miércoles, 4 de abril de 2018

Breve adiós al Centenario Hospital Miguel Hidalgo de la ciudad de Aguascalientes, Ags., México.



El éxito de un hospital debe medirse,  
no por su posición económica, académica o científica,
ni por las certificaciones a las que ha llegado o por la población a la que da servicio,
sino por el esfuerzo de su personal en superar sus limitaciones y ser humanitario continuamente.

Dr. Xavier A. López y de la Peña

            En una modesta ceremonia, si es que así puede llamársele, el 29 de marzo de 2018 cierra sus puertas el hoy llamado “Centenario Hospital Miguel Hidalgo”, antes Hospital “Miguel Hidalgo”, tras casi 115 años de labor a favor de la atención en salud a la población abierta de Aguascalientes y sus alrededores.
            En este acto participaron el Dr. Sergio Velázquez García, secretario de salud del estado; el Dr. Armando Ramírez Loza, director del citado nosocomio y Leticia Yolanda Ponce Guzmán, encargada del despacho de la Cruz Roja Mexicana en Aguascalientes.
            Hasta esta fecha, el hospital contaba con un personal de 1 076 trabajadores de base y 300 suplentes; pacientes y equipo se trasladaron ahora a su nueva sede ubicada en la Av. Gómez Morín esquina con Heroico Colegio Militar para seguir cumpliendo con su misión de “servir a la sociedad del Estado de Aguascalientes, en particular a su población más desprotegida, mediante atención médica especializada, con responsabilidad y sentido humano, así como formar profesionales en el área de la salud, a través de la asistencia, enseñanza e investigación”.
            Tan importante cambio, creo yo, debería haber estado acompañado y abanderado por las máximas autoridades civiles y militares del estado, como de las correspondientes de salud federal y de la sociedad civil. Una despedida calurosa, llena de emoción y agradecimiento por los servicios prestados en la institución a  lo largo de una centuria.
            No escuchamos el réquiem hacia tan noble institución por parte del sector médico, particularmente del Colegio de Médicos Cirujanos de Aguascalientes o del Colegio de Enfermeras. Tampoco estuvieron presentes autoridades universitarias y… para que seguir.

            Sólo en el silencio se contuvo la frase: El Hospital ha muerto, ¡Viva el Hospital!

            Con seguridad y en breve tiempo se detonará la algarabía cuando las “altas” autoridades (quizá el propio Presidente de la República) se arremolinen en derredor del nuevo Hospital Miguel Hidalgo en su nueva y moderna sede en la Av. Manuel Gómez Morín para la ceremonia inaugural. Sea para bien.

            Recordaremos los orígenes de esta inolvidable y benemérita institución y sus respectivos directores a lo largo de estos casi 115 años.

            En la ciudad de Aguascalientes, Ags., bajo la administración del gobernador Alejandro Vázquez del Mercado, se remata el día 7 de junio de 1888 en la cantidad de $1,708.76 a favor del gobierno, una antigua y derruida propiedad ubicada en la calle del Salitre que constaba con una superficie total de 22,335 varas cuadradas (Aproximadamente 18,670 m2) con la intención de construir allí un Asilo para Niños Desvalidos (Al ingeniero don José Noriega se le confió el proyecto).
            Puesta en marcha la obra, el 5 de mayo de 1889 en una ceremonia protocolaria se colocó allí la primera piedra.
            Adelantados los trabajos y en funciones entonces el gobernador (interino) señor Carlos Sagredo, concibió la idea de que a ése lugar, en vez de destinarlo para Asilo, se trasladaran mejor allí a los pacientes del vetusto Hospital Civil (anteriormente Hospital de San Juan de Dios), reanudando los trabajos de su construcción en el año de 1901. Con esta nueva visión, se estableció una junta responsable para lograr dicho propósito, conformada por los médicos Manuel Gómez Portugal Rangel, Ignacio N. Marín y Carlos M. López, el ingeniero Tomás Medina Ugarte y el señor Felipe Ruiz de Chávez.1

            Más adelante, el 22 de marzo de 1903 el gobernador Alejandro Vázquez del Mercado anunciaba que el nuevo hospital, de cuya benéfica institución se ha venido ocupando, “está por terminarse; las obras materiales están casi concluidas y muy avanzados los trabajos de pintura y decorado de los principales departamentos del espacioso edificio que no muy tarde deberá inaugurarse”.2

            Finalmente, en el informe dado por el señor Carlos Sagredo, Gobernador del Estado, al abrir el primer período de sesiones ordinarias del H. Congreso local, el día 16 de septiembre de 1903 señala:
            “Como os consta, ayer [15 de septiembre] fue inaugurado el nuevo Hospital Civil, que en lo sucesivo llevará el nombre del inmortal Hidalgo, en conmemoración del caudillo que inició la Independencia de México, la noche del 15 de septiembre de 1810.3
            Así, el día 28 de septiembre se trasladaron los enfermos del antiguo Hospital Civil, a este nuevo edificio.
            El costo que tuvo la obra fue de $69,793.52, incluyendo un legado de $8,000.00 hecho por la señorita Dolores Villalpando y $2,000.00 obtenidos de unas corridas de toros llevadas a cabo con este propósito. El área de construcción en el terreno ocupó una superficie de 7,376 metros cuadrados”.4
            Si se suma esta última cifra anotada a los $60,000.00 invertidos en la construcción hecha para lo que habría de ser el Hospicio para niños, la cantidad total del costo de la obra fue de $129,793.52.5

            La Junta de Beneficencia que venía trabajando para la instalación del Hospital Hidalgo estaba integrada por:
            Dr. Ignacio N. Marín, Presidente.
            Trinidad Pedroza, Vicepresidente.
            Felipe Ruiz de Chávez, Tesorero.
            Dr. Enrique C. Osornio, Regidor de Beneficencia.
            Plácido Jiménez, Secretario.

            Y personal directivo del flamante “Hospital Hidalgo” estuvo inicialmente conformado por:
            Dr. Manuel Gómez Portugal Rangel, Director.
            Dr. Alfonso M. López, Médico Adjunto.
            Dr. Leopoldo Martínez, Administrador.
            Sr. Jesús Gómez Portugal, Escribiente de la dirección.
            Personal de apoyo, empleados y mozos:
            Emilia Delhumeau, Boticaria.
            Jesús Mora Lastra, Tópico.
            Zenaida [Zenayda, en otras partes] Martínez, Tópica.
            Pedro Hernández, Cocinero.
            Margarita Vázquez, Cocinera.
            Isidra Rodríguez, Lavandera.
            Julia Martínez, Criada en la Sala de Mujeres.
            Carmen Cortés, Despensería y guardarropa.
            Macedonia Gómez, Costurera.
            Santos Puente, Mozo de la botica y de la primera Sala de Presos.
            Luis Ávila, Mozo de la segunda Sala de Presos.
            Aurelio López, Mozo de la salida de libres y de la sala de operaciones.
            Valentín Ortiz, Mozo del departamento.
            Sotero Esparza, Portero.6

            El Hospital contaba con las siguientes Salas:

            Sala número 1. “Isidro Calera [Obregón]” (1827-1888. Médico aguascalentense, notable y muy caritativo), con 30 camas; a cargo el joven e inteligente Dr. Enrique C. Osornio.
            Sala número 2. “Miguel [F.] Jiménez” (1813-1876 el gran médico clínico mexicano, introductor de la clínica moderna y médico de Maximiliano I) destinada a medicina y cirugía de presos y reencargados; atendida por el Dr. Alfonso M. López y tiene 30 camas.
            Sala número 3. “Pablo Gutiérrez [Morán]” (1805-1881. Notable médico de Guadalajara y reformador allí de la Escuela de Medicina); tiene 16 camas, está destinada a las mujeres y la atiende el joven Dr. Reynaldo Narro.
            Sala número 4. “Rafael Lucio [Nájera]” (1819-1886. Gran médico veracruzano, fundador de la Academia Nacional de Medicina de México); es de maternidad, y la atienden los médicos del hospital.
            Sala número 5. “Salvador García Diego [y Sanromán]” (1842-1901. Notabilísimo médico de Guadalajara), destinada a las mujeres con enfermedades venéreo-sifilíticas; la atiende el conocido Dr. José Cruz, tiene 30 camas.
            Sala número 6. “Leonardo Oliva” (1814-1872. El inmortal naturalista); es mixta, de medicina y cirugía, tiene 26 camas y la atiende mi compañero de colegio, el talentoso e ilustrado Dr. Manuel Gómez Portugal Rangel.
            Sala número 6. Sala de operaciones “Francisco Montes de Oca [y Saucedo]” (1837-1885. Médico militar fundador de la Escuela Práctica Médico Militar). Que en el fondo tiene el retrato de este ilustre cirujano; es amplia, muy limpia, con una hermosa rotonda coronada por alta cúpula de cristales, y en cuya base se ven los nombres de los famosos cirujanos Luis Muñoz, José María Vértiz, José María Villagrán y Rafael Lavista. Está dotada de mesas y aparatos de lo más moderno, con un magnífico desinfectador de ropas e instrumentos, y un inhalador de precisión, que es de lo más selecto.7

            Para terminar, ésta es la lista de los directores que tuvo el “Hospital Hidalgo” desde su fundación en 1903 a la fecha:8

Dr. Manuel Gómez Portugal Rangel 1903-1911
Dr. Camilo G. Medina Carreón 1911-1916
Dr. Zacarías Topete López 1916
Dr. Camilo G. Medina Carreón 1917-1919
Dr. Alfonso M. López Ávila 1919-1922
Dr. José González Saracho 1923-1925
Dr. Julio B. Villaseñor Norman 1925
Dr. Alfonso Sánchez González 1926-1928
Dr. Rafael Macías Peña 1929-1930
Dr. Julio Castañeda 1930
Dr. Eduardo Durán Alférez 1932-1936
Dr. Alberto Guerrero Murillo 1936
Dr. Vicente Manjarrez Yarza 1936-1940
Dr. Rafael Macías Peña 1940-1944
Dr. Jorge F. Topete del Valle 1944-1947
Dr. José Luis Ávila Pardo 1948-1949
Dr. Rafael de la Torre 1949-1950
Dr. José Ramírez Gámez  1951-1952
Dr. Jorge F. Topete Del Valle 1953-1956
Dr. Jorge Jirash Shaadi 1956-1957
Dr. Guillermo Ramírez Valdés 1958-1962
Dr. Gregorio Giaccinti López 1962-1968
Dr. Luis Alfredo Martínez Valadéz 1968-1972
Dr. Gregorio Giaccinti López 1972-1975
Dr. Alfonso M. Pérez Romo 1975
Dr. Gregorio Giaccinti López 1975-1977
Dr. Carlos Martín Gaytán Galindo 1978
Dr. Antonio Ávila Storer 1978-1980
Dr. Salvador Salazar Gama 1981-1986
Dr. Arturo Amador Llamas 1987
Dr. Ismael Landín Miranda 1988
Dr. Salvador Sánchez Silva  1989-1990
Dr. Francisco Esparza Parada 1990-1993
Dr. Guillermo Huerta Yánez 1993-1994
Dr. Rodolfo González Farías 1994-2004
Dr. Gerónimo Aguayo Leytte  2004-2010
Dr. Rodolfo González Farías  2011-2016
Dr. José Basilio Romo Velázquez  2016-2017
Dr. Armando Ramírez Loza  2017-



1. Moreno Ramos V, Delgado Leal L y Llamas Esperón G.100 años conmemorativos del Hospital Hidalgo. Gobierno del Estado de Aguascalientes. México 2004, p. 38.
2. El Republicano, 22 de marzo de 1903.
3. El Republicano, 20 de septiembre de 1903.
4. Topete del Valle, Alejandro. Notas para la historia de la medicina en Aguascalientes. En: Letras sobre Aguascalientes. Antonio Acevedo Escobedo. Gobierno del Estado de Aguascalientes. 2a. Ed. México 1981. p. 413.
5. Revista Mascarón. Archivo Histórico del Estado de Aguascalientes. Núm. 18, marzo 1995.
6. Nuestro Siglo. Suplemento del Hidrocálido, 14 de septiembre de 2003.
7. Juan de Dios Peza, en: Revista Mascarón. Archivo Histórico del Estado de Aguascalientes. Núm. 18, marzo 1995.
8. Elaboración propia. Base de datos en archivo personal.

sábado, 24 de marzo de 2018

Primera toracotomía y raquianestesia en Aguascalientes, México 1904




Dr. Xavier A. López y de la Peña

            Durante una corta estancia de quince días en la ciudad de Aguascalientes que tuvo el Dr. Ferdinand-Philéas Canac-Marquis (1858-1925), notable cirujano canadiense, Jefe de Cirugía del Hospital Francés en San Francisco, California, EUA, practicó una cirugía en el hospital “Miguel Hidalgo” en una mujer sometida a raquianestesia preparada por el Dr. Tomás Casas. La paciente fue la esposa de don Elías Guerra, a quien accidentalmente se le había introducido un botón por los bronquios (hasta la entrada de los pequeños bronquios), teniendo el Dr. Canac-Marquis que fracturar algunas costillas para llegar hasta el pulmón.      Fue ayudado en este procedimiento por los doctores Manuel Gómez Portugal Rangel1 (a la sazón director del citado hospital recientemente inaugurado en 1903) y don Tomás Casas.             En este delicado caso tuvieron a su cargo la anestesia, los señores Dr. Lebecq (dentista) y Dr. Juan Ignacio Arteaga.
            Lamentablemente la paciente falleció dos días después de la intervención.2



            Esta es la primera noticia que tenemos de la práctica de una cirugía de tórax y de anestesia raquídea en la ciudad de Aguascalientes y, aunque escueta, nos demuestra la capacidad y actualidad en el conocimiento médico que tenían los galenos de la época.
            Si bien ya se hacían algunas intervenciones quirúrgicas en el tórax en México y se conocía el empleo del sello de agua (Dr. Joaquín Rivero Heras)3, es impresionante que se hubiera hecho esta cirugía para extraer un cuerpo extraño del bronquio de una mujer. Como no tenemos más información, no sabemos si realmente se logró extraerlo, ni como fue la intervención, pero sí sabemos que la paciente sobrevivió 48 horas, probablemente en medio de un gran sufrimiento.
            Ciertamente la decisión quirúrgica fue tomada de manera apresurada dado que la signo y sintomatología que causa la presencia de un cuerpo extraño en bronquio (80% más frecuentemente ubicado en bronquio derecho) es severa, de graves consecuencias y pudiendo ser una amenaza inmediata a la propia vida, con tos violenta, sibilancias, angustia y cianosis por falla respiratoria. En ocasiones el cuerpo extraño puede desplazarse a partes más distales del tracto bronquial causando una leve mejoría en la sintomatología.4 Y recordamos que dos años después, en 1906, apenas se daba a conocer la técnica de la toracotomía anterolateral propuesta por el cirujano italiano, Spangaro S.5
            Por otro lado, qué hacía aquí en Aguascalientes el cirujano, Dr. Ferdinand Phileas Canac-Marquis. ¿Estaba de descanso aquí casualmente disfrutando de las aguas termales de la localidad o fue invitado a venir aquí (lo que parece muy improbable dada la urgencia) por el Dr. Manuel Gómez Portugal Rangel o por familiares de la paciente? No lo sabemos.
            Pero sí sabemos algo sobre este distinguido personaje:
            Ferdinand Philéas Canac-Marquis nació en una provincia de Quebec, Canadá y se graduó con distinción en el Victoria College of Medicine en Montreal en 1886 con el título de Doctor en Medicina y de Maestría en Cirugía. Viajó a Europa y trabajó en la clínica del cirujano francés Dr. Jules Émile Pean (1830-1898), con el neurólogo Jean-Martin Charcot (1825-1893), el cirujano Samuel Jean de Pozzi (1846-1918) y el también cirujano Just Lucas-Championniere (1843-1913), así mismo trabajó con el profesor T. M. Dantu con quien se aproximó a la técnica de la acupuntura, y practicó en otras clínicas y hospitales de los cirujanos más prominentes de París; también hizo estudios de bacteriología en el Instituto Pasteur. Luego viajó a Berlín trabajando con el médico y bacteriólogo alemán Robert Koch (1843-1910), el cirujano Ernst von Bergman (1836-1907) pionero en la cirugía aséptica, con el obstetra Robert Michaelis von Olshausen (1835-1915), con Martin y otros, y estuvo algún tiempo en Viena, Austria, bajo la dirección del cirujano austríaco Theodor Billroth (1829-1894), el cirujano alemán Heinrich Braun (1862-1934) y otros.
            En mayo de 1886, el Dr. Canac-Marquis llegó a Minnesota, EUA y se estableció en Anoka; también aquí se naturalizó estadounidense.
            En octubre de 1890, se asentó en la ciudad de St. Paul, Minnesota, EUA y fue miembro de la Sociedad Médica Estatal, presidente del personal de St. Paul Catholic Infants Home, Ramsey County, Minnesota y fue el director médico de la Lincoln Life and Accident Company, de la Germania Life Insurance Company y de la Bankers' Alliance. (Nazaire LeVasseur. Ferdinand-Philéas Canac-Marquis. Médicin Chirurgien. Esquisse Biographique. Imprimiere de Charrier & Dugal, Ltée., Québec, 1925).

            En lo que concierne a la raquianestesia, la primera vez que se empleó en México se atribuye al Dr. Ramón Pardo en el año 1900 -25 de julio-, y fue realizada en la ciudad de Oaxaca, de acuerdo a la siguiente publicación: Pardo Ramón Dr. La cocainización lumbar por el método de Tuffier. Crónica Médica Mexicana. México, 1901, 1-6.
            Se realizó el Hospital de la Caridad, hoy Hospital "Padre Ángel Vasconcelos" de la Ciudad de Oaxaca, el 25 de julio del año de 1900, esta proeza lo llevó a cabo el Dr. Ramón Pardo y el grupo médico integrado por los Dres. Luis Flores Guerra, Herminio Acevedo y Manuel Pereyra Mejía, y como paciente al Sr. Lorenzo Cruz, que presentaba una gangrena en la extremidad inferior izquierda, quien una vez valorado, se decidió su intervención quirúrgica, el Dr. Pardo procedió a la aplicación de cocaína por vía subaracnoidea con acceso lumbar, utilizando la técnica del Francés Dr. Teodore Tuffier, de su artículo publicado en el periódico "La Semana Médica de París" del 16 de mayo del mismo año, con el título "Anestesia Medular Quirúrgica por inyección subaracnoidea lumbar de cocaína, técnica y resultados".6



1 . López de la Peña XA. Dr. Manuel Gómez Portugal Rangel. Bol Mex His Fil Med 2009; 12 (1): 4-8.
2. Biblioteca Pública Centenario-Bicentenario. Aguascalientes. Fondo: Alejandro Topete del Valle 19-D.17.
3 . Munguía Canales DA, Ibarra Pérez C, y Rodríguez Pérez, ME. Pioneros de la cirugía torácica mexicana. Gaceta Médica de México 2011;147:342-349.
4 . Javier Korta Murua, Olaia Sardón Prado. Cuerpos extraños en la vía respiratoria. En: Protocolos diagnóstico-terapéuticos de Urgencias Pediátricas SEUP-AEP. P. 67. Consultado el 14 de marzo de 2018 en: https://www.aeped.es/sites/default/files/documentos/cuerpo_ext_via_aerea.pdf
5 . Spangaro S. Sulla tecnica da seguire negli interventi chirurgici per ferrite del cuore e su di un nuovo proceso di toracotomia. Clin Chir 1906; 14:227.
6 . Historia de la Anestesia. Consultado en internet el 13 de marzo de 2018 en: http://www.medigraphic.com/pdfs/rma/cma-2001/cma011b.pdf

viernes, 2 de febrero de 2018

"Hantiguedades" 2a. Parte


O el misterio criptográfico.

Dr. Xavier A. López y de la Peña

            Entretanto se arreglaba o no doña Tula con la mujer del niño de los mocos (Léase “Hantiguedades” de fecha 20 noviembre 2017) inicié tranquilamente el habitual recorrido por la estantería de metal oxidado que tapizaba los muros de piso a techo del negocio, desbordante de trebejos inútiles. Buscaba pequeñas cosas antiguas y con relación al hacer médico: jeringas, fórceps, recipientes, medicamentos, libros, etc. Aunque pretendía –como era mi costumbre- aparentar que no sabía qué buscaba, porque me había hecho la idea de que si el comerciante percibe que el posible comprador muestra interés en “algo” particular, de inmediato ajusta el precio de la mercancía a la “alza” como suele decirse en el argot  bursátil; esta estrategia, sin embargo, no me funcionaba más con doña Tula. Ella sabía perfectamente qué buscaba y, como si hubiese un acuerdo no expreso entre ambos, cada uno asumía su papel de ignorante en cuanto a las intenciones del otro. También adivinaba que doña Tula tendría “escondida” alguna cosa que pudiera interesarme y ya para salir de su local sin comprarle nada –como también era mi costumbre, me diría atajándome: ... creo que tengo una “pincita  poray que parece para dotores”. A ver si le sirve -añadía con voz más suave, bajando los ojos y corriendo en busca del objeto para mostrármelo-.
            Mirando aquí y acullá llamó mi atención una estructura metálica aparentemente que estaba colocada atrás de un viejo radio de bulbos Zenit transoceanic asomando por uno de sus ángulos. Y acaparó mi interés ver que tenía unas letras inscritas en aparente latín. Lo saqué y efectivamente las letras grabadas estaban en latín. Se trataba de una pieza de bronce conformando un triángulo equilátero de unos 30 cms. por lado cuyos vértices remataban en círculos en los que se leía: Pater, Filius  y Sps Sctus, los lados que unían a uno y otro vértices a su vez tenían la inscripción: non est y, de cada vértice hacia el centro salían a su vez tres placas a manera de rayos con la inscripción  est y al centro un círculo en que se adivinaban sólo las letras De. Se trababa, como todo parecía indicar, que era una obra en bronce representando al Triángulo Místico, símbolo de la Trinidad del inefable misterio de la fe católica. Quién sabe de dónde saldría esta pieza y qué antigüedad pudiera tener pero... ciertamente, yo no la adquiriría por supuesto. Nada que ver con el hacer médico –pensé finalmente dejándola en el mismo sitio.
            Seguí mirando, escudriñando y cogiendo uno que otro vejestorio para saber qué sería o para qué podría ser o servir en todo caso. No faltaban las planchas de carbón, las cerraduras, los candeleros, los azadones viejos, los marcos para fotografías de madera, las piedras de molino, los radios viejos, las pantallas para lámparas, el foco, vasijas, cadenas y un sinfín de cosas más.
            Una hora después de curiosear por cualquier rincón de los dos locales del negocio decidí que era el momento de retirarme.
            Al llegar a la puerta, escuchando que doña Tula me detenía para mostrarme “algo”, aproveché para preguntarle si acaso no tendría un maletín médico entre sus muchas curiosidades.
            -Recordé que hacía tiempo había visto alguno por allí, era de piel y lucía muy deteriorado por lo cual ni siquiera había preguntado entonces-.
            Los ojillos de doña Tula brillaron por un instante cuando establecimos contacto visual sin que el resto de sus facciones denotara el más mínimo cambio y me dijo desenfadadamente: Creo que allá atrás tengo uno, voy a traerlo. Y uniendo la última sílaba de lo dicho con la acción, puso en movimiento sus piernas rumbo a su escondrijo para traer el maletín por el que sabía me iba a interesar.
            Venía en una caja con otras “viejeces” que me trajeron a vender el mes pasado -dijo mostrándome el polvoso maletín que tenía adherida una etiqueta en su asa, marcada con lápiz con los números 70-.
            El maletín, era efectivamente un maletín médico. De color marrón y con huellas de haber sido recosido en el exterior de uno de sus costados de manera no muy meticulosa. Estaba hecho de piel y fuertemente reforzado con herrajes en las equinas. Lucía muy deteriorado y su asa central se mostraba muy gastada por el uso. Su interior estaba forrado con una tela color beige claro estampada con lo que en sus mejores tiempos habrían sido unas estilizadas flores de lis de color verde oscuro. En la pared posterior e interior, y con el mismo material, tenía una bolsa que se sujetaba con un broche de presión. En la parte inferior y externamente tenía grabados en la piel dos números 16 y 33. Su chapa –sin la llave, por supuesto- tenía adherida por un lado y sujeta con una asa, un pequeño medallón metálico con las iniciales impresas “AP”.
            El maletín -añadió doña Tula, me lo vino a vender la viuda del licenciado Barrera que tenía su notaría allá por la calle del Codo. Este licenciado juntaba muchas “viejeces” y gastaba “muncho” dinero en ello. Mi viejo, que en paz descanse, lo tenía de cliente hacía “muncho” tiempo.
También –siguió diciendo-, me vendió el maletín junto con una caja de fierro que tenía unos papeles y un libro. Hace una semana vendí el libro pero quedaron los papeles –dijo apresuradamente- pues ya corría a traer también la vieja caja.
            Estaba emocionado teniendo en mis manos este maletín médico. Porque ¿cuántas cosas podría contarnos? ¿Qué pacientes habrán sido explorados y atendidos con los instrumentos y remedios que contenía? Seguramente habrá sido testigo múltiples tragedias como de frecuentes dichas. De la mano del médico, éste maletín como muchos otros, se han convertido en un símbolo representativo de la medicina en pie de igualdad actualmente con el del caduceo y el estetoscopio.
            Muy antiguo es el empleo de maletines -recordé. De Roma provienen algunos cofres metálicos que datan del año 300 a. de C. como aquél que pertenecía al ahora con ello célebre médico romano Gaius Firmius que contenía un mortero, vasos y algunos ganchos quirúrgicos. Con el tiempo, el transporte de los materiales de curación, de diagnóstico y análisis médicos en los maletines ha evolucionado pasando de los materiales metálicos, a los de madera, piel, cartón y plásticos.
            Mire –dijo doña Tula regresándome a la realidad-  mientras me mostraba y entregaba la también polvosa caja metálica.
            -Le pregunté si me podía sentar en su banco, a lo que accedió, y me senté a revisarla.
La caja era una caja de hierro forjado, muy pesada,  rectangular, de unos 20 c. de ancho por 40 cm. de largo y 10 cm. de alto con la tapa  convexa y chapa en el frente. El grosor de sus paredes era de 0.5 cm. con una marca en el centro de su base, troquelada en forma oval que decía C.H. Teissier, Paris. Dentro de ella había efectivamente unos papeles amarillentos y parcialmente destruídos por polillas. Algunos eran partes de libros como un cuadernillo de alguna obra ciertamente médica que ostentaban la página 13 a la 30 con una cabeza que reza,  por el anverso LES THÉORIES DE L’HÉRÉDITÉ  y en el reverso ÉTUDE DES CAUSES MORBIFIQUES,  posiblemente proveniente de una obra editada a principios de los años novecientos ya que en el texto mencionan que tratarán la teoría de la pangénesis de Darwin, la teoría de Hœckel, de Nægeli, de Weismann y Bouchard entre otros para enfocar el asunto de la herencia.
            El resto de su contenido eran siete hojas de  tamaño carta que tenían unas anotaciones manuscritas alfa numéricas en una sola línea al principio de cada hoja, como las siguientes:

M51.2:4.6:8.9:8.12,16.13:8.15,12.16,10.27,14 

M225.11:3.28:7.32:2.32:6  

M250.10:6.19:8.23:1.24,4.25:6 
           
            Pregunté a doña Tula –de forma desenfadada- por el precio por la caja metálica porque esta no tenía ninguna etiqueta que lo indicara y también me pregunté qué relación podrían tener este maletín y la caja metálica, si es que pudiera haber alguna entre ellas.

¿Habrán pertenecido a la misma persona? ¿Qué significado tenían las anotaciones manuscritas? ¿Se trataría de una forma de escritura encriptada o criptograma y, en su caso, qué significado tendrían?