lunes, 8 de abril de 2013

¿Hasta dónde?

LÍMITES
© DR Xavier A. López y de la Peña.
«Sólo sé que no sé nada»
Sócrates el ateniense, hijo de Sofronisco y Fenaretes
¿Cuál es nuestro origen -o el de la vida en general-? ¿qué sentido tiene el vivir -o de otra forma quiénes somos-? ¿qué sucede después de la muerte -o a dónde iremos, si es que lo haremos-? Estas son las preguntas aún inconclusas que todo ser humano suele hacerse ya de una forma sencilla o compleja, y constituyen la tríada que sustenta el pensamiento filosófico universal, pero... ¿hay límites? ¿hay algún concepto universal? La historia ha demostrado que los seres humanos pueden avanzar, y de hecho lo hacen a pasos agigantados en la obtención del conocimiento. Para decirlo de otra manera, al paso del tiempo encuentra cada día “nuevas” soluciones a sus incógnitas aparentemente inacabables. Se sabe también y es innegable que cada día que pasa sabemos más de menos. Nuevos paradigmas substituyen a los viejos. Pareciera entonces no haber límites a tal esfuerzo por conocer. De manera alegórica podemos afirmar que el árbol prohibido de la sabiduría no agota sus manzanas a pesar de que las cosechamos y nos las comemos vorazmente. La consecución del conocimiento corre paralelo al desarrollo y evolución social del ser humano en todos los órdenes y se conforma como modeladora del llamado “progreso” modificando el entorno y adaptándolo a sus necesidades cada día crecientes. Es así que la gente por citar un ejemplo de esto, ligada eternamente a la tierra llegaba a la descripción de que el trabajo agrícola, como resultado del conocimiento generado ancestralmente en este campo, era posible hacerlo mediante tres categorías según Marco Terencio Varrón: el hecho por instrumentos parlantes (seres humanos), semiparlantes (las bestias de tiro) y los mudos (objetos materiales). En el campo de la física el conocimiento sobre la materia se ha transformado desde Arquímides con sus aportaciones a la estática entre muchas otras, hasta científicos modernos como Blojintzev quien hace esfuerzos por reunir en una sola teoría la relatividad y la mecánica cuántica, o el descubrimiento de la llamada partícula de Higgs (partícula de tipo bosón de masa 125.3 gigaelectrónvoltios (GeV), también llamada “partícula de Dios”, recientemente dada a conocer. El origen de la vida, para hablar del campo de la biología, ha «humanizado» (es decir, ha dejado atrás a los dioses creadores como uno de los primeros vestigios heréticos) su visión refiriéndolo a la física con el postulado de Tales de Mileto que le define como proveniente del agua y apoyado por Anaximandro quien aseguraba que “los primeros seres vivientes nacieron en lo húmedo, envueltos en escamas, que al crecer, se desplazaron a las partes más secas y que, cuando se rompió la corteza de escamas que les rodeaba, vivieron, en poco tiempo, una vida diferente”. La “generación espontánea”, otra herejía contraventora al origen divino, sostenida por Aristóteles y que permeó por siglos en el mundo occidental y musulmán, vino a ser desbancada por el naturalista alemán Schwann que sostenía que “las fuerzas que actúan en la materia viva son las mismas que juegan en el mundo inanimado” y que el químico francés Pasteur dio por cancelada totalmente dicha teoría. La teoría de la evolución que expresa el fluir del tiempo con sus cambios modificadores sobre la materia viva, son representaciones del conocimiento adquirido que nos acercan a los orígenes aún desconocidos. Todo el conocimiento se basa en el esfuerzo por comprender al mundo y a nosotros mismos a través de la curiosidad humana. Sin embargo, repetimos ¿hay límites para ello? Por ahora, abordaremos algunos de los límites que los fenómenos físicos nos imponen y por ello debemos decir que los fenómenos del universo pueden reducirse a complejas interacciones físicas y aquí es donde podemos encontrar un primer límite al conocimiento: la velocidad. La velocidad de la luz que en números redondos es de 300 000 km/seg es una velocidad insuperable en el universo. No hay más fronteras. Este es un límite a nuestro conocimiento, no podemos aspirar a «encontrar» una mayor velocidad y todos los fenómenos físicos, físico-químicos o biológicos encontrarán como límite de circunscripción ideológica y fáctica este término. El taquión, esto es, cualquier partícula hipotética capaz de moverse a velocidades superiores a la de la luz en el vacío, sigue siendo eso, una hipótesis. La división de la constante de los gases R por el número de Avogadro N nos ofrece como resultado otro límite del conocimiento: K, la constante de Boltzmann (1844-1906). Esta representación teórica de la constante de Boltzmann viene a establecer un puente entre la entropía de un sistema y su estructura atómico-molecular y que, planteada en el campo de la informática, la constante de Boltzmann puede ser interpretada como el cuánto de información. Boltzmann llegó a la conclusión de que la entropía es una medida del desorden molecular: al estado más probable, que es el más desordenado, corresponde el máximo de entropía. En las interacciones de fuerzas siempre se intercambia algo y ello origina cambios tanto en el emisor como en el receptor de la acción. El límite mínimo (otra frontera del conocimiento) para esta «acción» se conoce como H, la constante de Planck y que corresponde al número de 0,000000000000000000000000006626 erg x segundo. Este es el límite o tiempo mínimo de trabajo, o cuánto de acción. La mecánica cuántica es la encargada de la descripción adecuada de estas magnitudes del saber. Estos límites, como muchos otros (la constante G de Newton, referida en la ecuación de la gravitación universal, la constante dieléctrica del vacío, etc.) no obstante, no impiden el avance por conocer, no; sin embargo, si tratamos de un fenómeno cualquiera sabemos ya de antemano que dicho proceso no podrá ser o tener en su composición «algo» superior al límite de la velocidad de la luz, o inferior a un cuánto de acción para utilizar los mismos ejemplos referidos. Y, al principio, todo fue curiosidad. Esta son las primeras palabras con las que inicia Isaac Asimov su libro Introducción a la Ciencia, y de esta curiosidad de los humanos surgen las preguntas con que iniciamos este texto y otras como las siguientes: ¿porqué nos movemos? ¿qué hace fluir el impulso nervioso a través de los axones neuronales? ¿porqué lloramos o reímos? ¿cómo almacenamos la energía proveniente del sol? ¿qué función ambiental tienen la cucarachas? ¿dónde está la memoria? ¿cómo contener un fluido a 100 000 grados centígrados? ¿porqué y porqué..., qué? Límites a contracorriente, y nuevas herejías surgidas contra la ortodoxia del pensamiento generan nuevas teorías como la del Caos (la creencia primitiva griega en una naturaleza impredecible regida por el capricho de los dioses) que nos señala que el conocimiento preciso de los componentes de una estructura no es suficiente para describir el comportamiento de esa estructura. De hecho, se puede predecir con máxima precisión la ocurrencia de un eclipse solar dentro de 189 años o más y, sin embargo, somos incapaces aún de prever las condiciones climatológicas para las siguientes tres semanas. Por esto mismo, es inasible hoy creer que la posesión del conocimiento íntimo de las fuerzas fundamentales de la naturaleza nos permitiría, algún día, aprehender los enigmas de la física y del universo todo.
Nuestro saber es minúsculo comparado con el todo. Nuestro presupuesto curioso se ve condenado a sufrir el mito que simboliza la elevación y la caída, consecuencias de la vanidad humana como lo sucedido al hijo de Zeus, Tántalo (el que titubea), que tras traicionar los «secretos» de los dioses olímpicos fue condenado a padecer eternamente sed y hambre, en este caso, de sabiduría. El crimen cometido por Tántalo extendió la maldición a sus descendientes, Níobe, Pélope y los hijos de éste, Atreo (y sus descendientes los Atridas Agamenón y Menelao) y Tiestes. Hoy, no obstante, la maldición sigue con los y las Molina, López, Brown, Claus, Hubberman, Driesch, Gödel, Eckhart, etc., etc.

lunes, 11 de marzo de 2013

Sobre los ojos

© DR Xavier A. López y de la Peña.
Si una muchacha, te mira y se agacha es que es de Pénjamo.
Pénjamo: Canción de Rubén Méndez del Castillo.
Es extraordinario y notable que a los ojos se asocie el más rico simbolismo. A estos órganos compete nuestra propia vida. Cultura y arte están inexorablemente ligados a la visión. A los ojos se les dedica una veneración extrema en las culturas primitivas y no hay poeta que no les exalte de manera directa o indirecta; también los ojos ha sido fuente de explotación por parte de los curanderos e indefectiblemente están asociados con la hechicería y la magia. Los ojos, más allá de su función interactiva sensitiva, solían y suelen considerarse todavía como vías de entrada y salida a nuestro interior. Es la ventana de nuestro yo. De hecho, en la antigua cultura babilónica eran considerados como la puerta entrada a la cabeza y de aquí que los espíritus malignos pudieran acceder a ella al través de los ojos. También se consideraba que el ojo era gobernado por un demonio con poderes particularmente malévolos. El poder maligno generado por mediación de los ojos dio origen al llamado mal de ojo (oculus fascinus) que desde tiempos remotos impregnó al mundo antiguo y enraizó en las tradiciones egipcias y persas, en la hebrea y la griega. Se creía que el rabino Simeon ben Yachai tenía el poder de reducir a una persona a un puñado de huesos con sólo mirarle, y que Eliezar ben Harkynos con su mirada furiosa podía hacer temblar los pilares de su recinto. Los ojos podían recibirlo y entregarlo todo. Alegría y tristeza, amor y odio, salud y enfermedad, temporales, tempestades, abundantes cosechas, epidemias, catástrofes y bonanza y más. El poder de los ojos (ya para bien o para mal) habría de ser conjurado y surgieron amuletos y pócimas que aún hoy mantienen un enorme mercado. Fórmulas por miles todas encauzadas para contrarrestar lo malo y para atraer lo bueno o deseable. Los ojos no están ajenos a la enfermedad y también a ellos se ha dedicado un numeroso grupo de personas. Ya en la corte de un Faraón egipcio por el año 2600 a. de C. ejercía Iry el médico de los ojos. Hay menciones con diversos enfoques a estos órganos en el papiro de Ebers (ca. 1550 a. de C.) y en el multicitado código de Hammurabi. Hay referencias a los ojos en las tablas votivas encontradas en el templo de Esculapio; las observaciones de Almeón de Crotona en sus estudios sobre los nervios ópticos. La dieta y baños calientes eran recomendados en la medicina hipocrática para tratamiento de ciertas enfermedades de los ojos. Las substancias que hacían estornudar y los gargarismos irritantes eran considerados útiles para hacer salir los humores maléficos de los ojos. Desde el punto de vista fisiológico los anatómicos pre-aristotélicos Demócrito y Alcmeón consideraban que pequeñas imágenes entraban al ojo y permanecían en la pupila hasta que el alma podía apreciarlas, en tanto que Aristóteles sí razonaba que la visión era el producto de una interacción entre el objeto y el ojo. Luego, los médicos árabes que con su medicina formaron un puente entre la caída de Roma y el Renacimiento, lograron niveles de sabiduría extraordinarios como es el caso del notable oftalmólogo Abu Ali alHasan ibn al Haitham, mejor conocido por Alhazen (965-1039) quien enseñaba ya que los rayos visuales pasaban del objeto hacia el interior del ojo formando la imagen. En la Edad Media se podían encontrar, en el caso preciso del tratamiento de los ojos a tres tipos de médicos, los judeus o judíos formados en las escuelas árabes, los rusticus , cuyas curaciones se ofrecían a través de remedios caseros secretos que combinaban piedras misteriosas, amuletos, reliquias, y los chirurgus expertus in oculis dedicados a la cirugía de estos órganos en operaciones simples y hasta incluir la extracción del cristalino en el caso de cataratas. Luego llegaron las combinaciones de los artistas en cuanto al estudio y conocimiento acerca de la visión como los realizados por Leonardo da Vinci que concluyó que el órgano principal de la visión lo constituía la retina; Andrés Vesalio el excelso anatomista que echó por tierra muchos errores de Galeno seguidos por siglos y quien distinguió la propiedad refractiva del cristalino. Muchos personajes más podrían citarse en cuanto a la evolución del conocimiento acerca de los ojos, a la teoría del color, a la óptica, a la cirugía y a la instrumentación en torno a ellos hasta llegar a la enorme figura de Hermann Ludwing Ferdinand Helmholtz (1821-1894) quien estableció los principios científicos de la fisiología ocular e inventor el oftalmoscopio en el año de 1850. Todo en cuanto a los ojos, como ventana del alma como los nombró el referido Leonardo da Vinci, está rodeado de misterio, magia, hechicería, misticismo, arte, volición, belleza y sentimiento ilimitados. Pero también sobre ellos campea la ignorancia, la charlatanería y la desviación del pensamiento lógico como es el caso de la iridología, pseudo ciencia incluida en el rubro de medicinas alternativas que pretende diagnosticar los problemas de salud de una persona por la observación del iris. Martín Gardner, una persona dedicada por años a demostrar mil y un boberías sobre este asunto dice, y con justa razón, que “el embobamiento de la gente con toda clase de medicinas alternativas no da señales de disminuir.” El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA) publicó en el año 2000 el librito titulado La Iridología, de Ariel Guzik, y a ello dedicaremos algunas reflexiones críticas. Para iniciar haremos referencia al concepto de iris que tienen, según asienta en las páginas iniciales, tanto el oftalmólogo como el iridólogo. “Para algunos oftalmólogos, el iris, aunque contiene millones de terminales nerviosas, sólo es un esfínter, un músculo coloreado que dilata y contrae la pupila; otros lo ven además, como un sistema de nutrición del ojo. Para el iridólogo, el ojo es un espejo y, también, una imagen condensada del cuerpo. Es un universo.” Las pseudo ciencias son muy dadas a entremezclar conceptos e ideas de diferentes puntos de partida para reunirles en un argumento que satisfaga el propósito al que se encauzan. Para aclarar citaré un ejemplo de ello: cierto autor, realizó ciertas mediciones de la base de una pirámide en Egipto y encontró que, éste número, multiplicado por 3.1416 correspondía a la distancia que hay entre la tierra y la luna. Este, y otros datos fueron suficientes para declarar que los constructores de dicha pirámide habían dejado asentado este dato como indicación inequívoca de sus conocimientos matemático-astronómicos tan avanzados. El autor de este libro de iridología no escapa a este tipo de razonamientos y así, combina la topología –rama de las matemáticas que estudia las propiedades del espacio-, con la biología –ciencia dedicada al estudio de los seres vivos. ¿Cómo? Indicando que el iris es un toroide (forma de dona), representante de “todo” el organismo [y por tanto sobre el que se puede expresar y por lo mismo leer o identificar todo lo que se quiera] de la siguiente manera: “Desde el punto de vista de la topología, podríamos percibir las cosas no sólo por su forma ordinaria, sino también por sus características espaciales más elementales. Si imaginamos un cuerpo (por ejemplo un lápiz o una llave) de elasticidad infinita, capaz de deformarse sin romperse, podría convertirse en una de dos formas básicas: una esfera o un toroide, que es algo así como una dona. El lápiz, que no tiene ninguna perforación, se transformaría en una esfera; la llave, que si posee un agujero, en un toroide. Con un poco de práctica, podríamos hacer el mismo ejercicio con cualquier cuerpo familiar: un tenedor, un cenicero, una vaca. Desde este punto de vista, todos los seres vivos son como tubos, es decir variantes de la dona o toroide. [...] Desde su fase embrionaria, el hombre es, en su forma más elemental, como un toroide, y el iris de los ojos lo representa de esa manera.” Vaya entonces usted a mirarse en el iris, o que lo haga el iridólogo con una mentalidad de “elasticidad infinita”, los problemas digestivos que le agobian o la nefropatía metabólica que en el IMSS no pudieron resolverle.
De cualquier manera, si aún ello no le resuelve el problema, tiene usted más medicinas alternativas a que recurrir como la reflexología que es el arte de aliviar el dolor y otros síntomas de todas las enfermedades humanas conocidas, a base de frotar y masajear ciertos «puntos reflejos» del pie como se expone en The Complete Illustrated Guide to Reflexology, de Inge Dougans (Element Books, Inglaterra 1966).

lunes, 4 de febrero de 2013

De la muerte.

DE LA MUERTE*
*© DR. Xavier A. López y de la Peña
"No he visto una certidumbre que no admita duda y se asemeje a una duda que no admita certidumbre, como la muerte."
AL HASAN
La muerte es un proceso de la misma vida que hace reflexionar a los seres humanos desde muy variadas perspectivas, mirándosele cerca o lejos en algún momento de su existencia, pero nunca ignorándole. El pensar sobre la muerte le hace al hombre afirmarse como una "autoconciencia" perecedera temporal e histórica. La muerte constituiría la negación de esa autoconciencia y por ello mismo se torna incomprensible puesto que se opone al propósito de la vida que es, simplemente vivirla: ser. La muerte es sólo una fase temporal del proceso existencial en la dinámica de la materia. La vida ha recibido muchos estímulos y a ella se han dedicado enormes esfuerzos. Se tiene como ejemplo expertos en neonatología que saben cada vez mas de menos aspectos acerca de los recién nacidos en sus primeras horas de vida. La vida misma ahora se puede programar con las limitaciones o posibilidades éticas, morales, legales, religiosas, políticas, sociales, etc., que cada sociedad establezca en un tiempo determinado acerca de cuándo, cómo, dónde y hasta de quién nacer y a un paso se está de manipular genéticamente al ser humano con los impresionantes avances tecnológicos sobre el genoma. Hay una gran demanda y oferta, como es lógico y de esperarse, hacia los temas de la vida en los que la muerte -su proceso final- prácticamente no tiene cabida. No hay "tanatólogos" en el sentido amplio de la palabra, la muerte es un objetivo que se pretende alejar, dejar de lado o más fácilmente olvidar, pero nunca como decíamos ignorar. Algo de tiempo y esfuerzo se ha dedicado a su preámbulo -el morir- representado por los estudios sobre la vejez, con la teoría inmunológica como ejemplo o los realizados en el curso de una enfermedad terminal (como hiciera la Dra. como pasos a "comprenderle", para "evitarle". La muerte en sí es negada. No tiene cartilla de identidad a pesar de llevarse a cabo en todos los seres vivos de ayer y de hoy y, cuando menos hasta ahora, de mañana. Es curioso que el estudio y la lucha por la vida de los seres humanos a la que podríamos llamar con toda justicia "anti-tanatología", en el caso particular de la medicina, esta se inicie precisamente con el estudio del ser humano inanimado o muerto reducido a un objeto, donde no es más que un vínculo que contribuye a la formación conceptual de la estructura-función del cuerpo humano en el educando a partir de una estructura -cuerpo- sin identidad -nombre- sin historia -biografía- que se puede descubrir y analizar -disecar, observar o mesurar- pero no se puede comprender -¿quién fue este ser humano y cómo fueron su nacimiento, vida y muerte?-. De hecho, la enseñanza de la medicina misma enfrenta al futuro médico desde el principio de su formación con el fracaso de su misión -la muerte- desde el primer contacto en el estudio de y por la vida. Sus habilidades y destrezas se fundamentarán en sujetos inanimados sin identidad. De tal suerte que el estudio médico del ser humano -su antropología en sentido amplio- se inicia en su final: la muerte, y se concreta prácticamente a su análisis en el rubro de una de sus dos grandes ramas en que se divide, la antropología física con sus consideraciones morfofisiológicas tanto en la salud como en la enfermedad (anatomía, fisiología, psicología, genética, etc.), dejando de lado los rubros acerca de la evolución (geología, paleontología, primatología y más) y los correspondientes al área de la antropología cultural -la segunda rama de la antropología-, tanto en referencia a la evolución (historia, arqueología) como a su estructura y función (arte, música, lingüística, economía, sociología, ciencia política y otras). No hay por tanto cabida para la economía médica, política médica y etnomedicina para no abundar y, paradójicamente la "tanatología" -ciencia que estudia a la muerte- tampoco existe. La medicina estudia la vida a partir de la muerte y desconoce a esta y su preámbulo; el morir, incomprensiblemente. Parece haber explicaciones para ello. Desde tiempos remotos la muerte ha constituido el límite de la competencia médica y propiciado su negativa a enfrentarla. La medicina hipocrática, como antecedente de la medicina occidental que nos rige, lo resaltaba diciendo que: "El médico debe terminar con el sufrimiento del enfermo, aminorando la violencia de su enfermedad mientras pueda, pero debe negarse a tratar al enfermo que se encuentra vencido por la enfermedad". "Hay quienes censuran a la medicina por negarse a tratar los casos desesperados, y afirman que de ser cierta la existencia del arte médico, unos y otros deberían ser curados por igual. Pero si un hombre exige algo que no le atañe, habría que convenir en que su ignorancia resulta más afín a la demencia que a la falta de conocimientos". La medicina medieval siguió estos cánones matizándolo con un sentimiento religioso que daba "sentido" a la vida después de la muerte (como muchas culturas lo tienen), ligando el dolor y el sufrimiento del moribundo a las ideas de expiación y redención como pasos a la muerte-vida ulterior (cristiano), cediendo poder el médico al sacerdote al verse en el límite de su ciencia. Llegaba así el relevo oficial de la ciencia: la trascendencia. Una amalgama de poderes -curación y salvación- legitimando una continuidad a la vida. "Llegado el momento final se impone la transferencia a los custodios de la Santa Madre Iglesia". La muerte del ser humano ha dado paso a los rituales funerarios ligados a su historia ("dime cómo mueres y te diré como viviste") y aún cuando es una verdad que todos habremos de enfrentar, la muerte es evitada y es desconocida. No hay una preparación a la muerte. Tanto muere el creyente en la esperanza de un más allá liberador, como el incrédulo que piensa la muerte como el simple paso de un orden material a otro. La muerte se rodea de terror, entereza o dulzura; se extingue como una tenue llama o con el estrépito de un cañonazo. El muerto se sepulta, se quema, se momifica o se abandona a merced de los elementos; a él se le llora o se le agrede, bendice o maldice. Se le recuerda o se le olvida.
La muerte se busca o nos encuentra, se anuncia o nos sorprende pero... finalmente llega.