miércoles, 9 de marzo de 2011

De Certezas


CERTEZA E INCERTIDUMBRE

© DR Xavier A. López y de la Peña

“...todo el comportamiento de la materia obedece a las
mismas leyes de la física, sólo que la complejidad creciente
de las diversas ramas de la ciencia y nuestra ignorancia,
hace que utilicemos un lenguaje especial para cada
etapa de la evolución de la materia. De tal modo que el
lenguaje de la química es más vago que el de la física, el de la biología
más vago aún que el de la química y, por último, el de la psicología y
el de la sociología resultan ser los más vagos de todos."

EDUARDO CÉSARMAN, 1974

El mundo de las ideas, en términos muy simples, gira en torno de dos supuestos. Lo que se conoce y lo que se desconoce. Todos nosotros nos manejamos cotidianamente entre ambos extremos. Conocemos el espectro de la luz al descomponerse a su paso por un prisma como demostrara Isaac Newton desde 1666, y que la longitud de onda de la luz roja equivale a unos 6.600 angströms en tanto que la violeta corresponde a 4.600 angströms, que la velocidad de la luz se desplaza a 299.792.458 m/seg, que la tierra pesa 5 977 trillones de toneladas y sabemos también la posición precisa que diversos aminoácidos guardan en la estructura de la insulina humana, la hormona que interviene en la homeostasis de la glucosa. Desconocemos sin embargo, qué es la conciencia y dónde radica, o porqué un grupo ordenado y extraordinariamente complejo de macromoléculas se “activa” en lo que conocemos como “vida” por mencionar sólo unos pocos asuntos.
Un ejemplo sobresaliente para ilustrar este negocio sobre el ordenamiento de lo que conocemos y lo que desconocemos lo tenemos en la historia al recordarnos que, al clasificar los escritos de Aristóteles para darlos a la publicidad en Roma, Andrónico de Rodas, el filósofo peripatético griego del siglo I a.C, tropezó con la dificultad de asignarles un título acorde con el tema que trataban algunos de ellos. Para no quebrarse más la cabeza decidió que los títulos que no se referían a la física, a hechos concretos, se integraran en un grupo aparte bajo el nombre de meta ta physika, es decir, “después de la física” para incorporarse luego en el término conocido por metaphysica. Hoy, la moderna metafísica se acepta como un método, un procedimiento para llegar al conocimiento.
El quehacer diario de la humanidad en su conjunto sigue rigiéndose, sin embargo, entre certezas e incertidumbres. El vivir es decidir constantemente ante la incertidumbre que da la vida. El ser humano antes que ocuparse de sí mismo se pre-ocupa por sí mismo y para ello debe actuar, debe decidir sobre qué, cuándo y cómo hacer alguna cosa. Al preocuparse por qué hacer, y haciéndolo, se ocupa a su vez en construirse a sí mismo.
Preparar la tierra para sembrar maíz a partir de mañana -pensaría un campesino- implica, para el que lo desea hacer, tomar las providencias necesarias para ello, esto es, que se pre-ocupe y, al siguiente día, se ocupe en ello. Debe entonces esta persona tomar ciertas decisiones a seguir: proponerse el levantarse temprano al siguiente día, luego vestirse, lavarse, desayunar algo, proveerse de un recipiente con agua para resistir la temperatura elevada que prevé tener para el día siguiente, tener a mano los implementos necesarios para roturar la tierra, y luego caminar hasta llegar a la parcela que se sitúa a 5 km de distancia, etc. En lo referido, la persona tiene la certeza de lo que habrá de hacer al siguiente día, sin embargo, también existe la incertidumbre de si podrá hacerlo, tal vez porque el cielo se ha visto nublado hace unos días y podría llover, también tiene incertidumbre en saber si se logrará la cosecha del maíz que se propone sembrar porque podrían atrasarse o adelantarse las lluvias, ser muy escasas o abundantes, y más.
La física y la metafísica en sentido amplio, se amalgaman en la vida. Con otras palabras dicho, la certeza y la incertidumbre (principio físico enunciado por Werner Heisenberg en 1927) se reúnen. Lo que se conoce con lo que se desconoce. Lo natural con lo sobrenatural. Lo que puedo con lo que no puedo controlar. Lo que sé con lo que no sé.
El ser humano vive haciendo su propio camino en un mundo de hechos, creencias, ideas y conceptos, preocupado por su futuro entre la certeza y la incertidumbre. Los animales tienen un destino preconcebido y no necesitan preocuparse.
Lo cierto nos da seguridad en tanto que lo incierto atemoriza, sobrecoge en algunos casos extremos y quizá hasta aterroriza. En nuestro hacer cotidiano solemos darles explicaciones a los hechos que desconocemos. Justificamos los hechos o situaciones inciertas de una u otra forma y con ello la angustia se desvanece y recuperamos seguridad, estabilidad, certeza.
Si desconozco porqué la célula cardíaca se contrae rítmicamente y me refiero, no sólo al conocimiento que pudiera tener de los cambios en los potenciales de membrana que en ella se suscitan, de la estructura molecular de sus elementos constitutivos ni de la compleja termodinámica que ello determina, entonces debo asignar a algo la razón qué “explique” porqué la célula cardiaca se contrae y ello puede ser asignado a un fenómeno sobrenatural -metafísico- o justificarlo con un simple “hasta ahora no lo sé, pero es posible que mañana pueda descubrirlo”. Si doy una u otra explicación (válida o no a la luz de la inteligencia o conocimientos de otras personas) a algo que por ahora no sé o desconozco, entonces cede la angustia y me tranquilizo.
En el campo de la medicina suele suceder algo similar. Hace muchos años tuve la oportunidad de leer un libro titulado Curación Cuántica (Quantum Healing, 1989) escrito por el Dr. Deepak Chopra, médico endocrinólogo de origen indio formado en la medicina occidental y orientado en su quehacer profesional ahora hacia la medicina Ayurvédica.
Enfoca de inmediato en su libro el conflicto entre la certeza y la incertidumbre en que el ser humano se desenvuelve al decir que la “base física de la ciencia es muy sólida, “certeza, physica” y, para un médico, sumamente convincente. En cambio, el poder de la mente es harto sospechoso “incertidumbre, metaphysica”.
El título del libro ya es en sí mismo sugerente: Curación Cuántica. Considero que atrae y, de alguna manera, pretende explicar algo hoy inexplicable aparentemente. Ello lo hace a su vez más interesante comercialmente. La curación, que en este caso representa la certeza de que una enfermedad tenida por una persona, se esfuma y, cómo no sabe cómo, le vino en gana darle el calificativo de cuántica en consonancia con los conceptos del físico alemán Max Planck (1858-1947) de 1900 al determinar que la radiación se compone de “cuantos”, ondas-partículas cuyo dualismo demostró ulteriormente el físico Arthur Holly Compton (1892-1962), galardonado con el premio Nobel de Física en 1927. Por cuántica, se refiere al paso de un nivel de funcionamiento a otro superior. El paso o “salto” que se da cuando el enfermo -dice el Dr. Chopra- sabe o intuye que va a curarse, y siente que la fuerza responsable viene de dentro y a la vez no se limita al interior, expandiéndose más allá de sus fronteras personales, hacia la Naturaleza.
Este “salto cuántico” que podríamos decir, del cuerpo (física) a la mente (metafísica) lo reúne también con el término “holístico”, cuyos requisitos cubre de forma satisfactoria -dice también-, la medicina Ayurvédica.
El o los efectos de la mente sobre el cuerpo son, de tiempo atrás harto conocidos. Se sabe que una persona con mente sana tiene por lo general un cuerpo sano. Que una actitud positiva, de superación ante la adversidad o una enfermedad le hace sobrellevarla de mejor forma e incluso superarla. El organismo responde afirmativa o negativamente a nivel inmunológico ante el estrés. El encéfalo, bajo determinadas circunstancias, puede liberar “endorfinas” capaces de controlar el dolor, etc.
No es la medicina Ayurvédica, China, alopática u homeopática la que cura por sí misma. Es la certidumbre, en síntesis, que la persona posee de que tal o cual orientación terapéutica restablecerán el equilibrio entre el cuerpo y la mente para que el sistema inmunológico -entre otros- reaccione favorablemente. A este nivel, las células que conforman el sistema inmunológico no repararán en saber si el médico cree o no en la medicina tradicional o las otras referidas.
En la medicina, como en todos los campos del conocimiento humano no hay nada sobrenatural o metafísico. Quizá no comprendamos ahora todos sus secretos pero a la larga, sus misterios serán revelados. Mientras tengamos alguna incógnita sobre la naturaleza o el universo, seguiremos subsanándola con la explicación que nuestras ideas, creencias, hechos y conceptos generen. La incertidumbre entonces se trocará en certeza y esta sólo será válida a partir de la física. Aún el “principio de incertidumbre” donde se afirma la imposibilidad de reducir el error en la posición sin incrementar el error en el momento, y que ha sido leído a menudo como que el conocimiento científico está a merced de los caprichos imprevisibles de un Universo donde el efecto no sigue necesariamente a la causa, viene a recordarnos que el Universo es más complejo de lo supuesto, pero que sin embargo no es irracional como ha señalado Isaak Yudovich Osimov (1920-1992).
Materia y energía integradas en la naturaleza de manera organizada, se presentan acumulando energía en forma ascendente y jerarquizada.
Cuerpo y mente conforman una unidad de naturaleza física tratando de comprenderse a sí misma.

viernes, 18 de febrero de 2011

Mexicano


ESTEREOTIPO DEL MEXICANO

© D.R. Xavier A. López y de la Peña


La caracterización del mexicano ha sido presentada de variadas formas ¿En realidad, podrá ser hecha algún día?
Ha sido mostrado otrora gráficamente (Diego Rivera) como un hombre en posición de cuclillas, vestido con ropa de manta y calzando huaraches, un sarape sobre los hombros y cubierto con un sombrero de palma mientras dormita la siesta recargado y a la sombra de un nopal, en una figura que ha dado la vuelta al mundo.
Ya también se ha dado a conocer como el charro que se desayuna un vaso de tequila, mientras mantiene quién sabe cómo un cigarrillo entre los labios, al tiempo que engulle tacos bien enchilados, mienta madres y echa bala al son de “como México no hay dos” o similares, popularizados por algunos actores en la época de oro del cine nacional. Borracho aguantador, parrandero y jugador. Macho golpeador de mujeres propias y ajenas, desobligado, mujeriego irredento que deja en cada puerto un amor. Hábil para la trácala y el trinquete, marrullero como el que más, es el artífice experto y creador de innumerables “chicanadas” tan pronto se requiera y presente la ocasión. Pendenciero que explota a un simple “¿qué me ves?”, y alburero eterno que busca disfrazar con su lenguaje su propia minusvalía al pretender hacer hasta lo imposible por vejar al otro, someterlo o denigrarlo de cualquier forma, ya como cornudo, rajón o joto, pero... eso sí, presentándose unívocamente como ferviente Guadalupano categorizado como “el homo religosus” de México por el filósofo católico a ultranza Agustín Basave Fernández del Valle quien no pierde oportunidad para fustigar a los ateos que combinan -como él dice y no tolera-, un positivismo trasnochado con un cientificismo de cuarta categoría.
El mexicano como vejador contumaz de la mujer pero santificador eterno de su propia madre. En tanto que las demás mujeres son veleidosas, coquetas y fáciles, simples objetos de placer, la madre es pura, recatada, incapaz de ser tocada ni con el pétalo de una rosa, sujeto idealizado, inmaculado, y prístino de adoración perenne.
Malinchista a ultranza con profundos sentimientos de inferioridad enraizados en la misma conquista como lo delineara Leopoldo Zea al decir que “nos sentimos disminuidos, reducidos y, por lo mismo, inferiores, insuficientes, resentidos, sin más posibilidad que ocultar hipócritamente estos sentimientos o exhibirlos cínicamente.” Inseguro, impuntual, desordenado, dicharachero, bailador e indolente cuando de trabajar se trata. Influyente, patriotero, oportunista, descarado o cínico según pinte la situación sobre todo si se es un indecente activista político.
El “pelado” citadino, una “clase” social determinada, descrito por el michoacano Samuel Ramos como un ser “explosivo, cuyo trato es peligroso, porque estalla al roce más leve. Sus explosiones son verbales, y para lograr la afirmación en sí mismo, utiliza un lenguaje grosero y agresivo. Este filósofo mexicano sacudió la conciencia mexicana al adjudicarle al mexicano el “complejo de inferioridad” que delineó en su obra: El perfil del hombre y la cultura en México de 1934.
El “pachuco”, (que no el descrito por Octavio Paz sobre el mexicano residente en EUA) otro mexicano de ayer caracterizado por el cómico Germán Valdéz, “Tin-Tan”, como un personaje hablador de vestir extravagante, el don Juan libidinoso, cantarín y bailador pero bueno para nada pero que, a pesar de ello, embaucando al otro, hacía reír. O el del hablar sin decir nada, “cantinfleando”, para conseguir sin esfuerzo una u otra cosa en el hacer inútil de su vida, representado por un desgarbado e impreparado Mario Moreno, “Cantinflas.”
Mexicano el indio, con esa faceta que le impronta tener un “rostro negado” como nos dice Guillermo Bonfil Batalla, por el que abomina del pasado indígena y se perpetúa en un constante oprimir, explotar e imponerse aún hoy con la alharaca de la reforma constitucional sobre Derechos de los Pueblos Indígenas, en tanto que enaltece cínicamente su esplendoroso y egregio pasado al mostrar al extranjero, básicamente, su portentoso periodo nativo en el museo de Antropología e Historia.
Cholo el mexicano de hoy, al llamado marginado social, que viste con pantalones doble ancho y la pretina en las rodillas, aretes y tatuajes por doquiera. Cholo que en comportamiento inútil se regocija en pintar las paredes en un sin-sentido agresivo contra el stablishment, marcando “su” territorio y haciéndose notar en un aquí-estoy anónimo.
El mexicano comportándose como corrupto y “ninguneador” siempre afecto a disminuir los méritos ajenos, a sus valores y a sus obras partiendo de la base en la que nadie vale nada (es un “menso”, suele decir con frecuencia) hasta llegar a la actitud paranoide del sentirse superior a todos, incomparable, como lo ha destacado Aniceto Aramoni. Este hombre que recurre a la explicación de lo mexicano a partir de su potencial destructivo ejemplificándolo con el “machismo” expresado por la figura del caudillo Doroteo Arango, “Pancho Villa”, donde nadie habría de “rajarse” al entrarle a la bola, tenía que “aguantarse” al extremo, despreciando a la muerte y manejando con destreza la pistola. Ser valiente. Ser destructivo al servicio de un “ideal.”
El mexicano (o algunos mexicanos, con más propiedad como siempre) descubierto por la mirada antropológica de Oscar Lewis que fue anatemizado por la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística en su momento, por considerar su “libro obsceno (Los hijos de Sánchez) y denigrante para nuestra Patria” al mostrarnos a la cara, un filón tepiteño en toda su magnífica y cruda realidad; un vivir particular mexicano, sin el maquillaje que otros desearían como los cuadros representados en la novela histórica tiempo atrás televisada (Senda de Gloria) que nos regalaba la imagen de unos indígenas oaxaqueños limpísimos, sonrosados y con sus ropas sin arrugas en un ambiente que parecía esparcir un aroma (ilusión visual interiorizada) a frutas y esencias, más que al de sudor humano temporalmente añejado sobre la piel y el ropaje, que demandaban las interminables y fatigosas faenas campiranas.
El mexicano también ha sido incluido como amante del “relajo” como bien pintó el licenciado-filósofo Jorge Portilla en su obra Fenomenología del relajo. Con el sustantivo “relajo” que tiene implícito una fuerte dosis de relajación, de ausencia de seriedad en todo, haciéndole fácil presa de la burla. El mexicano que se burla de la muerte (Guadalupe Posadas), del vecino, del pariente y del amigo. Echa “relajo” lo mismo en la funeraria que en una ceremonia religiosa o la escuela, incluyendo en el burlarse una negación al valor que las cosas, asuntos u hechos poseen. En el “relajo”, además de la burla se suspende y se niega el “valor” como mencionamos, considerado este como categoría filosófica como bien dice Antonio Oriol Anguera en su obra El Mexicano, raíces de la mexicanidad.
Es cotidiano en la temporada abrileña de Aguascalientes el escuchar a los jóvenes decir que van a ir a la Feria Nacional de San Marcos que se está celebrando, a echar “relajo”. No tienen un programa predeterminado, conciso, sólo llegar con los amigos allí, reír y burlarse a ver de qué, desvalorizando las cosas en un ambiente festivo donde no hay ceremonias, ni compromisos, ni aparentes restricciones, ni seriedad. Sólo es importante “echar relajo con los amigos” aquí y allá, todo es broma, juego, vacilada.
Santiago Ramírez disecó la mexicanidad desde la perspectiva freudiana anclada en la libido con ejemplos que luego se expresarían claramente en la obra de Oscar Lewis. El sexo era el motor de las acciones, satisfacer y quedar satisfecho, temor y seguridad en la potencia. No “rajarse” y entrarle. “... no concebía la vida sin ninguna de las dos (dice Manuel, uno de los Hijos de Sánchez), sin que ninguna se sintiera ofendida. Cuando dormía con mi esposa (Paula) siempre la mente fija en Graciela, cuando dormía con Graciela siempre la mente fija en mi esposa. Después fui a ver a la mamá de Graciela. Siempre he tenido el poder de persuadir a la gente, al menos a los de mi clase, y por eso me decían “Pico de Oro”. Debe ser cierto, porque convencí a la mamá de Graciela de que aceptara”. Para Santiago Ramírez el problema básico de la familia quedaba estructurado freudianamente por el “exceso de madre, ausencia de padre y abundancia de hermanos.”
Octavio Paz, el poeta mexicano galardonado con el premio Nobel de Literatura, hoy lamentablemente desaparecido un día de abril, escribió y describió también al mexicano desde la óptica de la soledad en su Laberinto de la Soledad de 1950. En su obra nos dice que “La historia de México es la del hombre que busca su filiación, su origen. Sucesivamente afrancesado, hispanista, indigenista, “pocho”, cruza la historia como un cometa de jade, que de vez en cuando relampaguea. En su excéntrica carrera ¿qué persigue? Va tras su catástrofe: quiere volver a ser el sol, volver al centro de la vida de donde un día -¿en la Conquista o en la Independencia?- fue desprendido. Nuestra soledad tiene las mismas raíces que el sentimiento religioso. Es una orfandad, una oscura conciencia de que hemos sido arrancados del Todo y una ardiente búsqueda: una fuga y un regreso, tentativa por establecer los lazos que nos unían a la creación.”
El Dr. Agustín Basave Fernández del Valle interpretó la perspectiva de Octavio Paz en su obra, como la del poeta solitario y agnóstico, como hace resaltar porque le choca que alguien difiera o cuestione lo religioso, como la de un “-enorme poeta pero mero diletante en materia de filosofía- [que] siente su soledad de poeta y se la transfiere, se la adjudica a todo el pueblo mexicano o, si se prefiere, al mexicano tipo, al mexicano medio” y nos da, bajo su mirada y análisis una lista de “cualidades” y que son, para que vaya usted haciendo sus propias reflexiones acerca de cómo es el mexicano: Religiosidad acendrada; Humanismo teocéntrico; Estoicismo cristiano; Aprecio mayor a los importante que a lo urgente (predominio de lo que se queda sobre lo que pasa); Saber vivir al ritmo de un tiempo largo y verdadero; Cortesía refinada; Espíritu de tolerancia; Capacidad de amistad y de convivio -ágape- amoroso; Rápida y vibrante aptitud emotiva; Disposición innata hacia la belleza y preocupación estética; Un especial y exclusivo sentido del humor que, de punzante, llega a burlarse y reírse de sí mismo; Exquisito de finura que penetra sutilmente en los motivos de conducta de los prójimos en la escala de la acción voluntaria: medio-objetivo-valor. Capacidad de inteligir en un solo golpe de vista y visión muy clara para advertir los principios. La aptitud del mexicano para realizar en un acto vivo de la verdad y el valor, la norma y la idea, es sorprendente; Estilo barroco, entendido no tan sólo como un horror al vacío, sino como apasionada abundancia de formas sobre soporte clásico, como patetismo vital trascendente.
¿Cómo entonces es el mexicano? Religioso y relajiento, inferior y machista, pendenciero y cortés, trabajador o indolente, creador o destructor, responsable o inútil ¿De qué mexicano se habla? Porque hay mexicanos puntuales y formales, trabajadores y ateos, sin sentimientos de minusvalía y cuya trayectoria dista mucho de enfocarse y sustentarse sólo en la mirada de la “destrudo” frommiana, o de la “libido” freudiana, o del vivir en “soledad” paziana, o bajo es “disvalor” ramosiano y la perspectiva “religiosus” basaviana.
La caracterización de lo bueno y lo malo del mexicano expreso en su multifacético espectro, que de todo tenemos un poco, que incluya al nayarita, al yucateco, aguascalentense o potosino, etc. (que no hemos hablado de la mexicana merecedora de más tinta para otra ocasión, lo reconozco) seguirá haciéndose con el tiempo. Juzgue cada quien.
Y para terminar, quizá hoy el eterno Octavio Paz y a su memoria, esté pensando “a ojos cerrados eternamente” de nuevo y en su soledad, en lo mexicano como lo dijo en el último párrafo de su Laberinto:
“El hombre moderno tiene la pretensión de pensar despierto. Pero este despierto pensamiento nos ha llevado por los corredores de una sinuosa pesadilla, en donde los espejos de la razón multiplican las cámaras de tortura. Al salir, acaso, descubriremos que habíamos soñado con los ojos abiertos y que los sueños de la razón son atroces. Quizá, entonces, empezaremos a soñar otra vez con los ojos cerrados”.

lunes, 24 de enero de 2011

Substancia y Forma


IDEAS SOBRE LA MATERIA Y FORMA

© DR Xavier A. López y de la Peña

De aquel jarro de vino, que a nadie perjudica,
llena tu copa y bebe, y sírveme a mi otra,
muchacho, antes de que haga, sin prestar atención,
con tu tierra y la mía un jarro el alfarero.
[…]
Sabe que de tu alma serás separado
y que pasarás detrás de la cortina que guarda los secretos de Dios.
¡Sé feliz!... Tú no sabes de dónde has venido…
¡Bebe vino!... Tú no sabes adónde irás.

De la obra, Rubayyat, de Omar-Al-Khayyam (1040-1124 d.C.)

Esta es la gran dicotomía que enfrenta el pensamiento en la historia de la biología desde tiempos inmemorables.
La materia entendida como una realidad que existe por sí misma, fuera del sujeto que la conoce y es soporte de sus cualidades o accidentes. Es toda realidad objetiva que ocupa un lugar en el espacio y que puede ser percibida de la misma manera por diversos sujetos. Es todo aquello que, ocupando un lugar determinado en el espacio como referimos, se puede tocar, ver, sentir, medir, modificar, etc.
Y la forma, entendida no como una figura espacial (cubo, silla, perro, etc.), sino como principio activo que con la materia prima constituye la esencia de los cuerpos y que pertenece o es relativo a nuestro modo de pensar o de sentir, y no al objeto en sí mismo.
Esta idea de “esencia” o principio de las cosas como la elaboraron los filósofos presocráticos, particularmente Pitágoras, quien señaló que el principio (forma) de todas las cosas es el número. Platón quien dio un paso más allá al manejar el concepto de forma (eidos) en términos de concepto, especie o género, y finalmente por Aristóteles (384 a. de C.), el gran pensador y maestro de la sabiduría, hijo del médico Nicómano, considerado padre de la biología en la tradición occidental, quien se ocupó de este tema y estableció que la forma es lo que uno es, como sustancia; lo que verdaderamente es, en oposición con la materia y concibiendo la realidad de la sustancia como compuesta de materia y forma sustancial: el hilemorfismo. La materia entonces la concebía conteniendo la naturaleza esencial de todas las cosas, pero sólo en potencia, y por medio de la forma, esta esencia alcanzaba su realización; esto es a lo que llamó la entelequia.
En otros términos la materia es llamada también cuerpo, estructura o substancia de extensión limitada y perceptible por los sentidos, y alma a la forma, al patrón que da forma y organiza el dinamismo vegetativo, sensitivo e intelectual de la vida y que en algunas religiones y culturas, se reconoce como sustancia espiritual e inmortal de los seres humanos.
Estos razonamiento griegos presocráticos dieron un nuevo curso que habría de transformar la historia de la humanidad, llevando el pensamiento del hombre del nivel especulativo al objetivo, tratando de explicarse los fenómenos de la naturaleza mediante el razonamiento puro y dejando atrás los argumentos causales de génesis sobrenatural. Nace así la filosofía, el método de la razón que busca la claridad del pensamiento, la verdad y el entendimiento de cuanto fenómeno analice en función de la totalidad.
Sin embargo, las limitaciones que el ser humano tiene para dar respuesta a sus inquietudes sobre el universo y sobre sí mismo, dejan espacio suficiente para el razonamiento especulativo o metafísico (esto es, oscuro y difícil de comprender) como bien lo señala Eduardo Césarman (1968) diciendo: Mientras la ciencia no lo explique todo, desde los primeros principios y causas hasta sus últimas consecuencias y fines, incluyendo el problema tan importante para nosotros del significado, si es que lo hay, de nuestra propia existencia, habrá un lugar necesario para el pensamiento metafísico.
Hasta aquí llegaba la filosofía, esto es, el amor a la verdad mediante el razonamiento puro y objetivo, cuando la vida intelectual y espiritual de los filósofos y de todos los hombres del Mediterráneo, sufren el asalto de una multitud de corrientes religiosas que propugnan por conciliar la teología con la filosofía utilizando la filosofía grecolatina para dar sustento racional a la revelación religiosa del cristianismo.
En la antesala de este acontecimiento estaba Filón (15/10-45/50 a. de C), el filósofo judío que en Alejandría dedicó su vida a conciliar las Sagradas Escrituras y la cultura judía con lo expresado por la filosofía griega, particularmente con las ideas de Platón (427-347 a. de C.); Plotino (205-270 a. de C.), el egipcio copto con nombre romano, también en Alejandría, quien sostenía que el hombre estaba compuesto de la triada cuerpo, alma y mente y que la suprema virtud sólo sería alcanzable mediante la transmigración del alma de una forma a otra, según sus méritos o defectos, en cada reencarnación. Así también concebía a Dios como una triada: razón (nous), unidad (hen) y alma (psyche). La Unidad Absoluta -enseñaba-, no puede alcanzarse con la mente, sólo cuando el alma es divinamente poseída e inspirada.
De hecho, este proceso místico ocurrió con Aurelio Agustín de Hipona quien naciera en Tagaste, Norte de África, en el año 354 y que, estando en un jardín de Milán, Italia, oyera un voz decirle: “Abre el libro y lee”. (Abrió la Biblia al azar por las cartas de Pablo y leyó el pasaje Rom 13): Andemos decentemente y como de día, no viviendo en comilonas y borracheras, no en amancebamiento y libertinaje, no en querellas y envidias; antes vestíos del Señor Jesucristo y no os deis a la carne para satisfacer sus concupicencias.
A este proceso que usó la razón natural humana, en particular la filosofía y la ciencia de Aristóteles, para comprender el contenido sobrenatural de la revelación cristiana se denominó escolasticismo que se asentó en las escuelas y universidades medievales de Europa, desde mediados del siglo XI hasta mediados del siglo XV. Su conformación fue múltiple pues reunió en su ideología tanto corrientes filosóficas grecolatinas, como árabes y judías. Su constructo filosófico descansaba en el argumento de autoridad y su distanciamiento de la ciencia y el empirismo. La Biblia era la fuente del conocimiento pues procedía, aseguraban, de una Revelación divina.
Pero una nueva luz iluminó de nuevo a la razón y en los siglos XV y XVI la oscuridad medieval sustentada, como referimos, en la filosofía legada por Aristóteles y la teología cristiana, dio un vuelco enorme al transformar la concepción de un universo viviente, orgánico y espiritual en el nuevo paradigma mecanicista dominante de los tiempos modernos.
Este movimiento cultural generado en la Europa occidental y llamado Renacimiento insufló nuevos bríos en el conocimiento y progreso de la humanidad al dejar atrás el dogmatismo de la Edad Media y abrir las puertas a una nueva concepción del mundo y el hombre al impulso de la ciencia. El eje del conocimiento en base a la deidad (Teocentrismo), fue sustituido por el del basado en el hombre mismo (Antropocentrismo).
Uno de los iniciadores de este renacer estuvo a cargo de René Descartes (1596-1650), el pensador francés considerado como padre de la filosofía moderna quien rechaza, por supuesto, el razonamiento escolástico y da vida al razonamiento analítico que nos presenta en su Discurso del Método. También consideró la materia (cuerpo) y la forma (alma) como entidades separadas e independientes: res cogitans versus res extensa. El pensamiento cartesiano sostenía que todo en el universo (incluyendo a los seres vivos) podía ser comprendido si se le reducía al racional análisis a partir de sus componentes más pequeños.
En el terreno de la ciencia, Andrés Vesalio (1514-1564) confrontó sus hallazgos anatómicos con las ideas magister dixit impuestas por Hipócrates y Galeno, mostrando el cuerpo humano sin las hojas de parra cubriendo sus regiones pudendas, que habían impuesto los censores escolásticos cegados por la ideas vergonzosa y pecaminosa de la figura humana echada del paraíso por haber comido de la manzana del árbol de la sabiduría. El inglés, William Harvey (1578-1657), que inspirado en Descartes y probablemente en el español Miguel Servet (víctima de la sinrazón y quemado en la hoguera por haber descrito la circulación pulmonar en una obra teológica: Christianismi Restitutio, publicado en 1553) describió la circulación de la sangre a partir del corazón.
La filosofía estaba entonces restaurada en su fin último de conocer la verdad mediante el uso de la razón, siguiendo el método científico. Objetivando, sistematizando, analizando, deduciendo y reproduciendo, si ello es posible, los fenómenos observados y sujetos al análisis.