sábado, 1 de enero de 2022

Tiempo.

 

Tiempo.

Lo que es y lo que no es. 

Lo pasado ha huido,

lo que esperas está ausente,

pero el presente es tuyo. 

Proverbio árabe


Dr. Xavier A. López y de la Peña

 Fue el filósofo y geógrafo griego Anaximandro de Mileto (610-546 a. C.), quien registrara el vocablo y el concepto de tiempo: Cronos, entendido como tiempo abstracto general, tiempo o periodo determinado, diciendo que todas las cosas tienen su génesis en Lo Indeterminado (ápeiron), y todas van a terminar en él “según el orden del tiempo”; fue también la primera persona en inventar el gnomon (del griego γνώμων: ‘guía’ o ‘maestro’; que es un objeto alargado expuesto a la luz solar cuya sombra del gnomon se proyectaba sobre una escala graduada y servía para medir el paso del tiempo (reloj solar), también fue el primero en trazar el perímetro de la Tierra y el mar y construyó también una esfera celeste.

            A su vez, la palabra tiempo viene del latín tempus, temporis y significa momento, ocasión propicia, estado temporal en un momento determinado. El diccionario de la RAE lo define como la duración de las cosas sujetas a mudanza o como una magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro, y cuya unidad en el sistema internacional es el segundo, definido como un número de veces específico del tiempo que dura la transición energética entre dos niveles del átomo de cesio 133.

             No obstante el tiempo, además del espacio como muchos otros constructos, ¿son reales o sólo son imaginaciones en la conciencia?

            Sea como sea, son abstracciones que no han encontrado una definición que satisfaga completamente al ser humano como elementos constitutivos del, podríamos llamarlo, Todo. El Todo que queda incluido en la tetralogía METE (Materia-Energía-Tiempo-Espacio).

            En este asunto, los filósofos son los más preocupados por el tema, aunque continúen divagando sobre él en el éter porque el tiempo y su definición, está aún muy lejos y fuera de su alcance. A los simples mortales nos satisface saber que el tiempo es la medida entre una sucesión de eventos, conformando un pasado (ayer), un presente (hoy) y un futuro (mañana).

            Dos corrientes filosóficas se disputan particularmente el asunto del tiempo, el idealismo y el materialismo. Unos por lo que parece “ser” (subjetivo) y otros por lo que “es” (objetivo).

            Así, dentro de la corriente idealista de la filosofía, se niega que haya una dependencia del tiempo y espacio respecto de la materia. Como lo propusiera el obispo y filósofo irlandés George Berkeley (1685 - 1753 d. C.) quien desarrolló una rama de la filosofía conocida como idealismo subjetivo o inmaterialismo en la que se niega la realidad de las abstracciones como la materia extensa; o como lo concibiera el filósofo, historiador, economista y ensayista escocés David Hume (1711-1776) cuya concepción del tiempo la consideraba como una “idea ordenadora” de la sucesión de determinados eventos. Por ello mismo tanto el tiempo como el espacio son sólo ideas preformadas acorde a la impresión percibida por los sentidos; o entendiéndolo como formas apriorísticas de la contemplación sensorial como señalara el filósofo y científico prusiano Immanuel Kant (1724.1804), quien fuera el primer representante del criticismo y precursor del idealismo alemán afirmando que el tiempo es, pues, dado a priori. Sólo en él es posible la realidad de los sucesos o fenómenos. Todos ellos pueden desaparecer, pero el tiempo mismo (como condición universal de su posibilidad) no puede ser suprimido. Es, por tanto, una condición de la inteligencia humana; o entendiéndolo como categorías del espíritu absoluto como pensara Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770 - 1831), filósofo también del Idealismo alemán quien consideraba al tiempo como algo sencillamente abstracto e ideal, diciendo que “el tiempo es el ser que, mientras es, no es, y mientras no es, es”; el devenir intuido; lo que quiere decir que las diferencias, simplemente son momentáneas, o sea, que se niegan inmediatamente, son determinadas como diferencias extrínsecas, esto es, exteriores a sí mismas.

            En contraposición a este modo de pensar, en la filosofía materialista se defiende el carácter objetivo del tiempo y el espacio como componentes inseparables de la materia y energía; es decir, son elementos constitutivos de la universalidad.

            En el espacio se ubica el orden de distribución de la materia-energía existente, en tanto que el tiempo, expresa “la consecutividad de los procesos o fenómenos que se sustituyen entre unos a otros” de forma irreversible siempre del pasado al futuro.

            El tiempo como elemento aún demandante de definición, resulta ser un factor conceptual constitutivo del universo, del Todo, y cuyo constructo como propiedad física mesurable (objetivo) por el razonamiento humano instrumentalizado en un reloj, nos permite “entender”, dar “explicación” y “prever” sobre lo que sucede en nuestro entorno, y para satisfacer lo que necesitamos y deseamos.

             Sin embargo, algunos científicos como el físico teórico británico, Julian Barbour en su libro The End of Time (Oxford University Press 1999), maneja la idea de una física “sin tiempo” argumentando que el tiempo como lo percibimos no existe, es ilusorio y que algunos problemas en las teorías de la física surgen de suponer su existencia como real. El tiempo, afirma, es sólo una ilusión del ser humano que se interpreta a través de lo que él llama cápsulas de tiempo, que no son otra cosa más que cualquier patrón fijo que genere o codifique la apariencia de movimiento, cambio o historia

Mi idea básica -explica- es que el tiempo como tal no existe. No hay ningún río invisible del tiempo. Sin embargo, hay cosas que se podrían llamar instantes de tiempo, o «Ahoras». Conforme vivimos parece que nos movemos a través de una sucesión de Ahoras, y la pregunta es, ¿qué son? Son configuraciones de todas las cosas en el universo, unas con respecto a otras, en cualquier momento, por ejemplo, ahora.

            Y argumenta también que, las personas que no comparten sus ideas, suelen ser aquéllas que “no quieren tomar en serio la interpretación de los muchos mundos de la mecánica cuántica, y que están tratando de modificar la mecánica cuántica a fin de desterrar ese fantasma”.

             Pero…           Suena la alarma de mi reloj y me percato que debo poner punto final a esta brevísima e incompleta disertación sobre el tiempo, ya que tengo que salir a una junta con colegas para tratar sobre los contenidos de un programa a realizar en el mes de junio en Medellín, Colombia.

            Me percato también que no puedo frenar el tiempo para seguir escribiendo, a menos que ilusoriamente lo detenga, quitándole la batería al reloj digital o poniéndole un tropiezo a la manecilla del reloj analógico con un esparadrapo.

            Tal vez objetivamente pudiera tratar de “matar el tiempo” dándole un martillazo a mi reloj de mesa (porque no concibo otra forma de hacerlo), para detener el tiempo, pero creo que ello sólo sería algo completamente “ilusorio” o estúpido, además de una tarugada.

            Me doy cuenta que tampoco puedo “alargar el tiempo”, porque los recursos tecnológicos de que dispongo (y creo que nadie los tenga tampoco) para su medición y registro, esto es, mis relojes, no son elásticos.

            Aunque (no me han de creer), siento que el tiempo se me “echa encima” con cada minuto que transcurre mientras sigo pegado aquí, escribiendo, palabra tras palabra.

            Súbitamente también, en medio de este embrollo me surge a manera de chispazo el recuerdo de la letra del tango “Volver”, de Gardel, que dice en una parte que cierto periodo de tiempo es “nada”: 

Volver, con la frente marchita

Las nieves del tiempo

Mancharon mi sien.

Sentir que es un soplo la vida,

Que veinte años no es nada… 

            Sí, ciertamente “veinte años son nada” como dice la canción, pero mi problema es que sólo faltan seis meses para el programa en Medellín y aún no hemos hecho reservaciones en el Centro de Convenciones del Hotel Tequendama para realizar el evento, entre muchas otras cosas.

            Que ayer no me tomé las píldoras para el control de mi presión arterial.

            Que me percato que soy como el Yo a la manera como lo describiera Jorge Luis Borges, que soy tiempo sangre agonía como expresara en su poema El ápice: 

[…]

Tu materia es el tiempo, el incesante

Tiempo. Eres cada solitario instante,

Sustancia suave y pesada

Que parece que ha sido imaginada

Para medir el tiempo de los muertos.

             Que quién sabe qué es el tiempo sino una ilusión del Ahora, qué fue y que probablemente será. Que hoy, en este momento dejé de escribir lo que pensé, lo que argüí y, para alguien que lo lea mañana, ya fue y no será más. Sobre el tiempo, eso sí, seguiremos estando perplejos (sí, la palabra la escribí bien).

            Tal vez poéticamente sea, como lo conceptuaba en un febril devaneo mezclando el tiempo y el vacío el historiador español, Eloy Benito Ruano

Tiempo.

Vacío.

Tiempo vacío.

Capacidad inmensa.

Esencia

sin existencia:

Realidad de la nada.

Pero en ti todo existe.

Nada escapa al contorno

informe, ilimitado,

de tu ser, el Ser mismo,

antes de ser creado.

En ti la Historia.

De ella tú la sustancia

ella tu simple adensamiento

amorfo, indefinido,

sólo muy tarde

—¿tarde? — moldeado.

miércoles, 1 de diciembre de 2021

Liberación de la teología.

 

Liberación de la teología. 

Se puede tener por compañera la fantasía,

pero se debe tener como guía a la razón.

Samuel Johnson 

Dr. Xavier A. López y de la Peña



            Dos conceptos a tratar, la libertad y la teología.
            La libertad es la facultad o derecho natural que tiene el ser humano de obrar de una manera o de otra acerca de sus intereses, creencias, opiniones y acciones, o de no obrar, sin impedimento alguno, de autodeterminarse, lo que supone la posibilidad de elegir los fines que se consideren adecuados para alcanzarlos y por lo que es responsable de sus propios actos y necesidades, como también de las consecuencias de las mismas ante la sociedad. Respetar dicha libertad nos garantiza la paz y el progreso tanto individual como social, y el bien colectivo.

            La libertad se opone a cualquier forma de opresión como puede ser la esclavitud, la servidumbre forzosa, la coacción, la manipulación, el chantaje, la amenaza o intimidación, la detención y retención arbitraria y la vigilancia no permitida, entre otras.

           La libertad es considerada a la vez como un valor que tiende a ser propicio el respeto, el diálogo, la comprensión y la tolerancia; además de impulsar a la implementación de una sociedad abierta y democrática deseosa de paz.

            La libertad sólo se limita ante la libertad y seguridad de los otros y, para su correcto ejercicio, es menester contar con información adecuada, precisa y oportuna en su caso, para decidir de la mejor manera el camino o la conducta a seguir. En la parte que concierne meramente a él, su independencia es, de derecho, absoluta. Sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y espíritu, el individuo es soberano.

           El tema de la libertad es extraordinariamente amplio y complejo. Por ejemplo, podemos diferenciar entre libertad de o libertad para, además de la libertad con múltiples apellidos: de conciencia, de cátedra, circulación, pensamiento, educación, expresión, etc. 

            Hagamos por ahora un breve esbozo de la evolución de la libertad:

            El primer acto de libertad de la persona humana se suscita con el nacimiento. Sí, de la liberación intrínseca del seno materno con el grito del naciente que recibe, por vez primera, el hálito de la naturaleza mundana. Un primer acto libre, lógicamente inconsciente, totalmente natural, innato.

            A partir de este primer y fugaz momento, nuestra futura “libertad” será acotada y diseñada ya que se estructurará, poco a poco, de acuerdo a determinados patrones familiares, económicos, políticos, sociales y culturales del tiempo y lugar en el que nacemos.

            Por ejemplo, si se nace en un estado y dentro de una sociedad que reconoce la existencia de una deidad creadora (como en las religiones abrahámicas), este modelo religioso a seguir se considerará como algo “necesario” en el vivir personal y, en consecuencia, se tendrá que creer en ella obligadamente y seguirla a pie juntillas e, incluso, puede llegar a imponérsele.

            El segundo paso, ya cuando desarrollamos y adquirimos nuestra madurez racional, se dio ejemplarmente cuando nos revelamos del yugo teísta que nos mantenía en la monotonía de un apacible, inamovible e inescrutable edén, mediante un acto de insubordinación contra el Creador que nos tenía prohibido accesar al conocimiento. Con este acto, nuestro albedrío optó por la libertad de comer del fruto del árbol prohibido para ejercer nuestra libertad para conocer, para buscar la verdad.

            El tercer acto está dado con nuestra propia liberación de la naturaleza. El mundo natural ya no moldea al ser humano, sino que él, consciente de sí mismo, ahora trastoca los mandatos naturales. El ser humano, por sólo citar un ejemplo, ya no dependerá de un determinado hábitat para vivir y sobrevivir en la naturaleza, sino que se extenderá por toda ella creando a su satisfacción su propio hábitat, podrá entonces vivir y sobrevivir tanto en el territorio polar ártico como en la selva amazónica o, incluso, en el medio extra terrestre. Razona, reflexiona, crea, inventa, desarrolla y es capaz de vislumbrar el futuro.

            Tiempos prehistóricos de lucha por sobrevivir en la naturaleza, sobreponiéndose al ambiente hostil y domeñándolo a marcha lenta pero segura, con la razón más que con la fuerza.

            En la Edad Media la libertad del ser humano, nuestro antepasado de la cultura occidental, la vida transcurría, campeaba y se regía básicamente entre salvar el alma en el prometido mundo postmortem o condenarse eternamente y sufriendo secularmente en ultratumba.

            Sin embargo, más adelante empezó a abrir los ojos al entendimiento y poco a poco se percató que su libertad le posibilitaba a desdecirse del enunciado inobjetable del Universo creado, explicándose la posición de la tierra en el Universo y buscando, con una obsesión decidida a justificar el mundo y sus incógnitas con la razón, esto es, renació.

            La libertad individual, sin embargo, aún permanecía acotada entre la mordaza de una pinza, de un lado el territorio de lo sacro (jerarquía religiosa) y del otro el profano (jerarquía monárquica-económica), que en una interacción simbiótica obligaban a obedecer al ser humano tanto a uno como al otro.

            La libertad, como ejercicio anti opresivo, anti abusivo se debatió entonces entre estas dos fuerzas de la pinza, hasta que un fraile católico agustino (Martín Lutero) abriera el camino diferenciado a seguir por cada individuo y ciudadano mermando el poder y control absoluto de un extremo de dicha pinza para decidirse, ya por el trabajo como motor del crecimiento y desarrollo y autoafirmación, o por el trabajo como castigo, sufrimiento y anatema.

            La libertad se debate ahora entre conducirse por el dominio de la naturaleza con la razón o el de continuar en el abandono supersticioso dictado por el orden celestial.

            Con un paso más, la libertad del ser humano deja atrás su infancia mental y ahora enfrenta el reto de conseguir la libertad política. Se rebelan el campesino y el proletario contra la tiranía y aflora la Revolución Francesa y la guerra de independencia de los Estados Unidos. Se integran conceptos de libertades y derechos fundamentales, ciudadanía y ruptura para con los dogmas, inicia la libertad de las ideas de y para en un nuevo modo de articulación del poder político y social a la luz que la razón da en esta ilustrativa brega. Con ello, la libertad o, mejor dicho, las libertades del ser humano se consolidan y anidan en la naciente democracia.

            Hoy la libertad se debate entre el capitalismo hegemónico, el consumismo, el desperdicio y la depredación de la naturaleza, así como la “liberación” de las libertades que llevan a extremos de propugnar y conseguir, que la nominación del género quede al arbitrio de la persona que puede ser ya: hombre, mujer o indiferente. Esto ocurre con los llamados géneros no binarios o cuirgénero (GenderQueer), personas con una identidad que no se ajusta al binarismo de género, ya que su identidad no se percibe totalmente masculina o femenina.

            La libertad de cada uno de nosotros se acota mercadológicamente con una guía consumista, hedonista y envuelta en la instrumentación dictada por el poder de la o las iglesias, el estado o la sociedad, haciéndonos creer que tenemos “libertad”.

            Si no pienso, actúo y siento como los demás, ¿quién soy?

            Entonces la libertad, nuestra idealizada libertad, se conduce al ritmo del poder ya y eclesial, estatal o social en vertientes tan disímbolas, antagónicas, absurdas o ilógicas, por utilizar sólo unos pocos adjetivos en el momento y lugar que ocupemos en este mundo ahora “globalizado”.

            Sólo en nosotros, en nuestro yo, enfrentaremos nuestro actos voluntarios y espontáneos como una acción de verdadera libertad. Ajenos a la manipulación del poder, impulsados a “ser”, no a “tener”, a “saber”, no a “creer”.

            Luchemos entonces en consciencia y libertad en la construcción con responsabilidad de un entorno simbólico y material en el cual podamos convivir y crecer de manera tolerante e incluyente.

            En el proceso de nuestra vida habremos de comportarnos empáticamente tolerantes y respetuosos con aquellos que, invocando a un ser superior satisfagan sus preguntas y se conduzcan a la vez, tolerantes y respetuosos con los que, en la búsqueda de lo ignoto seguimos por el camino de la razón.

            Porque de cierto es que sabemos que, en nuestro camino por la liberación de la teología

…los conceptos religiosos variarán de acuerdo al grado de conocimiento acerca de la fenomenología que concursa en hechos “divinizados” de la naturaleza, cuya explicación a través de la religión deja de tener razón, sin embargo, mientras el hombre mantenga en su intelecto una sola incógnita sobre el Universo, el hueco en su pecho habrá de llenarlo con el pensamiento religioso. (Medicina Náhuatl. Xavier A. López, 1983).


            Finalmente, el último acto de libertad que tendremos, será cuando muramos. Aquí ya el cuerpo se libera de su transcurrir enfrentado constantemente a la naturaleza, para reintegrarnos en un eterno abrazo de reconciliación con ella.

lunes, 1 de noviembre de 2021

¿Qué quisiste decir?

 

El mundo de las preguntas.

El que hace una pregunta es un tonto por cinco minutos,

 y el que no la hace sigue siendo un tonto para siempre. 

Proverbio chino


Dr. Xavier A. López y de la Peña.

Preguntar significa que una persona pida a otra cierta información o, dicho de otra manera, es una expresión lingüística utilizada para solicitar determinada información.

            La pregunta conlleva entonces una intención. Sin embargo, no todas las preguntas presuponen a cambio recibir una respuesta específica o concreta, sino que se modelan como una iniciativa por saber, para desarrollar, innovar y o, en su caso, para descubrir algo.

            En el terreno de la docencia una pregunta suele considerarse ya “buena” o “mala”. Buena si hace lo que se supone que debe hacer, o porque aclara o revela algo, o genera alguna esperanza, y mala cuando confunde, hace dudar o genera un equívoco.

            Además, las preguntas suelen contener un proceso evaluativo como lo es el conocer que tanto conocimiento se tiene de alguna cosa y de saber qué tanta capacidad se tuvo para transferir el conocimiento, y el de causar el pensamiento retórico, esto es, lograr que el pensamiento provoque y cause emoción durante el intercambio dialógico.

            Toda pregunta, por supuesto, requiere de una interpretación basada en la capacidad que se tenga de comprenderla (conocimiento del lenguaje, por supuesto), y de la idea para poder tener la capacidad de dar una explicación o respuesta.

            Veamos algunos ejemplos:

            ¿Vendrás a comer hoy? le dice una persona a otra.

                      Esta parece una pregunta sencilla, pero con cierta frecuencia no lo es porque puede llevar cierta intención y esperar múltiples posibles respuestas. Volviendo a esta primera pregunta y como no conocemos a la persona que lo dice, ni a quien la recibe, y tampoco el contexto en el cual se dio dicha pregunta, podríamos especular sobre varias maneras de interpretarla.

            Veamos, si es la esposa la que se lo pregunta al esposo, suponemos que de la respuesta que obtenga si es afirmativa, entonces ella tomará providencias y se preparará para que coman juntos en casa, preparará la comida o sacará del refrigerador la que ya está elaborada o solicitará con tiempo que por mensajería (Uber Eats, por ejemplo) le hagan llegar un caldo tlalpeño y orden de tacos de arrachera del restaurante Maxim, u ordenará a su cocinera Julieta que se encargue de tener para comer con su esposo, una tortilla a la española y pollo Rinbeau.

            Pero también, la pregunta podría haberse hecho con la intención de que el esposo contestara con ¡no querida, comeré con el gerente de proyectos en el Salón Versalles!, entonces ella podría verse con su amiga Catalina, comer con ella el sushi que les gusta en el restaurante OyukiYang del centro comercial Altaria, e ir después al podólogo.

         Tal vez, esta misma pregunta entre las mismas personas, presuponga un resultado distinto. Así, la esposa al recibir la misma respuesta del marido, se sienta aliviada y piense ¡qué bueno que no viene a comer, así me evito la lata de cocinar! estoy harta de tener que llevar sus trajes a la tintorería, ir a recoger a los niños a la escuela, pagar el agua y surtir la despensa, ¡Ah! Y, además, estar encerrada esperando que me traigan el gas. Ya no puedo…

Otra pregunta: ¿Quieres irte a tu casa?

            En este caso, después de estar de viaje durante algunos meses por asuntos de negocios, viviendo temporalmente en varios países, comiendo alimentos muchas veces desconocidos y no infrecuentemente exóticos, con horarios variables y más, ¡claro que sí quiero irme a mi casa! le responderías enfáticamente a tu jefe inmediato.

            En cambio, cuando trabajas en una oficina en un ambiente hostil, desorganizado, demandante y con una enorme responsabilidad y carga de trabajo al que se suman, envidias, malos tratos, pobre salario y compañeros de trabajo indiferentes, indolentes o antipáticos y ocupados cada uno en sus propios asuntos, ¡claro que sí quiero irme a mi casa! responderías casi a manera de súplica.

            Bajo otras circunstancias, si tras ser detenido arbitrariamente por una autoridad por supuestamente parecerle “un individuo abiertamente sospechoso”, porque vistes lo que te da la gana y cómo quieres, porque tienes el cabello largo y despeinado y te perforas las orejas, y además calzas huaraches o te tatúas, ¡claro que sí quiero irme a mi casa! responderías airadamente, a más de confirmar tu desconfianza en la autoridad que te demuestra, una vez más, su falta de preparación, prepotencia y cuasi sempiterna arbitrariedad.

            Quizás cuando concluyo una visita en un país equis a la que no me pude negar por el compromiso que anticipadamente había adquirido y confirmado, ¡claro que sí quiero irme a mi casa!, ¡faltaba más!, cuando el -permítaseme decirlo así- rústico anfitrión me había prevenido de antemano con un “comes y te vas”.

            Cuando después de haber sido rescatado en las costas de Nayarit, tras haber naufragado en una tormenta que súbitamente se desató mientras pescaba en mi esquife, tres días después de zozobrar, ¡claro que sí quiero irme a mi casa! respondería con una inmensa alegría y casi sollozando.

            Si de pronto me doy cuenta de que estoy en la Plaza del Calzado en León, Guanajuato, a la que no sé cómo llegué, en qué, para qué y qué hago allí, ¡claro que quiero irme a mi casa!, pues en este momento recuerdo súbitamente también que padezco demencia tipo Alzheimer y le agradezco a las personas que allí me ayudaron a avisarle telefónicamente a mi esposa para que viniera por mí, desde Aguascalientes.

            Si yo que vivía en Guadalajara, Jalisco, con mi esposa Yvonne cuando fui a visitar a mi padre en Colima y discutí con él durante la comida dominical acerca de mi decisión de irme a estudiar a la República Checa, una maestría en comunicación organizacional dirigida por Szent Gettin, cuando los ánimos se caldearon porque mi hermana menor, de tan solo quince años de edad y con un trastorno psicomotriz severo requería de asistencia de manera muy especial y mi padre quería que yo me quedara con él para ayudarle. Le ofrecí apoyarle con los gastos que importara contratar un auxiliar sanitario para su asistencia y él lo comprendió y aceptó diciéndome: ¿quieres irte a tu casa?, ¡claro que quiero irme a mi casa!, respondí.

            Desde otro ángulo una pregunta puede “decir” algo muy diferente a solo esperar alguna respuesta, negativa o positiva, esto es, que lleva o sugiere una determinada intencionalidad.

            Por ejemplo, cuando se le pregunta a una persona que solicita un trabajo, la o las preguntas que se le formulen deben llevar implícitamente conocer si la persona solicitante está capacitada técnicamente para el trabajo a realizar (competencia), el conocer porqué solicita el trabajo (motivación) y finalmente se le hacen preguntas para saber si su perfil encaja con las necesidades de la empresa (alineación). Con ello podrá formarse un juicio sobre si el solicitante reúne los requisitos correctos para enfrentar las responsabilidades del puesto, si posee la iniciativa e ímpetu necesarios y será capaz, posiblemente, de aportar ideas creativas para la empresa.

            O bien, para terminar. Cuando un médico dedicado a tratar pacientes con cáncer le hace la citada pregunta a su paciente en situación terminal, en su cama en el hospital: ¿Quieres irte a tu casa?, ¿Qué quiso decir?

            Bueno, independientemente de la respuesta del paciente que, además sería ya tal vez irrelevante porque ¡claro que cualquier ser humano quisiera salir del entorno ajeno, aséptico, incoloro e impersonal de un hospital! Con esta pregunta, el médico le estaría diciendo o insinuando a su paciente que, si acepta salir del hospital en casa continuaría su atención y tratamiento con tranquilidad y en su entorno familiar.

            Bien, pero quizás también -aunque muy sutilmente por supuesto-, su pregunta implicaría el mensaje de: ve a casa con los tuyos, no puedo hacer ya nada más por tu salud.

            Es así que, en este último caso, la pregunta lejos de servir para obtener cierta información, en contrasentido se formula para manifestar esta incapacidad de una manera gentil, sutil y perspicaz.

            En el intrincado mundo de las preguntas, como se refiere en la obra de ciencia ficción Taken producida por Steven Spielberg en el año 2002: No sé qué pasará ahora, no sé lo que voy a ser ni lo que voy a aprender, pero lo que sí sé es esto: la vida, toda la vida, consiste en hacer preguntas, no es conocer respuestas; querer ver lo que hay al otro lado de la colina es lo que nos hace seguir avanzando, haciendo preguntas, queriendo comprender. Incluso cuando sabemos que nunca encontraremos las respuestas hay que seguir haciendo preguntas.

¿Quién honra a los que amamos por la verdadera vida que vivimos?,

¿quién envía monstruos para matarnos y al mismo tiempo nos canta que nunca moriremos?,

¿quién nos enseña lo que es real y cómo reírse de las mentiras?,

¿quién decide por qué vivimos y cómo moriremos por defenderla?,

¿quién nos encadena y tiene la llave para liberarnos?,

eres tú.

Tienes todas las armas que necesitas.

¡Ahora lucha!

 

De la película escrita por Steve Shibuya: “Sucker Punch - Mundo Surreal” (2011).