lunes, 29 de octubre de 2012

El proceso mental.

VERICUETOS DEL PENSAR.
© D. R. Xavier A. López y de la Peña
Desde mucho tiempo atrás las ideas sobre las relaciones cerebro-mente, lo material y lo inmaterial, a causado polémica. El cerebro y el pensar son indisolubles ya que no se concibe el uno sin el otro, y muchos pensadores e investigadores han aportado una amplia variedad de conocimientos y concepciones en torno a ello. El pensamiento, la conciencia o la identidad personal radica en el yo interno que emerge de la función cerebral basada en su estructura orgánica al través de la interconexión de cerca de once mil millones de neuronas y cuya función fue poéticamente descrita por Sir Charles Scott Sherrington (1857-1952) galardonado con el premio Nobel en medicina por sus estudios neuronales realizados en 1932, de la siguiente manera:
El cerebro es… un telar encantado donde millones de centelleantes lanzaderas urden un fugaz diseño siempre significativo, aunque jamás duradero.
Al pensar sobre el cerebro se le puede llamar filosofar sobre la materia y de manera amplia unas de las corrientes actuales de este pensamiento se ubican dentro del llamado neorealismo inglés, el materialismo dialéctico y el neopositivismo. Ahora bien, ¿dónde, físicamente radica el pensar? Fuera de las concepciones que le ubicaban en otras partes del organismo humano que no fuera el cerebro, (hígado, corazón) ya Platón concebía al alma compuesta de tres partes y localizaba una de ellas, el alma vital en el tórax, el alma vegetativa en el abdomen y la pelvis y el alma racional en la cabeza. El concepto actual es de que están integrados ambos: pensar-cerebro, funcionalmente son una unidad. Desde el punto de vista de la perspectiva histórica-filosófica (por citar sólo a unos pocos) Heráclito en el siglo V a.C., reconocía la adquisición del conocimiento (o sabiduría) a partir de los órganos de los sentidos con lo que sentó las bases conceptuales de la sensopercepción; Hipócrates de Cos (460-377 a.C.) el llamado padre de la medicina, señalaba al cerebro como la base del pensamiento, la tristeza y el goce otorgándole un estatuto órgano-funcional de primer orden y además "doble", al observar que algunos de los heridos de la cabeza en el lado derecho tenían afectación del cuerpo en el lado izquierdo y viceversa; Herófilo de Calcedonia (año 300 d.C.) reconoció la diferencia que existe entre los nervios sensitivos y motores, el "sentir y el hacer" o lo subjetivo y lo objetivo en el nexo común de una estructura orgánica, y Galeno, el médico romano, quien se refería a las mentalidades agudas asociándolas a una textura cerebral fina y delicada en tanto que a las burdas les confería cualidades ásperas y duras, también ubicaba el sitio de las funciones mentales superiores en las cavidades cerebrales o ventrículos (particularmente el medio). La fascinación por las cavidades cerebrales o "ventrículos" hizo que los "anatomistas" del siglo XII asentaran al sentido común, la imaginación, el raciocinio y otros en los lóbulos frontales, el cerebelo y los ventrículos. Estas ideas y otras, llevaron también al cirujano de Enrique VIII, Thomas Vicary, a localizar (erróneamente por supuesto) a los cinco sentidos y la imaginación en el primer ventrículo, el pensar en el segundo y la memoria en el tercero. En 1575, Huarte de San Juan, relacionaba el tamaño del cerebro con sus capacidades diciendo: "entre los brutos animales, aquéllos que van llegando más a la prudencia y discreción humanas, como la zorra, la mona y el perro, tienen mayor cantidad de cerebro que otros". Renato Descartes (1596-1650) el enorme científico y filósofo-racionalista que en sus estudios sobre el cerebro se ocupó en contar y comparar sus estructuras de manera muy meticulosa, concluyó que la glándula pineal, órgano impar del simétrico cerebro cumplía la función de válvula maestra por su ubicación central. Él resumió, de manera concreta la relación entre mente y cerebro en una frase de extraordinaria sencillez pero de enorme contenido: pienso, luego existo (cogito ergo sum). Baruch Spinoza (1623-1677) unificaba conceptualmente al pensamiento y al cerebro (espíritu y materia) de forma que "la mente y el cuerpo son uno y el mismo individuo que se concibe ya bajo el atributo del pensamiento, ya bajo el de la extensión" y el racional espiritualista Leibniz (1646-1716) afirmaba que a cada acto de conciencia correspondía proporcionalmente un acto físico. De la frenología de Gall del siglo XIX que "localizaba" sobre las eminencias cerebrales actividades congnocitivas, morales y funcionales, a Levi-Montalcini y Cohen que en 1986 recibieron el premio Nobel por su descubrimiento del factor de crecimiento neural, han pasado enormes figuras en los campos de la anatomía, fisiología, bioquímica, patología, etc., ocupados de estudio del cerebro, ése maravilloso órgano con apenas un volumen de 1,500 cm3, en el ser humano, que opera con una corriente de menos de 25 vatios, que recibe la información de cerca de 100 millones de receptores sensoriales distribuidos en el cuerpo y que pesa en promedio unos 1,300 gramos. ¿Puede un cerebro comprender a un cerebro?, quizá la primera respuesta sería iniciar de manera humilde por comprender qué significa "comprender". El neurofisiólogo Dr. Paul MacLean del Laboratorio de Evolución y Conducta Mentales en Poolesville, Maryland, E.U.A. desarrolló hace algún tiempo un modelo conceptual del cerebro constituido por tres partes (el cerebro tri-uno) entrelazadas desde el punto de vista estructural y funcional a la vez, que evolutivamente han surgido y se han superpuesto una a la otra y que, de fuera hacia adentro son: la corteza cerebral (adquirida hace apenas unas docenas de millones de años), el sistema límbico y el rinencéfalo (que evolucionó hace varios cientos de millones de años) y que dan al cerebro "funciones" que van de las racionales a las irracionales. En ese mismo orden: corteza, sistema límbico y rinencéfalo la escuela neurofisiológica rusa (Ivan Pavlov) ubica al sistema de señales, a el reflejo condicionado y el reflejo no condicionado en último término; la psiquiatría psicoanalítica (representada por Sigmund Freud) al super ego, al ego y al id y, dicho ya de manera sintética: los procesos de abstracción, discriminación, simbolización y comunicación se procesan en la corteza, la conducta adaptada adquirida en el sistema límbico y la realización estereotipada innata en el rinencéfalo. El cerebro se comporta como una unidad, sin embargo, es ampliamente conocido que algunas regiones "procesan" ciertos datos, como el habla que le localiza en el área de Broca en un 90% en el hemisferio izquierdo y, como ejemplo sobresaliente tenemos la variación en la modalidad funcional sobre éste órgano, determinada histórico-socialmente y representada por el llamado "cerebro japonés" por cuanto su actuación sobre el habla y escritura "globales" ,ya que el hemisferio derecho se encarga de procesar los caracteres del sistema "kanji", en tanto que el izquierdo procesa los caracteres del sistema "kana" como en la lectoescritura occidental. La génesis y desarrollo de las ideas en torno al tema de la física y metafísica del interesante mundo del cerebro se vuelcan de manera exponencial y no es posible abarcarlo con unas pocas líneas. Se conoce mucho (si se permite el término) sobre su estructura y menos sobre su función. El pinchazo en el dedo de un pie nos mueve a retirarlo de inmediato al través de un arco reflejo con millones de unidades interactuando y que pretendemos conocer, ¿cómo podríamos comprender entonces la emoción que nos despierta un tibio atardecer de verano, la vista de una pintura al óleo o la aterradora violencia de un huracán? La función cerebral, su física y su metafísica son las responsables unitariamente de la conducta, del conocimiento y la sensopercepción a un nivel todavía de extrema complejidad. Dicho con las palabras del Dr. Carl Sagan: "el producto de la operación del cerebro que denominamos mente es, nada más, una consecuencia de su anatomía y función". Sin embargo, hay también corrientes de pensamiento que consideran a la mente y al cerebro como entidades separadas en el que la actividad mental representa una forma de energía cualitativa y cuantitativamente diferentes a los cambios morfo fisiológicos cerebrales y una tercera que integra a las dos teorías anteriores. En términos de la informática actual, como indica el Ing. en electrónica Sergio Moriello, puede considerarse al cerebro (estructura) como el “hardware” y a la mente (proceso) como el “software” que, en el orden biológico están integrados e interactúan entre sí constituyendo un sistema fluido, adaptable y elástico que evoluciona y se modifica con el tiempo a medida que la persona crece y aprende. Simplemente a la mente no puede considerarse separada del cerebro, como tampoco del cuerpo y del entorno (tanto físico como social). En consecuencia, se lo debe considerar como una unidad conceptual indivisible.
Probablemente sea válido ahora invertir la frase anteriormente referida de Renato Descartes que reza: pienso, luego existo (cogito ergo sum) por la de existo, luego pienso (sum ergo cogito). ¿Cuál es su corriente de pensamiento sobre el cerebro-mente?

jueves, 20 de septiembre de 2012

La Raza

DÍA DE LA RAZA
© DR. Xavier A. López y de la Peña
¿De dónde proviene, Arjuna, en estos instantes críticos, ese torpe desaliento, indigno de un hombre de noble raza; esa cobardía que cubre de ignominia y cierra las puertas del cielo? Palabras de Krishna. Canto II de El Bhagavad Gita. Siglo III a.C.
La humanidad es única y desde tiempos inmemoriales se han establecido “diferencias” raciales basados en su apariencia, costumbres, color de piel, lugar de origen, posesiones, capacidades, etc. Mucha tinta se ha usado sobre el análisis y discusión del asunto y ya la Conferencia de antropólogos físicos y genetistas convocada por la UNESCO en 1952 emitía -entre otras- la siguiente conclusión: “Los datos y los conocimientos científicos de que se dispone sobre esta materia [la raza]no constituyen una base que nos permita afirmar que los grupos que integran la humanidad difieren entre sí en su innata capacidad de desarrollo intelectual y emocional.” No es la naturaleza -señalamos de forma sobresaliente- sino la sociedad, la que ha pretendido dar un sitio diferente a la humanidad, clasificándolos en superiores o inferiores para -¡entiéndase bien!- justificar y racionalizar de alguna manera, la tendencia a la explotación y sometimiento de sus congéneres. Hesíodo (ca. 700 a.C.) el poeta épico ateniense ya nos regalaba en su poema Los trabajos y los días, la ideología mitológica de la creación con su diferenciación en razas -con grandes diferencias entre ellas, por supuesto- y referidas a las cualidades variantes de los metales diciendo que: de Oro fue la primera raza de hombres perecederos creada por los Inmortales, que eran a su vez moradores de las mansiones olímpicas. Existían en tiempos de Corno, cuando este reinaba en el cielo. Igual que dioses vivían, con el corazón libre de cuidados, lejos y a salvo de penas y aflicción. Una vez desaparecidos se convirtieron en los Genios buenos, guardianes de los mortales. La segunda raza, inferior a la primera fue la de Plata. De dilatada infancia -cien años- crecía entre juegos y, al llegar a la adolescencia, su vida duraba poco tiempo y sufrían dolores por sus locuras. No sabían abstenerse de recíproca insolencia arrebatada. No querían servir a los inmortales, ni ofrecer sacrificios por lo que Zeus Cronión los sepultó furioso al negarse a dar honores a las deidades. Zeus luego creó la tercera raza de hombres mortales, la de Bronce. Se ocupaban en las obras luctuosas de Ares y en las osadías. No comían pan; de duro acero tenían implacable corazón, e inspiraban miedo. Eran de bronce sus armas y murieron por sus propios brazos llegando a la pútrida mansión del escalofriante Hades, privados de nombre. Luego Zeus -también-, creó una cuarta raza, más justa y más valiente, la raza divina de los Héroes, que llaman Semidioses, la generación que nos precedió en la infinita tierra. En el México prehispánico, y particularmente en la mitología náhuatl se encuentran interpretaciones generacionales en cuanto a la creación, marcado en Eras o Soles en las que resaltan asimismo las diferencias. El primer mundo, Era o Sol, fue llamado el Sol de Noche o Sol de Tierra que estaba simbolizado por el totémico tigre y que constituía el reino de la materia obscura, sin esperanza de redención del que nadie pudo salvarse. Fue una generación primigenia perdida. El segundo Sol o la segunda Era estuvo presidido por Quetzalcóatl -la serpiente emplumada- como dios del Viento. Dios del Aire o del espíritu puro, predestinado a la reencarnación o el retorno como amargamente llegaría a reconocer el emperador Moctezuma cuando Hernán Cortés merodeaba por el Golfo de México, y cuyos habitantes eran convertidos en monos. El tercer Sol fue el Sol de Lluvia de Fuego que todo lo asoló y del que sólo los pájaros lograron sobrevivir. El Sol del Agua le siguió en el cuarto lugar y es de él de donde surgen los peces. En último lugar, el quinto Sol, el Sol del Movimiento (Naollin -cuatro movimiento-) es el sol de nosotros, de los que hoy vivimos. El Sol del Quetzalcóatl que retorna. El arriba y abajo como referentes sociales que adjetivan calidad, tienen como símbolos correspondientes al sol y la tierra, lo blanco y lo negro. El descubrimiento de América hizo que se llamaran “indios” en general a los nativos de América por un error de Cristóbal Colón, independientemente de sus enormes “diferencias” como lo demuestran los adjetivos con los que se refería a ellos, como el del caribe siempre fiero, belicoso y antropófago; el otomí ancestral que habitaba cuevas; el salvaje jíbaro; el uro, del que se decía que era más pez que hombre; el constructor maya y el orfebre chibcha; el legislador incaica y el ceramista yunga; el tejedor coya; el guerrero azteca guiado por Huitzilopochtli -el colibrí zurdo- en la búsqueda de corazones que ofrendar y el canibalesco chiriguano; los indómitos diaguitas y araucanos; el huidizo y tímido jurí; el nómada lule y los feraces chichimecas; el sedentario comechingón y el fiero guaraní. Todos ellos diferentes en colores de la piel, teogonías, destrezas, lenguas, costumbres y ambientes de desarrollo. Gonzalo Fernández de Oviedo hacía referencia a que los “indios” eran -marcaje o etiquetamiento social- “naturalmente vagos y viciosos, melancólicos, cobardes y, en general gente embustera y holgazana. Sus matrimonios no son sacramento -sigue marcando- sino un sacrilegio. Son idólatras, libidinosos y sodomitas. Su principal deseo es comer, beber, adorar a los ídolos paganos y cometer obscenidades bestiales”. Errores magníficos para “someter a los otros”, como la tristemente célebre Notificación y requerimiento que se ha de hacer a los moradores de las islas e tierra firme del mar océano que aún no están sujetos a Nuestro Señor, del jurisconsulto español Juan López de Palacios Rubios (1524) en la que demandaba el reconocimiento “a la Iglesia por señora y superiora del universo mundo y al Sumo Pontífice llamado Papa, ... y al rey y la reina nuestros señores, ... como a superiores e señores y reyes desas islas y tierra firme. [...] Si así lo hiciéredes, haréis bien, ... Si no lo hiciéredes, ... con la ayuda de Dios, yo entraré poderosamente contra vosotros y vos haré la guerra por todas las partes y maneras que yo pudiere, y vos sujetaré al yugo y obediencia de la Iglesia y Sus Altezas, y tomaré vuestras personas y de vuestras mujeres e hijos y los haré esclavos, y como tales los venderé y dispondré dellos como Su Alteza mandare, y vos tomaré vuestros bienes, y vos haré todos los males que pudiere, como a vasallos que no obedecen ni quieren recibir a su señor, y le resisten y contradicen, y protesto que las muertes y daños que dello se recrecieren sean a vuestra culpa y no de Su Alteza ni la mía, ni destos caballeros que conmigo vinieren....” La mezcla de sangres entre europeos y americanos llevó a establecer ciertas clasificaciones de cruzamientos en México, que dieron paso a la nominación y ulterior diferenciación en clases sociales por el color de la piel en la llamada “pigmentocracia” reinante hasta finales del dominio español, en Hispanoamérica como a continuación se señala: RAZA A + RAZA B = RAZA C Español + Indio: Mestizo. Español + Mestizo: Castizo. Español + Castizo: Española. Español + Negro: Mulato. Español + Mulato: Morisco. Español + Morisco: Albino. Español + Albino: Torna atrás. Torna atrás + Indio: Lobo. Lobo + Indio: Sambayo. Sambayo + Indio: Cambujo. Cambujo + Mulato: Albarazado. Albarazado + Mulato: Barcino. Barcino + Indio: Coyote. Coyote + Mulato: Chamiso. Las clases sociales establecidas en esa época eran, de mayor a menor jerarquía: 1) La de los españoles peninsulares y canarios que ocupaban la cúspide de la escala social y de la alta administración; 2) Los españoles americanos o criollos conformados generalmente por terratenientes, comerciantes e intelectuales; 3) La de individuos de “raza” mezclada como mestizos, mulatos y otros, estaban conformados por pequeños comerciantes, empleados subalternos y la milicia; 4) Indios dedicados a los trabajos agrícolas y mineros y, 5) La de los negros que conformaban la servidumbre y esclavitud. Colores de piel, diversidad categórica de la raza. Ahora bien podríamos preguntarnos como hace José Antonio Rial: ¿Hay una raza hispanoamericana? No; pero hay unos países llamados así -si es que no prefieren ser llamados latinoamericanos o indoamericanos-, y estos pueblos, que hablan un solo idioma, el español, y tienen una sola fe, la católica y dos tradiciones, la de sus aborígenes y la española, con la cual les llegó el aporte de toda Europa y parte de Asia y África, para España, que no entiende de colores de piel, son una raza porque implican unidad de lengua, creencias, costumbres, etc. Llamar a esto raza, es como llamar a España, España, y no establecer diferencias entre un andaluz, un marroquí, un vasco, un gallego o de un judío mallorquín, que también los hay, es lo que el hispano ha tratado de hacer siempre. El concepto de raza, entendido así, sirve para integrar, unir, acercar, en vez de servir para crear odio y distancias. El historiador norteamericano, Lewis Hanke, hablando de la influencia de los conquistadores por “adoctrinar en su religión” a los sometidos, dijo que “ninguna nación europea, exceptuando posiblemente a Portugal, tomó tan en serio sus deberes cristianos hacia los pueblos indígenas como lo hizo España. Inglaterra, ciertamente no lo hizo, pues como dijo un predicador de Nueva Inglaterra: “los puritanos esperan a encontrar a los indios pequots en el cielo, pero quieren mantenerse apartados de ellos en el país”. ¡Hágase la voluntad de Dios, pero en la parcela de mi vecino! El prejuicio que ocasionan las “diferencias” mantenidas a lo largo de las generaciones entre las personas nos llevan a recordar que Neftalí Ricardo Reyes Basoalto (1904-1973) mejor conocido como Pablo Neruda, recién llegado con carácter de diplomático a México se propuso elaborar una revista en la que pudiera dar a conocer a su patria, Chile. La revista que llevó por nombre Araucanía fue publicada al fin, y en su primer número se presentaba en la portada a una joven araucana de bella sonrisa. Su autor, lleno de orgullo por supuesto, hizo llegar por correo certificado algunos ejemplares de la misma dirigidos al Presidente, al Ministro y al Director Consular de su país. Pocas semanas después recibió la siguiente respuesta: “Cámbiele de título o suspéndala. No somos un país de indios”. Son órdenes de la Presidencia de la República, acotó el embajador chileno en México. Diego Robles, un arquitecto peruano negro dijo en 1964 acerca de la discriminación racial en su país: “Aquí no hay discriminación...[..] A veces un negro se va a inscribir en una escuela y no encuentra plaza. No hay plaza para negros. La policía peruana discrimina: cree que los negros son, en general, delincuentes, y en la sierra muchos negros viven todavía como esclavos de las haciendas”. En el asunto de la raza, España y América aún hoy divergen en sus apreciaciones precisamente en el llamado día de la raza que se celebra el 12 de octubre. Para los primeros relucen enormemente los recuerdos del capitán conquistador Hernán Cortés, de Francisco Pizarro o Jiménez de Quesada por citar sólo unos cuantos, en tanto que para los segundos, surgen egregias las figuras de el cura Miguel Hidalgo y Costilla, Simón Bolívar, la de Martí, Miranda o San Martín; los indígenas no se mencionan. Hay preferencias jerárquicas notables. La categorización escalar en nuestro país, aún con el matiz de los tiempos modernos no deja de ser manifiesta y los indígenas siguen ocupando un lugar bajo. Como ejemplo tenemos que “el 83% de la población indígena de México vive en condiciones de ‘alta’ y ‘muy alta’ marginación, y abundan los asesinatos y desapariciones, al extremo de que tan sólo en el sexenio 1988-1994 se registraron 18,031 casos de violaciones a las garantías individuales en este grupo, como lo revelaron los defensores de los derechos humanos”.
Como nación, exaltamos a la mirada ajena, la de los extranjeros, nuestro monumental pasado nativo representado en los magníficos monumentos pétreos y gráficos que exhibimos en el Museo Nacional de Antropología e Historia, mientras que rechazamos y marginamos a nuestro compatriota nativo, cuya cultura es tan ajena a nuestra propia mirada. El «Día de la Raza», 12 de octubre, es así un espejismo del multiculturalismo en México, repetido año con año a partir de 1928 en el que se estableció por iniciativa de José Vasconcelos dándole un significado de mestizaje y sincretismo cultural.

jueves, 9 de agosto de 2012

La Naturaleza

IDEAS SOBRE LA NATURALEZA
© DR. Xavier A. López y de la Peña
“...nada muere ni nada vive; todo pasa por etapas que se suceden unas a otras sin que la esencia cambie. Al morir el Hombre se reintegra al telar cósmico y la aguja tejedora vuelve a comenzar a trabajar para él; todos los seres salen así un día de la hilandería cósmica para volver a entrar y luego volver a salir.” En el antiguo libro chino Chu-Fuh-Ling de Lieh Tsé.
Todo lo que rodea al ser humano es la naturaleza. Él mismo es naturaleza. En el pensamiento griego se generaron varias corrientes que trataron de explicar las relaciones entre el hombre y la naturaleza girando sobre dos ejes: el de la motilidad y la objetividad llevando implícitamente la tentativa de establecer una teoría general del mundo basada en el quehacer cotidiano, haremos un breve asomo a estas ideas. Tales de Mileto, el filósofo jónico considerado padre de la filosofía, estaba en la creencia de que el mundo estaba habitado por innumerables dioses que le regían, en contraposición con los atomistas que establecían la inexistencia de los espíritus y que sólo los cuerpos tangibles eran reales; principio divergente y común entre la ciencia y la fe. También a este pensador, maravillado con sus observaciones sobre el mar, en su ir y venir constante y del conocimiento de sus tres estados: líquido, sólido y gaseoso, se le hace acreedor a la teoría de que todas las cosas estaban constituidas originalmente por agua de la que se formaron la tierra, el aire y todos los seres vivos. Tales fue un hilozista porque se dice que reunía inseparablemente a la materia con la vida. Uno de sus discípulos, Anaximandro, introdujo después en su ideología un concepto importantísimo en la historia del pensamiento: el apeiron, traducido como lo infinito, lo indeterminado o lo infinito. Parménides de Elea (Elea, hoy llamada Castellamare, en Italia) sostenía que todo en el mundo era inmóvil, inmutable, en tanto que Heráclito afirmaba que todo estaba en movimiento basado en el elemento fuego. Todas las cosas -decía- se cambian en el fuego y el fuego se cambia en todas, como el oro por mercancías y las mercancías por oro. Protágoras, en fin, reunió las diversas ideas de pensamiento centrándolas en la persona -el hombre es la medida de todas las cosas-. El hombre era así el centro de la reflexión y su pensamiento en torno a la naturaleza estaba cimentada en que no había modos ni grados del ser, las cosas eran o no eran y para comprobarlo decía que si sentía frío al tocar un objeto era porque este era frío, si algo le sabía dulce, era porque dicho elemento era dulce. Su ideología se definía en base al nivel de las sensaciones y de su capacidad de percibirlas e interpretarlas, siempre en constante transformación. Para él todo era móvil coincidiendo con Heráclito. Mis sensaciones -decía Protágoras- no se producen por sí mismas, sino siempre en relación con algún proceso de estímulo. Este a su vez no se experimentará tal como es en sí mismo, sino sólo tal como es en relación conmigo y con mis órganos de percepción. El mundo cambia constantemente y no es posible, ni necesario especular sobre su causalidad. El hombre en el medio de la naturaleza cambiante surge con la intuición inventiva y creadora que le ha hecho sobrevivir entre los animales mejor dotados físicamente que él y sobre las fuerzas extrañas de la misma naturaleza mudable y muchas veces hostil. Pitágoras (582 - 500 a.C.) agregó los números a la naturaleza para darle sentido, y de su escuela los pitagóricos establecieron relaciones del alma con las formas eternas de los números llegando a la conclusión de que el mundo en su totalidad estaba constituido por números puros. Parménides de Elea (450 a.C.) de quien hicimos breve alusión más arriba, conocido como el filósofo de la razón pura, de la verdad, se opuso a la técnica de observación y experimentación basado en la falibilidad de los sentidos -ojos que ven pero no miran, como oídos que oyen pero no escuchan-, en contraposición a que las verdades relativas al número y apreciadas por la razón pura, eran absolutas. Demócrito salió al paso contra la teoría del universo constituido por números ideales al concebirlo formado por innumerables partículas indivisibles llamadas átomos que adoptaban muchas formas geométricas con lo que explicaban su gran capacidad de combinarse y de formar las múltiples estructuras de la naturaleza y, de cuyo movimiento en el vacío -otro nuevo concepto introducido por él y aterrador para los pensadores anteriores- se explicaban los cambios visibles. Sócrates, tan célebre como su frase del “conócete a ti mismo”, el enorme sofista amante de la bondad que contribuyó a la metodología racional con sus razonamientos inductivos y la definición universal, concibió el mundo más allá de una sencilla o compleja y embrollada percepción por los sentidos siguiendo a Parménides. El mundo tenía una estructura definida e invariable capaz de aprehenderse sólo con la razón y no con los sentidos. Así, la naturaleza no estaba constituida por un caos accidental sino como un sistema perfectamente ordenado de elementos interactuantes entre sí. El hombre es el término del orden natural y sólo él puede iluminar a la naturaleza con el entendimiento y conducir su vida y actividades en una armonía voluntaria con este orden. Su principal objetivo era la bondad individual, o virtud, que resultaba originalmente del conocimiento. Platón, el discípulo de Sócrates quien dijo refiriéndose al maestro: fue, en verdad, el más sabio, el más justo y el mejor de los hombres que jamás haya conocido llevó adelante las ideas del maestro estableciendo que los elementos de la naturaleza aparentemente estables como un caballo, el hombre o una montaña y las virtudes como la templanza y la justicia existen aparte de las cosas sujetas al cambio. Fue el filósofo de la belleza que enseñó durante cuarenta años en los jardines del héroe Academo (de aquí el origen de la palabra academia) su doctrina y a cuya entrada podía leerse la célebre frase: “No entre aquí quien ignore las matemáticas”. Platón vino a zanjar la diferencia entre el pensamiento popular que consideraba que los cuerpos celestes eran seres divinos, contra la impía creencia de los filósofos jónicos que les consideraba esferas de fuego que erraban a través del cielo, al reunir las matemáticas con la teología afirmando que los planetas mostraban su divinidad en la inmutable regularidad de sus movimientos perfectos y circulares, formando entre todos ellos la inaudible armonía de las esferas y proscribiendo con ello cualquier alteración en los cielos. Ahogó el pensamiento pitagórico que establecía que la tierra se movía y también estableció distingos de clase entre los hombres, algunos con cualidades del oro o del bronce dedicados a mandar y ser servidos, y otros, los más a servir y ser esclavos. La naturaleza en su concepción estaba conformada por tierra, aire, fuego y agua. Aristóteles, nacido el año 384 a.C. y discípulo de Platón discrepaba muchas veces con él diciendo, soy amigo de Platón, pero más amigo de la verdad, y considerada que sólo a través de los sentidos podría hacerse de la verdad y se dedicó fervientemente a clasificar todos los campos del saber por lo que se hizo acreedor a ser llamado el más enciclopédico de los filósofos. Para este pensador, el universo era un cosmos ordenado de entes en cambio constantes y en diferentes niveles; cosas inorgánicas, plantas, animales y hombres eran todos dependientes de un primer principio al que llamó el acto perfecto. Estableció que los cambios en los entes eran resultados de un acto cuya actividad (energeia) mediadora operaba indefectiblemente. Estos tipos de cambio eran: generación y corrupción, locomoción o cambio de lugar, crecimiento y disminución o cambio de tamaño y, por último, la alteración o cambio de cualidad. Consideraba que el cambio más importante era el de la generación, merced a la cual se originaba una nueva substancia. Esta substancia existe, no como una propiedad de otra (un accidente) sino en sí misma. Que contiene la materia de la que surgió y una composición esencial o forma que la convierte en el tipo de objeto que es. De ahí que la capacidad de la mente humana tienda a definir cada ser natural mediante un género, que está en correspondencia con su materia, y una diferencia específica, que corresponde a su forma última esencial.