viernes, 1 de mayo de 2015

Lúes o sífilis.

EL MAL DEL PASTOR.
© DR Xavier A. López y de la Peña
Syphilus -el pastor de Ofir-, enloquecido por el calor del mediodía insultó al Dios-sol Apolo y fue castigado por este con un mal que producía dolor en el sexo, y compensaba el pecado con el sufrimiento. Y Syphilus, el pecador, está afligido... Llevando horribles bubones a la vista, dolores sufre e insomnio por la noche; del suyo la enfermedad recibió su nombre.
Girolamo Fracastoro
Girolamo Fracastoro (1483-1553) médico y astónomo de Verona, Italia, quien ha sido considerado uno de los fundadores de la epidemiología escribió en su obra De Syphilidis, sive morbi gallici libri, las siguientes frases:
“¿Cuál es la causa de esta pestilencia? ¿Acaso fue importada a nuestras playas, desde los nuevos mundos descubiertos por los bravos marinos españoles más allá de los mares ignotos? ¿Nos ha llegado el germen desde aquellas remotas regiones donde parece haber reinado en forma suprema desde la eternidad, haciendo tantas víctimas como seres existen? ¿Es cierto que introducido de cierta manera entre nosotros, se extendió por Europa por medio de las relaciones comerciales? ¿Es verdad que -primero débil y obscuro- incrementó su fuerza un centenar de veces para invadir poco a poco el universo entero, como una simple chispa de un fuego mal extinguido puede iniciar terrible conflagración?.
No, no es así como se desarrolló este mal. Testimonios incontestables prueban que su origen no es de naturaleza extraña o ajena, y no fue necesario que atravesara el mar para llegar a nosotros. Entre sus primeras víctimas en nuestro medio, mencionaré una cantidad de pacientes que enfermaron espontáneamente, sin haberse expuesto a la menos posibilidad de contagio. Además, ¿cómo podría atribuirse a influencias contagiosas una enfermedad capaz de afectar a tantas personas en tan breve tiempo? En verdad, el azote se desató por doquier a la vez, en Italia, en los fértiles campos de Sagra, en los bosques de Ausonia, en las planicies de Otranto, en las riberas del Tíber, en el centenar de ciudades que el Erídano, engrosado por los cien afluentes que le son tributarios, lava con sus olas majestuosas. Al mismo tiempo hacía también sus estragos en las tierras lejanas, y la orgullosa España, madre de los conquistadores del Nuevo Mundo, no sufrió los crueles ataques del mal antes que los pueblos separados de ella por los Pirineos, el Rin y los Alpes.
En el cuerpo humano ataca primero la sangre y, no alimentándose sino de los fluidos grasientos y viscosos, se adhiere a la grasa y sus humores corrompidos. Uno de los hechos más sorprendentes consiste en que, después de haber contraído el germen contagioso, la víctima de este flagelo no suele presentar lesión alguna antes de que la luna haya cumplido cuatro viajes. En verdad, este mal no se manifiesta inmediatamente por síntomas reveladores de su penetración en el organismo. Durante algún tiempo fermenta en silencio, como juntando fuerzas para una más terrible explosión. De cualquier modo, en este período invade al paciente una extraña postración que deprime todo su ser; siente la mente pesada, los miembros flojos y débiles, incapaces de sostenerlo; la mirada pierde brillo, la expresión vivacidad y la faz se torna pálida.
El virus es transportado por los órganos de la generación, desde donde se irradia a las partes vecinas y a la región inguinal.”
Con diversos nombres y bajo las más variadas circunstancias, la sífilis ha sido un flagelo constante en la historia de la humanidad.
Un prominente médico en Barcelona, Ruy Díaz de la Isla, había hecho en 1493 en Vicente Yánez Pinzón, miembro de la tripulación del Gran Almirante el diagnóstico probable de este mal cuya pestilencia -decía-, era tan “espantosa que los que la observaban recurrían al ayuno, a las plegarias y a la caridad” y, dos años después en 1495 cuando Carlos VIII de Francia sitió Nápoles, sobrevino una epidemia de sífilis tan severa que los franceses le dieron el nombre de mal napolitano, y los italianos le llamaron el morbum Gallicum (Niccolò Leoniceno en 1497 escribió uno de los primeros tratados sobre el mal francés).
La guerra por su génesis se había iniciado y unos a otros se echaban la culpa de tan atroz enfermedad. Los polacos decían que la enfermedad venía de Alemania, los rusos culpaban a los polacos, los turcos se lo endosaron a los cristianos y los hindúes se lo achacaban a los portugueses; luego los europeos -por supuesto- no tardaron en endilgárselo a los americanos. El ilustre jesuita veracruzano, el padre Fco. Javier Clavijero salió en defensa de los americanos en su 9a. disertación contenida en su obra Historia Antigua de México diciendo:
“En la presente disertación no tenemos que disputar solamente con Paw sino con casi todos los europeos, generalmente convencidos de que el mal francés tuvo origen en América, pues habiéndose echado mutuamente la culpa algunas naciones de Europa, por más de treinta años, sobre el origen de una enfermedad tan vergonzosa, al fin se pusieron de acuerdo en culpar al Nuevo Mundo.” Llama a Pauw (refiriéndose a Cornelius de Pauw -1739-1799-, filósofo, geógrafo y diplomático holandés que publico en Berlín en 1771 su obra: Recherches Philosophiques sur les Americains) más adelante, “enemigo capital de todo el Nuevo Mundo y gran investigador de todas las inmundicias americanas...” y dice que representa, entre otros, “a todos los americanos frigidísimos e insensibles a los estímulos del amor.”
Sigue así: “¿Qué quiere decir semejante contradicción, sino que estos autores sistemáticos pintan a los americanos con los colores que les conviene? Cuando quieren ponderar la apatía o insensibilidad de aquellos hombres, dicen que son frigidísimos; pero cuando pretenden desacreditar sus costumbres o culparlos del mal francés, entonces afirman que son excesivamente libidinosos.”
La sífilis afectó a un número importante de personajes, entre los que destacan, a Carlos VIII de Francia, Federico el Grande, Cristián VII de Dinamarca y Noruega, Enrique III de Francia, Iván el Terrible y Pedro el Grande de Rusia; el emperador Carlos V, Luis XIV, Luis XV, a los papas Alejandro VI, León X y algunos de los Borgia. Alberto Durero, Benvenuto Cellini el excelso artífice; Paul Gauguin, Vincent Van Gogh, Christopher Marlowe, James Boswell, Oscar Wilde el escritor inglés autor, entre otros de El retrato de Dorian Gray; los alemanes Heinrich Heine, Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche -Así hablaba Zaratustra-; el médico Eugène Sue; Robert Schumann, Gaetano Donizetti, el virtuoso del violín: Niccolò Paganini, la severa y egregia figura de Ludwig van Bethoven, e incontables personajes célebres y no célebres más.
La historia de la sífilis se une indefectiblemente con el inicio de la llamada quimioterapia a principios de este siglo con la paciente labor de investigación, en Franckfort, Alemania, de Paul Ehrlich (1854-1915) quien, después de experimentar con 605 compuestos químicos diferentes, en 1909 dio con el compuesto “606” capaz de matar al treponema de la sífilis: el conocido como «arsfenamida o salvarsán». Solamente dos años después de su descubrimiento, “el 18 de abril de 1911 -nos dice el Prof. Alejandro Topete del Valle, En: Antonio Acevedo Escobedo “Letras sobre Aguascalientes” edición de 1981- el Dr. Manuel Gómez Portugal (hijo) aplicó por primera vez en Aguascalientes, a un joven de 21 años en el Hospital "Miguel Hidalgo", ‘el famoso remedio del Dr. Ehrlich’, denominado ‘606’ por medio de una inyección intravenosa, contra la llamada ‘Avería’ (o sea la sífilis).”
Tiempo atrás se empleaban multitud de remedios como las de cauterizar las pústulas con hierros candentes, pociones corrosivas y ungüentos mercuriales o mezclas de grasa de cabra, ciervo o cerdo y mirra, y con ellos también las fórmulas de higiene que evitaran la ansiedad, no dormir mucho ni comer pescado, frutas o leche. El mercurio gozó de una fama enorme y se llegó a vender “recubierto” de chocolate para que los esposos pudieran tratarse, sin que sus esposas se diesen cuenta. Desde el otro lado algunas esposas, como Catalina la Grande, temerosa de contagiarse hacía examinar por un médico previamente a todos sus amantes. El guayaco y la zarzaparrilla también tuvieron su parte en la fama que adquirieron como antisifilíticos.
Con el paso del tiempo el médico y psiquiatra austríaco, Julius Wagner von Jauregg (1857-1940), durante su práctica clínica a principios del siglo XX se percató de que los pacientes afectados de parálisis progresiva o luética mostraban una buena mejoría después de padecer un proceso febril; ello le llevó a enfermar con paludismo a estos pacientes ya que esta última enfermedad si podía tratarse. Con ello el doctor Wagner inició el revolucionario método terapéutico conocido como piretoterapia, que fue rápida y ampliamente aceptado para esta y otras enfermedades, y le llevó a obtener el premio Nobel de Medicina en 1927.
Finalmente la penicilina, antimicrobiano obtenido a partir del hongo Penicillium notatum (Alexander Fleming 1881-1955, también galardonado con el premio Nobel de medicina en 1945) e introducida desde 1943 es la droga elegible para su tratamiento eficaz en esta era llamada «antimicrobiana».
Hoy la sífilis, o mal de Syphylus protagonizado por el Treponema pallidum (antiguamente la Spirocheta pallida reportada en 1905 a la Sociedad Médica de Berlín por Fritz Shaudinn y Hoffmann como su agente causal), sigue haciendo estragos en la sociedad como parte de las llamadas enfermedades de transmisión sexual (ETS) que incluyen al herpes genital y el virus del papiloma humano entre otras.
Su sombra (contrariamente a los deseos del Dr. Thomas Parran quien en EUA publicó en 1937 su libro Shadow On the Land ) aún se proyecta, velada pero insistentemente entre la juventud con información deficiente sobre salud sexual y ante el tabú de discutirlo públicamente, como sucede con otros problemas como el VIH o SIDA, o la gonorrea.

sábado, 4 de abril de 2015

Sobre el libro.

IDEAS SOBRE EL LIBRO.
© DR Xavier A. López y de la Peña
Palabras en el evento de presentación del libro: Atlas práctico de Otodermias. Autores: Dr. Eduardo D. Poletti y Dr. Julio César Salas-Alanís. Hotel Marriot, Aguascalientes, Ags., 30 de mayo de 2011, 19.00 hrs.
Haré referencia a un objeto producido por aquél organismo que pertenece al superreino Eukariota, reino Animalia, filo Chordata, clase Mammalia, orden Primates, Familia Hominidae, tribu Hominini, género Homo y especie Homo sapiens sapiens. Esto es importante porque ningún chango, león, cacatúa, salmón, chinche, bacteria, virus u otro cualquier ser “vivo”, hasta ahora, ha producido el objeto aludido: un libro. Luego entonces sólo el ser humano lo ha hecho.
El libro es un producto cultural del ser humano. Lo conforma con su lenguaje improntado en símbolos sobre diversos materiales: piedra, madera, arcilla, algodón, seda y otros, que dan cuenta del conocimiento entendido como hechos, o datos de información adquiridos por una o más personas a través de la experiencia o la educación, la comprensión teórica o práctica de un tema u objeto de la realidad. El libro, como manifestación cultural, le da al ser humano la capacidad de reflexionar sobre sí mismo, identificándolo como un ser precisamente humano, racional, crítico y éticamente comprometido. Al través del libro el ser humano discierne valores y realiza opciones, se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, cuestiona sus propias realizaciones, se mantiene a la búsqueda de nuevas significaciones y crea obras que lo trascienden.
El libro es el eje y pivote que le provee a la cultura toda la información y habilidades que posee el ser humano. El libro está conformado por muchos meme, esto es, en las teorías de la difusión cultural, la unidad teórica de información cultural transmisible de un individuo a otro, o de una mente a otra, o de una generación a la siguiente. Estos meme (neologismo acuñado por Richard Dawkins en su obra “El gen egoísta”) también se replican. Por analogía con la agrupación genética en los cromosomas, se considera que los memes también se agrupan en dimensiones culturales, incrementables con nuevas adquisiciones culturales. La gran diferencia es que, mientras los cromosomas son unidades naturales independientes de nuestras acciones, las dimensiones culturales son nuestras construcciones. De hecho, el ser humano añade a su propia “naturaleza”, una exponencialmente creciente “culturaleza”. La cultura entonces, no es tanto un conjunto de formas conductuales, sino más bien información que las especifica.
El término meme, considero importante señalar, deriva del griego mnemosime “memoria”, personificada por Mnemosina, diosa Titánide, hija de Gea y Urano, y la madre de las Musas con Zeus. Hermosa alegoría esta de la memoria, como hija de la tierra y el cielo, y madre de la inspiración y la fuerza o el poder. Pues bien, el libro es el desiderátum de la cultura. Pero ¿Porqué se escribe? El escritor y periodista británico Georges Orwell (pseudónimo de Erick Arthur Blair) refiere que:
• Quizá por egoísmo. Deseo de parecer listo, de que hablen de uno, de ser recordado después de la muerte, etc. Es una falsedad pretender que no es éste un motivo de gran importancia. Los escritores comparten esta característica con los científicos, artistas, políticos, abogados, militares, negociantes de gran éxito, o sea con la capa superior de la humanidad. La gran masa de los seres humanos no es intensamente egoísta. • Por entusiasmo estético. Percepción de la belleza en el mundo externo o, por otra parte, en las palabras y su acertada combinación. Placer en el impacto de un sonido sobre otro, en la firmeza de la buena prosa o el ritmo de un buen relato. Deseo de compartir una experiencia que uno cree valiosa y que no debería perderse. El motivo estético es muy débil en muchísimos escritores, pero incluso un panfletario o el autor de libros de texto tendrá palabras y frases mimadas que le atraerán por razones no utilitarias; o puede darle especial importancia a la tipografía, la anchura de los márgenes, etc. Ningún libro que esté por encima del nivel de una guía de ferrocarriles estará completamente libre de consideraciones estéticas. • Por impulso histórico. Deseo de ver las cosas como son para hallar los hechos verdaderos y almacenarlos para la posteridad. • Por propósito político, entendiendo lo "político" en el sentido más amplio posible. Deseo de empujar al mundo en cierta dirección, de alterar la idea que tienen los demás sobre la clase de sociedad que deberían esforzarse en conseguir. Insisto en que ningún libro está libre de matiz político. La opinión de que el arte no debe tener nada que ver con la política ya es en sí misma una actitud política.
Todo lo anterior está bien, más yo creo que el que escribe un libro es porque ha terminado de pensar, espero que creativamente, y le parece importante o valioso darlo a la luz pública. Escribir un libro requiere de una idea, y si es buena insisto, mucho mejor. También se necesita constancia, mucho tiempo, trabajo y dinero, orden e información, conocimiento previo pertinente del asunto y una autocrítica limitada, con esto quiero decir, que después de 30, 110 o más lecturas con correcciones, adiciones, supresiones y hartazgo, se decida ponerle punto final al libro y no agregarle una palabra, nota, imagen o idea nueva aunque quedara mucha tinta en el tintero.
Al escribir un libro, las palabras hiladas que construyen su camino deben ser propias, y solicitar, obtener licencia y dar los créditos correspondientes en su caso, de los textos, gráficos, tablas, fotografías u otros elementos de autoría ajena que se incluyan en el texto.
Escribir un libro también puede atormentar. Las ideas se disipan rápidamente si no se tiene un lápiz a la mano, tampoco quiere hacerse un “refrito” de más de lo mismo, quiere uno ser original, creativo, propositivo y constructivo. Sin embargo, las ideas no llegan, las palabras se atropellan, pasa el tiempo y no acabamos el libro. Cuando el libro se hace en conjunto con otro u otros autores el problema se multiplica a veces de manera alarmante. La segunda pregunta que un escritor debiera hacerse es ¿Qué diferencias, ventajas y aportaciones ofrece mi libro, comparado con otras obras similares, si las hubiere? ¿Qué título? ¿Cuántos capítulos? ¿Qué extensión? ¿A qué público está dirigido? y otras, tienen la mayor importancia en concordancia con el fin propuesto. Ya terminado o en su curso, el autor quisiera tener opiniones de sus pares, preferentemente, y debe uno aceptar que estas no siempre sean buenas y con ellas, si es posible, mejorar su trabajo.
Después viene lo más problemático para un autor novel, sin padrino, “sin historial,” sin apellidos García Márquez o Vargas Llosa, entre otros: la búsqueda de un posible editor. Un paso importante previo es haber hecho el registro de la obra en la oficina del Derecho de Autor, si es que uno mismo no lo hace por cuenta propia. De acuerdo a la naturaleza del libro el autor selecciona una, dos o más posibles casas editoriales que pudieran interesarse en él. Para tal efecto, el libro debe presentarse con ellas de la mejor manera posible y …esperar sentados. Las respuestas del editor, si es que le contestan o cuando menos le envían “acuse de recibo” de su obra, suelen ser:
“Agradecemos cumplidamente la confianza depositada en nuestra casa editora al enviarnos a consideración su libro tal….. Sin embargo, nuestro programa editorial está actualmente cubierto y por tanto no estamos en condiciones de aceptar su meritorio trabajo.” “El gran problema por el que atraviesa actualmente la industria editorial en el país, nos limita importantemente en la adquisición de nuevos compromisos editoriales.” “El libro me parece estupendo, pero su edición ya no representa un negocio para nosotros, le sugerimos proponérselo a una empresa farmacéutica (si se trata de un libro médico) para que ella lo compre, y nosotros haríamos con ellos la edición.” Otro editor, al fin si es que lo logra, le contestará que sí acepta su trabajo.
Hablaré ahora de la importancia, concretamente, de un libro de medicina. La principal característica de un libro de medicina frente a los generales es el tema, seguido de su terminología particular. Su Especialidad se define por la temática. Tiene como Objetivo y fin informar con precisión, claridad y economía a un receptor que está supuestamente al mismo nivel de comunicación que el emisor y que por lo tanto no tendrá problemas a la hora de decodificar el mensaje. Debe estar escrito con Claridad, estos es, con oraciones bien construidas, ordenadas y sin sobreentendidos; con sencillez sintáctica.
Procurará ser Preciso, evitando terminología ambigua y subjetiva. Deberá tener Verificabilidad, es decir, veracidad de los enunciados comprobables ya por leyes científicas como de hipótesis. Otra característica deberá ser la Universalidad: Posibilidad de que en cualquier parte del mundo la obra pueda ser entendida por cualquier miembro del grupo al que va dirigida. Y por último, pero no por ello menos importante, deberá contar con Objetividad, dando primacía a los hechos y datos sobre las opiniones y valoraciones subjetivas del autor. Actualmente los avances tecnológicos e informáticos permiten la elaboración de libros en formato electrónico. Tiene sus ventajas, pero yo prefiero el libro impreso en papel y creo que sobrevivirá por mucho tiempo más.
Los libros en papel son un lugar privilegiado de la memoria que permite crear en el imaginario del lector un espacio de representación, un teatro interior; que facilita conducir el pensamiento del lector como un pensamiento teatral, como un espacio mental en el que se inscribe lo que el autor ha escrito y que se representa a sí mismo a través de lo que el autor ha escrito. Y eso es así porque los libros poseen unos límites físicos dentro de los cuales la memoria queda fijada: poseen una camisola mnemónica que les dota de estabilidad diacrónica, que delimita su principio y su final; poseen un final o un desenlace que, como un vector que atraviesa el libro, estructura su contenido y lo dota de sentido, como una columna vertebral; posee una personalidad tipográfica, una personalidad estructural única.
Los libros son el lugar donde se encarna el saber constituido, son el lugar donde se despliega el orden de las razones. Este orden de las razones se fundamenta en un orden convenido de la narración, en la sucesión de argumentos bien trabados que, buscan su resolución lógica en un final hacia el que todo tiende. Los libros tienen, por eso, unidad estructural.
Los libros son uno de los interfaces más estables que la humanidad haya desarrollado, cápsulas de sentido que circulan a través del tiempo y el espacio, propiciando la comunicación entre seres humanos, generando comunidades de intereses y de saber.
Para terminar, les leeré dos frases sobre el libro:
“Un libro abierto es un cerebro que habla; Cerrado un amigo que espera; Olvidado, un alma que perdona; Destruido, un corazón que llora.”
“La capa de polvo de cubre a un libro en una biblioteca pública, es directamente proporcional a la cultura de la población en la que éste se ubica.”

miércoles, 4 de marzo de 2015

Merolico.

HABLAR Y HABLAR... PARA EMBAUCAR.
© DR Xavier A. López y de la Peña
En todas las sociedades y en todos los tiempos ha habido gente que, gracias a sus dotes de oratoria, retórica y algo o mucha capacidad histriónica tienen la habilidad de hacer creer a la gente, con fines de lucro por supuesto, de que lo que dicen es cierto -a sabiendas de que están errados-: los “merolicos” o charlatanes.
La palabra “merolico”, tan usada en nuestro lenguaje actual, viene de la deformación del apellido que la sociedad hizo de un judío originario de Polonia -otros le dan un origen alemán- llamado Raphael Juan de Meraulyock, quien se asentó ostentándose como dentista en México por allá del 1879. La ciudad contaba entonces con unos 25 de estos profesionales y, aunque el Dr. José Sanfilippo B refiere que no hay expediente de este personaje “ni en el Archivo Histórico de la Escuela de Medicina de la UNAM, ni en el de la Secretaría de Salud”, aunque mas adelante anota que si presentó examen de dentista -no de médico- el lunes 29 de septiembre de 1879 del que fue aprobado por unanimidad, después de que se le hubo leído el “catecismo”.
Se ocupaba, como él mismo se hacía anunciar a través de los diarios y con grandes carteles coloreados y con su propio retrato en varios puntos de la ciudad, de atender todo tipo de males e invitaba al público de la capital a acudir a consulta en una habitación muy ostentosa que alquilaba en el Hotel Iturbide (sito en la calle de San Francisco) en donde se “comprometía a ejecutar los siguientes trabajos de cirujía clásica. [A las personas de ambos sexos que tengan el defecto o deformidad natural de tener los ojos chicos [les ofrece operarlos cortando hábilmente los músculos y epidermis de los orbiculares sin que por ésta célebre y magnífica operación cause el más mínimo dolor” y también -sigue anunciando-, “sacará con diestra y hábil mano toda clase de lobanillos y tumores de cualquier parte del cuerpo, así como trabajos de cirujía ordinaria [como curaciones de heridas, roturas, quemaduras, dislocaciones, garantizando el buen éxito y perfección de todas estas operaciones, [cobrando precios convencionales”. Seguramente su acento extranjero fascinaba a los oyentes y le daban, porqué no, cierto aire de aristócrata sapiencia entre su auditorio, ávido de encontrar alivio a sus problemas de salud.
Diariamente y puntualmente a media mañana, se dice que salía del Hotel Iturbide para abordar un carruaje tirado por briosos y finos caballos, vistiendo impecablemente con uniformes de vivos colores y el pecho engalanado con múltiples medallas; haciéndose seguir por una banda musical que, en tono festivo y en medio de una gran y estruendosa algarabía recorría las principales calles de la ciudad hasta llegar a el Zócalo u otras plazas principales donde se instalaba y empezaba a hablar y hablar... hasta embaucar a la gente en la compra de sus productos: bálsamos como aquél “bálsamo milagroso vegetal para todas las enfermedades” que, analizado posteriormente en los laboratorios de química de la Escuela Nacional Preparatoria demostró que contenía alcohol, alcanfor, goma arábiga, esencia de clavo y fuschina; ungüentos y polvos como la “Esmaltelina”, “¡polvo vegetal para restaurar las muelas y dientes, boca y encías, la mejor y única preparación para el esmalte al precio de un peso!”
Meraulyock fue sin duda alguna un personaje célebre en su época. Se dice que las extracciones dentales “sin dolor” que realizaba las hacía sujetando al doliente a una silla colocada encima de un tablado a la vista del público que se arremolinaba para ver tan aparatoso y anunciado suceso. Atrás de este escenario, la banda entonaba alguna suave melodía que iba subiendo de tono en sus acordes al tiempo que Meraulyock hacía presa de la pieza dental afectada con unas pinzas. Sigilosamente un ayudante se colocaba a un lado del enfermo llevando una pistola en la mano cargada con una salva y.... al momento de ejecutar la rápida y hábil extracción, se escuchaba de súbito el estrépito del disparo del revólver y la banda tocando estruendosamente que, unidos al susto y asombro del enfermo, hacían que este “no tuviese tiempo de quejarse e incluso de sentir dolor”. El procedimiento -como anunciaba puntualmente- era cobrado a “precios convencionales”.
Fama tuvieron muchos otros “curanderos, charlatanes y merolicos” antes y después de Meraulyock a pesar de los esfuerzos del Protomedicato en aquellos tiempos por contrarrestarlos. Inclusive en el año de 1700 había un grupo de religiosos conocidos como los “padres hospitalarios” que “por sí y ante sí se declararon competentes para curar” . La prestigiada Gaceta de México se hizo cargo de escribir algunas notas en relación a una célebre curandera también, Doña Lugarda Pérez allá por el siglo XVII.
En el siglo XVIII hizo aparición notable una persona conocida como “El Beato” originaria de Pátzcuaro, Mich. quien “daba” a sus pacientes un maravilloso y curativo brebaje compuesto de “raíz de maguey cocida en pulque, raíz de begonia, rosa de Castilla y carne de víbora entre otras cosas”. Tanta fama e influencia tuvo este curandero que -decía el escritor José de J. Núñez y Domínguez en 1934- “su procedimiento para curar a los sifilíticos fue adoptado por el mismísimo Dr. Francisco Javier Balmis, introductor de la vacuna en México, y que obtuvo también ciertas prerrogativas de parte del Arzobispo Núñez de Haro para hacer algunas demostraciones de sus procedimientos.”
El célebre Dr. Bartolache decía en 1772 que a “las personas que repugnaría un medicamento prescrito por un médico docto, toman los brebajes más absurdos y desatinados si se los ordenan los curanderos”. “A la caída del llamado Imperio -refiere el historiador Francisco Flores en su Historia de la Medicina en México- tuvimos al conde Ulises de Seguir, llamado el tentón, quien, prosélito de Eduardo el Confesor que se dice fue el primero que allá en remotos tiempos ejerció el arte de curar por simples tocamientos, especulaba con admiración de nuestro pueblo, con esa práctica del onceno siglo, curando, y esto pudo ser posible con sólo tocar a los enfermos”, y -sigue diciendo- “alguna vez tuvimos también a un individuo que curaba palpando a los enfermos con las manos untadas de saliva”.
Hace apenas 70 años en nuestro país, un médico reflexionaba sobre el asunto de la siguiente manera: “Aún le quedan a nuestro pueblo restos del fanatismo científico y de la credulidad de pasadas épocas y aun buscan la causa de sus curaciones en lo maravilloso y sobrenatural. No es raro todavía, por lo mismo, verle aplicar estampas de santos o sus cenizas para combatir ciertos dolores; guardar con gran veneración pedazos de piel de venado para curarse las neuralgias; cubrir de obleas el vientre de sus mujeres para contenerles las metrorragias; ponerles rosarios de limones y darles cigarrillos de alcanfor a sus deudos para precaverlos del tifo cuando van a visitar a estos enfermos, y aún será fácil encontrar en las gentes humildes del campo, individuos llevando en el cuello sartas de los huevecillos que ciertas mariposas depositan en los magueyes mansos, dizque para curarse del bocio que padecen”.
Hoy, sigue el curanderismo haciendo presa del necesitado real o imaginario, llenándole las orejas con pequeños parches de esparadrapo, tan visibles -curiosamente no son de color “carne”- como los conocidos y nacionalistas “chiqueadores” de nopal pegados a las sienes que en otros tiempos también se usaban como “curativos”, o “extrayendo el ‘poder’ farmacológico de una medicamento alopático para depositarlo -mediante un procedimiento que desconozco- en unos gránulos azucarados”, entre otras muchas prácticas.