viernes, 1 de abril de 2016

El hombre que miraba al cielo.

Sobre mirar al cielo y la primavera.
DR Xavier A. López y de la Peña
Hace millones de años el ancestro del ser humano formaba una unidad con la naturaleza y se sometía a ella como todos los demás seres vivos. Poseedor de un cuerpo físico en el que variados elementos básicos de la materia primigenia -polvo de estrellas- como el carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, fósforo y azufre, entre otros, se entremezclaron de cierta manera en su composición y le hacían capaz de moverse, alimentarse y reproducirse. Todo ello cambió después cuando hace más de seis millones de años ocurrió la «hominización», esto es, el evolutivo paso biológico del primate al hominino, una sub tribu de primates homínidos que se caracterizan por su postura erguida y la locomoción bípeda, rama de la que sólo hasta ahora sobrevive el Homo sapiens (nosotros).
Hombro con hombro en este proceso evolutivo físico se dio la evolución cultural que se transmite a las nuevas generaciones por vía no genética, entendiendo aquí como «cultura» al conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, tecnológico, en una época y grupo social determinado. En el curso de esta evolución cultural el ser humano adquirió el control del fuego, paso trascendente al mejorar con la cocción de los alimentos la absorción de proteínas e hidrocarbonados de su dieta, de proporcionarse calor ante el inclemente tiempo, de protección contra sus depredadores y de incrementar sus labores durante la noche. Tuvo así su primer hogar.
Durante este prolongado tiempo evolutivo (según nuestra propia estimación del tiempo), el ser humano miraba y escudriñaba constantemente el cielo; reconoció el poder del sol e hizo conciencia del cambio de las estaciones y planificó sus actividades conforme estas variaciones cíclicas de la naturaleza. Dada su capacidad intelectual legó sus conocimientos a su descendencia como lo prueba el hecho de que del Paleolítico superior (hace cerca de 35,000 años) proviene el llamado «hueso de Lebombo», que consiste en un peroné de babuino marcado con 29 muescas distintas, descubierto en la Cordillera Lebombo en Suazilandia, sugiriendo que el hueso podría haberse utilizado para marcar los días de un ciclo lunar o menstrual. Hace más de 10,000 años surgió la agricultura de manera independiente en Mesopotamia y Egipto, Asia y Mesoamérica, así como también la domesticación de animales.
Fue entonces que la mirada al cielo se hizo más importante para decidir, según las diversas estaciones cuándo era el tiempo más propicio para sembrar y cosechar. Surgen entonces las primeras civilizaciones, como la Sumeria, que nos legara la escritura, la rueda, el carro y otras muchas allá por el año 3,000 a. de N. E. El sol, generador y motor de la vida fue considerado entonces por los que miraban el cielo, como una deidad. De esta manera, entre los sumerios le llamaban Utu (Shamash, en acadio), el dios que se daba cuenta de todo lo que ocurría en la tierra y por tanto se le consideraba también: dios de la justicia.
El dios sol era conocido como Helios entre los griegos, Inti en la cultura inca, Xué entre los muiscas, Tonatiuh entre los aztecas, Ra entre los egipcios y con muchos otros nombres entre otras tantas culturas en el planeta. Por lo tanto, desde las observaciones que antaño hacían los que miraban al cielo hasta nuestros días, la vida en el planeta en todos sus órdenes depende directa o indirectamente de la energía que nos provee el sol. Así también es el responsable de la circulación atmosférica, del clima y de las estaciones: primavera, verano, otoño e invierno. Este cambio de estaciones se debe a la inclinación del eje de giro de la Tierra respecto al plano de su órbita alrededor del sol, no como popularmente se cree porque la órbita terrestre alrededor del sol sea un poco elíptica. Dichas estaciones corresponden a la posición precisa de la órbita terrestre, opuestas dos a dos, y que reciben el nombre de equinoccios (del latín aequinoctium, noche igual) de primavera y otoño y solsticios (del latín solstitium, sol quieto) de invierno y verano.
El cambio cíclico de las estaciones marcaba todas las actividades vitales en el planeta y llegaron a relacionarse en gran medida con la salud y la enfermedad; así, Hipócrates de Cos, considerado el padre la medicina occidental estableció las siguientes sentencias relacionadas, particularmente, con la primavera:
Cuando el estío parece una primavera, disponte a ver en las fiebres sudores copiosos. Las enfermedades en el otoño son muy agudas y graves en extremo; la primavera es muy saludable y poco mortífera. Si el invierno es seco y dominan vientos del norte, y la primavera lluviosa con vientos de mediodía, habrá forzosamente en el estío fiebres agudas, oftalmías y disenterías, especialmente en las mujeres y en los hombres de temperamento húmedo. Mas si el invierno es lluvioso y templado, y reinan vientos del sur, y la primavera seca y fatigada de vientos del norte, las mujeres a las cuales corresponde parir en ella, abortarán con el más leve motivo; o si llegan a parir, tendrán hijos tan endebles o enfermizos, que o bien morirán desde luego, o se criarán enclenques y valetudinarios. Las demás gentes padecerán disenterías y oftalmías secas, y los viejos, catarros que les quitarán la vida en breve tiempo. En la primavera y entrada de verano, los niños y los próximos a la infancia gozan buena salud y están alegres. Los viejos en el estío y parte del otoño, y los de mediana edad en lo restante de la misma estación y en el invierno. La primavera produce perturbaciones mentales, melancolías, epilepsias, flujos de sangre, anginas, corizas, ronqueras, toses, lepra, herpes, alfos, multitud de pústulas ulcerosas, tubérculos y dolores articulares.
La primavera (primer verdor) es también llamada la estación del renacimiento que para los pueblos de la antigüedad representaba tanto los poderes de la naturaleza, como su transformación y emergencia cíclica. Para ello baste recordar el mito griego del rapto de Perséfone:
El griego Homero (c. siglo VIII a. de N.E.) refería que durante un tiempo en el sureste de Europa reinaba permanentemente la primavera. Siempre verde y con flores y no había hambre. Esto se le debía a la cuarta esposa de Zeus, Démeter, quien era considerada la diosa de la fecundidad de los campos, de la Madre Tierra y del trigo que proporciona el pan. De la unión de estos dioses nació Core, quien luego sería llamada Perséfone, una joven hermosa adorada por su madre y que solía disfrutar y jugar en un campo repleto de flores. Un día, pasó por allí el terrible Hades, dios de los infiernos que rige en el Tártaro o Mundo de los Muertos, quien se enamoró de Perséfone, raptándola y llevándola consigo a su territorio en el subsuelo. Deméter salió entonces a la búsqueda de su hija llevando una antorcha en cada mano, durante nueve días y nueve noches. Al décimo día el Sol, que todo lo ve, se atrevió a confesarle quién se había llevado a su hija. Contrariada por esta ofensa, Démeter, decidió entonces dejar sus funciones y abandonar el Olimpo. Vivió y viajó por la tierra que estaba entonces desolada y sin ningún fruto ya que, privada de su mano fecunda, esta se secó y las plantas no crecieron más. Ante este desastre Zeus se vio obligado a intervenir pero no pudo devolverle la hija a su madre. Es que Perséfone ya había probado el fruto de los infiernos (la granada) y por eso le era imposible abandonar las profundidades y regresar al mundo de los vivos. Sin embargo, se pudo llegar a un acuerdo: una parte del año Perséfone lo pasaría con su esposo y, la otra parte, con su madre.
Es así que los hombres que miraban y miran al cielo de alguna manera han interpretado su propia relación con el universo dándole orden y sentido. La naturaleza es concebida entonces por el ser humano y transmitida a sus generaciones en forma de cultura, o quizá con más propiedad, en sus diversas formas de cultura, estableciendo y marcando su propio estilo de vida y generando el conocimiento de su “particular” mundo natural; planteando, regulando y ordenando su vida diaria como lo es con la agricultura, pesca, caza, alfarería, comercio, preparación de alimentos e intercambio de información, entre otras.
Así tenemos que en la mirada de la cultura occidental, el concepto de naturaleza es aceptada como una relación de control y dominación, sustentada en una visión mecanicista del universo que establece una separación entre pensamiento, naturaleza y sociedad; en tanto que en China y Japón -por citar sólo dos países- las relaciones con la naturaleza son interpretadas como de cercanía y armonía en la que el cosmos y la persona son una misma entidad, y desde la perspectiva de algunos grupos amerindios, se le acepta como relaciones de subordinación y respeto.
Bajo el estrellado cielo que miraba Nezahualcóyotl (“Coyote-Hambriento o que ayuna”), Tlatoani (erudito, poeta y arquitecto) de Tetzcuco (1431-1472) en el México antiguo, he aquí una de sus poesías que lleva por título Canto de primavera:
En la casa de las pinturas Comienza a cantar, Ensaya el canto, Derrama flores, Alegra el canto. Resuena el canto, Los cascabeles se hacen oír, A ellos responden Nuestras sonajas floridas. Derrama flores, Alegra el canto. Sobre las flores canta El hermoso faisán, Su canto despliega En el interior de las aguas. A él responden Variados pájaros rojos. El hermoso pájaro rojo Bellamente canta. Libro de pinturas es tu corazón Has venido a cantar, Haces resonar tus tambores, Tú eres el cantor. En el interior de la casa de la primavera Alegras a las gentes Tú sólo repartes Flores que embriagan Flores preciosas. Tú eres el cantor. En el interior de la casa de la primavera, Alegras a las gentes.
Finalmente, sea la forma en que los seres humanos miraban y miran al cielo, ya sea para predecir un eclipse, ofrecer un augurio, saber cuándo sembrar o cosechar, emitir una plegaria o solicitar un perdón, para buscar una nueva estrella o galaxia, para disfrutar de la vista de la aurora boreal o para inspirar un poema de amor a la luz de la luna en pleno, entre mil más, lo hacen con los pies sobre la tierra sabiéndose consciente o inconscientemente parte del universo, simplemente polvo de estrellas.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Del sentimiento rítmico de la vida.

Ritmo.
“La música es la receta perfecta para todo facultativo agobiado de trabajo”.
Dr. Harvey Salomón. Internista-timbalero, Nueva York. 1966
© DR Xavier A. López y de la Peña
La vida es todo ritmo. Estamos sometidos a las variaciones rítmicas estacionales de primavera al invierno, ciclos día-noche, frío y calor, y al cambio cósmico cíclico también con variaciones temporales diversas como algunos de los factores externos. Somos compañeros inevitables de nuestro propio y rítmico latido cardíaco, del ritmo respiratorio, de la cadencia de nuestro talante que oscila rítmicamente también entre la alegría y la depresión, de ciclos hormonales circadianos, ultradianos e infradianos como algunos factores internos. La expresión emocional vibra también a ritmos. Con la voz inicialmente expresamos nuestras emociones -a más de gestos y posturas- y luego a través de instrumentos. Sonidos rítmicos creados con instrumentos que posteriormente se armonizaron.
¿Qué música nos hace vibrar de emoción? ¿Qué emoción despiertan? Habrá quien llegue a las lágrimas con el canto de un jilguero o el de un canario, como quien se cimbre más ante la modulación de sonidos que con el ritmo como sucede entre los mongoles.
Recuerdo a un viejo argelino, Ahmed, que al tañer acompasadamente un instrumento de cuerdas de fabricación propia pedía a los transeúntes, en los suburbios de Orán, alguna moneda para poder sobrevivir. Música, ritmo y sentimiento de la miseria del ejecutante, haciendo vibrar la compasión del distraído viajero.
Música sacra y profana, contraste de comunicaciones emocionales entre lo sagrado y lo terreno aunque de cualquier forma, sublimes ambos; música folklórica y popular que señala un lugar con sus usos y costumbres tradicionales como la interpretada por un solitario violinista de Helsingland, al oeste de Suecia, contra la sinfónica que alcanza un nivel universal; música infantil que recrea sueños y fantasías propias del menor, contra el estridente ritmo juvenil que en su expresión musical nos demuestra sus pasiones, desencuentros y búsquedas de adolescente ávido por crecer y ser; música para evocar o, inclusive, para forzar a comer. Ritmo que excita a favor o deprime en contra de una u otra expresión emocional.
El ritmo es también señal. Ha sido usado como señal de duelo -deprime-; señal de alerta -excita- como el ulular de las sirenas que previenen sobre un inminente bombardeo o del paso de una ambulancia; solicitud de socorro -demanda- como el representado por el lenguaje Morse con su SOS (tres golpes cortos, tres golpes largos y tres golpes cortos); bienvenida –alegría-. Juego: fanfarria olímpica. Guerra, marcha militar con olor a muerte, rígida. Acongoja si la cadencia del ritmo unida a la experiencia personal nos hace rememorar algún episodio triste en nuestro pasado como escuchar un lánguido dúo de damas japonesas tocando típicos instrumentos de cuerdas: el gekkin y el samisen.
Incita a beber y comer cuando se le escucha en los restaurantes o tabernas haciendo que el comensal o bebensal entre en tensión, y la desesperación -respuesta subliminal- inconsciente que genera, les haga pedir otra copa más o un pastelillo adicional, para mitigarle. Música con mariachis en el Asador Musquis, fiesta, disipación, alegría y jolgorio con el toque nacionalista. Regocijo. El ritmo de las bandas de guerra que al son de sus marchas militares nos indican y marcan orden, disciplina. Ritmos que alientan al honor en la defensa (¿) de una causa, en morir dignamente para ser glorificados y en el matar al prójimo -sin remordimiento- a grado de excelsitud: ... al sonoro rugir del cañón. Ritmo nacionalista o regionalista.
Ritmos cuya cadencia nos hace entrar en un sopor que invita, irremediablemente al sueño. El rítmico sonido del oleaje, relaja y hace entrar en sincronía a nuestros sentimientos. Tic tac de la naturaleza que impacta a otra naturaleza.
Villancicos, o aguinaldos venezolanos evocando episodios navideños cristianos. Rítmico el masaje que en el ir y venir de la mano, o las manos, impulsada por el músculo de ejecutante, hacen fluir el tónico para mitigar la contractura, posicionar la vértebra, reubicar el despistado tendón o dinamizar la linfa estancada. Relajar la tensión.
Ritmo en el aquelarre, las ceremonias de iniciación donde desbordan las acciones colectivas de posesiones ultraterrenas y demoníacas. Ritmo de la marcha nupcial indicando la unión de dos personas ante la sociedad. Ritmo que mueve a convulsión y posesiona a los participantes en ciertas ceremonias haitianas, impregnados de vudú al monótono son de los tambores.
La voz humana que sigue el ritmo de la música y genera también intensas emociones es, en algunos casos, incapaz de ser superada por otros. Es así, que la interpretación de la canción de 1951 Padam-padam interpretada sin el particularísimo estilo de la francesa Edith Piaf, carecería de todo encanto. El artista imprime emoción también al ejecutar su instrumento, sentimiento que se trasmite a quien le escucha. Ritmo, tono, altura, compás, textura, duración, timbre. Emoción en todo. Ritmo y comercio. “Al son que me toquen bailo”, espectáculo taquillero, disco de platino por ventas en el mundo a cierto exitoso fonograma.
Ritmo con el cuerpo en las artes marciales desde el más sutil hasta el más enérgico, con o sin contacto físico con otro. Ritmo en la práctica gimnástica y para el acondicionamiento físico; ritmo del desarrollo muscular a fuerza de contraer una, dos, tres y mil veces más un músculo o un grupo muscular contra una carga determinada; ritmo de construcción de imagen corporal. Ritmo para el baile: danzón, cumbia, vals, joropo, merengue.... Ritmo negro, blanco, amarillo impulsado por el color de la piel de las personas de una u otra región. Ritmo en la siega del trigo, en la pizca del tomate combinando sudor y esfuerzo. Ritmo de banyo (como la famosa composición instrumental de Arthur "Guitar Boogie" Smith, de 1955 para banjo bajo el título Feudin' Banjos) o del blues que surge de las manos negras del recolector de algodón norteamericano como la obra Summertime, aria compuesta en 1935 por George Gershwin, en que nos ofrece una canción cargada de dolor, sufrimiento, esperanza tal vez.
Una vez de viaje en Guatemala, reunidos en una larga casa con techumbre de paja llena de gente, nos sentamos en unas sillas hechas de cuero en el centro. Llegaron luego veinte músicos vistosamente vestidos con chalecos policromos, fajines, pañuelos y calzones cortos, cargando marimbas hechas por ellos mismos y, a su ritmo ejecutaron un repertorio musical incitante mezclado con los olores de la campiña de la ciudad de Retalhuleu, animados entre el calor humano concentrado y los efectos de la chicha.
Ritmos los hay para una contada elite refinada en la que una sinfonía de Mozart, un cuarteto de Beethoven, una pieza instrumental del austríaco Anton Webern, un concierto brandenburgés de Bach, un preludio de Chopin o una obra orquestal de Bartók, son partituras estimadas por los estetas como la más alta proyección del pensamiento musical. En contraposición, la música popular que hermana en la democracia, emana –como dijo Jacobo Grimm- como cualquier cosa buena de la naturaleza, silenciosamente y de la pacífica fuerza de todos; nace como también apuntó Cecil Sharp, del inconsciente colectivo.
El ritmo es, a fin de cuentas y en última esencia parte polifónica de nuestra propia existencia. En cuanto a la música se refiere y como en gustos se rompen géneros, cada quien tiene su especial sensibilidad y respuesta al ritmo y yo, ni hablar, como repetidamente he dicho prefiero el ritmo de la salsa.
El ritmo a nadie puede ser indiferente. El ciclo vital oscila ente el ritmo del nacer y el morir. Ritmo de crecimiento, ritmo de bombeo, ritmo de producción; todo es ritmo, la frecuencia periódica de un fenómeno en el que está inmersa la vida.

lunes, 8 de febrero de 2016

Medicina Náhuatl.

MEDICINA NÁHUATL: VÍNCULOS HISTÓRICOS.
© DR Xavier A. López y de la Peña
La práctica de la medicina en México tiene indudablemente raíces profundas en el conocimiento precortesiano que sobre salud y enfermedad tenían los antiguos mesoamericanos y mantienen vigencia actual algunos ejemplos como el de relacionar algunos padecimientos con el frío o la humedad, el calor y la sequedad. Comentaremos algunos aspectos históricos acerca de la medicina náhuatl, historia que constituye un puente entre el hoy y el ayer, la historia entendida como lo expresara Fray Juan de Torquemada en el siglo XVI:
"...es un beneficio inmortal que se comunica a muchos: ¿Qué depósito hay más cierto y más enriquecido que la historia? Allí tenemos presentes las cosas pasadas y testimonio y argumento de las por venir. Ella nos da noticia y declara y muestra lo que en diversos lugares y tiempos acontece. Los montes no la estrechan, ni los ríos, ni los años, ni los meses, porque ni está sujeta a la diferencia de los tiempos ni del lugar. Es la historia un enemigo grande y declarado contra la injuria de los tiempos, de los cuales claramente triunfa. Es la reparadora de la mortalidad de los hombres y una recompensa de la brevedad de esta vida..."
De una manera extraordinariamente simplista podemos resumir el contexto histórico del desarrollo cultural náhuatl como base de la interpretación de la medicina, en que el ordenamiento material tenía como base el régimen militar y el espiritual el teocrático, ambos entrelazados indisolublemente. Así, la gestación de la práctica médica y el desenvolvimiento alcanzado hasta el tiempo de la llegada de los españoles transitó entre un continuo luchar, conquistar y domeñar tierras y hombres, amalgamando las tradiciones, costumbres, ideologías, conceptos, artes y técnicas de las culturas de los otros pueblos mesoamericanos, desde el momento mismo del establecimiento del imperio azteca en Tenochtitlán guiados por el implacable dios Hitchilopochtli -colibrí zurdo-, el dios de la guerra.
Nace de esta manera una nueva cultura, la náhuatl, fortaleciendo el Ticiotl o arte y técnica de la medicina que habrán de darnos a conocer los historiadores; recios conquistadores y pacientísimos sacerdotes a la luz de la espada, la cruz y la pluma que en un choque cultural portentoso gestaron nuestro mestizaje aderezado con un fuerte sabor medieval.
El hombre prehispánico ejercía la práctica médica, nos dice el Dr. Gonzalo Aguirre Beltrán, en la edad adulta, en tanto que la mujer lo conseguía hasta pasada la menopausia una vez libre de la impureza derivada de partos y menstruaciones.
Pero, ¿qué hacía, cómo actuaba ese médico? Fray Bernardino de Sahagún nos da una descripción de sus acciones: "El médico suele curar y remediar las enfermedades; el buen médico es entendido, buen conocedor de las propiedades de las yerbas, piedras, árboles y raíces, experimentado en las curas, el cual también tiene por oficio saber concertar los huesos, purgar, sangrar y sajar, y dar puntos, y al fin librar de las puertas de la muerte. El mal médico es burlador, y por ser inhábil, en lugar de sanar empeora a los enfermos con el brebaje que les da, y aun a las veces usa hechicerías y supersticiones para dar a entender que hace buenas curas".
El ejercicio de la práctica médica se heredaba de padres a hijos según declaraciones del Dr. Francisco Hernández, protomédico de las Indias en su obra Historia Natural de la Nueva España , y también hay pruebas de que en los templos como el Cálmecac, los sacerdotes (o sátrapas según Sahagún) enseñaban acerca de las propiedades medicinales de algunas hierbas pues "algunos eran médicos".
El formulario terapéutico que utilizaban era amplísimo y aquí ofrecemos algunos breves ejemplos: Para concertar lo huesos (tratar las fracturas) se indicaba que "...las quebraduras de los huesos de los pies, curarse han con los polvos de la raíz que se llama acocotli (panta parecida al hinojo) y la de la tuna que deberá ponerse en la quebradura del pie, y envolverse, y atarse con algún lienzo o paño. y después de puesto, se han de poner cuatro palitos o tablitas a la redonda de la quebradura, y atarse han fuertemente con algún cordelejo, para que de esta manera salga la sangrasa, y también se sangrará de las venas que vienen a juntarse entre el dedo pulgar del pie y el otro porque no se pudra la herida; y los palillos o tablillas se han de tener atados por espacio de veinte días, y después de este tiempo, se ha de echar una bilma de ocolzótl (cierta clase de pino) con polvos de la raíz de maguey, con alguna poca de cal y sintiendo alguna mejoría, podránse tomar algunos baños" .
Si se dejan de lado los elementos propuestos utilizados de carácter mágico e inútil, ciertamente el conocimiento de la inmovilización debió haber sido eficaz como lo demuestran algunos huesos fracturados y consolidados de la época prehispánica, como los hallados en Nonoalco según las descripciones osteopatológicas realizadas por T. Jaén y C. Serrano.
La realización de sangrías como método terapéutico en numerosos casos patológicos de manera única o como coadyuvante en las curaciones prehispánicas empleando corrientemente puntas de maguey, ciertamente no representaban como para los europeos, el dar con ello salida del cuerpo al elemento "morbífico" que contenía, sino que se ubicaba en el contexto de representar una "ofrenda" a los dioses para esperar su auxilio en recuerdo del autosacrificio de Quetzalcóatl (Dios del aire, representado bajo la forma de serpiente, emblema de los vientos y los torbellinos, recubierta de plumas de quetzalli, que representaban los céfiros y las nubes negras. Serpiente emplumada) que con su propia sangre dio vida (vivificó los huesos robados a Mictlatencutli -dios del reino de los muertos que en el gran templo de México tenía una capilla llamada tlaxico -en el vientre de la tierra-) a la generación presente.
Para tratar los furúnculos, este era el remedio descrito en el Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis, escrito por Martín de la Cruz en 1552: "se muelen las raíces del tlalahuehuetl y otras bien sin agua, en yema de huevo se aplican al furúnculo de la cabeza después de bien lavado el pus, dos veces al día, por la mañana y por la tarde. Después se cubre bien la cabeza. Ahora, si solamente hay una parte en que se halle esta pudrición, se lavará con orines y se pondrá el mismo medicamento Hace tiempo se demostró que la alnuína, substancia antiinflamatoria obtenida de una variedad de alnus, especie del árbol ylin, tiene, como el tlalhahuehuetl propiedades astringentes y la yema de huevo contiene citopoyetinas que estimulan la proliferación de los fibrobalastos, elementos que utilizados en la fórmula anterior posiblemente hubieran contribuido a la solución de los furúnculos descritos.
La vida y la muerte, la salud y la enfermedad estaban íntimamente ligados a influencias teogónicas y cosmogónicas. En general, ambos conceptos duales representaban ya el castigo a una ofensa proferido por alguna deidad (enfermedad o muerte) o la recompensa (salud y vida) al buen comportamiento y devoción por los dioses. Como ejemplos: Xipe-totec el dios tutelar de la medicina y de los orfebres castigaba con el "mal de ojo, la sarna y la postema , Tezcatlipoca ("espejo brillante o que humea", gran dios con poder de provocar la guerra) el eterno enemigo de Quetzalcóatl castigaba a los viciosos con diversas y terribles enfermedades, algunas incurables del corazón y formaba parte también de la mitología mexica relacionada con la práctica de la medicina. El eclipse de luna como ejemplo de la influencia cosmogónica en la interpretación de las enfermedades determinaba algunos de los defectos congénitos como el de labio leporino, por mencionar uno bien conocido en relación con este fenómeno natural.
La actuación médica prehispánica por parte del ticitl (médico, partera, augur, adivino), había alcanzado un gran desarrollo al momento de la conquista española, su arte le llevó a reconocer y diferenciar para terminar con este vastísimo campo, las hemorroides externas de las internas: "la enfermedad de las almorranas se curará con el agua de la yerba tetlemaitl... entiéndanse estando dentro las almorranas; pero si estuvieran fuera, será necesario moler la dicha yerba y los polvos y ponerse sobre ellas".
La medicina prehispánica constituye aún un filón muy rico para explorar aunque poco esfuerzo se encamina a éste propósito, y la herbolaria representa un importante arsenal terapéutico en espera de incorporarse formalmente a la práctica médica oficial que le rechaza por presiones económicas y culturales básicamente.
Sirvan estas breves líneas para interesar al lector en el ticiyotl o ticiotl, el arte de la medicina expresado en la sutil y bella lengua náhuatl ligándolo a la concepción histórica y médica que nos ofrece el eminente Pedro Laín Entralgo:
"Para quien considere el ejercicio de la medicina sólo como una profesión más o menos lucrativa o como la mera ejecución [...] de técnicas y diagnósticos y terapéuticas perfectamente reguladas, la historia del saber médico será, sin el menor género de duda, pura inutilidad. Pero las principales razones por las cuales posee alguna utilidad el conocimiento de la historia de la medicina, es para quienes como médicos no se contenten con ser simples técnicos repetidores de técnicas, para cuantos aspiren a poseer en su persona la doble perfección del hombre culto y del técnico intelectualmente ambicioso".