miércoles, 1 de marzo de 2023

Silencio.

 

Oda al silencio


El silencio es el recogimiento del Ser en el retorno a su verdad.


Dr. Xavier A. López y de la Peña


En el principio había silencio, luego surgió a partir del átomo primigenio o huevo cósmico como le llamara el sacerdote y astrofísico Georges Lemaitre en 1930, hace 13 800 millones de años, un sonido, ruido o estrepitoso estallido: la gran explosión o Big Bang, llamado así posteriormente y a manera de burla, por el también astrofísico Fred Hoyle.
Tal vez esta frase suene trillada, insolente, necia o quizás absurda para algunos, pero así fue como hasta hoy considera la ciencia el origen del universo. De la silenciosa “nada” apareció súbitamente el estruendoso disparo energético -también conocido como nucleosíntesis primordial-, o de una singularidad cuyas ondas mecánicas (sonido) habrían de transmitirse por doquier de manera aún indescriptible.
            De la “nada”, de la ausencia de todo lo objetivo, brota en un espléndido momento lo objetivo lleno de energía en movimiento, de transformación, de evolución o, -como podríamos decirlo brevemente-, del silencio absoluto (inerte) al dinámico sonido de la energía-materia (vida).
La palabra silencio proviene del latín silentium y este del verbo silere y quiere decir abstenerse de hablar o estar callado en el tema de la comunicación humana, aunque ello no necesariamente implique que no haya comunicación; como también se refiere a la ausencia total de ruido o de sonido. En el ámbito de la comunicación, el silencio puede ser utilizado para transmitir emociones, para comunicar alguna cosa sin decirla, para enfatizar un mensaje, para permitir la reflexión y muchas más. Sin embargo, el silencio también puede llegar a crear un espacio de tensión, extrañeza e incertidumbre que puede ocasionar situaciones absurdas e inesperadas; por ejemplo, cuando una conversación se detiene abruptamente y ambos interlocutores permanecen en silencio un largo periodo de tiempo sin una causa o razón aparente.
Y el sonido, del latín sonĭtus, influido en su acentuación por ruido, chirrido, rugido y otros es, en términos de la física, cualquier fenómeno que involucre la propagación de ondas mecánicas (audibles o no), a través de un medio (fluido o sólido) que esté generando el movimiento vibratorio de un cuerpo. Esta vibración produce una sensación auditiva en el órgano de nuestro oído al transmitirse por el medio elástico del aire.
            Esto significa que debe haber “algo”, un objeto que sea capaz de moverse en un medio en el que se puedan producir dichas ondas mecánicas. Entre nosotros, el rango de sonido audible oscila entre los 20 y 20,000Hz.
            La concepción y percepción humana sobre el silencio en cuanto a la comunicación, tiene amplias formas de interpretarse en diversas sociedades y culturas. Por ejemplo, en la cultura occidental y de manera general, el silencio es considerado como inaceptable e indeseable, en tanto que en la oriental es todo lo contrario.
            Es así que el silencio desde tiempos inmemorables ha ocupado en la mente humana un lugar predominantemente especial, no como una forma de no “comunicar” algo a otro u otros, sino para comunicarnos con nosotros mismos, silenciando nuestras ideas y pensamientos discursivos, representacionales o conceptuales. De hecho, ello ocurre en todas las concepciones místicas y gnósticas en su lucha por revelarnos los más recónditos secretos de nuestra propia existencia, para comprenderla sin las ataduras de todo lo que esté fuera de nosotros, siendo una genuina parte nuestra y mostrándose en nuestro devenir cotidiano.1
            Es así que el silencio puede verdaderamente percibirse y entenderse como una experiencia interna, aun en medio de un entorno ruidoso, bajo un proceso de meditación o contemplación que nos lleve a una experiencia de silencio interior que nos otorga una sensación de quietud y paz.
            En la filosofía griega el silencio era considerado como una forma de sabiduría y se consideraba de gran valor el mantener la calma y el equilibrio emocional en silencio.
En la India, la lucha por la práctica del silencio era seguida para obtener la iluminación espiritual.
Dentro del budismo y el hinduismo, el silencio constituye el elemento primordial en los procesos de meditación y contemplación.
            En el cristianismo, el silencio se valora y promueve como un mecanismo para acercarse a Dios y de concentración en la oración.
            De igual manera, es interesante tratar de conocer el significado y la interpretación de lo que no se dice explícitamente con el silencio. Así, el silencio podría éste interpretarse como un desinterés en un tema de conversación o como lo contrario; porque no se tenga o quiera algo qué decir; para evitar entrar en una discusión; para preparar una respuesta ulterior; por mantener un secreto; por ignorancia y muchas más.
            Sin embargo, el silencio para con nosotros mismos considero que sea el que más nos debería importar. El silencio necesario para comunicarnos con nosotros mismos, para tratar de entendernos, sabernos y tal vez explicarnos.
Como bien lo señalara Max Scheler: La comprensión de uno mismo es necesaria para hacer entender a otros que es lo que se piensa, lo que se desea, lo que se ama, etc., y ello depende muy estrechamente de la técnica del silencio.2
En forma general puedo aventurar que esta manera de silencio es poco valorada como tal. Más aún en el vertiginoso y bullicioso mundo que nos rodea donde existen multiplicidad de factores que nos lo impiden y se propalan como sonidos o ruidos provenientes de todas partes, de muchas formas y a todo momento.
            Se estima que más de 1000 millones de personas de edades comprendidas entre los 12 y los 35 años corren el riesgo de perder la audición debido a la exposición prolongada y excesiva a música fuerte y otros sonidos recreativos, lo que puede acarrear consecuencias devastadoras para su salud física y mental, educación y perspectivas de empleo.3
            Con el impresionante avance habido en la tecnología y la comunicación actuales, la idea y necesidad de silencio se ha convertido en un deseable objetivo por demás raro y de gran valor.
Al silencio ahora se le suele asociar a la soledad y a la desconexión interpersonal que conllevan de manera importante a la marginación y a la depresión, en tanto que en otras situaciones el silencio se convierte en una forma de bálsamo de escape deseado de la agobiante, estridente y avasallante sobrecarga sensorial del mundo que nos rodea.
El silencio, sin embargo, nos prepara para una autorreflexión que, guiada inteligentemente, nos permita relacionarnos con nuestro entorno en tranquilidad y paz.
            El silencio para con nosotros -resumidamente-, es como lo refiere el filósofo y ensayista dominicano Alejandro Arvelo Polanco: …la respuesta del alma a una sociedad en creciente proceso de deshumanización, que reduce constantemente su capacidad de diálogo, es decir, la capacidad de entendimiento entre sus miembros, lo cual es causa de conflictos, a nivel de la totalidad social. El diálogo va entretejiendo el tejido social humano, unificando todos sus componentes, en la búsqueda de estrategias comunes.
            La profundidad de espíritu es imposible al margen de la soledad. Aquel que no es capaz de dedicar a su construcción racional algún instante de silencio creativo, de detenerse y guardar para sí mismo sus palabras hasta pulir como pieza de orfebrería sus pensamientos, es también incapaz de apreciar y percibir en su justa dimensión la sublime quietud, la insondable placidez del universo.4 
Finalmente, se puede agregar que el silencio es el lugar donde se manifiesta la gran presencia del ser, la gran gesta de todo, la palabra es su proyección y su sueño. La quietud, nos entrega el origen y el polo opuesto, a la acción. El inicio de todo lo que será proyectado. Por ende, el sujeto es presente, y será percibido por los demás, en su quietud y silencio, máximos.5
Silencio y quietud son entonces la clave para que nuestra autoconsciencia aprenda a expresarse hacia el equilibrio, la plenitud y la paz.

En un fragmento del poema Pido silencio del poeta y político chileno, Pablo Neruda, con sencillez y galanura lo expresa de la siguiente manera: 


Pero porque pido silencio
no crean que voy a morirme:
me pasa todo lo contrario:
sucede que voy a vivirme.

Y tal vez, para pregonar y reafirmarme en esta idea, compraré una camiseta a la que haré le impriman la siguiente frase:

No molestar

Estoy muy ocupado en silencio, haciéndome.

Fuentes:



1. Pérez-Boada, H. F. (2020). El silencio como experiencia mística: último refugio de lo genuino y lo libre en un entorno comunicativo. Revista Filosofía UIS, 19(1), DOI: 10.18273/revfil.v19n1-2020009

2 . Max Scheler. En Naturaleza y formas de la simpatía. Editorial Losada. Buenos Aires 1994, p 74.

3 . La OMS publica una nueva norma para hacer frente a la creciente amenaza de la pérdida de audición. 2 de marzo de 2022. Noticias departamentales, Ginebra. Consultado el 18 de febrero de 2023 en: https://www.who.int/es/news/item/02-03-2022-who-releases-new-standard-to-tackle-rising-threat-of-hearing-loss

4. Alejandro Arvelo. Filosofía del silencio. Consultado en internet el 18 de febrero de 2023 en: https://www.escueladefilosofia.org/filosofia-del-silencio/

5 . El silencio como concepto filosófico. SitioCero, 23 de febrero de 2023. Consultado en internet el 23 de febrero de 2023 en: El silencio (2) como concepto filosófico – SITIOCERO https://sitiocero.net/2012/08/el-silencio-2-como-concepto-filosofico/

miércoles, 1 de febrero de 2023

Reclamo a la deidad.

 

Reclamo a la deidad en el
pensamiento médico-religioso náhuatl. 

Dr. Xavier A. López y de la Peña


Códice Laud 29 y 30 Mictlatecuhtli

Señor Malinche:

Si tal deshonor como has dicho creyera que habías

de decir, no te mostrara mis dioses.

Estos tenemos por muy buenos,

y ellos nos dan salud y agua y buenas sementeras y temporales

y victorias cuantas queremos; y tenémoslos de adorar y sacrificar;

lo que os ruego es que no se digan otras palabras en su deshonor.


 

La religión constituye una característica más, propia del ser humano y cumple con el propósito de ubicar al hombre en el universo dándole seguridad frente a las poderosas fuerzas de la naturaleza, supuesta e inmensamente mayores a la suya, confiriéndoles un carácter divino dentro de un marco conceptual que le dé coherencia a su pensamiento en el contexto histórico vivido. Su identidad, su destino, su entorno y hasta su propia “mismidad” podrían encontrar entonces explicación. Así, la religión constituye un producto cultural más o menos elaborado que pretende “adaptar” al hombre frente a la naturaleza y hacia sí mismo dándole bienestar y seguridad interior. Este proceso «adaptativo», vía pensamiento religioso, satisface a su vez uno de los puntales inherentes a la vida: la conservación de su propia estructura.

            De lo “natural”, reconocible pero no explicable, surge lo “sobrenatural”, el qué y por qué de las cosas, el motor de los acontecimientos, su explicación y derroteros, sus vehículos y formas diversas de expresión que a la postre se amalgaman en conductas más accesibles y en cierto modo “controlables” por el ser humano al través de su particular estructura religiosa.

            De esta forma lo “sobrenatural” dejará de sobrecoger y aterrorizar, es entonces de alguna manera “explicable” y “controlable”, la religión se convierte con ello en un mecanismo de defensa hacia la integridad personal.

            La religión así proporciona fuerza, se constituye como escudo ante el medio circundante presumiblemente hostil y, en manos de unos cuantos, suele convertirse en una forma de poder, sujeción y control de ciertos grupos humanos.

            Los grandes dirigentes religiosos suelen poseer enorme carisma y una acentuada mística que podría canalizarse por ellos mismos o por sus seguidores en uno u otro sentido de los extremos conceptuales tanto de bien como del mal.

            De otro lado, los conceptos religiosos carecerán de sustento de acuerdo al grado del conocimiento que se logre obtener acerca de la fenomenología que concursa en dichos hechos “divinizados” de la naturaleza, cuya explicación a través de la ciencia dejará entonces de tener razón. Sin embargo, mientras el hombre mantenga en su intelecto una sola incógnita sobre el Universo o sobre sí, el hueco en su pecho habrá de llenarlo siempre con el pensamiento religioso.

            Si la aportación cultural de un pueblo en materia de religión contempla en su cimentación hechos en torno a la naturaleza misma y ésta conforma el ambiente en el que el hombre vive y muere, constituyéndose a su vez en parte de ella, la medicina, otra variable de su expresividad cultural mantendrá indefectiblemente vínculos indisolubles con la religión. Podrá si, apartarse en algunos puntos, pero en esencia sus nexos serán unívocos.

            Si por religión entendemos el conjunto de rituales y normas morales derivadas de creencias o dogmas acerca de la divinidad, los pueblos que integraron la cultura náhuatl eran, como lo fueron muchos otros pueblos, eminentemente religiosos.

            Profesaban culto a numerosas deidades lo que le hacía un pueblo politeísta por excelencia. De hecho, la concepción religiosa orientada a un sinnúmero de dioses y diosas que representaban a las fuerzas naturales y a las enfermedades mismas, les ocupaban un buen tiempo para dedicarles variados actos propiciatorios.

            Formularon una serie de mitos y leyendas, creando y basando sus inquietudes en el numen creador que estaba representado por el principio dual, tan propio de la cultura náhuatl en muchísimos órdenes, combinando el principio femenino y masculino (Omecihuatl y Ometecuhtli, 2-Señora y 2-Señor que radicaban en Omeyocan 2-Lugar).

Integrando sus conceptos en la relación espacial, daban posición y orden a su ideología religiosa centrados en sí mismos. El referente antropocéntrico les ofrecía 7 puntos especialmente definidos: norte-sur y oriente-poniente en el plano horizontal; arriba-abajo en el plano vertical y en su propia persona en el plano central.

Justamente el Omeyocan referido anteriormente estaba situado en el plano superior enseñoreándose sobre los 12 estratos en que moraban los diversos dioses y diosas:

En el primero, el más bajo, estaba un dios llamado Xiuhtecuctli, dios de los años; en el segundo la diosa tierra, Xiuhtli; en el tercero, Chalchiubtlique; en el cuarto, Tonatiuh, que es el sol; en el quinto hay cinco dioses, cada uno de diverso color, a causa de ello también Tonaloque; en el sexto, Mictlantencutli, que es dios de los infiernos; en el séptimo, Tonacateuctli y Tonacacihuatl, dos dioses; en el octavo, Tlalocantecutli, dios de la tierra; en el noveno, Quetzalcohuatzin, que también es ídolo principal; en el decimoprimero, Yohualtecutli, que quiere decir dios de la noche u oscuridad; y en el duodécimo, Tlahuzcalpantecutli, que quiere decir dios del alba del día.

            El ser humano y su universo fueron productos de la voluntad divina, este es el concepto teogenésico y sobre el girarán su vida, muerte, salud, enfermedad, abundancia o escasez.

La deidad creadora como simple concepción abstracta debía modelarse para su asimilación más sencilla en el pensamiento náhuatl, de atributos corporales (físicos) y espirituales (metafísicos) que dieran coherencia a sus realidades. Así, se solía representar a los dioses con características físicas humanas o antropomorfas, y de animales o zoomorfas, etc., y espirituales como modelos tomados del ser humano mismo con sus pasiones, deseos y reacciones.

Dioses terriblemente conflictivos unos, como dulces y afables otros. Buenos y malos. Vengativos y coléricos y, algunos hasta enfermos como el mismo Quetzalcóatl quien estaba lleno de verrugas, con las cuencas de los ojos hundidas y la cara hinchada, con un aspecto tan desagradable que él mismo no se atrevía a presentarse ante sus súbditos a pesar de ser un buen soberano. Otro dios enfermo era el tímido y humilde Nanahuatzin el “bubosito” que con su sacrificio en el fuego purificador a instancias de otros dioses se transformó en el mismo Sol.

            Si los dioses también estaban enfermos, ¿Quién mejor que ellos podían enviar la enfermedad como castigo o reproche a los seres humanos? “véngale de nuestra mano el castigo -decían los dioses- , según que a vos pereciere, ora sea enfermedad, ora otra cualquier aflicción...”; “¿O por ventura place a V.M. de hacerle un recio castigo, de que se le tulla todo el cuerpo, o incurra en ceguedad de los ojos o se le pudran los miembros o por ventura sois servido de sacarle de este mundo por muerte corporal, y que se vaya al infierno, a la casa de las tinieblas y de la obscuridad, donde hemos de ir todos, donde está nuestro padre y nuestra madre la diosa del infierno y el dios del infierno?”

            El enfermar y el morir eran entonces el resultado del deseo divino. Los que morían de “muerte corporal” iban a la casa de las tinieblas, el Mictlán, situado en la concepción espacial náhuatl en el sexto cielo e interpretado por los sacerdotes-cronistas del siglo XVI como el infierno.

Surge entonces la necesidad de mantener un comportamiento adecuado dentro del grupo, según sus costumbres, para poder agradar a la deidad, instituyéndose las normas de conducta propicias para mantener la cohesión del grupo social: “Por esto te acrecentará dios los días de la vida si vivieres largos días, si no hicieres lo que te aconsejamos, cegarás o te tullirás, o te pararás contrahecho, y eso tú mismo te lo buscarás y dios te lo dará.”

Se castigaba con lepra y otro tipo de padecimientos a todos aquellos que no guardaran ayuno en la fiesta que se celebraba cada 8 años o atlamalqualiztli, esto es, ayuno de pan y agua que se llevaba a cabo en el mes de quecholli o el de tepeilhitl. Los afectados de alguna de estas enfermedades elevaban sus ruegos al dios Titlacauan implorándole misericordia inicialmente y después, ya desesperados, subiendo de tono e insultándole por negarse a sus peticiones. “Tenían en gran reverencia este ayuno, y en gran temor, porque decían que los que no le ayunaban, aunque secretamente comiesen y no lo supiese nadie, dios les castigaba hiriéndoles con lepra”.

            Y más decían que el dicho dios que se llamaba Titlacauan daba a los vivos pobreza y miseria, y enfermedades incurables y contagiosas de lepra y bubas, y gota y sarna e hidropesía, las cuales enfermedades daba cuando estaba enojado con los que no cumplían y quebrantaban el voto y penitencia a que se obligaban de ayunar, o si dormían con sus mujeres, o las mujeres con sus maridos o amigos en el tiempo de ayuno. Y los dichos enfermos estando muy penados y agraviados, clamaban rogando y diciéndole:


            “Oh dios, que os llamáis Titlacauan hacedme merced de me revelar y quitar esta enfermedad que me mata, que yo no haré otra cosa sino enmendarme; si yo fuese sano de esta enfermedad, hagoos un voto de os servir y buscar la vida, y si yo ganare algo por mi trabajo yo no lo comeré ni gastaré en otra cosa, ¡sino que por os honrar haré una fiesta y banquete para bailar en esta pobre casa!”


            Más entonces, cuando el enfermo se encontraba sufriendo desesperadamente porque no podía sanar, increpaba y le reñía enojado, y airadamente a su dios reprochándole de esta manera:

 

“¡Oh Titlacauan, puto, hacéis burla de mí! ¿Por que no me matáis? y algunos enfermos sanaban y otros morían.”2

 

            Lo anterior me hace reflexionar sobre si el ser humano creyente en una o más deidades y sufre de algún tropiezo o desventura, ¿les puede reclamar?, ¿creerá que lo escuchan?, ¿serviría ello de algo?

            Bueno, para empezar el problema que enfrenta la persona creyente sea como fuere se lo suele atribuir a la deidad al no encontrar otra razón para ello. En seguida, puede racionalizar que el reclamo es justo porque él no se merece la desventura y sufrimiento que padece y, por ello mismo, siente que le asiste todo el derecho para hacerlo.

Pero… esto sería razonable entre personas comunes y corrientes; sin embargo, comúnmente se considera que la deidad está en otro inalcanzable y superior nivel.

Este dilema se refiere así en la Biblia:

 

Mas antes, oh hombre, ¿Quién eres tú, para que alterques con Dios? Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?

¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?

Romanos 9:20.3


Bueno, solo que aquí debe hacerse una consideración: en la frase anterior el reclamo se asigna que proviene de un objeto (algo que ciertamente es imposible que ocurra) y no de un sujeto.
¿Podría entonces ser capaz de reclamar Adán… o Eva?
Y si, con insistente terquedad, ¿una persona se cree con derecho de reclamarle o exigirle algo a Dios?
Vuelve a establecerse en la Biblia:

Los que contienden con el SEÑOR serán quebrantados, El tronará desde los cielos contra ellos.

Samuel 2:10.



1. Díaz del Castillo, Bernal. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Editorial Patria. México 1983 [1632], pp. 259-262.

2. Fray Bernardino de Sahagún. Historia general de las cosas de la Nueva España. Ed. Porrúa, México 1969, Vol. I, p. 277. Citado en: Xavier A. López y de la Peña. Medicina Náhuatl. Ensayo documental. Ediciones MFM, México 1983, pp. 27-31.

3. Reina-Valera 1960 ® © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Si desea más información visite americanbible.org, unitedbiblesocieties.org, vivelabiblia.com, unitedbiblesocieties.org/es/casa/, www.rvr60.bible. Disponible en: https://www.biblegateway.com/passage/?search=Romanos%209%3A20&version=RVR1960

domingo, 1 de enero de 2023

Intolerancia.

 

Intolerancia.
Incapacidad para soportar o aguantar
lo “otro”.

EI prejuicio parece cuando mira,
y miente cuando habla.
 
Laure Junot, Duchess de Abrantès


Dr. Xavier A. López y de la Peña

La palabra tolerar deriva del latín tolerare, que significa aguantar, soportar o sobrellevar algo; luego entonces, ello representa que tiene que hacerse un esfuerzo pequeño o grande para aguantar o soportar algo que, de alguna manera, se expresa o manifiesta como una carga que nos “pesa o incomoda”, ya sea de manera física o mental.

Además, tolerar no necesariamente significa que se acepten o respeten las actitudes, comportamientos, convicciones, creencias, decisiones o ideas contrarias o adversas a la nuestra, sino más bien, el de respetar el derecho que el ordenamiento jurídico reconoce a las personas que mantienen tales actitudes, pero defendiendo y difundiendo las nuestras sin recurrir a imposiciones violentas.1

Siendo entonces su opuesto: la intolerancia, que es el resultado de cualquier actitud asumida que sea contraria o diferente a la de la propia concepción, opinión o decisión (aceptada como “nuestra verdad” personal), aún y a pesar de las razones que otro u otros puedan esgrimir contra ella.

            Esta considerada certeza o “verdad” personal suele estar construida con base a diversas líneas de pensamiento que en seguida comentamos:

En la de la revelación, esto es, en la manifestación que una entidad sobrenatural o divina nos ofrece de una verdad secreta y oculta -como ocurre en algunas religiones-, que cuentan con su registro en libros considerados como sagrados en los que se expresan estas ideas como ocurre en el judaísmo, cristianismo, islamismo e hinduismo. De hecho, acorde a lo anteriormente dicho, el concepto de tolerancia históricamente se ha construido a partir del dogma religioso propalado por las referidas grandes religiones monoteístas.

En la verdad como producto de la razón que se dio en nuestra Cultura Occidental, a partir del pensamiento griego que zanjó el origen causal de la verdad, de lo divino (teocéntrico) a lo racional (antropocéntrico); mismo que se acentuó ulteriormente con el pensamiento de Renato Descartes y culminó con la luminosa tercia de palabras: libertad, igualdad, fraternidad que, en 1789, se proclamaran en la Revolución Francesa.Con este acontecimiento sentó sus reales el concepto de tolerancia en la esfera política, registrada en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, texto en el que se convirtieron en inalienables la libertad de creencia, de opinión y de expresión, en conjunción con la libertad de decidir personalmente y de juzgar en conciencia.

A la idea de que, ante las diversas culturas a las que nos enfrentamos sólo la convivencia entre ellas sería posible y se lograría mediante la tolerancia, con lo que se llega al establecimiento del contrato social (Juan Jacobo Rousseau) en la que el ser humano expresa y transfiere las reglas de la regulación y control social, económico y político de la comunidad, acorde con sus deseos expresados en libertad, a determinados organismos del Estado.

Recordemos que la tolerancia se da con el origen mismo de las sociedades humanas, ya que en su construcción intervienen, interactúan y coexisten diversas personas con posibles diferentes ideas, concepciones y creencias en convivencia, sin que entre ellas se llegue a destruir el tejido y vínculo social.

            Culturalmente la intolerancia se da cuando no se conviene con las ideas, costumbres y/o tradiciones que tenga o tengan otras personas, en función de su raza, de su sexualidad, de su religión o de su lugar de origen.

            Ahora bien, estas discrepancias ocurren en torno a quién se considera el poseedor de la verdad como hemos referido anteriormente; de la “certeza” unívoca de algo, y que se actúa discriminando al otro; esto es, tratándolo de manera diferente y perjudicial ya sea por motivos de raza, sexo, ideas políticas o religiosas, condición mental, física o económica, por su edad y más. Expresándose con figuras como la segregación, falta de respeto, insulto o, inclusive, con conductas agresivas.

            Las formas más comunes de expresión de la intolerancia son el racismo, la homofobia, el sexismo, la xenofobia, la intolerancia política y la religiosa.

Sin embargo, la actitud intolerante campea y se expresa sutilmente entre nosotros de muchísimas otras maneras, por ejemplo: el comensal que se retira del restaurante cuando ve entrar a un político o un colega al que detesta, el fanático del club de futbol América que se pelea ya verbal o físicamente con un fanático de las chivas del Guadalajara, la persona que pierde los estribos cuando alguien le hace una crítica, el empleador que se irrita porque algún empleado llegue tarde a trabajar, el viajero que no soporta que una mujer o un hombre con sobrepeso ocupe un lugar junto a él, la persona conocedora de música que odia que un intérprete se equivoque en algún momento de tiempo o de tono, el profesor o la profesora que no aceptan ser interrumpidos durante su clase, o bien el artista que en la presentación que hace en una ceremonia grupal, no esté en el lugar central, etc.

En resumen, si hay realmente una verdad absoluta y además existe una institución, sea una iglesia, un partido, una raza, una cultura, una nación o una mayoría de la opinión pública, que son sus depositarias y guardianes, la tolerancia carece de fundamentos.

El gran bien de la tolerancia sólo es posible si aceptamos que la verdad no es unívoca sino plural, sea en el campo de la política, de la religión, de las costumbres y la cultura, y aún en el plano de la ciencia, que parece ser el saber menos vulnerable al disentimiento y al pluralismo de la verdad. La certeza en algunos, no obstante, puede ser considerada la mentira en otros.

            Actualmente:

La mitad del mundo se está riendo de la otra mitad, y ambas son necias. Según las opiniones, o todo es bueno o todo es malo. Lo que uno sigue el otro lo persigue. Es un necio insufrible el que quiere regularlo todo según su criterio. Las perfecciones no dependen de una sola opinión: los gustos son tantos como los rostros, e igualmente variados. No hay defecto sin afecto. No se debe desconfiar porque no agraden las cosas a algunos, pues no faltarán otros que las aprecien. Ni enorgullezca el aplauso de éstos, pues otros lo condenarán. La norma de la verdadera satisfacción es la aprobación de los hombres de reputación y que tienen voz y voto en esas materias. No se vive de un solo criterio, ni de una costumbre, ni de un siglo.3

Finalmente, podemos y debemos tener nuestras propias convicciones en cualquier asunto, sostenerlas y defenderlas; sin embargo, también podemos y debemos saber y reconocer que estas puedan no ser las mismas, ni ser ciertas y que por tanto estemos equivocados y que, solo siendo tolerantes y libres para exponerlas y defenderlas tanto de una parte como de la otra con razonamiento y mesura, se podrá mantener una convivencia armónica dentro de la diversidad y pluralidad en pugna por una mejor forma de vivir dentro de la sociedad en la que nos desenvolvemos.



1. Alvarado Planas, J., Estudios sobre Historia de la Intolerancia. Madrid y Messina, 2011, p. 9.

2. Jaramillo, Jaime. (2002). TOLERANCIA E INTOLERANCIA. SUS ORÍGENES Y CONSECUENCIAS EN LA HISTORIA DE LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL. Historia Crítica, (23), 143-146. Retrieved November 14, 2022, from http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0121-16172002000100008&lng=en&tlng=es.

3. Cristina Yanes Cabrera. Antecedentes de una educación para la tolerancia en la Historia de la Educación española a través de algunos de los educadores más representativos. Revista Iberoamericana de Educación. Consultado en internet el 15 de noviembre de 2022 en: https://rieoei.org/historico/deloslectores/1427Yanes.pdf