domingo, 1 de agosto de 2021

Otredad

 

Otredad. 


A 500 años de la caída del imperio mexica, pero… 
In quexquichcauh maniz cemanahuatl,
ayc pollihuiz yn itenyo yn itauhcain Meshico-Tenochtitlan 
En tanto que permanezca el mundo no acabará,
 no terminará la gloria y la fama de México-Tenochtitlán

Memoriales de Culhuacan.


Dr. Xavier A. López y de la Peña.


            El reconocimiento que hacemos del “otro” como diferente a nosotros, es lo que se conoce con el nombre de “otredad”.
           A nivel social, la “otredad” se suele construir a partir de la alteridad, esto es que desde el punto de vista del “yo”, se tenga “la cualidad de ser otro”, de entenderlo y aceptarlo o, coloquialmente hablando, “de poder ponernos en sus zapatos”; y de la oposición, que es la acción y efecto de oponer u oponerse (proponer una razón contra lo que otra persona dice, poner algo contra otra cosa para impedir su efecto, colocar algo enfrente de otra cosa, contradecir un designio) al “otro”, a aquello que nunca fuimos, no somos y no seremos.
            En síntesis, la “otredad” es percibir al otro como No igual, sin embargo, ello no tiene relación con algo “negativo” y, antropológicamente se concibe como el reconocer y apreciar en el “otro” a un ente ajeno a nosotros, aceptar la diversidad y convivir con ella.
       A la “otredad”, lamentablemente en algunos casos, se le puede asociar con formas de discriminación como la xenofobia, homofobia, racismo o misoginia, entre otros.
            M. Foucault señala que, en toda sociedad, el discurso histórico que se emplea para el manejo de la “otredad” está controlado, seleccionado y redistribuido por procedimientos que tienen la finalidad de conjurar ciertos poderes y peligros, controlar los posibles efectos aleatorios y esquivar su pesada y temible materialidad.
            Sobre este vocablo, el caso de la conquista y colonización de México por los españoles, nos ofrece un ejemplo del desconocimiento y la negación de estos últimos hacia la “otredad” representada por el indígena y su cultura; negación construida con una base ideológica-discursiva para justificar el sometimiento, control y explotación de ellos.
            Por esto mismo, además, debe aclararse y acentuarse que el "indio" recién descubierto no fue reconocido como “otro” en sí mismo, sino como el igual al conocido “otro” asiático (de allí que les nombraran “indios”), pero de la misma manera “incomprensible”, negando y conculcando su “otredad”, para pretender dar validez jurídico-moral a sus acciones.
            La historia de dicha conquista ha sido, es y seguramente será estudiada, discutida y reinterpretada muchas veces más bajo ópticas diversas, militares, ideológicas, sociales, económicas y culturales. Esto es, que esta historia como todas, habrá de conducirse según la Ley Campoamor (llamada así por su autor, el poeta asturiano, Ramón de Campoamor y Campoosorio) con el poema que dice que: …en el mundo traidor / nada es verdad ni mentira: / todo es según el color / del cristal con que se mira. Frase que implícitamente considera que ninguna “verdad histórica”, para referirnos a nuestro caso, tiene un valor inmutable dado que, de cierto, en su cuestionamiento y razonamiento intervendrán el subjetivismo, la arbitrariedad y el relativismo.
            La historia y, con más propiedad, los historiadores se enfrentan inexorablemente entonces contra estos demonios porque, como asienta el siquiatra e historiador argentino Mario Ernesto (Pacho) O’Donell: “…si se insiste en que hay una historia imparcial es porque esa corriente detenta el poder historiográfico. No quiere que se cuestione su versión, la que es dada como natural, intachable. Y el que no lo acepte molesta y hay que denostarlo e ignorarlo…”
            Por todo lo anterior, se explica que la conquista y colonización de México por parte de los españoles encabezados por Hernán Cortés Pizarro, sea mostrada históricamente con distintos colores y matices. La “otredad” conquistada y colonizada es denominada, vista y entendida en múltiples formas que van, permítaseme decirlo simplemente, de lo sublime a lo execrable.

            Veamos algunos ejemplos interpretativos de la “otredad” del indio:

            El cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557), en su Historia General y Natural de Indias se refiere así a la “otredad”, representada por los indios: “…son ociosos, mentirosos, crueles, inhumanos, sodomitas, de frágil memoria, inclinados al mal y con toda clase de vicios. Agrega que nada se puede esperar de ellos, porque tienen un cráneo tan grueso y duro que las espadas de los conquistadores se rompen cuando llegan a ellos…”

            El sacerdote católico, jurista e historiador español, Juan Ginés de Sepúlveda refiere que: “Con perfecto derecho los españoles imperan sobre estos bárbaros del Nuevo Mundo e islas adyacentes, los cuales en prudencia, ingenio, virtud y humanidad son tan inferiores a los españoles como niños a los adultos y las mujeres a los varones, o los negros a los blancos, habiendo entre ellos tanta diferencia como la que va de gentes fieras y crueles a gentes clementísimas. ¿Qué cosa pudo suceder a estos bárbaros más conveniente ni más saludable que el quedar sometidos al imperio de aquellos cuya prudencia, virtud y religión los han de convertir de bárbaros, tales que apenas merecían el nombre de seres humanos, en hombres civilizados en cuanto pueden serlo? Por muchas causas, pues, y muy graves, están obligados estos bárbaros a recibir el imperio de los españoles, [...] y a ellos ha de serles todavía más provechoso que a los españoles, [...] y si rehúsan nuestro imperio podrán ser compelidos por las armas a aceptarle, y será esta guerra, como antes hemos declarado con autoridad de grandes filósofos y teólogos, justa por ley natural.
            De otra parte, Fray Bartolomé de las Casas, reconoció el valor de la “otredad” del indio cuando en un famoso sermón preguntó, haciendo referencia a ellos: “¿Y éstos no son personas? Y aun cuando estaba en desacuerdo con su doctrina, luchó denodadamente porque se le diera al indio un mejor trato en consonancia con el derecho natural y divino; esto es, su concepción de la “otredad” de indio se sazonó con la alteridad necesaria para con el “otro”.
            El fraile dominico español, Francisco de Vitoria (1483-1546) por su parte, también justipreció la “otredad” del indio con sus “Justos Títulos” en los que establece:
            “Los indios bárbaros antes de que los españoles llegasen a ellos eran los verdaderos dueños en lo público y privado. El emperador, aunque fuese dueño del mundo, no por ello podría ocupar las provincias de los bárbaros, establecer nuevos señores, deponer a los antiguos y cobrar tributos. El Papa no es señor civil o temporal de todo el orbe, hablando con propiedad de dominio y potestad civil. El sumo pontífice, aunque tuviera potestad secular en el mundo, no podría darla a los señores seculares. El papa tiene potestad temporal en orden a las cosas espirituales. El papa no tiene ninguna potestad temporal sobre los bárbaros indios, ni sobre otros infieles. A los bárbaros, si no quieren reconocer dominio alguno del papa, no por esto se les puede hacer guerra ni ocupar sus bienes. A los bárbaros, porque se les haya anunciado probable y suficientemente la Fe y no hayan querido recibirla, no por ello, sin embargo, se les puede perseguir con guerra y despojarles de sus bienes. Los príncipes cristianos no pueden, ni aún con autoridad del papa, reprimir a los bárbaros por los pecados contra la ley natural, ni castigarles por razón de ello”.
            El motor de la conquista de México por los españoles estuvo liderado por el extremeño Hernán Cortés (1485-1547) quien, a la vista del registro histórico, la “otredad” de este personaje ha desatado una multitud de interpretaciones que varían desde considerarle un apóstol del cristianismo a responsabilizarle por el genocidio indígena mexicano; o como el avasallante e intrépido conquistador que supo entender y aprovechar las circunstancias que se le presentaron y conquistó México, o fue un instrumento títere manipulado por los propios indígenas para ganar su propia guerra contra los opresores mexicas, como lo señala el historiador Federico Navarrete Linares.
            Acaso el indomable orgullo y valentía de Hernán Cortés y de sus correligionarios, fueron las virtudes que le llevaron a conquistar a un enemigo cien veces mayor en número (aquí se define la “otredad”), pero sin fe y que parecía no jugarse sus tierras y su memoria, comandado por el huey tlatoani Moctezuma quien, atrapado por su destino se escondió tras su máscara de majestad y no reaccionó. De esta manera, en menos de 2 años, 1519- 13 de agosto de 1521, la civilización mexica se iba a diluir como se diluye un terrón de azúcar en una taza de chocolate caliente.
            Atemperando el ánimo en la percepción de “otredades” personales y circunstanciales, Hernán Cortés “sólo fue un hombre de su época”, dice el historiador mexicano José Manuel Chávez Gómez (CdMex 1969), como también así lo consideró el historiador español, Esteban Mira Caballos, diciendo que fue:

            Una persona con las mismas virtudes y defectos que la mayor parte de sus contemporáneos. Ni fue un héroe ni tampoco un villano. Un conquistador con suerte, pero a fin de cuentas un conquistador con sus grandezas y sus miserias.

            Para terminar, refiriéndose y coincidiendo ahora con la opinión del mexicano Premio Nobel de literatura Octavio Paz, quien expresó:

            El conquistador debe ser restituido al sitio a que pertenece con toda su grandeza y todos sus defectos, es decir, a la Historia. Así dejará de ser un mito antihistórico y se convertirá en un personaje histórico, es decir, humano. Entonces los mexicanos podremos vernos a nosotros mismos con mirada clara, generosa y serena. 


            Es así que, entre lo bueno o malo, justo o injusto, la verdad, el mito o la leyenda, el historiador, crítico, biógrafo, ensayista o el simple comentarista ciudadano, se devanea en consonancia con sus propias capacidades y limitaciones sobre el significado, representación, interpretación, tolerancia y aceptación o rechazo -en su caso-, de la “otredad”.

jueves, 1 de julio de 2021

Elogio a la aguja.

 

Elogio a la aguja.


La perfección no es cosa pequeña, pero está hecha de pequeñas cosas.

 

Miguel Ángel. 


Dr. Xavier A López y de la Peña.

 Breves notas sobre un revolucionario adminículo tecnológico terminado en punta en un extremo y fenestrado en el otro, elaborado con materiales sólidos diversos llamado aguja que, como herramienta generalmente pequeña y recta, discreta y extraordinariamente versátil, tiene el objetivo de unir materiales entre sí, y que ha proporcionado a la humanidad la posibilidad de sobrevivir en la naturaleza dándole protección (ropa), abrigo (casa), alimentación (red de pesca, trampas), transporte (recipientes, camillas, vela de barco), almacenamiento (cestos), soporte (puentes, escaleras), sujeción (amarres), decoración, confort y salud (cirugía) entre muchos otros usos y aplicaciones.

La palabra aguja viene de la voz latina acucula, diminutivo (-cula), de acus (aguja).

            La aguja, es uno de los desarrollos tecnológicos más importantes en la historia de la humanidad que compite, en igualdad de circunstancias, con el desarrollo primigenio del mazo, la raedera, el hacha y el punzón, aunque generalmente no suele reconocérsele así.

            Los orígenes de esta extraordinaria herramienta identificada como tal, como aguja, se remontan hasta ahora al periodo Paleolítico medio de hace unos 40.000 años, cuando se han encontrado agujas de hueso de reno, de colmillo de morsa o marfil de mamut. El arqueólogo esloveno Srečko Brodar descubrió esta herramienta de hueso en la cueva de Potok, al este de las montañas Karavanke, en Eslovenia (“The bone objects of small size from Potocka include also the earliest needle known so far in the world”). Otros materiales también utilizados para hacer agujas fueron huesos de ciervo y de aves.

            Las agujas conservadas más antiguas hechas de hierro, provienen de Egipto y datan de una antigüedad de 2000 años. Estas agujas, sin embargo, no tenían un ojo o agujero perforado en un extremo, sino que tienen un gancho por el que se introducía el hilo. En la antigua Grecia y Roma se fabricaban de madera, plata y oro, luego las hubo de bronce, acero y hoy hasta de cristal y plástico, para diversos usos.

            Dentro de nuestra cultura occidental los mitos, como herencia de nuestra historia transmitida por tradición oral y cuya narración da cuenta de saberes y acciones de personajes que encarnan, simbólicamente, ya a fuerzas de la naturaleza o de la condición y las pasiones humanas, y que se aplican particularmente a lo acaecido a los héroes y dioses de la Antigüedad o a los grandes acontecimientos de la humanidad, lógicamente, las agujas habían de estar presentes.

            Es así, que ya en los mitos griegos que dan forma y causa a los planteamientos filosóficos diversos sobre las preguntas que el ser humano se ha planteado en muy diversos ámbitos, las pequeñas pero extraordinarias agujas, insistimos, ocupan un lugar decisivo.         Mitos que, no obstante, se han construido y reconstruido ya que, en esencia, como asentara Hans Georg Gadamer, el mito nunca es completamente entendible en su pureza originaria, llena de metáforas e ideas que conforman, en sí mismo, un extraordinario simbolismo exegético.

            En la Antigua Grecia (1200-146 a. de C.), la mitología griega erigía a Atenea como la diosa de la guerra, la sabiduría, la justicia y la habilidad. Sus grandes ojos le permitían saber todo lo que ocurría en el mundo y era tan diestra con la espada como con las agujas (metafóricamente comparable, podría decirse, con poder tanto sobre la muerte como para la vida). Con su habilidad para el tejido, se simboliza que el conocimiento es algo que se entreteje, que se mejora con paulatinas adiciones a la urdimbre y se hace complejo progresivamente, aunque lentamente, en concordancia con el tiempo controlado por las diosas Moiras.

            Las Moiras, que son tres: Cloto, Láquesis y Átropo, son hijas de la Noche. Deidades que personifican el destino humano al controlar, metafóricamente también, el hilo de la vida de cada quien. Cloto, representa al hilo desde que sale de la rueca (esto es, desde el inicio de la vida); Láquesis, es quien controla la medida del hilo (esto es, el curso de la vida, el vivir) y Átropo, quien con sus tijeras determinará cuando habrá de cortarse el hilo (muerte).

            Mas aún, el destino que habrá de seguir la persona determinado por las referidas Moiras, deberá de transitarse por todos los laberintos (los caminos que nos ofrece la vida) siguiendo el hilo establecido por la diosa Ariadna, otra diosa más de la tejedura mítica.

            En nuestra mitología originaria podría encontrarse un símil (toda proporción guardada) con Tlazolteotl, quien fuera una deidad de origen Huasteco a quien se le atribuía la invención del tejido y del bordado, siendo por tanto su patrona. Así también, se le consideraba una diosa adivinatoria y tenía una connotación bélica (muerte). Diosa protectora de las embarazadas y parturientas (vida), por tanto, de las parteras. Esta deidad, además, provocaba enfermedades venéreas que luego curaba con las medicinas, inspiraba las desviaciones sexuales, pero a la vez tenía la capacidad de absolverlas, y todo ello siendo diosa madre de la fertilidad, del parto, patrona de los médicos y a la vez diosa cruel que traía locura.

            Esta sencilla herramienta puede o no tener un ojo al extremo y cumplir con una gran y disímbola variedad de propósitos y funciones, entre ellas podemos citar las siguientes:

            La aguja baquetera y cordobanera, de agavillar, de albardero, de apuntar, de bordar, de embalar, de enfardar, de espadero, de malla o red, de pasar o pasador, de zapatero, de tejer, de plástico, circulares, de bambú y madera, lanera, agujas auxiliares, saquera, etc.

            En medicina se emplean también diversos tipos de agujas para suturas quirúrgicas, para aspiración de médula ósea, para biopsia, para drenaje, para electroestimulación, para registros electromédicos, para implantes, hipodérmicas, para braquiterapia (radioactivas) y más. En la medicina alternativa de la acupuntura se emplean terapéuticamente agujas para “desbloquear” los supuestos canales que recorren nuestro cuerpo, e incluso para electroestimularles con pequeños pulsos de corrientes eléctricas.

            Recordamos, además, que las aguzadas agujas hipodérmicas inventadas en el siglo XIX, aún pueden despertar en algunas personas temor y ataques de pánico, causando la llamada tripanofobia o fobia a las inyecciones; palabra derivada del griego: trypanon (taladro) y phobos (miedo), más el sufijo -ia (cualidad).

            Otras agujas, dentro de su increíble y amplísimo espectro serían la aguja náutica, o de marear, que sirve para guiar la dirección de una embarcación de un lugar a otro con un rumbo preciso. Las agujas o manecillas de reloj que sirven para indicarnos en términos de tiempo las horas, los minutos, y en algunos casos los segundos transcurridos entre un determinado momento o suceso y otro. Las agujas indicadoras ubicadas en un específico dial, que mesuran cierta temperatura, humedad, presión, densidad, viscosidad, resistencia, voltaje, radioactividad, velocidad, fuerza, empuje, longitud de onda, amperaje, resistividad, elasticidad, acidez, etc., etc.

            Pero, las agujas también tienen su lado oscuro, entre ellas las agujas empleadas en exorcismos y maleficios.

            La simbología implicada en estas agujas, cuando se utilizan perforando o pinchando un objeto, es pretender demostrar que se ejerce poder sobre el hechizo y que con ello se crea un amuleto con capacidades mágicas.

            Los hechizos con agujas o alfileres se supone que incrementen su fuerza mágico-ritual-destructiva por parte de quienes los utilizan, particularmente en la brujería y hechicería contra aquellos sujetos hacia la que ésta era dirigida, y dichas prácticas realizadas tanto en diferentes épocas ya antiguas como modernas, llevaban a cabo estos rituales de magia negra, hechicería o brujería con agujas o, particularmente alfileres que se clavaban en un muñeco que representaba a la persona por afectar.

            Entre algunos gitanos se hace referencia a maleficios llevados a cabo con corazones de vaca, carnero o gallina que eran enterrados después de haberles clavado algunas agujas.

En otras ocasiones se plantaban en tiestos y se regaban con vino blanco, o se enterraban en ellos los corazones de animales traspasados por los alfileres y agujas.

            En la práctica del Vudú, una variante caribeña de religión teísta-animista fuertemente ligada a la cosmología y creencias mágico-rituales antiquísimas, suelen usarse muñecos en rituales de magia negra, a los que se les clavan agujas en alguna parte de su cuerpo con la intención que la persona identificada con dicho muñeco, sufra algún mal o reciba una maldición. ¡Vamos, actualmente se ofrece al público un muñeco de Vudú fabricado, según la tradición y acompañado de una larga aguja de acero e instructivo de 14 páginas con el ritual original seguido en Haití!

            Con la práctica del Susuk o agujas de encanto, una práctica ancestral de magia negra que consiste en implantar diminutas agujas de oro u otros metales preciosos bajo la piel para actuar como talismanes y para realzar el aura, resurge con fuerza entre la clase media de Indonesia para varios propósitos además de los estéticos, como lo es para el tratamiento del dolor articular y otras afecciones menores, y como protección contra accidentes. Debido a que la práctica de Susuk es anterior a la islamización de la región, está prohibida (Haram) por los eruditos islámicos modernos. 

            La presencia de las agujas en nuestra vida diaria es extraordinariamente amplia, tanto así que podríamos afirmar que no podríamos vivir sin agujas.

            Finalmente, gracias a la revolucionaria invención técnica de la generalmente pequeña, esbelta, modesta e ignorada aguja y sus servicios como herramienta de usos múltiples, el ser humano ha podido sobrevivir en el planeta, explorar su entorno, colonizarlo, prosperar y domeñarlo e, incluso, llegar y mantenerse vivo en el espacio extraterrestre soñando y pensando también en cómo conquistar, ahora, el Universo.


martes, 1 de junio de 2021

Hantiguedades

 

“Hantiguedades”

6ª. Parte. El Solaris.

Hace unos días y luego de varias llamadas telefónicas, logré contactar a la señorita María de la Luz Portugal Santacruz, nieta del doctor Abelardo Portugal y de la señora María Engracia Pedrero, hija a su vez del señor Abelardo Portugal Pedrero y de doña Edelmina Santacruz, ambos ya fallecidos, para hacerle una entrevista.

            El motivo de contactarla se relaciona con el hallazgo de las anotaciones alfa numéricas manuscritas halladas en unas hojas de papel de tamaño carta, consideradas como un probable mensaje encriptado, encontradas en una caja metálica que pertenecía al propio Dr. Abelardo Portugal y que despertara una gran atención por parte del eminente criptólogo suizo, Dormnstand Echke y del físico y matemático francés Apollinaire Clemenceau cuando di a conocer este hallazgo en mi blog hace unos meses.

            La señorita Portugal gentilmente aceptó entrevistarse conmigo y, aún más, me sugirió que fuésemos a la casa de campo que fuera de su abuelo y que llamaban “El Solaris”, en donde aún había algunas pertenencias del mismo.
            Lleno de entusiasmo, abordé mi Honda 92 temprano en la mañana y me dirigí al domicilio de la señorita Pedrero ubicado en la calle Centenario número 215.
            La señorita María de la Luz Portugal o “Luchita”, como le llamaban cariñosamente, abordó trabajosamente el automóvil, dados sus ochenta años de edad. Padecía una severa artritis reumatoide y sus manos deformadas cubitalmente mostraban los estragos que en general, afectaban a su cuerpo. De silueta fina y delicada, poseía un cutis blaquísimo lleno ya de las múltiples cuarteaduras que acarrea el tiempo. Vestía siempre de negro o, más precisamente, desde la muerte de su madre Doña Edelmira Santacruz, víctima de una apoplejía ocurrida cuando ella terminaba sus estudios en la Normal del Estado en 1949.
            Su padre, Abelardo Portugal Pedrero, había partido a Dakota del Sur, EUA en 1950 para tratar un asunto de compra-venta de ganado y nunca ya se supo nada de más de él; pareció habérselo tragado la tierra y ningún esfuerzo con autoridades tanto civiles como militares a ambos lados de la frontera fructificaron para saberlo vivo o muerto. Desde esta fecha, huérfana de padre y madre dedicó ininterrumpidamente su vida a la docencia en el Ateneo Pedro de Gante hasta su retiro en 1996.
            Tomamos la carretera que lleva a Calvillo al poniente de la ciudad y en el kilómetro 26+300 dimos vuelta a la izquierda por un camino empedrado. Tras cruzar una fuerte reja de hierro forjado enmarcada con una garigoleada arcada de herrería con unos angelitos rematando el arco, y a manera de leyenda las palabras: Deus Gratia AP Pacem Solaris, seguimos por un camino flanqueado por viejos encinos hasta llegar a una vieja casona con graves muros de piedra y en un estado lamentable de abandono. La hierba cubría buena parte de los espacios antes verdes y florados. La madera de puertas y ventanas mostraba inevitablemente los estragos del tiempo y la polilla.
            -Hace 12 años que no venía al Solaris -señalaba Luchita con la voz ligeramente entrecortada por la emoción-.
            -Los fuertes herrajes de puertas y ventanas -añadió en seguida- han evitado de alguna manera que también las cosas que conservamos dentro sean saqueadas. Hoy ya casi nada escapa al vandalismo doctor. Mi abuelo terminó el Solaris cerca del año novecientos y entonces solamente se podía llegar aquí a caballo. Él quería para su familia un lugar de descanso lejos y a la vez cercano a su ciudad. El Solaris contaba con una extensión de 12 hectáreas; todo cercado con una hermosa y serpenteante barda de piedra de un metro veinte centímetros de altura, el material más abundante en la zona, fuera de la madera recia de sus grandes encinares, y tenía un bien cuidado huerto con frutales: durazno, membrillo y brevas.
            -Solía venir aquí con frecuencia desde niña y hasta mi ingreso a la Normal del Estado con mi padre Abelardo Jr. y mi ma Ede.
            -Mi madre se ocupaba, hasta su muerte, de que Jacinto el jardinero, mantuviera a raya la hierba, cuidara de los frutales y aseara y cuidara la casa. Luego fui yo la única encargada de hacerlo. Jacinto vivía a un lado del Solaris, en el solis como le llamábamos todos a un cuarto anexo a la casa y que contaba además con baño y cocina pequeños y rústicos. Jacinto nació y vivió solo con la compañía de nosotros. Nunca se supo de donde vino y, por supuesto, nada de su familia. Era sordomudo y analfabeta a más de tener cierto grado de retraso mental que le impedía distinguir algo más allá del Solaris o de nuestra familia. Todo se lo comunicábamos a señas. Jacinto llegó –o se apersonó para ser más justos- en el Solaris en 1900 siendo un niño de unos 7 u 8 años de edad–me contaba mi mamá- y murió en 1965 de un derrame cerebral probablemente con 72 a 75 años de edad. Murió como llegó: solo, en el solis del Solaris.  Desde entonces nadie se ocupó más del Solaris.
            La señorita Luchita sacó de entre sus ropas un manojo de llaves y trabajosamente intentó abrir los candados de las cadenas que cerraban la reja de acceso al Solaris.
            Me ofrecí a ayudarle asiendo al mismo tiempo una de las cadenas, sin embargo, ella muy gentil pero firmemente rehusó la ayuda.
            -Gracias, pero aún puedo y debo hacerlo yo misma –contestó-, demostrando con ello un carácter decidido y fuerte heredado de su abuelo y de su madre.
            -El Solaris ha sido Portugal desde su apertura y sólo un Portugal puede abrirlo y cerrarlo –añadió seguidamente y completó: espero que no me tome a mal este ritual de familia.
            No contesté.
            Una vez abierta la reja, con otra llave abrió la vieja puerta de madera no sin algo de trabajo, y nos abrió paso.
            No había por supuesto luz eléctrica y en seguida Luchita empezó a abrir los oscuros de las ventanas y poco a poco se iluminó la casa.
            La vieja casa estaba prácticamente vacía. La señorita Luchita había vendido casi todo el mobiliario, la vajilla de barro de Michoacán, la fina mantelería “deshilada” propia de los artífices de la región y el reloj de péndulo de manufactura checoeslovaca traído desde París vía Veracruz, a unos nuevos ricos de apellido Gómez venidos de Guadalajara y asentados en Rincón de Romos con intención de dedicarse al cultivo y comercialización de ajo.
            También había vendido –si mal no recuerdo, acotó-, un lote de libros de medicina en francés y de otros varios temas, algunos cuadros y seis lámparas de pedestal junto con una consola Packard Bell y discos varios a un Licenciado Barrera allá por el año de 1965, recientemente muerto Jacinto.
            -Los cuadros de la familia y alguno que otro espejo me los llevé a mi casa –comento Luchita- mientras íbamos de una a otra pieza.
            Todo estaba polvoso y con un fuerte olor a encierro.
            En la amplia cocina cubierta con colorido mosaico de talavera quedaban algunos cacharros viejos encima del brasero. La estantería de madera estaba fuertemente atacada por la polilla y despedía una mezcla de aromas a “viejo” indescriptibles de alguna otra manera.
            Las tres recámaras tenían aún sus camas sin colchón, burós y sus amplios roperos. La recámara principal tenía además un chiffonnière y dos grandes baúles. Uno de ellos estaba vacío, y en el otro al tiempo que lo abría Luchita y decía- aquí conservo algunos de los recuerdos de mi abuelo más cercanos a él.
            Lentamente y casi con veneración sacó unas revistas del Bulletin général thérapeuitique de 1889 al que su abuelo estaba suscrito.
            -Mi abuelo dominaba muy bien el francés –dijo Luchita emocionada al referirse a su abuelo.
            -Aunque de hecho sólo le conocí al través de las vehementes y sabrosas pláticas de mis padres y seguramente de él me viene el gusto por la lengua y cultura francesas.
            -Fue un hombre generoso, sabio y de buenas costumbres y maneras. Un médico de familia que atendía tanto los problemas de salud de cada uno de ellos, como que intervenía con su guía y consejo en uno y mil asuntos más.
            -Algo muy diferente a lo de hoy –añadió en tono nostálgico.
            Sacó después seis libros: Thérapeutique Médicale D’urgence  de Edgar Hirtz y Clément Simon, publicado por Octave Dion (Éditeur) en París, 1900; Précis de Pathologie Genérale del Dr. Libert, París 1882;  un par de botas federicas de montar, un pardessus negro en buen estado de conservación, una fotografía de su abuelo enmarcada en fino marco de cedro rojo finamente labrado tomada cerca del año en que se recibió de médico en Guadalajara y otra más tomada el día de su matrimonio en 1895, un bastón de ébano con empuñadura de oro con la efigie de la cabeza de un león y, en el fondo un estuche de piel conteniendo unos espejuelos y otro estuche con una navaja de afeitar.
            Sacó luego una fina caja de caoba con incrustaciones de madreperla y estupendamente recubierta en su interior con terciopelo color  marrón oscuro en la que había un reloj Omega, de oro y plata de 1900, con léontine de oro y tres medallas de oro condecorativas que su abuelo había recibido: una correspondiente a la Gran Orden del Mérito Azteca otorgada por la Presidencia de la República por sus servicios a favor de la educación en Aguascalientes en 1895, otra que recibió por parte del Ministerio de Cultura de Francia en 1899 (Cruz de la Orden de la Legión de Honor) y la tercera por parte del Estado en la que se le nombró –póstumamente por decreto número 122 del Congreso del Estado de septiembre de 1955- Hijo Predilecto de Aguascalientes-, una carpeta con documentos personales varios, y por último tres libretas con pastas de cartón gruesas de color café oscuro en las que asentaba datos sobre su quehacer como médico, sus inseparables journalières clinicien.
            En estas libretas, como ya habíamos sabido por la noticia dada por el diario El Reverente, de fecha 17 de junio de 1905, en que se daba cuenta del deceso del doctor Abelardo Portugal, este registraba los casos de los pacientes que atendía. Así está registrado en dicha nota:

[…]

Metódico y perspicaz como clínico brillante, llevaba notaciones especiales en la atención de cada uno de sus pacientes en un libro clínico al que recurría con frecuencia para saber si el Calomel o el Ruibarbo utilizados, entre otros en un paciente, habían dado el resultado esperado.

[…]

            Pues bien, con estos nuevos datos, comparé la letra y los números escritos de puño y letra por el doctor Abelardo Portugal con la de las anotaciones encontradas en las siete hojas halladas en la caja metálica de su pertenencia, mismas que fueron consideradas como posibles notaciones encriptadas y, nada. Aún sin ser un experto calígrafo, puedo afirmar que éstas indescifradas líneas alfanuméricas no las escribió el doctor Portugal.

            Estas son las notas manuscritas aludidas:

M51.2:4.6:8.9:8.12,16.13:8.15,12.16,10.27,14

M225.11:3.28:7.32:2.32:6

M250.10:6.19:8.23:1.24,4.25:6

            Nuevamente me repito: ¿Qué hacían estas notas encriptadas en su poder?, ¿Qué significaban?, ¿Quién las escribió?, ¿Qué relación posible habría entre este médico con el señor Jacques Clemenceau, los hermanos Guggenheim y el gobernador Nicéforo Domínguez Estrada?, ¿Porqué el interés sobre el asunto del criptólogo suizo Dormnstand Echke?

            Seguiré investigando…