miércoles, 12 de diciembre de 2018

"Hantiguedades" 5a. Parte


El hombre, nos lo han dicho muchas veces, es un oscuro enigma;
 pero ¿en qué lo es más que el resto de la naturaleza?




Dr. Xavier A. López y de la Peña


Le escribí al señor Apollinaire Clemenceau inquiriéndole acerca de la información que pudiera tener del criptógrafo suizo Dormstand Echke y, particularmente, acerca de su interés por el referido supuesto enigma criptográfico que dimos a conocer, y esto es lo que me contestó:

             El señor D. Echke nació en 1938 en Anet, comuna del Cantón de Berna, Suiza y fue el undécimo hijo del finado político y militar señor Werner Echke (1858- 1939) y de la señora Verena Baumann.
             Sus estudios primarios los realizó en su tierra natal y luego viajó a París, Francia, en donde siguió la carrera militar graduándose en la École Militaire. Allí se tituló como criminalista forense y perito criptólogo. Actualmente se encuentra en retiro dada su avanzada edad y estudiando el aún controvertido, enigmático e indescifrable Manuscrito Voynich del siglo XV con el apoyo de los científicos Gertrude McKraken y Douglas Hennessy, de la Universidad de Alberta en Canadá y el empleo de poderosas computadoras e inteligencia artificial. A la fecha se ha podido determinar que parece ser que dicho manuscrito está escrito, al menos hasta hoy, de una forma de idioma hebreo antiguo.

             El interés y vocación por la criptografía que tiene el señor Dormstand Echke lo adquirió así de su padre quien, en la misma institución militar referida se graduara en el año de 1878, en la entonces recientemente inaugurada Escuela Militar de Guerra donde había colaborado, por algún tiempo, con el lingüista y criptógrafo holandés Auguste Kerckhoffs, quien años más tarde (París, Francia 1883) daría a la luz pública su mundialmente conocido trabajo titulado La cryptographie militaire, en el Journal des sciences militaires, en donde formula y da cuenta de los deseables seis principios que debe cubrir un criptograma; a saber:

1. Si en teoría el sistema no es irrompible, si podría serlo en la práctica.
2. La efectividad no dependerá de que su diseño permanezca en secreto.
3. Su clave debe ser memorizable de tal forma que no requiera escribirse.
4. Los criptogramas deberán dar resultados alfanuméricos.
5. El sistema debe operarlo una única persona.
6. El sistema debe ser fácil de utilizar.

             También -siguió refiriéndome en su carta en señor Apollinaire Clemenceau-, averiguó que el señor Wermer Echke, padecía desde su juventud de jaquecas intensas, que sólo logró controlar con la ayuda que le prestó el médico militar Jacques Clemenceau, de propia Escuela Militar de Guerra, quien le prescribió para ello Láudano de Sydenham (que contiene Opio de Esmirna, Azafrán cortado, Canela de Ceilán, Clavos de especia y Vino de Málaga) al que se hizo finalmente adicto. De esta relación paciente médico, nació una estrecha relación amistosa y de negocios que les mantuvo en contacto por muchos años.

             Poco antes de su muerte ocurrida en 1939, en el apogeo de la Segunda Guerra Mundial, el señor Werner Echke había estado trabajado clandestinamente para el servicio de inteligencia suizo bajo las órdenes del comandante del ejército Henri Guisan, en descifrar el contenido de los mensajes encriptados a que tenían acceso por diversos métodos de contre-espionnage, de la planeada tentativa militar de las fuerzas del Estado Mayor Alemán, mejor conocido como la Whermacht, que estaba en marcha bajo las órdenes del comandante nazi Erich von Manstein para invadir Suiza en la llamada Operación Tannenbaum.

             Finalmente -señala el señor Apollinaire-, el interés que demuestra el Sr. D. Echke es conocer si habría algún asunto en el que su abuelo podría haber participado de manera directa o indirecta con el médico militar Jacques Clemenceau en México en la época del porfiriato, dado el singular hallazgo del posible mensaje encriptado del que di noticia. Y con ello, conocer el contenido y tal vez la trascendencia de mismo.

             Termina diciéndome que actualmente también está tratando de conseguir más información relativa a su abuelo, el médico militar Jacques Clemenceau (graduado en la École d'application de médecine militaire del Hôpital d'instruction des armées du Val-de-Grâce, de París), particularmente en lo referente a su periodo de estancia en México, pues sabe que en este país mantuvo, entre muchas otras personas, una estrecha relación con el  multifacético industrial, negociante, poeta, arqueólogo, naturalista y mexicanista, el belga-francés nacido en México en 1862, Auguste Génin, quien publicara entre otras magníficas obras: Notes sur le Mexique 1908-1910. Imprenta Lacaud, México.

             Aquí, traducida del francés, parte de uno de los poemas que Auguste Génin escribió en México en 1885:

El valle de Tenuchtitlan
(...)
Al oeste del lago más grande, la ciudad blanca
Azteca, México, en el fondo azul.
El frente de su teocallis;
a sus pies los palacios, las casas y terrazas.

Agrupados alrededor de grandes jardines, plazas,
canales llenos de embarcaciones.
Hacia los puntos cardinales, cuatro calzadas
hechas sobre pilotes y fuertes cuerdas.
Directamente desde la Ciudad de México;
los bonitos pueblos que rodean el valle
en la "Perla de las Aguas" forman una corona
de Tlacopan a Tezcuco.
A lo largo de las escaleras del templo, una multitud
de sacerdotes, señores y guerreros en la calle
En una gran procesión;
lo vemos ondeando, serpenteando hasta la cima
el monumento masivo, donde una gran fiesta
llama a la devoción.
                                           En los vastos mercados donde la multitud se apura,



martes, 20 de noviembre de 2018

Adiós.


Despedida.

Solamente quienes toman sosegadamente aquello
por lo cual se atarea la gente del mundo
pueden atarearse por aquello que la gente
del mundo toma sosegadamente.



             Cada uno de nosotros posee una percepción individual, sui generis puede decirse,  de los acontecimientos vividos y uno de ellos es el siguiente.
             Como antecedente debo decir que se trató de una batalla por la vida que ligaba, bajo circunstancias particulares, a dos personas en una noche fría de diciembre y en el ambiente aséptico, informal y mecanizado de una unidad hospitalaria.

             La  protagonista fue la  enfermedad, que como el guerrero heraldo de la muerte luchaba contra el personero de la vida arrebatándole  una víctima más.
             Apesadumbrado y abatido por lo arriba referido, me hice hace años la siguiente reflexión que guardé por escrito en el archivo de los recuerdos y hoy ve la luz diciendo así:
             No era fácil pensar ante la conciencia del dolor concentrado en la espalda. No era un dolor meramente físico como el que puede sentirse al pincharse un dedo o como el dolor que en ahogo revuelve el corazón desfalleciente. ¡No!. Era el dolor indescifrable que conjuntaba una vasta sensación de percepciones que reunían el desvelo, el hambre y la sed con el frío que envolvía al cuerpo y calaba el espíritu.
             El desasosiego del torbellino que en el pensar en esto o aquello se disuelve en nada. El sabor de boca que en jadeos tras el esfuerzo realizado, se entremezcla con el ayuno, el tabaco y la desesperanza. El sudor pegajoso que abrillanta la frente y acrecienta el frío, limitando el libre movimiento de brazos y piernas. El vacío silencio de la noche que salpica un quejido humano por allá, el monótono indicador electrónico por acá y el peso de las miradas, unas vivas, otras apesadumbradas, indiferentes o  sobrecogidas, y otras más mirando sin ver acullá, como muertas. El deseo de escapar al sueño para confortar el cuerpo y darle paz al espíritu. El por qué taladrando la conciencia que resiste al esfuerzo por descifrarlo, tan real y tan irreal, tan frecuente y obscuro. Tan sutil y cercano pero ininteligible. ¿Por qué? ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo decirlo? ¿Qué formulación logística haré para acallar ese otro dolor? El peso concentrado de una ciencia que nos niega sus respuestas y nos coloca en el medio, atiborrados de conceptos escarbados en el tiempo cuya realidad obtusa sondea profundidades inalcanzables.
             Nos revelamos y sucumbimos al unísono. El entrecejo se frunce, la congoja húmeda y salada corre haciendo surco sobre los caminos del tiempo, con la libertad que la represión inútilmente imponemos al vítreo cáliz. Duele, pero así también el dolor es matizado por la aceptación del hecho y lo hecho. La conciencia y el sentimiento se reúnen ante la nada espoleando más, allá en la espalda. ¿Por qué la espalda y no el estómago? ¿Por qué no el corazón o el cerebro donde asienta el intelecto? Tiene dicho intelecto un lugar en nuestro cuerpo y no es éste o aquél lugar, es en el todo que como címbalo vibra y reverbera y nos da la consciente realidad del dolor de espalda.
             La espalda que sustenta, que resiste o cree resistir el peso de la ciencia, de lo natural y lo sobrenatural, de las ideas y del éter que nuestro microcosmos soporta doblándose poco a poco haciéndonos bajar la cabeza, humildemente en un ángulo cada vez más agudo.
             De la engreída postura erecta que los años mozos nos regaló, el cincel del tiempo, incansable, pertinaz y obcecado, nos golpea allí, en la espalda, hasta ponernos boca abajo, negándonos día con día el mirar hacia arriba, y como pago a nuestra insensatez y arrogancia, se permite  con inveterado desenfado decirnos: ¡Hasta aquí, necio!, descargando finalmente la guadaña en el ser que fue y ya no es.
             ¿Por qué?
             La ley universal de la entropía llama incansablemente y le ofrecemos oídos sordos. ¿Por qué se ensaña aquí, allá, ahora, mañana y siempre ante el minúsculo ser que lucha por vivir? ¿Por qué este hálito de vida y no sobre otro? ¿Por qué la luz del vivir desde que surge de lo ignoto, está determinada a recibir el golpe de la nada?
             ¿Por qué? ¿Por qué?
             Duele la espalda. La sombra del vacío dentro y fuera nos abriga pero no protege, es más, ofende cada molécula. La vida no nos pertenece aunque pareciera propia, sufrimos un espejismo de realidad fugaz y resistimos al golpe también fugaz y vanamente. Creemos poseernos y esgrimir entecas, blandas e inútiles espadas contra lo inevitable. Nutrimos nuestra mente de artificiosos y sofisticados recursos a la mirada del tiempo que benévolo sonríe con una risa sardónica, inexpresiva, tajante, única y definida siempre.
             Duele la espalda. Asoma el níveo brote en la mejilla que el substrato corporal expresa vencido al acoso temporal, cargado de inútiles nutrientes que, corriendo de uno a otro lado estimulados por la dinámica bomba, buscan eso: nutrir, reparar lo irreparable hasta caer atrapado en la necesidad de mostrarse tocando la faz silenciosamente, dejándose ver entre el ayer y el mañana y señalando, como en todo el contexto orgánico, una minúscula muestra más de nuestra ignorancia hacia el porqué.
             Aceptamos el hecho ¿qué otra cosa podemos hacer? y el dolor inenarrable conjunta la tibieza incompleta siempre de que lo hecho fue lo mejor. La falibilidad es un atributo humano. Mantener en concordancia el cuerpo y el intelecto no es fácil ya que le aguijonea la duda, propia o ajena sobre lo hecho, sin embargo la duda se suaviza cuando desde dentro, un grito nos convence y nos conforta.
             El grito inescuchable que surge de nuestro dolor ante el hecho, ante la realidad que desesperadamente tratamos de suavizar, a esa búsqueda de la templanza y coraje que nos hace calibrar, o tratar de hacerlo, las vibraciones de nuestro ser y concordarlo con las de los  que estuvieron cerca de aquél,  que ya no es.

             Finalmente, dejé su mano.

lunes, 1 de octubre de 2018

Existencia, Identidad.


Yo.

“Los seres humanos no nacen para siempre el día que sus madres los alumbran:
la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez, a modelarse, a transformarse, a interrogarse
 (a veces sin respuesta)
a preguntarse para qué diablos han llegado a la tierra y qué deben hacer en ella.”


Dr. Xavier A. López y de la Peña.


            Para empezar, primero debemos existir, esto es, nacer.
            Una vez que nacemos empezamos a construir nuestra identidad.
            Este camino en la vida nos enfrenta constantemente con retos o con crisis, por llamarle de otra manera, que nos lleva a estructurar nuestro Yo.
            Lógicamente en ello influyen la familia: padre y madre, hermanos, tíos, abuelos, primos, vecinos. Sus personas en sí mismas, su carácter, personalidad, hábitos, costumbres, etc.
            La comida, los juguetes que tenemos, la ropa que se nos impone, el ambiente en el que vivimos, las creencias que nos imbuyen.
            Se nos dice cómo comportarnos, qué, cuándo y cómo hablar, lo que es bueno o malo, etc.
            El entorno social y cultural luego entonces también nos impronta. Las variadas y múltiples interacciones con otros nos imponen determinadas referencias de pertenencia tanto étnicos como regionales o de grupos, dándonos con ello una determinada conducta, valores morales, educación, lengua y otros componentes culturales más que ubican a cada uno de nosotros aquí, en la tierra.
            Día a día nos construimos. Tenemos vivencias, recuerdos, experiencias, enseñanzas; así como también tropiezos, fracasos, contrariedades y decepciones. Los sentidos nos conectan con el mundo que nos rodea y nos ofrecen sus contrastes, texturas, imágenes, colores, olores, sabores, equilibrio, distorsiones, sonidos, fuerzas, tensiones, pasiones, voliciones, necesidades. Analizamos, contrastamos y elaboramos respuestas a ello: actuamos.
            Día a día tomamos decisiones.
            La identidad no es fija e inamovible sino que es plástica, esto es, que se moldea según las circunstancias pero siempre hasta cierto límite.
            La identidad nos ofrece una certeza de lo propio en consonancia e interdependencia con lo ajeno. Es así que la identidad que surge de la relación con lo ajeno, construye y transforma la cultura.

            El etnólogo y antropólogo francés, Michel Agier, lo resume de la siguiente manera:

            “La identidad humana se configura a partir de la interacción con el medio y el funcionamiento individual propio del sujeto, formándose entre ellos una tensión dinámica que guía la configuración de la identidad hacia una dirección determinada. Gracias a esto es posible que el ser humano sea capaz de notar, que más allá de lo que es, forma parte de un algo mayor fuera de sí mismo.”1

            Bien. Vista así de grosso modo la formación de la identidad, pensemos: ¿Identidad a qué? Bueno, la palabra identidad viene del latín identitas, que significa lo mismo, y está estrechamente ligada a un sentimiento de pertenencia para la estructuración y significado de la identidad tanto personal como cultural. Por ejemplo, el sentido de identidad y pertenencia al lugar en el que vivimos ha sido producto de las vivencias que allí adquirimos, mismas que nos arraigan a ella y nos facilitan la vinculación, participación y ayuda que necesitamos y en la que nos sentimos incluidos y unidos.2

            El primer paso de la identidad es el de saberse parte de una familia mediante mecanismos de identificación, imitación e introyección que dan paso al mito o leyenda familiar subsecuente con características propias: la de ser parte de o pertenecer a un grupo consanguíneo de gentes blancas o negras, inteligentes o audaces, cariñosos o huraños, rígidos o blandos, honestos o truhanes, comerciantes o empleados, conservadores o liberales, católicos o musulmanes, longevos o frágiles, campesinos o industriales, etc.
            Posteriormente con la adolescencia se definirá el proceso de individuación con la interacción amplia o estrecha entre grupos ajenos: parientes, vecinos, amigos, condiscípulos, lecturas, enseñanzas y otros que, merced al aprendizaje diferencial y contrastante entre juicios y valores nos hará tomar las decisiones que afirmarán nuestro propio constructo identitario.
            Así, cuando en la familia no se acepta o tolera la diferencia entre sus  miembros, o cuando el mito o leyenda familiar se lesiona, o falta reconocimiento del universo emocional, o hay una dificultad para conciliar la lealtad entre diferentes grupos de pertenencia o identidad, la crisis ocurre.3

            La vida, al fin y al cabo, nuestra propia vida que nos obliga a parirnos a nosotros mismos una y otra vez, a modelarnos, a transformarnos e interrogarnos, transcurre en una búsqueda constante de satisfactores a necesidades varias como bien estableciera el psicólogo estadounidense Abraham Harold Maslow, para llegar a alcanzar la autorealización.4
            Dicho autor lo ejemplificó con un gráfico piramidal conteniendo cinco niveles que son, de abajo hacia arriba los siguientes:
            Necesidades fisiológicas.
            Necesidades de seguridad.
            Necesidades de amor, aceptación social y afiliación o pertenencia. Relacionadas con la esfera social y emocional en las relaciones interpersonales.
            Necesidades de reconocimiento.
            Necesidad de autorealización. Esto es el crecimiento personal, la autoestima. El sentido que cada uno damos a nuestra propia existencia desarrollando determinada actividad, centrados en la realidad y en sus problemas con espontaneidad, autonomía, moralidad, creatividad, armonía y entendimiento, que nos proporcionan confianza, respeto, placer, equilibrio y paz.

            Propongo que hagamos una cosa: En un momento tranquilo, lejos de posibles distracciones, vamos a ponernos frente a un espejo y hacernos la siguiente pregunta:
            ¿Cómo está mi identidad o sentimiento de pertenencia a mi género, a la familia, a la comunidad, a mi lugar de trabajo, a mi profesión, a mi ideología y otros?

            Más aún: ¿Cómo estoy yo conmigo mismo?

            Y por favor, aunque en ello haya algo o mucho de cierto, no echemos la culpa de nuestro mal carácter, de nuestra timidez, nuestra ignorancia o estulticia a la falta de identidad o de referencia con la figura paterna ausente (en su caso), o enérgica, metódica o intransigente. Tampoco culpe a su madre por no haberle heredado sus ojos azules y su carácter condescendiente o dominador.
            A los profesores que le adoctrinaron en una fe llena de tabúes, restricciones y hasta amenazas, de las que la razón ahora le exime.
            A sus compañeros de trabajo que no valoran sus empeños y esfuerzos o a los jefes que no le entienden, que le malinterpretan, que no le estimulan en su desarrollo laboral, institucional o empresarial.
            A la institución en la que labora que le explota, oprime, que no le paga lo que merece y que le exprime inmisericordemente.
            A la esposa o esposo, o acompañante sentimental (de la que ya hay una larga lista de variables) que le considera un desobligado, un incapaz de lograr el éxito, que le falta al respeto o le miente obcecadamente, que no le entiende y satisface sexualmente, que le limita en la toma de decisiones o lo considera un mandilón, etc.
            Al jefe de la colonia en que vive y que quiere nuestro apoyo, pero al que considera un arribista que no hace nada.
            Al vecino que se roba la energía eléctrica o el agua y sin embargo, yo si la pago.
            Al Sistema de Administración Tributaria (SAT) por imponerle tantos impuestos.
            Al sistema político en que vive.
            A la globalización que le carcome las entrañas.
            Al cambio climático.
            Al, Al, Al…

            ¡Sacúdase todo ello!, madure, reconozca sus debilidades y fortalezas. Identifíquese y adquiera sentido de pertenencia. Aprenda qué puede o no cambiar y cómo poder modificarlo o sustituirlo, o afectarle menos en todo caso.

            Encuentre en su vida todo lo que le obliga a parirse a sí mismo una y otra vez, a modelarse, a transformarse, a interrogarse y luchar por encontrar la respuesta de que para qué diablos ha llegado a la tierra y qué debe hacer en ella.


1. Agier, Michel. La antropología de las identidades en las tensiones contemporáneas, En: Revista Colombiana de Antropología. No. 36 (2000); p. 6-19.
2. El Diario de la Educación. Convivencia y educación en valores. Consultado en internet el 20 de septiembre de 2018 en: http://eldiariodelaeducacion.com/convivenciayeducacionenvalores/2018/03/06/identidad-sentimientos-pertenencia/
3. Psicólogos en Madrid. Identidad personal. Consultado en internet el 19 de septiembre de 2018 en: http://psicologosenmadrid.eu/identidad-personal/
4. Abraham Maslow. Consultado en internet el 24 de septiembre de 2018 en: https://es.wikipedia.org/wiki/Abraham_Maslow