martes, 1 de octubre de 2024

Hermenéutica de una receta médica.

 

DE UNA
RECETA MÉDICA

 

La receta es un pequeño fragmento de la historia clínica de un paciente.
Documento vivo que refleja un profundo conocimiento, la experiencia y la relación entre el paciente y el médico, encriptada en un lenguaje y símbolos que solo quienes están familiarizados con el campo de la medicina pueden descifrar por completo.
 
¡O tempora, o mores!
                                                                        Marco Tulio Cicerón

Dr. Xavier A. López y de la Peña 


Llegó a mis manos una vieja receta médica escrita por el Dr. Jesús Díaz de León Ávila, destacado prohombre y polímata aguascalentense fechada hace 138 años, precisamente el 25 de febrero de 1886 en Aguascalientes, Ags., México, y surtida en el mismo lugar al día siguiente, por la botica del farmacéutico Luis de la Rosa, a un costo de 50 centavos.
            La revisaremos más allá de que alguien le pudiera considerar como un simple y viejo documento amarillento y frágil al tacto escrito con caligrafía cursiva por una mano firme pero lejana, sino como un testimonio de posibles secretos ocultos por revelarse y que le ligan a la época en que ocurrió, constituyéndose de esta manera en un corolario testimonial de la lucha y el esfuerzo del hacer médico por entender y ayudar a un semejante enfermo en el azaroso curso de la medicina.
            En principio, el análisis de esta receta nos demuestra la participación en ella de tres personas a saber: el paciente del cual no conocemos su nombre, sexo, edad, etc., pero que, en esencia, nos dejó en ella la huella de su existencia y quién con su enfermedad nos recuerda la fragilidad, vulnerabilidad y padecer del ser humano; el médico Dr. Jesús Díaz de León Ávila (1851-1919), hombre de ciencia querido y respetado en su comunidad que, con esta receta, exhibe su preparación en el campo de la medicina al inferir un diagnóstico y prescribir un tratamiento, y el farmacéutico Luis de la Rosa (1832-1906) quien se encargó de surtir la receta de acuerdo con las instrucciones en ella ordenadas.
            Esta receta fue prescrita a finales del siglo XIX en un Aguascalientes con precarias condiciones sanitarias donde epidemias de enfermedades como la viruela, el cólera y la fiebre tifoidea fueron frecuentes y devastadoras debido a la falta de medidas de salubridad efectivas y al desconocimiento generalizado sobre la higiene; las neumonías y el paludismo (o “malaria” o “tercianas”) fueron consideradas las enfermedades prominentes a fines de este siglo.1


Veamos:

Al inicio están las siglas Rp, símbolo tradicional que se utiliza al principio de las recetas médicas y proviene, abreviadamente, del latín "Recipe" que significa "toma" o "recibe". Se utiliza para indicar las instrucciones que deben seguirse para preparar el medicamento o la dosis que debe recibir el paciente.
            Luego le sigue la medicación propuesta indicándonos el conocimiento especializado condensado en ella como resultado de años de estudio y experiencia del médico, además de evidenciar con ello un plan personalizado ya que está emitida para una persona específica.
Suponemos que esta receta se hizo para una persona adulta y con gran capacidad económica ya que el costo de la misma fue de 50 centavos (31¢ por el Bromhidrato y salicilato de quinina y 19¢ por la Magnesia de Henry) por lo que, si consideramos que el valor actual estimado de un centavo mexicano de 1886 equivaldría hoy a unos 4.35 pesos, la receta habría costado ¡la friolera de 217.5 pesos! Recuérdese, además, que en aquel tiempo el salario promedio diario de un trabajador rural oscilaba entre 25 y 50 centavos por jornada laboral (que podía ser de 10 a 12 horas), en tanto que el urbano podría ganar tal vez entre 50 centavos y 1 peso diario.
            Ahora vamos a hacerle un breve examen grafológico a la receta a sabiendas de que no existe evidencia científica que respalde su efectividad en la determinación de los rasgos de personalidad de una persona y ser, con ello, una práctica científicamente cuestionable, aunque se siga utilizando como herramienta de selección de personal en las oficinas de reclutamiento de recursos humanos2 e históricamente su uso se haya considerado legítimo en algunos casos judiciales:3
            Examen: La receta está escrita con una letra pequeña, lo que sugiere introversión y delicadeza; la letra “l” de trazo alto y alargado sugiere la búsqueda de objetivos y metas; la inclinación de las letras que van hacia delante sugieren que la persona es comunicativa; el orden de los elementos en la página y su distribución en la misma, sugieren una personalidad gustosa en la organización del tiempo y por la estética y, finalmente con su firma en la que registra su apellido (D. de Leon), se simboliza la importancia que sobre él tuvo la figura paterna.4
            Esta interpretación se ajusta, más o menos, con los rasgos de carácter que de él describiera su contemporáneo el doctor Manuel Gómez Portugal Rangel, quien escribió: De carácter poco seco, poco sociable, trabajador infatigable perdido entre los libros y los papeles, los periódicos y los cuadernos que recibe de todas partes del mundo, leyendo, tomando notas, haciendo acotaciones, contestando correspondencia; entusiasta por la instrucción pública de consagrarle sus afanes, de iniciar mejoras, de perfeccionarla, de ensancharla y de llevarla hasta las últimas clases sociales. Por ello no es de extrañar que, además, pudiera ser visto como una especie de ser raro y extraño, con sus ribetes de descreído.5

            En seguida nos hacemos otras preguntas:

            ¿Quién fue el destinatario de esta receta? No lo sabemos como arriba asentamos, porque apenas la medicina en esa época empezaba a proporcionar hacia el paciente un enfoque más personalizado y por ello no era aún una práctica universal ni sistemática incluirlo; ¿Qué enfermedad afectaba a esa persona? Por la prescripción inicial de Bromhidrato y salicilato de quinina que se sabe es un alcaloide natural extraído de la corteza del árbol de quina que tiene propiedades antipiréticas, antipalúdicas y analgésicas, es de suponer por tanto, que el paciente habría padecido síntomas como fiebre, escalofríos, sudoración y dolor de cabeza -entre otros-, sugestivos del diagnóstico de malaria o paludismo, y la magnesia de Henry (En 1880 el químico Charles Henry Phillips creó un compuesto acuoso medicinal de hidróxido de magnesio al que llamó Phillip’s Milk of Magnesia -Leche de Magnesia Phillips en inglés-, que promocionaba como una solución para la acidez y el estreñimiento) probablemente también se le prescribió, para contrarrestar los efectos secundarios que la quinina podría producir como lo son las náuseas, vómitos, dolor abdominal y diarrea entre otras.
            Ahora bien, ésta como otras recetas médicas, se constituyen como un espejo de las dinámicas internas ocurridas entre paciente y médico en un texto con carga de emociones y significados simbólicos varios que conviene recordar:
            A la receta se le puede considerar como un símbolo médico de autoridad y poder sobre la vida del paciente, algo similar a la del “padre” u “otro” ente autoritario en quien el paciente confía y depende, y que podría causarle sentimientos encontrados ya de “gratitud” o “resentimiento” ante la lucha interna por la necesidad de atención y cuidados, y el rechazo o resistencia sentida hacia la autoridad; la receta puede representar también un objeto de transferencia, en la que el paciente proyecta al médico expectativas, miedos, y deseos inconscientes (inscritos en su necesidad de ayuda), en tanto que el médico, a su vez, puede reaccionar con contratransferencia, donde sus emociones y experiencias personales podrían influir en la prescripción del tratamiento (por ejemplo: no prescribirle inyecciones para no causarle dolor); de igual manera, la receta simboliza en sí misma un ritual que da paso a un tránsito del estado de enfermedad a la promesa de salud, ayudando al paciente a abatir su ansiedad y abriéndole una puerta a la seguridad y previsibilidad, y los medicamentos prescritos en ella podrían simbolizar algo más allá de su propio efecto curativo como lo serían una figura en que apoyarse, tal vez emulando una asistencia materna o, en el casos extremos: creando una dependencia hacia ellos.
            En resumen, la hermenéutica de una receta médica va más allá de la interpretación superficial de los medicamentos allí recetados; busca entender las múltiples capas de significado que reflejan; básicamente, la relación e interacciones entre el médico y el paciente, las circunstancias personales y sociales del mismo, y las decisiones éticas y clínicas que informan el tratamiento. Este enfoque interpretativo permite una comprensión más profunda del papel que juegan las recetas en la vida del paciente y en la práctica médica en general.
            Es interesante también considerar que la elaboración de recetas médicas ha pasado con el tiempo de ser inicialmente una prescripción empírica determinada en un entorno de práctica mágica, esotérica y limitada en unos pocos, a convertirse hoy en un proceso médico racionalizado altamente regulado y tecnológicamente avanzado en la que cada etapa de esta evolución refleja cambios en el conocimiento y comportamiento médico, la tecnología disponible, y las expectativas personales y sociales del paciente respecto a la salud y el tratamiento de la enfermedad.
            También, como una propuesta de estudio que requeriría del análisis de muchas recetas prescritas por el mismo médico, podrían analizarse determinados comportamientos y actitudes de los médicos al prescribir, como lo podrían ser una prescripción excesiva de medicamentos, la dependencia a elegir ciertos fármacos sin considerar otras opciones, o a la de elegirlos por presiones de la industria farmacéutica o por arreglos económicos concertados ilegítimamente; analizar cómo los pacientes perciben o reaccionan a las recetas médicas, especialmente en aquellos con trastornos psicológicos. Por ejemplo, algunos pacientes pueden desarrollar desconfianza hacia los médicos y medicamentos, mientras que otros pueden tener una dependencia psicológica de las recetas; determinar errores y lapsus en la prescripción que, desde un enfoque más crítico, podría aludir a los errores de juicio o lapsus que pueden ocurrir en el proceso de prescripción debido a factores psicológicos del médico, como estrés, agotamiento, o sobrecarga de trabajo, que podrían llevar a errores en las recetas; el impacto psicológico que la receta puede afectar al paciente, particularmente en el caso de enfermedades crónicas en la que la idea de depender de la medicación puede producirle ansiedad, depresión o quizá hasta generarle síntomas obsesivo-compulsivos.

 

El caso es que cada receta médica posee grandes secretos y misterios ocultos aún por develar que se involucran en los protagonistas del hacer cotidiano en la medicina de ayer, de hoy y de mañana.

Bibliografía:


1 . El Republicano, 21 de septiembre de 1902.
2. Un romance francés... con la grafología. Publicado el 29 de abril de 2013. En https://www.bbc.com/news/magazine-22198554
3. Bishop, Paul (2017). Ludwig Klages and the Philosophy of Life: A Vitalist Toolkit. Routledge. p. 5. ISBN 9781138697157.
4. Grafología. En https://www.mundopsicologos.com/articulos/que-es-la-grafologia
5 . López de la Peña X. A. Dr. Jesús Díaz de León Ávila (1851-1919) Prohombre aguascalentense del siglo XIX. Memorias 41 Congreso Internacional de Historia de la Medicina. Analecta Histórico Médica. México2008, Vol. VI, pp. 65-72.

domingo, 1 de septiembre de 2024

¿Qué hacer?

 

¿Qué hacer? o
el gusto por el “hacer”.


Empiece a hacer lo que quieras hacer ahora.
No vivimos en la eternidad.
Solo tenemos este momento, brillando como una estrella en nuestra mano
y derritiéndose como un copo de nieve.
 
Francis Bacon.


Dr. Xavier A. López y de la Peña. 

      

Hacer, es un verbo transitivo que significa “realizar una actividad que comporta un resultado; esto es, idear, producir, fabricar, arreglar, iniciar, donar, cambiar, formar o hasta proponer algo, etc., dándole la forma, norma y trazo que debe tener, mediante la capacidad física, artística, imaginativa o intelectual que se posee.
            Muchas veces entonces, nos preguntamos o nos podríamos preguntar: ¿qué hacer? o ¿para qué?, ¿lo cotidiano o algo nuevo?, ¿ahora o mañana?, ¿me sirve o no?, ¿lo necesito o no? y ¿me satisface o no?, ¿debo hacerlo o no? etc., aunque siempre podríamos tener también la opción contraria: No hacer nada, el dolce far niente, que para los italianos y, en general, significa “lo dulce de hacer nada”.
            ¿Qué hacer? Esta pregunta me hizo recordar lo siguiente:
            Una tarde de otoño en París, Francia, estaba sentado en el antiguo Café de Flore saboreando un café con mezcla arábica y robusta, uno de los establecimientos más antiguos de la ciudad fundado en 1880 y ubicado en el histórico y tradicional Boulevard Saint Germain, conversando con Medeleine Gayou, una pintora belga que residía en la ciudad hacía 15 años y que, en su tiempo libre se dedicaba a guiar a turistas como yo.
            Hablábamos de planes para hacer un recorrido por la mundialmente célebre plaza Vendôme, con su columna helicoidal erigida por Napoleón Bonaparte en 1810 para celebrar su victoria en la batalla de Austerlitz y que  imita a la columna Trajana de Roma,  la Rue des Capucines, la Rue de Rivoli y otros lugares que, como casi todo en la ciudad está lleno de recuerdos, sucesos e historia; cuando -inesperadamente-, Madeleine se percató de que pasaba cerca de nosotros un viejo conocido suyo, se levantó entonces, cordialmente le saludó y me preguntó si tendría yo algún inconveniente de que se sentara a platicar con nosotros. Respondí que, de ninguna manera, me presentó entonces con él y se sentó a la mesa.
            El recién llegado era un hombre viejo, de rostro amable, alto y robusto y expresándose con un castellano entrecortado y limitado sugiriendo el frañol, pero suficiente para seguir una ligera conversación. Su nombre era Gustave Garnier, ciudadano francés poseedor de ojos garzos de mirada intensa y vivaz, su cabello blanco con barba crecida y el bigote con color amarillento particularmente del lado derecho que sugería que fuese diestro y ocasionado por el hábito de fumar.
            Gustave -me informó Madeleine iniciando la conversación-, es un graduado Ciencias Históricas y Filología de La École Pratique des Hautes Études (EPHE) de París pero que, gracias a su gran interés y deseo de conocer el mundo, aprendió por sí mismo radiocomunicación y se unió como operador experto en este campo a la Armada francesa recorriendo el mundo en fragatas de defensa aérea de la clase Horizon y las fragatas multimisión, hasta hace dos años en que recibió su retiro.
            En seguida Gustave intervino y con amabilidad comentó que él, simplemente, era un viajero del mundo en constante búsqueda de todo aquello que nos hace humanos: nuestras costumbres y culturas, pero… -hizo entonces un breve paréntesis de silencio-, y nos preguntó: Y ustedes: ¿Qué hacen?
            Planemos el visitar algunos lugares de interés en ciertas calles de los alrededores de París -contestamos casi al unísono Madeleine y yo-.
            Qué bien -contestó Gustave-, hacer turismo histórico es enriquecedor. Sin embargo, -apuntó seguidamente-, de cuando en vez resulta interesante mirar hacia atrás y rememorar nuestro “hacer” pasado.
            ¿Por qué? -señaló Madeleine, frunciendo algo el ceño, como muestra inconsciente de su verdadero interés en el asunto.
            Bien, respondió al punto Gustave, al tiempo en que se levantaba de la silla y hurgaba con su mano derecha en el bolsillo de su pantalón para terminar sacando un puñado de monedas que puso sobre la mesa. Colocó parsimoniosamente entonces, ocho monedas de 10 francos cada una, poniéndolas una seguida de la otra haciendo una fila. Acto seguido dijo: Estas monedas representan simbólicamente y en promedio la esperanza de vida al nacer estimada para cada ser humano en el mundo. Así que, estimativamente tenemos 8 décadas de vida para “hacer o no hacer algo”.
            Yo pensé entonces ¿qué caramba nos querrá decir Gustave?
            Gustave siguió con su idea y nos dijo -al tiempo que retiraba de la mesa -una a una-, siete de las referidas monedas-, al terminar dijo: éste es el tiempo que, estimativamente a mí me queda de vida: ¡diez años!, bueno cinco -luego matizó-, porque a la fecha tenía la edad de 75 años. Luego entonces -continuó-, debo planear y decidir qué hacer en éstos últimos años “probables” que me quedan.
            Buena explicación figurativa o analogía -expresó Madeleine- acompañado con una pequeña sonrisa en su semblante.
            Pero… -apuntó en seguida Gustave-, las decisiones que se tomen para “hacer” a futuro, invariablemente van precedidas por nuestra propia experiencia de vida; es decir, la manera como abordemos el futuro está modelada por nuestras experiencias pasadas, ya sean creencias, vivencias, valores, cultura y educación, capacidad física e intelectual, entre muchos otros factores.
            Luego entonces podremos preguntarnos y con conocimiento de causa, ¿qué voy a hacer?, dando entonces valor y significado a ése nuestro “hacer” en nuestra decisión.
            Seguramente habrá que hacer ajustes en tu vida. Tal vez moderar tu carácter impositivo e impulsivo que te reconoces, deshacerte de ligas dolorosas ocurridas en el pasado, tratar de ser más tolerante, aprender algunas nuevas cosas, arreglar alguna que otra diferencia con la familia, buscar la manera de mejorar o tener nuevas relaciones sociales, desarrollar nuevas habilidades y destrezas, resolver algunos problemas económicos; en fin, reestructurarte para recrearte de la manera más armónica posible en tu mundo.
            Viajar para conocer, es extraordinario -apuntó enseguida y enfáticamente Gustave-, disfruten su paseo por las calles de París, rememorando que en esas mismas calles vivieron personas y personajes, como lo son todos: interesantes.
            Justamente a la derecha de este café en el número 202 está el edificio en el que residió, Guillaume Apollinaire, el poeta y dramaturgo romano creador del caligrama y que dio nombre a la corriente llamada surrealismo como una forma nueva de mirar la realidad, expresándolo así: «Cuando el hombre quiso imitar el andar, creó la rueda, que no se parece en nada a una pierna. Así hizo surrealismo sin saberlo».1
            Adelante en el 215 está el edificio en donde inició la Alliance Francaise, institución que promueve el idioma francés y la cultura francesa en el mundo, impulsada por Pierre Paul Cambon, con el apoyo de Louis Pasteur, el diplomático Ferdinand de Lesseps, los escritores Julio Verne y Ernest Renan y el editor Armand Colin, entre otros; en el número 252 está una placa conmemorativa dedicada al héroe nacional español José Barón Carreño, en el lugar en que murió  ("Mort pour la France"), en la esquina con la calle de Villersexel y quien fuera jefe de la Agrupación de Guerrilleros Españoles que participaron en la Liberación de París en 1944.  
            A la izquierda de este café -continuó diciéndonos Gustave-, en el número 145, frente al hotel Madison, está una estatua dedicada al escritor, filósofo y enciclopedista francés, miembro distinguido de La Ilustración, Denise Diderot, obra del artista Jean Gautherin; y más allá en el número 87, está el edificio en donde vivió el francés Édouard Branly, físico, inventor y profesor francés del Institut Catholique de Paris,  conocido por sus aportaciones a la telegrafía sin hilos (derivadas de su descubrimiento del llamado «efecto Branly») y por su invención del cohesor hacia 1890.2
            Sin que pudiéramos intercambiar palabras con Gustave, se levantó de su asiento y se despidió efusivamente de nosotros con un Bon voyage les amis, que vous "faites" à Paris est enrichissant et agréable. Bonne après-midi. (Buen viaje amigos, que su "hacer" en París sea enriquecedor y agradable. Buena tarde.)
            Continuamos después conversando sobre el tema Madeleine y yo, comentando que, ciertamente, las calles son y representan entonces los asentamientos y vías del desarrollo en la historia de la humanidad, calles integradas por hogares que dieron abrigo a personas que gozaron y padecieron, disfrutaron y sufrieron, crearon o destruyeron, soñaron y pensaron, nacieron y murieron de una y mil maneras ya complicadas o sencillas, diferentes o indiferentes, tradicionales o reformistas en el “hacer” cotidiano del vivir la vida.
            De hecho, en la interpretación de los sueños las calles simbolizan nuestra trayectoria de vida; son, además, exponentes de un significado y expresión en sí mismos que nos “hablan” (si sabemos y somos capaces de descifrarlo) de un determinado rasgo cultural. Que ocultan quizá sórdidos y terribles secretos y que nos “dicen” mucho acerca de sus habitantes. Simbolizan determinada interacción y comunicación social; son a la vez historia y memoria; manifiestan libertad o restricción de movimiento; vitalidad, dinamismo y la diversidad de la vida comunitaria; divisiones físicas y sociales o grupos étnicos; prosperidad o pobreza, así como salud o enfermedad, en el largo camino del “hacer” humano.
            Viajar pues, es una forma de “hacer” para nuestro saber y entendimiento que deberíamos de apreciar y saborear, enriqueciendo nuestro vivir flirteando con sus variadas costumbres y culturas al recorrer vivazmente sus calles.

 

¡Oh calles, arterias vivas de nuestras ciudades y pueblos,

Testigos mudos de historias, alegrías y desvelos!

En tu pavimento se escribe el tránsito de la vida,

Con pasos apresurados y miradas perdidas.

 

Eres la línea trazada entre el hogar y el destino,

Sendero de encuentros, de sueños y de caminos.

En tus esquinas se mezclan risas y lamentos,

En tus plazas se detiene el tiempo en momentos.

 

Calles adoquinadas, con su eco de antaño,

Susurran leyendas de un pasado que no engaño.

Calles modernas, de asfalto y luces brillantes,

Reflejan el pulso de un presente palpitante.

 

En tus veredas se cruzan vidas y destinos,

Historias entrelazadas, como enredaderas de vino.

Eres el teatro de la vida cotidiana,

Donde el drama y la comedia van de la mano hermana.

 

Tus nombres llevan ecos de héroes y batallas,

De poetas, de seres distinguidos, de calles y murallas.

Eres testigo del amor bajo la farola,

De promesas susurradas en la noche sola.

 

Oh calles, en tu trama se teje la existencia,

Eres el lienzo de la humana persistencia.

Desde los callejones ocultos hasta las avenidas abiertas,

Eres la ruta infinita que nunca está desierta.

 

Que nunca falten tus senderos ni tus huellas,

Que siempre resuenen tus historias más bellas.

En cada rincón guardas un secreto a revelar,

Oh calles, eternas, siempre listas para andar.

En tus calles se cruzan todas las historias,

Y es allí donde se teje el tejido de los pesares o las glorias.3



1 . https://es.wikipedia.org/wiki/Guillaume_Apollinaire
2. https://es.wikipedia.org/wiki/%C3%89douard_Branly
3 . Oda a las calles, creada a solicitud mía por Inteligencia Artificial: ChatGPT