miércoles, 14 de diciembre de 2016

Poesía y Ciencia.

En ciencia uno intenta decir a la gente, en una manera en que todos lo puedan entender, algo que nunca nadie supo antes. La poesía es exactamente lo contrario.
Paul Adrien Maurice Dirac (1902-1984)
© DR Xavier A. López y de la Peña
Comparto con los lectores esta vivencia que tuve hace algún tiempo.
El escenario estaba determinado de antemano. El autor presentaba su obra escrita: “El animal sin manada” de manera verbal y pródigamente aderezada con gesticulaciones, manejo de luces y apoyos varios que incluían juguetes, cuentas, velas, linternas, fósforos y fuego.
La obra escrita que expresaba las vivencias de su autor, era transmitida de esta manera a los espectadores (nosotros) en un marco teatral festinado por las diversas escenografías que el museo ofrecía. Sí, la presentación de este libro fue en un museo. Precisamente en el Museo de Historia Natural de la ciudad de México.
No dejo de asombrarme por la capacidad creadora del ser humano, independientemente de que mi respuesta pueda ser y sea parcial o totalmente opuesta a la de otros. Cada quien percibe «su realidad» bajo diversos constructos. Por esto no resistí la tentación de expresar aquí mi sentir ante este acontecimiento del que fui testigo y actor involuntario (voluntario -debo aclarar- porque yo decidí asistir, involuntario porque fuimos incluidos todos los asistentes en la representación) en consideración al conflicto sentido entre la poesía y la ciencia.
La presentación de este libro por su autor en el referido museo, contaba además con la presencia de un hombre dedicado a la ciencia en el capítulo de las ciencias de la vida animal. En tanto que el escenario se tenía y entretejía entre los diferentes módulos museográficos, el público era trasladado de uno a otro de éstos, guiado sólo apenas por las tenues luces que a diestro y siniestro nos conducían los presentadores.
De fondo, y sin poder ver a su ejecutante, se escuchaba el sonido armónico de un violín solitario que dejaba salir una composición lánguida y melosa al ritmo que su intérprete imponía. En cada cambio de escenario se entremezclaban el sonido del violín con una grabación de fondo que dejaba escuchar un montaje de naturaleza con aullido de lobos, la alharaca de las chicharras y silbidos de mil y un habitantes nocturnos.
El autor, hacía gala de una impronta histriónica bien estudiada, artista al fin. Mientras decía alguno de los versos que contenía su libro, ya sentado de lado en una banca e iluminándose el rostro desde abajo con la luz de una linterna sorda, o jalando lentamente una cuerda atada a un barco de juguete desde la parte alta de un módulo que representaba un pasaje del pleistoceno, marcaba al público definitivamente.
El científico alternaba con el autor en una extraña combinación. Mientras este último se preparaba para la siguiente escena, el científico exponía su improvisada poesía científica hablándonos de la mano del ser humano como de las “alas que han guiado a la humanidad en el pasado, el presente y al futuro”. Metáfora sutil que unía la fría idea de la característica humana biológica con el encanto alado transportador del ayer y el mañana en el hacer cultura. Cantos diversos de ballenas en uno y otro lado del mundo estructurados en armonías particulares como señal de “cultura” y más.
El público (nosotros) también era así mismo un público sui generis. Resaltaba el maquillaje mortecino en las mujeres que les hacía lucir un aspecto cianótico por la moda del color obscuro del lápiz labial y de la pintura para las uñas simulando una cardiopatía cianógena avanzada en el humano, en este momento sano. Un sombrero aquí y allá parecido al que utilizan las indígenas peruanas; moda light en todo caso, atizada de post-modernismo y generacionalmente también post-pop. El vestir masculino no se quedaba atrás, ropa negra mayoritariamente, nada de corbatas -como señal velada de rechazo eterno al establishment- , mezclilla y rayón; barbas de intelectualidad tocadas simétricamente por canas; amaneramiento profuso.
Ciertamente la expresión artística por medio del verso como se define a la poesía, daba a la obra del autor un carácter muy particular, dejando entre su público aquél encanto indefinible que halaga y suspende, conmueve y deleita en el ánimo por un lado, o pasa sin trastornar la sensibilidad. Creación al fin. Se recreaba un ambiente mágico en el medio de un escenario brutalmente natural. Poesía y ciencia entrelazadas por la palabra y el sentimiento. Corazón y razón. Ambos vibrando con el «impulso sensible» a la tónica que describiera Federico Schiller (1759-1805), y que habría de expresarse en esta presentación bajo su concepto universal que es la vida; dando el objeto de este impulso para valorar sus merecimientos estéticos a su aserto de que “a la libertad se llega por la belleza” . Libre fueron los actores y libre el espectador de juzgar la obra según sus apreciaciones ¿Libres? sí, no obstante con aquella libertad acotada y modelada por las vivencias de cada quien y por la que nos imponen los demás.
La creación artística ilimitada siempre, busca transmitir el “impulso sensible” del autor como en el caso presente a sus espectadores, de la misma manera como las vibraciones que el tañido de una campana emite se transmiten a cada tímpano que les recibe. El proceso de tal información ocurrida en el cerebro de cada quien, ya es otra cosa. Para unos podrá percibirse como un sonido estrepitoso en tanto que otros, podrán considerarlo como un llamado del gong tañido en un lamasterio tibetano.
La poesía y la ciencia no se oponen, se complementan como se hizo en esta presentación. Cada uno con su lenguaje y sus formas, cada quien con sus “sentires” y elementos expresivos.
La Divina Comedia de Dante Alighieri que nos ofrece diálogos filosóficos y teológicos con Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura y Salomón, y los Miserables de Víctor Hugo para mencionar sólo algunos ejemplos nos pueden conmover hasta las lágrimas, como también puede hacerlo el contemplar la primera representación espacial del ADN (ácido desoxirribonucleico) elaborada por Watson y Crick expuesta en un museo de París o el comprender la magnificencia que encierra la ecuación que explica una posible nueva forma de materia llamada partícula Z(4430), elemento con una masa que supera a la de los protones y que tiene carga negativa. Hay poesía en la ciencia como hay ciencia en la poesía.
El siguiente poema titulado “Ceniza, la hermosura” de Francisco López de Zárate (1580-1658) combina átomos con flores y polvo. Encuéntrense la ideación científica que en su primera parte nos muestra al sol vívido de explosiones termonucleares en un aparente proceso inacabable.
Átomos son al sol cuantas beldades con presunción de vida siendo flores, siendo caducos todos sus primores respiran anhelando eternidades. La rosa ¿cuándo, cuándo llegó a edades con todos sus fantásticos honores? ¿no son pompas, alientos y colores rápidas, fugitivas brevedades? Tú de flor y de rosa presumida, mira si te consigue algún seguro ser en gracia a todas preferida; ni es reparo beldad, ni salud muro, pues va de no tener a tener vida ser polvo iluminado o polvo oscuro.
Este otro de madame Marie Curie que plasma el difícil trabajo que se exigía en su dedicación a la ciencia:
«¡Ah, cómo la juventud del estudiante transcurre amargamente, mientras que a su alrededor, con eterna pasión lozana, otros jóvenes buscan ávidamente los fáciles placeres! ¡Y no obstante, en su soledad vive, oscura y feliz, pues en su celda halla la fuerza que hace inmenso el corazón! Mas el tiempo bendito se esfuma, pues debe abandonar el país de la ciencia para luchar por su pan en los grises caminos de la vida. …Y muy a menudo, el espíritu fatigado vuelve bajo los techos de este rincón siempre amado por su corazón, en donde albergaba la labor silenciosa y en donde quedó un mundo de añoranzas».
O en este reciente de Benjamín Valdivia (1986) cual descriptor poético de la muerte, reino eterno de la entropía a la que nos accesa Carón el barquero del Aqueronte:
Un día hilará sobre mi voz el sopor último. Y los cordeles que tendones eran del duro barco de los huesos han de ceder al peso inmóvil de este tiempo, certero apaleador. Una piedra que casi puedo ver tiene mi nombre sobre la tierra de ceniza. Tamiz el cielo. Otros vendrán, acaso en ellos teje versos el aire, de nueva cuenta su primer gemido.
Si la ciencia se define como el tipo de conocimiento sistemático y articulado que aspira a formular, mediante lenguajes apropiados y rigurosos, las leyes que rigen los fenómenos relativos a determinado sector de la realidad , la poesía expresa en su sentir y mediante la palabra la comprensión estética de aquella realidad que definiera o tratara de definir la ciencia. Miradas aparentemente disímbolas enfocadas hacia la “explicación” de una misma realidad: todo lo que atañe al ser humano.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Por una medicina defensiva.

Esto es, no ofensiva.
© DR. Xavier A. López y de la Peña.
Hay médicos porque hay enfermos. El enfermo así es causa y razón de la medicina. El médico es la persona que se ha dedicado a rescatar del sufrimiento y de la enfermedad a otra persona para con sus acciones procurar devolverle la salud.
El médico se ha convertido en el luchador contra el mal -la enfermedad- que con el paso del tiempo y la evolución tecnológica ha adquirido una amplia gama de destrezas y conocimientos que le ha alejado cada vez más -emocional y físicamente- del mismo enfermo. Así el estetoscopio representa simbólicamente el distanciamiento físico por excelencia entre ellos.
La relación ideal médico-paciente se caracterizaba comúnmente por una comunicación estrecha personal que llevaba a un conocimiento mutuo profundo entre ambos. Médico y enfermo constituían un todo que rebasaba los límites de la simple enfermedad para ser con cierta frecuencia amigos, compadres o establecer vínculos familiares.
No es mi intención parecer nostálgico, la sociedad y su cultura han modificado esas estructuras y nosotros como miembros de la misma hemos contribuido de alguna manera a que las cosas sean así. Sin embargo, algo que subyace en el quehacer médico y le mantiene por encima de todo es el deseo de ayudar al semejante que sufre. Esta es la cuestión principal.
Cuando la medicina se ejerce por razones ajenas -básicamente- al deseo de ayudar ésta se convierte en una medicina ofensiva.
En la relación médico-paciente se conjugan diversos intereses y propósitos. De un lado el interés del paciente por recuperar la salud comprometida por diversas causas en manos de tal o cual médico en quien deposita su confianza y el propósito de retribuirle por sus servicios; en el médico está el propósito de ayudar con sus conocimientos, habilidades y destrezas a recuperar la salud al enfermo y el interés de que sus servicios sean recompensados. Dicho con claridad y simpleza: tú me curas yo te pago, yo te curo tú me pagas.
Este tú y yo conforman la relación contractual médico-paciente que regula y norma nuestra sociedad a través de las leyes y reglamentos que definen los derechos y obligaciones a que cada uno de ellos se compromete.
El médico cuando lucha contra la enfermedad, de hecho defiende al enfermo, a su integridad física y psíquica amenazada. Sin embargo la defensa cada día se ha ejercido más contra la "enfermedad" como si se tratase de una entidad ajena a la persona, de tal suerte que hay cada día más enfermedades que enfermos. La enfermedad hoy suele concebirse como (si se me permite la burda comparación) si fuere un postizo en la cabeza o en el vientre: una cisticercosis cerebral o una apendicitis. La mirada médica actual en términos genéricos y bajo el auspicio de la burocratización, deshumanización y medicalización de la salud entre otros, "busca" y "ve" (si lo logra) a la enfermedad pero no al enfermo. Así al defenderle de la enfermedad le ofende como persona.
El paciente en el tiempo moderno ya no quiere que se le vean los postizos sino que se le tome en cuenta como una persona-enferma, quizá ya no para establecer una alianza amistosa, de compadrazgo o familiar pero sí que pueda formar "parte" de la relación médico-paciente con su capacidad de decisión, su libertad y su integridad.
La defensa médica puede ejercerse en diferentes escenarios, en la consulta privada, en la clínica, en el hospital y bajo modalidades diferentes de la prestación, ya se trate de social o pública. Sin embargo también estas modalidades pueden contribuir a entorpecer la defensa porque la relación médico-paciente (de dos) se ve comprometida por la concurrencia de más personas. De hecho, el médico bajo estas circunstancias debe ampliar su rango de defensa hacia los demás en la medida de sus posibilidades. El médico es el único responsable de la defensa de la salud comprometida del paciente, es su abogado defensor contra las deficiencias del sistema, la burocracia, la inexperiencia, la irresponsabilidad o negligencia de otro u otros.
La salud de su paciente puede ser amenazada ya no solamente por las circunstancias propias de su enfermedad sino por la de aquellos que coparticipen en su atención. Es ya mandatorio así, establecer una línea que defina el concepto de responsabilidad compartida, en donde la figura de la "responsabilidad profesional" se enriquezca y trascienda del profesional a todo el equipo de salud. ¿Acaso no es corresponsable el director de un centro de atención a la salud por contratar a un profesional no calificado para ejecutar ciertas acciones.
La demora en un procedimiento quirúrgico podría poner en un riesgo mayor a un paciente, el médico y el equipo de salud: ¿hacen realmente algo para resolverlo? esto es, ¿cada uno de ellos puso lo mejor de sí para solucionarlo, o se cruza de brazos culpando a otro porque él sí quiere ayudar, pero el otro no?
Mas allá de la contribución que el profesional pueda hacer de sus conocimientos habilidades y destrezas en el terreno médico estrictamente hablando hacia su paciente (y que tiene obligación de ofrecer) está lo que debe conocerse como la verdadera medicina defensiva.
Esta medicina que, superando su misión sobre el ámbito de la enfermedad, pugne porque exista la justicia en el cobro de honorarios y en las cuentas por la prestación de servicios a la salud en cualquiera de las modalidades en que esta se proporcione, en la igualdad en el trato y a la accesibilidad real y sin cortapisas a los servicios de salud, al respeto irrestricto hacia los derechos y la autonomía del paciente y su libertad, a su atención oportuna y de calidad constantemente evaluadas bajo leyes y reglamentos que le protejan verdaderamente será realmente medicina.
Una medicina así entendida cumple con la misión que desde siempre se ha propuesto: ayudar.
La medicina defensiva es la que el médico debe ejercer para la salvaguarda de los intereses del paciente primaria y secundariamente. Si es para que el médico se defienda del paciente (¿de qué?, ¿contra demandas por negligente?, ¿por pillo o abusivo?) deja de ser medicina y le envilece.

miércoles, 5 de octubre de 2016

Agonía del Psicoanálisis.

SIGMUND FREUD Y EL PSICOANALISIS
©DR. Xavier A. López y de la Peña.
La imagen de estudioso austríaco sobre los problemas y disfunciones mentales se asocia casi de forma automática a la entrevista médica por él desarrollada en su casa del 19 Berggasse, Viena, en una sala, que no propiamente un consultorio, y rodeada de una atmósfera tranquila, probablemente iluminada de forma tenue, con el paciente recostado cómodamente sobre un diván y explayándose de manera espontánea acerca de su vida íntima en su mayor parte e inducido en otras por el médico con apenas una insinuación o pregunta aquí o allá siguiendo un método analítico sobre este proceso catártico e integrando la psicobiografía subjetiva del paciente.
Diariamente realizó entre 8 y 11 sesiones de análisis con sus pacientes a los que "desnudaba" en su alma. Su concentración y capacidad de trabajo eran formidables y metódicamente regulados pues durante 40 años consecutivos atendió a su clientela, en el mismo lugar.
Sigmund Freud fue un innovador que dijo que el inconsciente y no la conciencia forman la parte más importante de la mente y señaló a la conducta y los sentimientos expresados por la persona como una consecuencia de tendencias reprimidas por el subconsciente, especialmente las de tipo sexual (libido); determinó la estructura dinámica de la personalidad compuesta por el ego, id y superego e hizo resaltar la importancia que tienen las vivencias infantiles en la estructuración del carácter o como base de las neurosis de la edad adulta.
La teoría analítica de Freud en torno al tinte sexual omnipresente seguramente debió ser influenciada por acontecimientos de su misma niñez ya que fue el hijo primogénito en segundas nupcias de un padre otoñal (Jacobo Freud) y de una madre primaveral (Amalia Natham) que sostenía probablemente relaciones amorosas con su hermanastro Felipe. La construcción en torno al desarrollo del complejo de Edipo (o de Electra en su caso) parte de su propia vivencia infantil y del resentimiento fuertemente enraizado contra su padre. En cierto momento, cuando tenía doce años -refiere Freud- en su pueblo natal ubicado en Freiberg, Moravia y constituido en un 95% por habitantes cristianos, su padre que le llevaba de la mano, le contó que en una ocasión un cristiano le había tirado de la cabeza con un manotazo su gorra y le gritó: ¡Judío, agáchate a recogerla! y cuando el niño Sigmund le preguntó lleno de ira: ¿y tú qué hiciste?, el padre respondió: me agaché y recogí mi gorra.
"Esto me impresionó vivamente -sigue diciendo Freud-. Comparé a mi padre con Amílcar Barca, cuando le hizo jurar a su hijo delante del altar para que se vengara de los romanos. Desde aquella ocasión, Aníbal tuvo un lugar preferente en mis fantasías".
Sigmund Freud, producto de su época y circunstancias al fin, supo destacar gracias a su extraordinaria capacidad intelectual. A los 8 años de edad era capaz de leer las obras de Shakespeare y estudió latín, griego y francés en la escuela, aprendió por sí mismo español e italiano y dominaba por supuesto el alemán y el inglés. Tuvo como mentores a Ernest Brücke en el campo de la fisiología y al apasionado defensor de las ideas de Aristóteles Franz Brentano en el área de la filosofía que, vale la pena resaltarlo, pugnaba por el concepto de que todos los motivos humanos estaban determinados por "una intención".
Freud se graduó de médico en 1881 y para 1886 estudió y compartió las enseñanzas tan conocidas sobre la histeria que Charcot daba en la Salpêtrière de París que le impresionaron profundamente y regresó a Viena como un gran defensor de la hipnosis. Aquí también tuvo contacto con Joseph Breuer que lo impactó al tratar a una mujer con el método de la "catarsis" y para 1889 con Hyppolyte-Marie Berheim, Freud se convenció de que la sugestión era el fundamento de la hipnosis.
Siete años después, en marzo de 1896, Sigmund Freud a los 40 años de edad hizo el descubrimiento de la "asociación libre" como método para escudriñar la mente y conocer sus secretos más íntimos, renunció por completo a la hipnosis y llamó por vez primera a su técnica como psicoanálisis. Su aportación al conocimiento de la humanidad fue que destacó el concepto de que la persona es un todo biológico e histórico "escuchando" a las neurosis que antes solo eran "vistas".
El siglo XX fue impresionado por la doctrina y práctica psicoanalítica en prácticamente todos los órdenes del saber humano: arte, música, pedagogía, religión, literatura, mitología, folklore, filosofía, historia y más. Su producción escrita fue muy amplia y para citar algunos pocos recordamos sus "Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad" de 1905 en la que Freud desarrolla su teoría de la libido como consecuencia de su propio análisis. Entre 1916 y 1917 publicó su "Introducción al Psicoanálisis" que trata extensamente de los mecanismos de defensa como: sobre compensación, la formación reactiva, la racionalización, la proyección y el desplazamiento.
Funda en 1907 en Viena la primera Sociedad Psicoanalítica formal en la que participaron enormes figuras: Alfred Adler que posteriormente postuló que todos los problemas psíquicos se sustentan en el "sentimiento de inferioridad" y en oposición a Freud propugnó por que el hombre debe solucionar sus problemas con el cosmos primero y no el conflicto con sus genitales; Wilhelm Steckel, Sandor Ferenczi, Otto Rank que se concentra en el "trauma del nacimiento"; Carl Gustav Jung que distinguió el inconsciente en dos tipos: el inconsciente propio como el asiento de represiones y deseos reprimidos y el inconsciente colectivo integrado por tendencias raciales heredadas; Karl Abraham y Max Eitington.
La humanidad debe a Sigmund Freud el psicoanálisis y el siglo XX es inconcebible sin los términos: libido, complejo de Edipo, narcisismo, transferencia, inconsciente, represión, inhibición, acto fallido, lapsus, motivación y neurosis o angustia.
Freud quitó con el psicoanálisis la hoja de parra que cubría los genitales de la humanidad desde la Edad Media y los expuso y ligó a la luz de la razón; otros demostrarían posteriormente, que tanto lo iluminado como lo ligado no era ni todo ni lo más importante.
Resumidamente Freud nos dio, con su teoría psicoanalítica, un proceso explicativo de la personalidad, “que con sus intuiciones geniales y con sus desaciertos, sacralizado por unos y satanizado por otros, continúa hoy en el ojo del huracán, provocando fascinación y rechazo, generando debate y controversia. Una técnica psicoterapéutica destinada a desenmascarar los fantasmas que atenazan a las personas y a los grupos, en los que hemos de buscar las raíces de muchos de sus desajustes y patologías. También una filosofía, una forma de interpretar el mundo, al ser humano, la vida” -como nos dice José Emilio Palomero Pescador-
El psicoanálisis, sin embargo, sigue siendo una metodología fuertemente criticada como ocurre con la obra El libro negro del psicoanálisis de Catherine Meyer (2005), en donde una serie de científicos, sociólogos y psicólogos trabajaron para demostrar que el psicoanálisis no es una práctica científica sino una pseudo ciencia pasada de moda que ya no debería aplicarse en el siglo XXI.