martes, 29 de junio de 2010

Un episodio Jónico.


UN EPISODIO JÓNICO .*

* (DR) Xavier A. López y de la Peña

En un lugar de la costa bañada por el mar Egeo, Calímaco reposaba sentado sobre unas rocas de frente al mar.
Él era un pensador y más que un pensador en sentido estricto, un hábil ejecutante de la dialéctica. Invencible en las lides de la conversación. Un «entrometido» que siempre habría de salirse con la suya en el tema que se tratase. Un personaje desgarbado con esposa pero sin hijos que solía decir ufanamente en los últimos reparos de agitadas, controvertidas y acaloradas discusiones su postrera e inamovible frase: aunque me convenzan, digo que no.
Había tenido algunos encuentros con Demócrito y Zenón y cavilaba sobre sus teorías. Sabía que ellos habían realizado varios viajes por Asia Menor y Egipto, en esta última en la ciudad del sol (Heliópolis) porque tenían padrinos poderosos, pero los despreciaba por disponer de las ideas de Empédocles básicamente y argumentar que todo en la materia podría reducirse, si se fragmenta y se fragmenta hasta un límite: al átomo, al no-se-puede-cortar-más.
Insensatos -refunfuñaba- ¿Quién podría cortar el agua de mar o el aire?, por supuesto que les había dado una lección en el momento debido.
Él había consultado previamente –como solía hacer, para tener “otra opinión”- sobre el asunto al oráculo de Delfos en varias ocasiones y la sacerdotisa encargada, Anexitidis, una mujer flaca o mejor enjuta y de malas pulgas le había contestado irritada e histérica que sus preguntas como siempre, eran vagas, rebuscadas e imposibles de responder por el oráculo. ¡Los dioses no atienden estupideces!, le recordaba gritando airadamente y casi fuera de sí.
Otro día -recuerda amargamente Calímaco-, se topó con Sócrates el mayéutico, un hombre feo, medio jorobado, narinosus [esto es, narizón] y regordete de quien pomposamente se decía ayudaba a los demás a parir sus ideas ¡háganme el caramba favor! quien le espetó, harto de sus necedades y con la premura de llevar el aceite de oliva a su mujer Jantipa: conócete a ti mismo primero, menso.
Sócrates, como el mismo Calímaco, nunca había trabajado y se pasaba el día de vago haciendo una serie de preguntas a cuanto paseante encontraba y listo para argumentar sobre ello: ¿sabe usted que es el ser? ¡Deténte! -le dijo a Liserpo una vez, a la salida de un mitin político cuando iba acompañado de sus jóvenes seguidores- y contéstame con sinceridad espontanea y diáfana: ¿la esencia de la virtud radica en la belleza, o es ésta la que posee la virtud? Liserpo, por su cuenta, siempre listo y nada tonto no abrió ni un milímetro la boca, apresurando el paso.
¡Puf! –Exclamó rumiando exasperado Calímaco- ¿cómo podría uno conocerse a sí mismo? Si se mira uno reflejado en un espejo, entonces se conoce a uno mismo. Uno es uno y basta. Yo soy yo y tú eres tú. Ellos son ellos y ya. Nadie puede mirarse el interior, la introspección es una falacia ¿cómo puedo verme por dentro? El mayéutico o “partero de las ideas” le había caído gordo. Él era el menso ciertamente y se aseguraba de saber en realidad que él no sabía nada.
Calímaco cambió de posición en la roca al sentir dormida una nalga, se incorporó y haciendo a un lado su túnica orinó en dirección al mar.
Satisfecha su necesidad fisiológica elaboró de inmediato un novedoso constructo ideológico: toda la materia proviene del agua. Ciertamente Calímaco desconocía que poco tiempo antes un tal Tales había enunciado el mismo principio pero mirándolo desde otra perspectiva. El agua –pensó- es elemento material constitutivo en los seres vivos y no vivos de toda la naturaleza, el agua va y viene en movimiento constante en el mar con un dinamismo propio. El agua es signo de vida como había comprobado (práctica ya vieja) al colocar un espejo bajo la nariz de un muerto, sin que dejase la huella del vaho. Lo seco es muerto. La sangre, la orina, la savia y el mismo semen tiene una humedad incuestionable.
Feliz, dejó la roca y aterido por el cambiante tiempo, fue directo a cuestionar al oráculo de Delfos nuevamente. Mayúsculo coraje hubo de pasar al encontrar el oráculo cerrado “por reparaciones en sus columnas y atrium”.
Fue entonces a su casa y encontró a su mujer atareada cortando unas aceitunas y cociendo huevos, mientras de reojo, leía una comedia recién escrita de Aristófanes: Las Tesmofonas.
¡Quihubo Soprista, ya llegué! –dijo eufórico al trasponer el umbral de su casa- Sabes que pensé que el agua es el constituyente primordial de la materia –le dijo orgullosamente-.
¡Calímaco carajo! le reconvino de súbito Soprista. En lugar de andar vagando siempre por ahí y jorobar metódicamente al oráculo deberías buscar trabajo. ¡Los niños tienen que pagar sus cursos de verano en la Academia, sus túnicas deben renovarse y le debo cuando menos tres siclos de plata al tendero! Si la materia es agua, con el molinillo te voy a remojar de inmediato la cabeza, ¡haragán!
Calímaco salió corriendo, apesadumbrado y tropezó con Anaxímenes el hijo de Eurístrato. Otro menso –solía decir reiteradamente para descalificar siempre al otro-. Por todos los dioses Calímaco, fíjate por donde corres insensato, me rasgaste la túnica y me pisaste un callo. Perdóname Anaxímenes, -dijo disculpándose- el asunto de que toda la materia proviene del agua me tiene loco y Soprista no me entiende: ¿qué piensas tú? -le soltó aprovechando la ocasión-.
Bueno, -con una amarga resignación ante el embate de Calímaco que ya sabía presto a discutirle- a decir verdad, yo le apuesto al aire; todo –siguió diciendo-, es aire como la misma roca que lo contiene estupendamente comprimido.
Calímaco soltó de inmediato una estruendosa carcajada ¿cómo es posible pensar que la materia se constituye de aire? que especulación más falaz y sin sentido. Ya había yo escuchado –recordó Calímaco- que otro vecino del rumbo de las Éfeso, de nombre Heráclito, el eterno misántropo que desdeñaba acremente la estupidez humana, apostaba por el fuego y que hacía referencia a este elemento tal vez de forma metafórica en alusión a que todo cambia y se transforma; fluye, no es propiamente una materia sino que constituye un proceso.
Todo y todos estaban locos –rumió-.
Calímaco, pensando febrilmente, luchaba con desesperación por entender lo que los otros creían y decían, pero se daba cuenta de que eso no era posible. Cada quién entendía lo que quería. El principio de las cosas [opinión aparte de los dioses] radicaba en algo. El agua digo yo; el viento y el fuego dicen otros. El agua se opone al fuego, por tanto son contrarios, en cambio el viento aviva al fuego y agita el agua, son pues similares y...
En estas lucubraciones estaba cuando se percató que tenía hambre. Esto lo sabía bien: una sensación de vacío en el abdomen acompañada de los crujidos y chillidos que emitía o los borborigmos como los llamaba Hipócrates y que revelaban que el ser necesita nutrirse para ser, porque si no, deja de ser. Guió entonces sus pasos hasta el mercatus para comer alguna cosa porque en casa Soprista estaría ocupada con Aristófanes… y brava.
Llegó al puesto de Arístides y éste, al verle, de inmediato le ofreció un pedazo de cecina de chango y un envoltorio con dátiles sin decir nada, rogando a los dioses que Calímaco tampoco dijera nada y se fuera de inmediato. Bien sabía Arístides que Calímaco pretendía nutrir su cuerpo y su mente con su comida y con él, por lo que prefirió –una y mil veces lo haría-, concederle sólo lo primero aunque no pagara, como siempre.
Perplejo recibió Calímaco la ofrenda pensando, sin embargo, que su buen nombre y prestigio le hacían meritorio y digno del donativo y siguió camino cuando de pronto fue a caer pecho a tierra con toda su humanidad al haber tropezando con el acuaeductus.
Rápido acudieron a prestarle auxilio Mirto, ex-esposa [la primera, Jantipa es la segunda] de Sócrates, y sobrina de Arístides, y Peleómano ahora su nuevo esposo.
Calímaco había recibido un fuerte golpe en la cabeza haciéndose un chichón sobre la frente; los dátiles se aplastaron y su cecina se llenó de tierra. ¡Tierra! –gritó Calímaco fuera de sí al incorporarse y mirar su enterrada cecina-, ¡este es el elemento que me faltaba! TIERRA, FUEGO, AIRE Y AGUA; la tierra se lleva con el agua, el agua se mueve con el viento, el fuego se aviva con el viento, la tierra apaga el fuego, el agua no se lleva con el fuego, yo soy yo y tú ¿quién eres? –le dijo a Peleómano esposo de Mirto-.
Todo se mueve –seguía diciendo Calímaco fuera de sí ¿o en sí?-, todo gira en acto y potencia, todo es forma y materia ¿qué es eso de la esencia y accidente? ¿sujeto y atributo? ¿entelequia o... tauromaquia? ¿sinfonía o… quién me puede definir lo que es mirificus?
Hipócrates de Cos –al que se le consultó inmediatamente y de urgencia- dijo en su acertadísimo diagnóstico sobre Calímaco una vez enterado de los pormenores del acuaeductus, del chichón y de la cecina enterrada que no se pudo comer: longa enim abstinentia aut nutritionis defectus astheniam directam parit [la abstinencia larga, o sea la falta de nutrición, produce astenia directa], le mandó al hospitium per invocatum sanitatem restituere [al hospital, pidiendo por su salud].

miércoles, 12 de mayo de 2010


Om Mani Padme Om
(¡Ah!, la joya en el loto, ¡ah!)*

* (DR) Xavier A. López y de la Peña

Esta es una oración mística budista impresa en una de las ruedas “para rezar” que los monjes budistas tienen en sus templos del Tibet.
El Tibet, cuyo nombre oficial es Xizang, conforma actualmente junto con Guangxi Zhuang, Nei Mongool, Ningxia Hui y Xinjiang Uygur una de las regiones autónomas de la República Popular de China.
La atmósfera del Tibet, de este lugar sagrado, se encuentra rodeada de un misticismo y devoción inimaginables. La oración seguida por los monjes tibetanos en su milenaria tradición apenas se alumbra por las lámparas que queman grasa de yak y que ennegrecen e impregnan con su fuerte olor todo el ambiente.
En modo creciente estos monjes van elevando sus voces al ritmo de sus oscilantes movimientos o “mudras” y hacen que todo en el recinto vibre conjuntando el cuerpo con el espíritu. También emplean para cumplir con sus oraciones unas varas altas de poco más de seis metros a las cuales tienen adosadas en el extremo unas tiras de muselina a manera de banderas (“caballos del viento”, como también les llaman) con la consecuente oración impresa. Hoy, lamentablemente, la cultura tibetana se transforma rápidamente dejando atrás su misterio, su poder y su legado merced a la penetración cultural occidental.
Tenzin Gyatso, el actual Dalai Lama (cuyo nombre significa Océano de Sabiduría), líder espiritual en el exilio del actual del pueblo tibetano y premio Nobel de la paz, estuvo en México para recordarnos a su pueblo, sus penurias y entregarnos su mensaje de paz.
El doctor Jan Gibbons, un anciano médico retirado que radica en Castro Valley al oeste de la costa este de la bahía de San Francisco y que conoció a uno de los ingleses que acompañó a la comitiva inglesa al Tibet en 1904, me contaba sobre este pueblo (al que también conoció posteriormente) de fantasía, deslumbrante y prohibido a los extraños, enclavado en un terreno hostil -en el “techo del mundo”- y al que sólo se podía acceder por una abertura al sur sobre la gran muralla de los Himalayas, el paso Jelep-la a 4 500 metros de altura sobre el nivel del mar, para llegar difícilmente también al valle del Yatung guiados y auxiliados por recios y curtidos conductores de yaks cubiertos con ropas hechas de pieles de oveja, tejidos de pelo y botas de cuero también de yak.
El valle del Yatung ofrece un espectáculo maravilloso amurallado por enormes montañas colmadas de pinos en sus laderas. Siguiendo el paso difícil, escarpado, sin caminos por supuesto -seguía diciendo-, y a unos kilómetros de distancia se llega a donde confluyen los escurrimientos montañosos dando paso al río Ammo-Chu; nueva y penosamente se asciende ahora para llegar hasta la altiplanicie del valle del Chumbi a unos 4 500 metros de altura en promedio, para llegar al lugar que ya nos deja ver y sentir la imagen del territorio del Tibet a seguir: desértico y hostil en donde sólo los yaks pueden sobrevivir con temperaturas inferiores a los 30 grados bajo cero en el mes de enero. Lugares que dejan atónito y perplejo al viajero que se abren al paso cansino de los cargados yaks: el valle del Paina-Chu, una de las pocas tierras fértiles al sur de Tibet; el paso por la nevada cordillera de Noijin Kang Sang, el paso del Karo-la desde donde descienden magníficos glaciares hasta bajar a la cuenca del Yamdok Tso (el Lago Turquesa) a cuya vera el camino conduce por el norte hasta Khambala y de allí a la ciudad de Lhasa, la ciudad bendecida por el Buda y el gran Potala, el palacio en donde habita el Dalai Lama.
Los caminos pedregosos en esta difícil latitud ofrecen abundante materia prima para la erección de los frecuentes túmulos que, en forma piramidal, se erigen sobre las reliquias de algún santo budista y sirven para hacer diversas ofrendas. También suelen verse multitud de mendangs o paredes también de piedra sobre las que se graban oraciones. De hecho, cuando los ingleses llegaron al Tibet a principios del siglo veinte para lograr un paso que permitiera el comercio entre el Tibet y la India, los sabios del Tibet tuvieron largas y difíciles negociaciones con ellos dado que se encontraban frente a frente dos culturas fuertemente diferentes, casi totalmente opuestas y supusieron los tibetanos que éstos mendangs, o “muros sagrados” serían suficientes para impedir la entrada de los extraños a su tierra.
La vena vivificante del Tibet la constituye el gran río del Tibet, el Tsang-po, que conforma el curso superior del Brahmaputra y que grácilmente serpentea de oeste a este por las yermas colinas y el altiplano desértico de ésta región. El Tsang-po ha servido como medio de transporte de personas y víveres de una a otra parte del Tibet en embarcaciones hechas de cuero de yak y, además, es el camino real del Buda por el que transitan río arriba los peregrinos que desean llegar hasta la corte del Panchen Rinpoche o Tashi Lama de Tashi Lumpo, el “gran Maestro querido”, el segundo Gran Lama del Tibet considerado en aquél entonces aún más sagrado que el propio Dalai Lama ya que éste es el detentor del poder político y aquél del poder espiritual.
La llegada a la ciudad de Lhasa, luego de espectáculo que la naturaleza ofrece y del esfuerzo por vencer mil y un obstáculos, nos deja ver desde la lejanía de poco más de diez kilómetros de distancia al Potala en el centro del valle, el palacio en que habita el Dalai Lama y que con su magnífica cúpula de oro resplandece mágicamente como lo haría una pepita de oro en la arenisca. Al sur se encuentra, sobre la roca llamada el Chagpori que se eleva desde las riberas del Kyi Chu, un castillo amarillo y el Colegio médico de los lamas. Entre ambas estructuras y sobre una colina pequeña se encuentra un típico templete tibetano que señala la entrada principal a Lhasa.
El Potala está construido sobre una colina rocosa de la que es difícil diferenciar dónde empieza el palacio y dónde la roca; son una sola espléndida estructura cuya pared sudeste de 270 metros de extensión brilla al sol. En la parte alta de este macizo bloque de roca y ladrillo se encuentra el Fodang-marpo, el palacio rojo del Dalai Lama conformado por una hilera de construcciones de color rojo carmesí intenso. Se oculta, otra maravilla de gran contenido simbólico, de la mirada ajena al rey-sacerdote tras una impresionante y bellísima cortina de pelo de yak negra. Santidad y soledad del Dalai Lama que vive en sí para los demás.
En 1950 el ejército chino de Mao Tse Tung invadió el estado teocrático del Tibet que cuenta con una superficie de 1 221 600 Km2, incorporándolo más tarde como provincia como lo había sido en el siglo XVIII. En 1959 una rebelión encabezada por los lamas del Tibet forzó al Dalai Lama a refugiarse en la India y desde allí el decimocuarto Dalai Lama ha seguido su peregrinaje por el mundo en pos no ya de su independencia, sino de su autonomía, llevando su mensaje de paz por el mundo.
La cultura tibetana, tachada de feudal, arcaica y oscurantista por el régimen de Pekín está siendo borrada por el ateísmo civilizador a la luz de su “reeducación patriótica”.
Antes de que el budismo conquistara el Tibet, el país tenía una religión propia denominada “bon” en la que pululaban infinidad de dioses y demonios a los que los magos debían exorcizar para ahuyentarlos por medio de la magia. Hoy, a pesar de su progresivo desmantelamiento perdura la magia en el mundo mágico del Tibet que Lobsang Rampa conociera y en el que se hiciera el médico de Lhasa.