con lo que empezaron a distinguirse los sanadores de ojos, de huesos, de humores desajustados y más. Siempre acompañándose con su respectivo cabás provisto con lo necesario para hacer su trabajo.
Documentalmente, uno de los más antiguos cabás formalmente empleados en la práctica de la medicina está representado en un grabado en piedra caliza de un templo egipcio dedicado a los dioses Apolo e Isis de Kom Ombo (templo comenzado a construir por Ptolomeo VI en el siglo II a.n.e., siendo Kom Ombo capital del primer nomo del Alto Egipto, y terminado por Ptolomeo XII en el siglo I a.n.e.) que nos muestra ciertos instrumentos médicos utilizados en aquella época para el tratamiento quirúrgico de cataratas ya que en el templo también se recibían y atendían personas enfermas.
Gran variedad de materiales han sido utilizados para confeccionar el cabás o maletín médico: vegetales, animales y minerales, y presentándose también en diversas modalidades: como el xiquipilli (bolsa en náhuatl) que llevaría el tícitl (médico en náhuatl) en la época prehispánica, cartera, faltriquera, macuto, bulto, caja, maleta, talego, alforja, valija, zurrón o estuche.
También el contenido de cada cabás informa, de alguna manera, sobre la capacidad de respuesta del profesional de la salud que lo utiliza ante determinado problema. De hecho, lo que lleva en él nos ofrece un perfil de su campo de acción ya que contendrá principalmente material quirúrgico si se trata de un médico que atienda pacientes con heridas, o analgésicos potentes como la morfina si se ocupa de la atención a enfermos terminales.
En ocasiones un cabás puede ser insuficiente para el médico generalista cuando éste ejerce en un lugar aislado (como suele ocurrir en el medio rural) en donde previamente debe procurarse la mayor información posible acerca del caso que irá a atender para estar en condición de llevar lo posiblemente necesario. Por ejemplo: cuando al médico en este lugar rural es llamado para dar servicio a una persona enferma a la que se puede llegar a pie a dos o tres horas de distancia, no es lo mismo llevar el cabás ordinario con el que se podrá asistir a una persona con un proceso neumónico, que encontrarse con una paciente en trabajo de parto distócico que demande el uso de un fórceps u otro material que tenemos preparado en otro cabás en el consultorio y que no llevamos con nosotros.
En términos generales el cabás domiciliario de los médicos generalistas o de familia en una ciudad suelen contener pero no limitarse a: material impreso como el recetario, equipo diagnóstico (esfigmomanómetro, estetoscopio, termómetro, estuche de diagnóstico, martillo percusor, glucómetro capilar, abatelenguas, cánula de Guedel) material de curación (vendas, gasas, esparadrapo, guantes, jeringas y agujas, gel lubricante, solución antiséptica, ligadura, equipo para pequeña cirugía), medicamentos (adrenalina, atropina, cortico esteroides, analgésicos, antieméticos, sedantes, antimicrobianos, antihipertensivos, diuréticos, anestésicos locales, solución salina y glucosada al 50% en ampolletas, etc.)
Aun con lo referido, algunos estudios realizados particularmente en España (Roca y cols. Los maletines domiciliarios de los médicos de familia. Aten Primaria. 2008;40(7):371-8.), evidencian graves carencias sobre el contenido del cabás del médico generalista o familiar como que en más del 30% de los 103 cabás revisados de estos profesionistas carecían de esfigmomanómetro o estetoscopio, más del 60% no tenían fármacos para la reanimación cardiopulmonar y ninguno llevaba antimicrobianos.
El estudio anterior demuestra la falta de interés de algunos profesionales de la salud por conocer la presión arterial de su paciente o por escucharle el pecho, esto es de establecer un contacto físico con él o ella, o tal vez por dar por sentado que toda consulta será fácil y estará bajo control con sólo dialogar y escribir una prescripción, o que habrán de remitirle al Centro de Salud.
Así, el icónico cabás o maletín del médico que destacaba a mediados del siglo pasado: languidece. Ya no le sostiene una mano interesada en atender conocer y solucionar el problema de salud de su congénere en la primera visita. Ya no lleva en sus entrañas el armamentarium elemental que le daba presencia, orgullo a su portador y tranquilidad, seguridad o esperanza al enfermo que le veía llegar.
Ya no nos muestra su curtido y reluciente cuero y las iniciales grabadas de su orgulloso portador que, con el paso del tiempo, se iba engalanando de raspones, grietas y fisuras ganadas en el servicio que su dueño le daba por servir a otros. Persona y objeto en la atención al sujeto se han trastocado en los tiempos actuales dejando al cabás famélico e incapaz.
Ahora es la bata blanca y el estetoscopio al cuello del sujeto embutido en el ambiente aséptico del centro de salud u hospital que gira en torno a la medicina mercantilizada que brinda servicios de salud la que nos proporciona esta imagen icónica, y dejando abandonando en el rincón de un armario al cabás de otros tiempos.
Sin embargo, aún hay voces de aliento hacia el cabás o maletín médico como la siguiente:
El profesional de la salud -refieren los médicos españoles Juan Gérvas y Mercedes Pérez Fernández-, aparte de trabajar con sus conocimientos científicos, de los pacientes y de sus comunidades, y del compromiso con el paciente y la sociedad, debería mantener en saludable equilibrio material su cabás ya que “el trabajo sin ellos se torna de baja calidad, y termina llevando a la pérdida de autoestima y del prestigio profesional”.

lunes, 2 de mayo de 2016

Credibilidad.

¿Qué creer?
© DR Xavier A. López y de la Peña
Imagine una compra de maquinaria para la industria de la confección de ropa que realiza un empresario con propósito de hacer más eficiente su producción y que, una vez acordado el precio y las condiciones con el vendedor, éste le afirma que su pedido estará listo en la primera quincena del mes de Junio. Pasa Agosto y el comprador sigue esperando su maquinaria.
También puede usted pensar en que una persona mande hacerse unas tarjetas de presentación, deje un 50% de anticipo y le ofrezcan entregárselas en una semana y, quince días después siga esperando sus tarjetas. O tal vez requiera un empaque para la olla de presión y en el comercio especializado le informan que de momento no tienen ésa marca, pero que en tres días llegará el material solicitado. Pasa un mes y no llega el empaque.
El caso de una persona que acude a realizar oportunamente su trámite de renovación de licencia ante la oficina municipal correspondiente, hace su pago y le indican que debe regresar después de 15 días a recogerla porque "aún no están firmadas" las mismas. Quizá el automovilista que sufre un choque y enfrente su responsabilidad ante la autoridad correspondiente se percate de que, la solución -en éste caso la responsabilidad- que no justicia, se hará para el que se ponga "más" listo con dinero, palancas, palabras o trinquetes.
Así las cosas: ¿Qué significa creer? Seguramente es utópico, sin embargo, debemos luchar por creer y esforzarnos por que en lo que hacemos y decimos haya credibilidad. Que crean en nosotros, en nuestro trabajo, en el hogar, en el taller o la oficina, en nuestras conversaciones y convicciones. Si ofrecemos un artículo en venta a cierto precio, hay que venderlo a ése precio y no a tal si es en efectivo o a tal más si es con tarjeta de crédito, si prometemos un pedido para el lunes, hay que entregarlo ése mismo día no el miércoles. Si solicitamos un procedimiento cualquiera con carácter urgente, debe ser cierto que es urgente. Debemos -o deberíamos- creer que hay justicia y no sentirnos atemorizados y hasta agredidos ante el agente del ministerio público que con sus acciones pretende hacernos sentir culpables de lo que en realidad somos víctimas.
Hágase la siguiente reflexión sobre lo que representa a la ley, la justicia y el orden y piense: ¿Qué imagen se forma al ver a un soldado, un policía, un judicial, un agente del ministerio público, un juez o un inspector cualquiera?
O sobre el comercio, los servicios o la política: ¿Qué siente al ver a un vendedor de automóviles, un abogado o médico, a un candidato a la presidencia o a un diputado? ¿Cree en ellos?, es decir, confía en lo que dicen. Siente seguridad en que lo que harán será honesto, justo, equitativo, válido o bueno y cierto. ¿O se forma la idea de que tratarán de venderle más caro, de que no es cierto que el producto esté tan bien como lo ofrecen, de que hay pocas posibilidades de que puedan ayudarle o lo que dicen son sólo palabras vacías?
La imagen que nos formamos del mundo que nos rodea se recibe a través de nuestros sentidos y así nos damos idea y creemos que algo está caliente o frío cuando lo tocamos, lejos o cerca cuando lo vemos o ruidoso cuando lo escuchamos, sin embargo todas estas impresiones dependerán de la agudeza particular de cada uno de nuestros sentidos y con ello nos daremos cuenta de inmediato de que lo que para unos es duro para otros puede no ser tanto. La percepción entonces de nuestro entorno "depende" de la manera como la recibimos con nuestros sentidos y en consecuencia nos hacemos una idea "personal" de lo que sucede y que no siempre es real. Podemos mirar una luz en el firmamento y pensar que "es" una estrella, no obstante lo único que percibimos es su luz pues ella, probablemente hace tiempo que desapareció.
Estas consideraciones nos llevan a saber que nuestro conocimiento del mundo es imperfecto. ¿Cómo lo percibiremos si en nuestra relación con otras personas la comunicación es con palabras y acciones -lenguaje verbal y no verbal- y éstas son distorsionadas?, ¿Qué certeza o valor podemos atribuirle a lo que alguien dice o hace? Necesitamos creerle y que a su vez crea en nosotros, debemos propugnar porque en nuestras palabras y acciones se asiente la verdad, que lo que se haga o diga sea cierto, sea creíble.
Cuando compre y reciba una caja con guayabas o fresas grandes y apetitosas con la seguridad de que no habrá pequeñas o podridas en el fondo, cuando acuda a presentar una queja por un mal servicio y sea bienvenido y solucionen su problema, cuando vea en el soldado o el policía de caminos a un amigo dispuesto a ayudarle y a defenderle si fuere el caso y no con temor por su actitud prepotente, cuando tenga la certeza de que mañana tendrá su pedido como ofrecieron y esté completo y en buen estado, cuando la verificación vehicular se realice honestamente, cuando la ley se aplique con justicia, impere el equilibrio y la razón y cuando las campanas del reloj anuncien que son las doce del día y tenga usted la certeza de que sean efectivamente las doce, entonces el mundo marchará con credibilidad.
En México hace falta creer para tener seguridad y fortaleza. Creer en quienes representan a las instituciones, creer al campesino, al obrero, comerciante, industrial, empleado, funcionario, profesionista, político o al vecino.
Cuando creamos en nosotros, creerán en nosotros también. Decir y hacer con verdad dará certeza, credibilidad, lo demás son pamplinas.

viernes, 1 de abril de 2016

El hombre que miraba al cielo.

Sobre mirar al cielo y la primavera.
DR Xavier A. López y de la Peña
Hace millones de años el ancestro del ser humano formaba una unidad con la naturaleza y se sometía a ella como todos los demás seres vivos. Poseedor de un cuerpo físico en el que variados elementos básicos de la materia primigenia -polvo de estrellas- como el carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, fósforo y azufre, entre otros, se entremezclaron de cierta manera en su composición y le hacían capaz de moverse, alimentarse y reproducirse. Todo ello cambió después cuando hace más de seis millones de años ocurrió la «hominización», esto es, el evolutivo paso biológico del primate al hominino, una sub tribu de primates homínidos que se caracterizan por su postura erguida y la locomoción bípeda, rama de la que sólo hasta ahora sobrevive el Homo sapiens (nosotros).
Hombro con hombro en este proceso evolutivo físico se dio la evolución cultural que se transmite a las nuevas generaciones por vía no genética, entendiendo aquí como «cultura» al conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, tecnológico, en una época y grupo social determinado. En el curso de esta evolución cultural el ser humano adquirió el control del fuego, paso trascendente al mejorar con la cocción de los alimentos la absorción de proteínas e hidrocarbonados de su dieta, de proporcionarse calor ante el inclemente tiempo, de protección contra sus depredadores y de incrementar sus labores durante la noche. Tuvo así su primer hogar.
Durante este prolongado tiempo evolutivo (según nuestra propia estimación del tiempo), el ser humano miraba y escudriñaba constantemente el cielo; reconoció el poder del sol e hizo conciencia del cambio de las estaciones y planificó sus actividades conforme estas variaciones cíclicas de la naturaleza. Dada su capacidad intelectual legó sus conocimientos a su descendencia como lo prueba el hecho de que del Paleolítico superior (hace cerca de 35,000 años) proviene el llamado «hueso de Lebombo», que consiste en un peroné de babuino marcado con 29 muescas distintas, descubierto en la Cordillera Lebombo en Suazilandia, sugiriendo que el hueso podría haberse utilizado para marcar los días de un ciclo lunar o menstrual. Hace más de 10,000 años surgió la agricultura de manera independiente en Mesopotamia y Egipto, Asia y Mesoamérica, así como también la domesticación de animales.
Fue entonces que la mirada al cielo se hizo más importante para decidir, según las diversas estaciones cuándo era el tiempo más propicio para sembrar y cosechar. Surgen entonces las primeras civilizaciones, como la Sumeria, que nos legara la escritura, la rueda, el carro y otras muchas allá por el año 3,000 a. de N. E. El sol, generador y motor de la vida fue considerado entonces por los que miraban el cielo, como una deidad. De esta manera, entre los sumerios le llamaban Utu (Shamash, en acadio), el dios que se daba cuenta de todo lo que ocurría en la tierra y por tanto se le consideraba también: dios de la justicia.
El dios sol era conocido como Helios entre los griegos, Inti en la cultura inca, Xué entre los muiscas, Tonatiuh entre los aztecas, Ra entre los egipcios y con muchos otros nombres entre otras tantas culturas en el planeta. Por lo tanto, desde las observaciones que antaño hacían los que miraban al cielo hasta nuestros días, la vida en el planeta en todos sus órdenes depende directa o indirectamente de la energía que nos provee el sol. Así también es el responsable de la circulación atmosférica, del clima y de las estaciones: primavera, verano, otoño e invierno. Este cambio de estaciones se debe a la inclinación del eje de giro de la Tierra respecto al plano de su órbita alrededor del sol, no como popularmente se cree porque la órbita terrestre alrededor del sol sea un poco elíptica. Dichas estaciones corresponden a la posición precisa de la órbita terrestre, opuestas dos a dos, y que reciben el nombre de equinoccios (del latín aequinoctium, noche igual) de primavera y otoño y solsticios (del latín solstitium, sol quieto) de invierno y verano.
El cambio cíclico de las estaciones marcaba todas las actividades vitales en el planeta y llegaron a relacionarse en gran medida con la salud y la enfermedad; así, Hipócrates de Cos, considerado el padre la medicina occidental estableció las siguientes sentencias relacionadas, particularmente, con la primavera:
Cuando el estío parece una primavera, disponte a ver en las fiebres sudores copiosos. Las enfermedades en el otoño son muy agudas y graves en extremo; la primavera es muy saludable y poco mortífera. Si el invierno es seco y dominan vientos del norte, y la primavera lluviosa con vientos de mediodía, habrá forzosamente en el estío fiebres agudas, oftalmías y disenterías, especialmente en las mujeres y en los hombres de temperamento húmedo. Mas si el invierno es lluvioso y templado, y reinan vientos del sur, y la primavera seca y fatigada de vientos del norte, las mujeres a las cuales corresponde parir en ella, abortarán con el más leve motivo; o si llegan a parir, tendrán hijos tan endebles o enfermizos, que o bien morirán desde luego, o se criarán enclenques y valetudinarios. Las demás gentes padecerán disenterías y oftalmías secas, y los viejos, catarros que les quitarán la vida en breve tiempo. En la primavera y entrada de verano, los niños y los próximos a la infancia gozan buena salud y están alegres. Los viejos en el estío y parte del otoño, y los de mediana edad en lo restante de la misma estación y en el invierno. La primavera produce perturbaciones mentales, melancolías, epilepsias, flujos de sangre, anginas, corizas, ronqueras, toses, lepra, herpes, alfos, multitud de pústulas ulcerosas, tubérculos y dolores articulares.
La primavera (primer verdor) es también llamada la estación del renacimiento que para los pueblos de la antigüedad representaba tanto los poderes de la naturaleza, como su transformación y emergencia cíclica. Para ello baste recordar el mito griego del rapto de Perséfone:
El griego Homero (c. siglo VIII a. de N.E.) refería que durante un tiempo en el sureste de Europa reinaba permanentemente la primavera. Siempre verde y con flores y no había hambre. Esto se le debía a la cuarta esposa de Zeus, Démeter, quien era considerada la diosa de la fecundidad de los campos, de la Madre Tierra y del trigo que proporciona el pan. De la unión de estos dioses nació Core, quien luego sería llamada Perséfone, una joven hermosa adorada por su madre y que solía disfrutar y jugar en un campo repleto de flores. Un día, pasó por allí el terrible Hades, dios de los infiernos que rige en el Tártaro o Mundo de los Muertos, quien se enamoró de Perséfone, raptándola y llevándola consigo a su territorio en el subsuelo. Deméter salió entonces a la búsqueda de su hija llevando una antorcha en cada mano, durante nueve días y nueve noches. Al décimo día el Sol, que todo lo ve, se atrevió a confesarle quién se había llevado a su hija. Contrariada por esta ofensa, Démeter, decidió entonces dejar sus funciones y abandonar el Olimpo. Vivió y viajó por la tierra que estaba entonces desolada y sin ningún fruto ya que, privada de su mano fecunda, esta se secó y las plantas no crecieron más. Ante este desastre Zeus se vio obligado a intervenir pero no pudo devolverle la hija a su madre. Es que Perséfone ya había probado el fruto de los infiernos (la granada) y por eso le era imposible abandonar las profundidades y regresar al mundo de los vivos. Sin embargo, se pudo llegar a un acuerdo: una parte del año Perséfone lo pasaría con su esposo y, la otra parte, con su madre.
Es así que los hombres que miraban y miran al cielo de alguna manera han interpretado su propia relación con el universo dándole orden y sentido. La naturaleza es concebida entonces por el ser humano y transmitida a sus generaciones en forma de cultura, o quizá con más propiedad, en sus diversas formas de cultura, estableciendo y marcando su propio estilo de vida y generando el conocimiento de su “particular” mundo natural; planteando, regulando y ordenando su vida diaria como lo es con la agricultura, pesca, caza, alfarería, comercio, preparación de alimentos e intercambio de información, entre otras.
Así tenemos que en la mirada de la cultura occidental, el concepto de naturaleza es aceptada como una relación de control y dominación, sustentada en una visión mecanicista del universo que establece una separación entre pensamiento, naturaleza y sociedad; en tanto que en China y Japón -por citar sólo dos países- las relaciones con la naturaleza son interpretadas como de cercanía y armonía en la que el cosmos y la persona son una misma entidad, y desde la perspectiva de algunos grupos amerindios, se le acepta como relaciones de subordinación y respeto.
Bajo el estrellado cielo que miraba Nezahualcóyotl (“Coyote-Hambriento o que ayuna”), Tlatoani (erudito, poeta y arquitecto) de Tetzcuco (1431-1472) en el México antiguo, he aquí una de sus poesías que lleva por título Canto de primavera:
En la casa de las pinturas Comienza a cantar, Ensaya el canto, Derrama flores, Alegra el canto. Resuena el canto, Los cascabeles se hacen oír, A ellos responden Nuestras sonajas floridas. Derrama flores, Alegra el canto. Sobre las flores canta El hermoso faisán, Su canto despliega En el interior de las aguas. A él responden Variados pájaros rojos. El hermoso pájaro rojo Bellamente canta. Libro de pinturas es tu corazón Has venido a cantar, Haces resonar tus tambores, Tú eres el cantor. En el interior de la casa de la primavera Alegras a las gentes Tú sólo repartes Flores que embriagan Flores preciosas. Tú eres el cantor. En el interior de la casa de la primavera, Alegras a las gentes.
Finalmente, sea la forma en que los seres humanos miraban y miran al cielo, ya sea para predecir un eclipse, ofrecer un augurio, saber cuándo sembrar o cosechar, emitir una plegaria o solicitar un perdón, para buscar una nueva estrella o galaxia, para disfrutar de la vista de la aurora boreal o para inspirar un poema de amor a la luz de la luna en pleno, entre mil más, lo hacen con los pies sobre la tierra sabiéndose consciente o inconscientemente parte del universo, simplemente polvo de estrellas.