jueves, 1 de octubre de 2026

Homo Stupidus.

 

Homo Stupidus.
O de las bofetadas deportivas. 

Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana.
 Y del Universo no estoy seguro.
 
Albert Einstein

Dr. Xavier A. López y de la Peña


Cuando el ser humano abdica de su capacidad ética, racional y creativa, dentro de la antropología filosófica puede conceptuarse como una figura crítica y satírica nombrándole “Homo Sapiens subespecie Stupidus”.
Llámase así a aquel individuo que utiliza el máximo desarrollo intelectual y tecnológico de la historia para diseñar formas voluntarias, complejas y masivas de autodestrucción1 (aunque el termino no esté registrado aún en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española).
Pero, ¿cómo se le caracteriza?
Como un Homo Sapiens subesp. Stupidus, presente en el período Antropoceno tardío y empoderado a partir de la era digital. Habita en entornos hiperconectados, complejos digitales, oficinas de planificación burocrática y escenarios de entretenimiento masivo. Su lema existencial es: "Porque puedo, porque genera ganancias y porque quiero ver qué pasa". Sus rasgos sicológicos y conceptuales destacan por tener un cerebro idéntico al del Homo Sapiens, pero su entramado cognitivo opera bajo tres graves distorsiones: 1) Anulación voluntaria de su instinto de conservación, 2) Gracias a su arrogancia tecno-burocrática tiene una fe ciega en que puede "corregir" la naturaleza mediante la fuerza bruta y, 3) Merced a su desconexión entre causa y efecto, es incapaz de proyectar las consecuencias de sus actos a mediano plazo, priorizando el beneficio inmediato  como dinero, un récord o fama a cambio de su propia salud, su libertad o el equilibrio del planeta.
De hecho, si el Homo Sapiens ha sobrevivido en la tierra a catástrofes climáticas, depredadores, hambrunas y guerras gracias a la cooperación y al análisis racional de su entorno, el Homo Stupidus por el contrario, es un peligro latente para su propia sobrevivencia que no se extinguirá por falta de recursos, sino por exceso de iniciativa mal dirigida. Su fin no ocurrirá por la llegada al planeta de un nuevo gran meteorito como aquél cuyo impacto dio origen al famoso cráter de Chicxulub, ubicado en la península de Yucatán, México, ocurrido hace unos 66 millones de años y llamado científicamente el impacto K-Pg (límite Cretácico-Paleógeno), sino por un megaproyecto mal calculado (guerra atómica) o de una cachetada o bofetada que él mismo diseñó y decidió voluntariamente recibir estoicamente, sin defenderse y con los brazos abajo.
Recordemos que, desde el punto de vista histórico, social y sicológico, recibir o dar una cachetada o bofetada nunca ha sido simplemente un golpe físico; es un potente acto comunicativo y simbólico que tiene múltiples significados interpretables.
Por ejemplo, a diferencia de un puñetazo (que busca derribar, dañar físicamente o destruir), una bofetada se da tradicionalmente sólo a una persona con la mano abierta significando que no se trata de infligir primordialmente daño o dolor, sino la humillación pública y la denigración del estatus del “otro”. Como un mensaje que dice: "No te considero un rival digno para darte con el puño cerrado; te desprecio".
Ahora me referiré a otro tipo de cachetadas o bofetadas en las que una persona considera voluntaria y dignamente recibirlas sin defenderse y, a su vez, propinarlas.
            Todo lo anterior viene a consecuencia de que por primera vez me enteré y vi una transmisión por televisión de un “deporte a bofetadas” (Fox Sports México: Reality show Power Slap: Road to the Title).
            Quedé sorprendido de ver este espectáculo de insensatez y estupidez inaudita (para darle una mínima graduación con este calificativo) de este llamado SLAP FIGHTING o “deporte de las cachetadas”, considerado ya como un deporte de combate y de exhibición extrema (combate sin armas, por supuesto) que fue oficializado como una disciplina regulada el 18 de octubre de 2022 por la Comisión Atlética del Estado de Nevada (NSAC) en los Estados Unidos de Norteamérica. La iniciativa y los encargados de lograr esta regulación fueron, nada más, los directivos de la UFC (Ultimate Fighting Championship): Dana White (presidente de la UFC) y Hunter Campbell (director de negocios de la UFC) quienes presentaron una estructura formal ante la comisión para la creación de su liga: Power Slap. Para su aprobación argumentaron que estas competencias de bofetadas ya existían de manera clandestina o viral en redes sociales (como Rusia y Polonia) y, por tanto, habría que regularle para hacerle “mejor y más seguro” vigilado y con un marco legal integrado con pruebas médicas, que dejarle sin supervisión.2
Bueno, para empezar, hay que recordar que el propósito del deporte a nivel universal, es potenciar el desarrollo integral del ser humano y fomentar la cohesión social mediante la actividad física estructurada y competitiva; además de promover la salud, el respeto mutuo y la disciplina.
Por esta razón, disciplinas con altos niveles de violencia descontrolada o nula protección del competidor (como las peleas clandestinas) tardan años o nunca logran ser aceptadas formalmente, mientras que otras como el slap fighting han tenido que forzar su reglamentación médica para ser consideradas como tales.
            En el deporte se pregona como valor el fair play o juego limpio, pero, ¿cómo se respeta al rival si se le va a dar una fortísima cachetada para incapacitarlo y de ser posible noquearlo? Y también, -esto es lo más importante- ¿sin que éste se defienda? ¡Ah!, pero eso sí, cumpliendo ahora con ciertas reglas establecidas (no moverse, no defenderse y casi casi no parpadear), protocolos médicos donde se indica que el traumatismo cerebral ocasionado, no es grave y puede continuar siendo golpeado y ¡claro! respetando al rival por igual.
Otro valor es del del lograr esfuerzo y superación en el deporte y ¡por supuesto!, en este caso entrenando duro para propinarle al rival una cachetada tan fenomenal que le ocasione una disrupción cerebral que lo desconecte con la realidad y caiga como peso muerto, o tal vez muerto de verdad (aunque se pregone que este último suceso sea totalmente indeseable).
El competidor busca con el deporte el crecimiento personal y dar el máximo más allá de la derrota o la victoria: ¡Bravo! Ya noqueó a su total y voluntariamente indefenso rival dejándolo con su brutal cachetada inconsciente durante treinta minutos y, en el caso de haber perdido exclamará: ¡Joder! sólo me atarantó seis milésimas de segundo y el año que viene acabaré con él.
            Otro valor es del trabajo en equipo y bien, en este deporte sus rudos asesores físicos y técnicos le enseñan como cachetear “mejor y más fuerte” al indefenso, lo repito e insisto rival, ilustrándole sobre la “venerable física de los golpes” a su congénere que se rige por la transferencia de energía a través de la cadena cinética y los principios de la mecánica clásica, donde la potencia no depende solo de la fuerza bruta, sino de la velocidad y la masa efectiva.3
En este llamado “deporte” el espíritu que trasciende la competencia física, no es entonces una filosofía de vida basada en la nobleza, la solidaridad y la convivencia pacífica, sino una manifestación agresiva, consentida y potencialmente letal entre competidores que abandonan voluntariamente su principal instinto de supervivencia, la defensa. Todo en ello contrario al señalamiento que ha hecho la UNESCO en el sentido de que la práctica deportiva ayuda a formar ciudadanos inclusivos y respetuosos que trasladan estos aprendizajes fuera de las canchas.
¡Vaya estupidez! Por ello este producto “deportivo” es obra del Homo Sapiens subesp. Stupidus en donde esta estupidez se expresa no como un insulto sino como una fuerza social destructiva como la refiriera el historiador y economista italiano Carlo María Cipolla en su obra Allegro ma non troppo (Ed. Il Mulino, 1988) en donde formula las cinco Leyes de la Estupidez Humana. Me referiré concretamente sólo a su 3ª. Ley que dice: Una persona estúpida es aquella que causa pérdidas o daños a otra persona o grupo de personas sin obtener ningún beneficio para sí misma, o incluso perjudicándose a sí. Esta es pues, la radiografía exacta del participante del equivocado e irresponsablemente llamado deporte de bofetadas, en la que los rivales aceptan voluntariamente y sin defenderse la destrucción de sus neuronas a cambio de una recompensa utilitaria ínfima, dañando su futuro sin generar un valor real para el mundo.
Ya el teólogo luterano y filósofo alemán Dietrich Bonhoeffer, mientras estaba prisionero de los nazis escribió y advirtió sobre la estupidez en su obra Resistencia y sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio (1951), diciendo que la estupidez no es un problema de falta de cerebro, sino de personas que renuncian voluntariamente a su capacidad crítica para formar parte de una masa o seguir consignas ideológicas. El estúpido se vuelve inmune a los hechos y a la razón; si intentas argumentar con él con datos clínicos o lógicos, simplemente se indigna o te agrede.
Erasmo de Rotterdam en su obra Elogio de la locura (1511) advierte que, si el ser humano fuera 100% racional, la sociedad se detendría. Es la estupidez la que impulsa a los hombres a la guerra por una medalla colorida de latón barato, a casarse a ciegas o a invertir y gastar fortunas en espectáculos absurdos como este de las brutales cachetadas. La advertencia implícita es que la sociedad tiene una alarmante tendencia a premiar, aplaudir y seguir a los estúpidos, convirtiendo el disparate en la norma cultural.
De hecho, el deporte de las cachetadas o "Slap Fighting" se ha estudiado bajo la mirada crítica entre la psicopatología y la neuro traumatología ya que, a diferencia de los deportes de contacto tradicionales, en este espectáculo se elimina por completo la defensa en la que los competidores se sostienen de una mesa y están ¡obligados a recibir un impacto directo a mano abierta en el rostro sin esquivarlo, bloquearlo ni parpadear!
Nuestro cerebro humano no está diseñado para absorber impactos repetitivos directos sin amortiguación, por lo que bajo un riguroso estudio clínico hecho por la Universidad de Pittsburgh publicado en JAMA Surgery4 se demostró que más de la mitad de las secuencias de bofetadas en este “abominable espectáculo” provocaron que los participantes presentaran signos visibles de conmoción cerebral. Al término de los partidos aproximadamente un tercio de las secuencias dieron como resultado que los participantes tuvieran una mirada perdida y vacía; casi el 40% de las secuencias mostraron signos de mala coordinación motora, y casi el 80% de los luchadores mostraron signos visibles de conmoción cerebral al menos una vez durante la serie de combates; en una cuarta parte de las secuencias, los participantes tardaban en levantarse después de haber recibido un golpe que los derribaba. Así, los resultados sugieren que las peleas a bofetadas pueden provocar lesiones cerebrales traumáticas en los participantes que podrían tener consecuencias neurológicas a largo plazo.
El traumatismo cerebral repetido (TBI o Traumatic Brain Injury) y el riesgo inminente de Encefalopatía Traumática Crónica (CTE o Cronic Traumatic Encefalopaty) destruyen paulatinamente el tejido cerebral y las lesiones se concentran severamente en el lóbulo frontal y prefrontal. Ello puede ocasionar, entre otras, depresión severa y labilidad emocional extrema; brotes de ira súbita, irritabilidad patológica y agresividad injustificada; demencia prematura, deterioro motriz y lagunas mentales recurrentes tras los impactos.
 
¿Cuál puede ser la interpretación psicopatológica del participante?
1. Desensibilización extrema al dolor por una distorsión en el procesamiento del autocuidado y del instinto básico de supervivencia, haciendo que el participante anule la respuesta natural de huida o defensa ante una agresión inminente.
2. Vulnerabilidad socioeconómica y necesidad de validación, ya que gran parte de los competidores provienen de entornos vulnerables. El dinero rápido y la búsqueda de viralidad inmediata actúan como potentes reforzadores. Esto los lleva a aceptar la instrumentalización de sus cuerpos y la destrucción de su salud neurológica a cambio de una notoriedad efímera. 

¿Cuál es la del espectador?
1. El éxito de este "deporte" en el público radica en la espectacularización del trauma-daño cuyo análisis psicopatológico colectivo es preocupante. Además, se le suma la recreación de la estética del daño físico presentado a cámara lenta en las transmisiones televisivas en las que se aprecia el rostro grotescamente distorsionado por el brutal impacto que lleva al espectador a una -también antipática como estúpida-, respuesta casi orgásmica.
2. Las ligas comerciales empaquetan la mirada perdida (vacant look), las convulsiones tras el impacto o la pérdida de coordinación motriz de un ser humano como normalización del trauma cerebral en “divertimento, entretenimiento e insumo” para generar público.
3. El espectador se desensibiliza y muestra una anestesia empática ante la violencia física explícita. El "atractivo" no es la destreza o la estrategia atlética, sino el morbo biológico de ver el colapso del sistema nervioso del contrincante en tiempo real: las convulsiones o el nocaut.
Por estas razones, la comunidad médica global y asociaciones como la Brain Injury Association of America han catalogado esta actividad no como un deporte, sino como "daño cerebral consentido por lucro", exigiendo de forma constante su prohibición. 

¿Por qué ocurre y se acepta en nuestra sociedad?

Porque en nuestros tiempos modernos se emplean técnicas de sicología conductual para retener al espectador durante el mayor tiempo posible. Aquí el espectáculo del “Deporte de cachetadas” representa un producto perfecto para la economía de la atención, cuyo término fue acuñado por el premio Nobel Herbert Simon, quien explicó que la abundancia de información genera necesariamente una escasez de lo que esa información consume: la atención de las personas.
            Así, en donde los deportes tradicionales que duran unas tres horas tienden a perder audiencia joven -particularmente-, el “Deporte de las cachetadas” garantiza al público-usuario el espectáculo de un golpe brutal que le lleve al clímax del nocaut en un formato de vídeo de 8 segundos.
No se requiere de conocer y entender reglas, estrategias ni entornos; es un impacto visual puro que detiene el scroll del usuario (se refiere al momento exacto en que un contenido es tan impactante que logra que la persona frene el dedo, deje de deslizar la pantalla y preste atención a una publicación específica) que se traduce inmediatamente en clics y dinero. El público demanda estímulos inmediatos y ¡hay que dárselos! se reza en el establishment publicitario.
La visión de este espectáculo violento produce una desconexión empática en el público que ve el daño físico producido como si fuese un meme o un videojuego donde los competidores estúpidamente se golpean y carecen de humanidad.
Y finalmente, se normaliza el exceso de lo que antes se consideraba una como una agresión o pelea callejera y hoy se organiza, legítima y comercializa como "deporte" de élite bajo marcas globales.
A esto hemos llegado, a que el Homo Sapiens subesp. Stupidus ahora esté empoderado y no sea inofensivo.
Cuando los estúpidos se organizan, son validados por algoritmos modernos de redes sociales, o alcanzan el poder institucional, tienen la capacidad real de arrastrar a toda una civilización hacia el colapso, como lo hacen ahora normalizando espectáculos basados en la autodestrucción mutua.

 

El "colmo de la estupidez" en la era de la economía de la atención no es solo realizar un acto absurdo y lesivo como este obtusamente llamado Deporte de bofetadas o cachetadas, donde los competidores se convierten voluntariamente en indefensa mercancía destructiva para el entretenimiento de otros, creyendo que se está ganando.
Obra del Homo Sapiens subesp. Stupidus que, además, ¡la justifica!





1 . Paul Tabori. Historia de la estupidez humana. Ed. elaleph.com 1999.
2 . Imagen tomada de: https://www.facebook.com/robertomtzTV/videos/el-peligro-real-de-los-torneos-de-cachetadas/962653586844856/
3 . https://translate.google.com/translate?u=https://boxingscience.co.uk/science-behind-punch/&hl=es&sl=en&tl=es&client=sge
4 . JAMA Surg Publicado en línea: 18 de septiembre de 2024. 2024;159;(12):1435-1436. doi:10.1001/jamasurg.2024.2605