lunes, 1 de marzo de 2021

Disertación sobre el cuerpo


Disertación sobre el cuerpo. 

“…se trate del cuerpo del otro o de mi propio cuerpo,

no tengo modo de conocer al cuerpo más que vivirlo”.

“...la experiencia vivida de cuerpo no tiene que ver nada

con el pensamiento de cuerpo o idea del cuerpo”. 

Maurice Merleau-Ponty


Dr. Xavier A. López y de la Peña
 

            Al objeto estructural o conjunto de sistemas orgánicos que conforman a un ser vivo se le da el nombre de “cuerpo”; en nuestro caso particular, el cuerpo humano. Se tiene entonces así conformado, un dialelo (círculo vicioso) corpóreo-viviente. Aunque también puede reconocérsele como cuerpo, al de una persona o animal sin vida (“tras la explosión, sólo pudieron recuperarse unos cuantos cuerpos”) como apunta el diccionario, entre muchas otras acepciones.

            Como quiera que sea, aquí nos referiremos específicamente al cuerpo humano.

            El cuerpo humano, como el de todos los seres vivientes, está conformado por diferentes elementos materiales (carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, fósforo y azufre, principalmente, o CHONPS, por sus siglas en la química) cuya estructuración molecular altamente compleja desemboca en dos variantes humanas: hombre o mujer.

            El cuerpo humano es entonces, producto de una “singularidad originaria” (o singularidad espacio-temporal, o Big Bang) evolucionada de la energía-materia del universo a lo largo de 13,800 millones de años siguiendo el curso por diversos niveles emergentes de complejidad y, a partir de la conformación de los primigenios organismos vivos hace aproximadamente 4,410 millones de años.

            Con estas palabras preliminares sobre el cuerpo, acentuamos nuestro propósito de enfocar el tema desde el punto de vista del materialismo filosófico, es decir, negando la existencia y posibilidad de cualquiera sustancia viviente incorpórea.

            Difícil, por llamarlo de una manera sencilla si no imposible, ha sido el camino seguido por el pensamiento filosófico (materialista) moderno, el dar marcha atrás a la arraigada interpretación religiosa cristiana del dualismo cuerpo-alma, en la que a esta última se le ubica por encima del primero y además es considerada como inmaterial e inmortal.

            El filósofo francés, Maurice Merleau-Ponty, nos invita a comprender que el cuerpo humano es “algo” más que un objeto del que se ocupa la ciencia y acentúa que es una condición permanente de su existencia. Esto es, que entiende el cuerpo o su corporalidad “como una instancia original y originaria”; es decir, “como un modo de ser propio que se distingue totalmente del mundo inmanente de la conciencia, pero también de toda reducción de lo corporal a su aspecto meramente físico-material. El cuerpo, finalmente, es un sujeto-objeto”.

            El cuerpo humano existe, esto es, que tiene su ser fuera de sí, que tiene una exterioridad inmersa en una dimensión relacional abierta con lo “otro”; que coexiste. Nuestro cuerpo nos permite comunicarnos así, con todo lo que existe.

            Gracias a esta relación del cuerpo humano con lo “otro” es que percibimos, comprendemos, sentimos, deseamos, obramos, nos expresamos, comunicamos, ideamos y sufrimos o gozamos; para decirlo con una palabra, vivimos.

            De todo ello nosotros, los seres humanos y gracias a nuestro cerebro, hemos hecho conciencia, lo analizamos y estudiamos tratando de descifrar sus orígenes, sus funciones y sus intrincadas relaciones e interacciones.

            Una teoría explicativa simplista surgió a principios de la segunda mitad del siglo pasado con los llamados postulados del cerebro “trino” o “triuno”, del médico y neurocientífico estadounidense, Paul D. MacLean, quien refiere que los humanos tenemos tres sistemas nerviosos interconectados en nuestro cerebro, evolutivamente ascendentes: el cerebro primitivo o “reptiliano” encargado de controlar instintos -defensa, ataque, huida-, reflejos, actividades autónomas: respiración, ciclo cardíaco, etc.; el límbico quien regula la memoria, orientación, emociones; y el neo-cortex  quien modela y regula el lenguaje, conciencia, razonamiento y planificación.

            Aunque esta teoría sigue siendo de gran ayuda didáctica para la explicación del mecanismo de la actuación cerebral, [Sigmund Freud manejó, 20 años antes ésta idea “Trina” en el sicoanálisis al referirse al Ello (innato, instinto), el Yo (pulsiones) y Superyó (conciencia moral), al dar forma al llamado “cuerpo u aparato intra síquico”], debe tomarse en cuenta que el proceso evolutivo avanza o actúa reorganizando el material neuronal preexistente, modelándolo hacia estructuras más complejas y por ende ejecutando nuevas funciones. Esto significa que el proceso evolutivo no actúa superponiendo una estructura sobre otra (como sucede con la formación de estalactitas o estalagmitas en que poco a poco se van adicionando capas minerales unas sobre otras); además, habrá de tomarse en cuenta que los cambios ocurridos mediante esta reorganización del material neuronal, tendrán o no viabilidad acorde con la teoría sintética (cuyos iniciadores fueron: Ronald Fisher, J. B. S. Haldane y Sewall Green Wright), en la que la selección natural juega un papel predominante.

            Pero regresando al cuerpo humano, que como inicialmente apuntamos, tiene su génesis con la aparición y ulterior evolución de la primera estructura molecular compleja dotada de vida [característica particular de la materia (CHONPS) alcanzado por ciertas estructuras moleculares específicas: ARN -ácido ribonucleico-, ADN -ácido desoxirribonucleico-, que confieren la capacidad para desarrollarse, mantenerse en un ambiente, reconocer y responder a estímulos y reproducirse permitiendo la continuidad] ocurrida hace unos estimados 4,410 millones de años.

            El cuerpo humano, nuestro cuerpo, con toda su maravillosa complejidad aún incognoscible, tuvo su origen según la Teoría del progenote (hay otras) propuesta por el microbiólogo estadounidense, Carl R. Woese, en un organismo ancestral habitante de un mundo de ARN. Sus estudios posteriores con base en árboles filogenéticos de ARNr 16s y 18s (ácido ribonucleico ribosomal, útiles para reconstruir filogenias), le llevaron a concluir “que hay una gran divergencia entre tres grandes grupos descendientes del progenote: Archaea, Bacteria y Eucarya, definiéndose así el sistema de los tres dominios. Una hipótesis viral que apoya este modelo, sostiene que los tres dominios pudieron originarse por transferencia genética entre las células primarias de ARN y tres virus ADN, lo que dio origen a cada genoma ancestral”. 

            De esta manera, nuestro cuerpo, como el de todos los organismos vivos, generación tras generación como señala el doctor en biología Juan Ignacio Pérez Iglesias: “somos herederos de aquellas formas y, por lo tanto, todos los linajes, sean del reino que sean, del filo que sean o de la familia o género que sean, tienen la misma antigüedad, tanta como la vida terrestre tiene”.

Nuestro cuerpo, como el de todos los organismos vivos, está conformado por polvo (átomos) de estrellas como señalaba el astrobiólogo estadounidense, Carl E. Sagan; sin embargo, diversos átomos arreglados de manera algo diferente y compleja en nosotros, nos han llevado a tratar de comprendernos: ¿lo lograremos?

lunes, 1 de febrero de 2021

Sobre la usura.

 

Meditación sobre la usura. 

Pedir prestado no es mucho mejor que mendigar,

así como el prestar con usura no es gran cosa menos que robar. 

Gotthold Ephraim Lessing.

Dr. Xavier A. López y de la Peña


            Hablar sobre la usura es referirse a una práctica humana antiquísima que ha sido tratada ampliamente desde el punto de vista filosófico, socio-económico y del derecho, que guarda una relación directa con otro concepto: el interés, y que se aplica particularmente en estricto sentido, a operaciones monetarias en el entorno productivo capitalista.

            Recuérdese que a la ganancia o interés que se obtiene por el uso de un capital otorgado a manera de préstamo, se le llama usura, palabra cuya etimología deriva del latín y que está compuesta por el término usus (derecho de utilización que y goce (o interés) que uno tiene sobre lo suyo) y el sufijo -ura, actividad, resultado.

            En tanto que, en el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, se define a la usura como el interés (provecho, utilidad, ganancia) excesivo en un préstamo. En esta definición se califica claramente ya, al término usura, al préstamo otorgado sólo con un demandado cobro excesivo de interés.

            Con relación a la práctica de esta actividad, en el texto más antiguo de la India escrito en sánscrito, entre los años 1500 a 1200 a. de C.: el Rig-veda, se hace ya referencia a la usura, nombrando con el término bekanāṭa a cualquier prestamista a cambio de interés.

            En el texto de religión hinduista llamado Leyes de Manu (c. 200 a. de C.): se especifica que no se puede cobrar un interés sobre un préstamo más allá de la tasa legal, llamándola una manera usuraria de préstamo.

            En la época grecorromana también señalaron la condena a la usura, Platón, Aristóteles, Catón, Cicerón, Séneca y Plutarco entre otros.

            En los textos sagrados de la tradición judaica: Antiguo testamento y Talmud, queda prohibido el cobro de interés al hermano; en la tradición islámica: Corán y Shariah, el cobro de interés es inaceptable (Los que practican usura no se levantarán de sus tumbas (en el Día de la Resurrección) sino como aquél al que el toque del Shaytan ha hecho enloquecer. Y eso porque dicen: 'el comercio es lo mismo que la usura'. Pero Allah ha permitido el comercio y ha prohibido la usura). (Corán, 2-174); y en la tradición cristiana el Antiguo y Nuevo testamento: …es reprobable el cobro de interés "...[quien] no presta con usura ni cobra intereses..., un hombre así es justo." (Ezequiel 18:8-9)

            En el siglo XVIII, el economista escocés, Adam Smith, en su libro La riqueza de las naciones, refirió que “por decreto de Enrique VIII fue prohibida en Inglaterra y declarada ilegal toda usura o interés que pasase del diez por ciento” y en el siglo XIX, el filósofo y economista inglés John Stuart Mill consideraba a la usura como un “prejuicio religioso (católico) en contra de recibir un interés por el dinero”, ocasionando con ello una desventaja en el desarrollo industrial, en contraposición con las sociedades protestantes.

            Una vez dicho lo anterior, hace tiempo una persona muy cercana a mí, me pidió por escrito una opinión acerca de que, con motivo de las graves situaciones económicas que hubo de sortear recientemente y que le llevaron a un fuerte deterioro en sus finanzas, había pensado recuperarse de ello prestando dinero a ciertas personas que se le habían acercado a solicitárselo, esto es, en convertirse en un “prestamista”.

            Le contesté que no sé si sería yo la persona indicada para darle mi opinión, sin embargo, le dije que me sentía halagado por su confianza y con mucho gusto se la ofrecí esperando que pudiera serle de alguna ayuda.

El texto dice así:

            En relación a la situación que enfrentas, bajo las condiciones en que ello ocurrió y con la enorme responsabilidad, consecuencias y carga emocional que ella lleva, me permito comentarte lo siguiente.

            Para empezar, sabes bien que no soy un experto en asuntos económicos y financieros y que la manera de vivir que con mi profesión sigo, ocurre con simpleza y sin falsa modestia, tratando de atemperar mis deseos con el nivel de mis ingresos y no sufriendo por subir mis ingresos a nivel de mis deseos. Lo primero ya de por si queda acotado, pero satisfactoriamente restringido a cubrir con holgura mis necesidades y las de mi familia, en tanto que lo segundo no tendría límites y probablemente me llevaría, si lo hiciera, a cometer alguna forma de abuso.

            Tú mejor que yo, sabes acerca del asunto de las formas de interés que se manejan en la óptica económica y financiera, ya sea el nominal, el real o ajustado o de la tasa anual equivalente; fijo, variable, simple o compuesto. Esto, en la época actual, es un tema legítimo y de práctica general y corriente, aunque ciertamente, también sigue habiendo muchas personas que abusan de ello.

            Sin embargo. tú introduces en tu solicitud de comentario el término “usura” y, desde mi perspectiva, la “usura” entendiéndola como el cobro “desmedido” de interés en una operación de préstamo, no es aceptable ni legítimo.

            Considerando la historia de la economía de mercado que rige el comercio desde tiempos pretéritos y regida particularmente por el modo productivo capitalista, los prestamistas han y seguirán existiendo y la línea de legitimidad a su hacer también seguirá cuestionándose.

            Para zanjar el terreno entre lo legítimo o ilegítimo de su hacer, la sociedad mercantil en general ha abierto las puertas a esta práctica regulando y fijando, para evitar en lo posible lo que se ha considerado como excesivo en el cobro de interés, a establecer variables (y aceptables) “tasas de interés” a nivel de la banca, entre otros.

            Pienso entonces que la actividad de un prestamista no podría considerarse inadecuada, abusiva o ilegítima, siempre y cuando se ajustare a los siguiente:

            Que, en el contrato establecido con el contratante, se habrá de fijar el préstamo a un interés razonablemente cercano al bancario, ya al alta o a la baja dependiendo de las condiciones, objetivos y la necesidad del contratante, inflación, riesgos y otros.

            Como bien lo señala Miguel Ángel Fuentes (en uno de los escritos que me enviaste) en su respuesta a la pregunta en cuanto al cobro de intereses por préstamos: …es lícito exigir un interés prudencial en el préstamo comercial o simple de dinero o de cualquier otro bien fungible, no por razón del mismo contrato, sino por título extrínseco a él. Particularmente en lo que este autor señala bajo el número 5, esto es, el de la legitimidad de obtener un interés expresamente señalado por la ley como admiten los moralistas.

            Desde otro ángulo, fuera del tema que abordara William Shakespeare con su obra “El mercader de Venecia” en donde se retratan vivamente la usura, avaricia y otros, personificados por Shylock, el mercader Antonio y el enamorado veneciano Basanio que muere de amor por Porcia, creo que cada ser humano debe enfrentar las consecuencias de sus actos libres.

            El contrato de prestación de dinero bajo un determinado interés que cubra las formalidades propias del mismo y celebrado entre dos personas, deberá honrarse con la cobertura en tiempo y forma de los compromisos adquiridos por cada una de las partes. En caso de incumplimiento del mismo por alguno de los contratantes, la parte afectada podrá legítimamente, solicitar la reparación del daño causado por la vía legal establecida en nuestras leyes.

            Cada ser humano es el artífice de su destino y tiene la oportunidad de elegir qué hacer o no hacer, sin embargo, también deberá enfrentar las consecuencias de esta decisión.

            Para algunos, el ordenamiento moral a seguir estará fundamentado en la norma universal: no afectar a otro. Para otros más, la guía moral se ceñirá a lo establecido por la propia sociedad al ritmo de las leyes que sobre ello establezca y para otros más la norma moral será la que le impone su propia conciencia.

            Tal vez una combinación de las tres variables pueda ser la más acertada:

            1. Con mi decisión (prestar dinero con determinado tipo de interés, en este caso) no afecto -o abuso- del otro: adelante.

            2. Cumplo con las leyes contractuales para legitimar ante la sociedad el acto (mediante un pagaré, posiblemente con uno o más avales, dejando alguna garantía si fuere el caso, etc.): adelante.

            3. Considero que lo que haré está bien: adelante.

            En mi vida he tenido buenas y malas decisiones, sin embargo, he aprendido que me hace sentir mejor enfrentar y aceptar las consecuencias de dichas decisiones aun cuando conlleven alguna menor o mayor afectación-dolor. Ello me hace tener y sentir lo que nadie más me puede dar: honor.

            En tu caso, espero que la decisión que tomes te satisfaga y haga sentir mejor.

            Independientemente de que yo pudiera llegar o no a compartir dicha decisión, la respetaré como siempre lo he hecho. Tú sabrás honrar dicha decisión enfrentando las consecuencias con la madurez que, cada uno de nosotros lucha por alcanzar.

Finalmente:

            El Código Penal Federal mexicano tipifica lo que equivale a la usura, aunque no utiliza este término, sino que lo tipifica como un delito de fraude. Según el artículo 386, fracción VIII, que señala que, se aplica el castigo por fraude a quien:

"Valiéndose de la ignorancia o las malas condiciones de una persona, obtenga de ésta ventajas usuarias (Sic, no dice usurarias) por medio de contratos o convenios en los cuales se estipulan réditos o lucros superiores a los usuales en el mercado".

            Recientemente la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) destacó que está prohibido el cobro de intereses desproporcionados. Incluso si son generados por morosidad. Se debe establecer un cobro que le permita al cliente poder cumplir con el pago del préstamo y liberarse de la deuda sin problemas.

            En 2019 el senador Ricardo Monreal Ávila, del Grupo Parlamentario Morena, presentó un proyecto de decreto para reformar la fracción VIII del artículo 386 del Código Penal Federal, diciendo: 

Las mismas penas se aplicarán a quien desarrolle, promueva, patrocine, induzca, financie, colabore o realice cualquier acto para otorgar préstamos o práctica similar a estos, de los que se obtenga un lucro, ventaja económica o beneficio indebido para sí o para un tercero por medio de contratos o convenios, escritos o verbales, en los cuales se estipulen réditos o lucros superiores a los usuales en el mercado o a las tasas de interés bancario autorizadas. 

Además de las penas previstas en el artículo 386 de este Código:

Cuando se emplee violencia, amenaza o intimidación para lograr el cobro del préstamo o de los intereses, las penas se aumentarán en dos terceras partes; Cuando hayan participado dos o más personas en la comisión del ilícito y se empleen los medios señalados en el inciso anterior, las penas se incrementarán hasta en un tanto más, y; Cuando los recursos otorgados mediante préstamos o cualquier otro acto similar procedan o representen el producto de una actividad ilícita, las penas se aumentarán hasta en un tanto más.




viernes, 1 de enero de 2021

 Orden y Biosemiótica.

Orden y Biosemiótica.

 

Pero ¿por qué la naturaleza produce orden?

No se puede responder aún, pero de cierto

es un proceso de la energía-materia que reta,

aun cuando temporalmente, a la entropía del Universo.

 


 

Dr. Xavier A. López y de la Peña.

 

Orden ¿qué es el orden?

            En el diccionario de la Real Academia Española se define el vocablo orden como la colocación de las cosas en el lugar que les corresponde (esto implica, necesariamente, que se establezca para ello con anterioridad, una particular secuencia); la buena disposición y concierto de las cosas entre sí (esto es, que tengan armonía, determinado sentido, funcionalidad en su caso); la regla o modo que se sigue al hacer las cosas o a la serie o sucesión de las cosas (un sistema o protocolo de elección y selección), entre otras Bien, pero abundando un poco más y complejamente sobre dicho término, el orden es la propiedad que surge cuando varios sistemas abiertos, pero en origen aislados, interactúan por coincidencia en el espacio y el tiempo, produciendo, mediante dichas interacciones, una sinergia que ofrece como resultado una realimentación en el medio, de forma que los elementos usados como materia prima dotan de capacidad de trabajo a otros sistemas en su estado de materia elaborada.

            Algunos sistemas son capaces de tener memoria y pueden establecer un método organizado y coordinado para repetir el logro alcanzado por selección natural, y acelerar el objetivo propuesto, pero pagando un precio: pérdida de su individualidad, mayor dependencia de nuevos elementos que pueden existir gracias a una economía más holgada, pero ganando en especialización. Con esta mirada, el orden es la organización de las partes para hacer algo funcional y preciso, lo cual implica la presencia de un cauce que establece una transacción de cargas con menor coste y por lo tanto con potencial de desarrollo a una psicodinámica emergente, dando la oportunidad al observador de imputar una finalidad intencional y, como puede deducirse, de una acción inteligente.

            Sea como sea, para el ser humano el orden es necesario y buscado simplemente para entender todo lo que hay en el mundo, ya sea una estructura física, el organismo de un animal, un suceso meteorológico, una ley física, un proyecto de diversa índole o simplemente para leer un libro entre otros. Todo lo inteligible requiere entonces, para su asequibilidad, de un orden determinado, una secuencia y con ello, desde los tiempos primitivos cada cultura ha estructurado sus propias explicaciones interpretando y ordenando todo lo que le rodea.

            Primitivamente la realidad era concebida dependiendo del azar, por los cambios estacionales, por influencia de los astros, por la voluntad de los dioses, por eventos fortuitos, por desobedecer ciertas costumbres, por pensar o comportarse de forma diferente al común, etc. Hasta llegar al pensamiento clásico griego que dio luz a la concepción de el orden en la naturaleza, rechazando la concepción primitiva azarosa del mundo y considerando que el orden de las cosas obedecía a una Ley natural, a un logos o principio ordenador, a una razón originada de una inteligencia.

            De hecho, en Las metamorfosis, obra del poeta romano Publio Ovidio Nasón (siglo I a. de C.), quedó registrada la siguiente máxima latina en referencia al origen del mundo:

            Tanto en el mar como en la tierra y el cielo (…unus erat toto naturae vultus in orbe, quem dixere chaos: rudis indigestaque moles nec quicquam nisi pondus iners congestaque eodem non bene iunctarum discordia semina rerum) uno era el rostro de toda la naturaleza en el mundo que se dice Caos: una masa bastante ruda e indigesta, un bulto sin vida, informe y sin bordes, de semillas discordantes.

            Con este pensamiento se establecieron las bases para explicar, de manera racional, el origen del Mundo y de la Vida; posteriormente surgieron las preocupaciones de los filósofos por saber qué es el conocimiento, en qué se fundamentaba y cuál era su forma y su esencia, así empezó a cambiarse el pensamiento físico por el abstracto y apareció también la discusión acerca del Ser. El pensamiento entonces adquirió un carácter dialéctico con Parménides, sobresaliendo el uso de la razón como el camino al conocimiento y se inició la diferenciación entre el conocimiento proporcionado por los sentidos o sensible, y el inteligible adquirido por la razón.

            El pensamiento o, mejor dicho, el razonamiento fue dejando atrás el sustrato y fermento ideológico metafísico y dogmático religioso o creacionista, por el científico o materialista, en donde nuestro sistema solar y el Universo en general se formaron mediante el acúmulo fortuito de átomos.

            Uno de los momentos estelares que reúne esta concepción se dio con la respuesta que diera el astrónomo, físico y matemático francés, Pierre Simon de Laplace a Napoleón, cuando este le dijo: “Me cuentan que ha escrito usted este gran libro sobre el sistema del universo (refiriéndose a la obra Exposition du système du monde), sin haber mencionado ni una sola vez a su Creador”, a lo que Laplace respondió simple y llanamente: Je n’avais pas bessoin de cette hypothèse-là (yo no necesitaba esa hipótesis). Con esta respuesta, quiso referirse posiblemente a que cien años atrás, cuando Isaac Newton aplicó a nuestro sistema solar su ley de gravitación y se le cuestionaron ciertas inexactitudes determinadas en los movimientos de Júpiter y Saturno, argumentó que tales anomalías se debían a la voluntad divina.

             De forma general, la realidad que concebimos esta ordenada en la exacta medida en que satisface nuestro pensamiento, siendo así que el orden es, pues, un cierto acuerdo entre el sujeto y el objeto, como escribiera Henri Bergson en su libro La evolución creadora (1907).

            El orden es entonces un valor que la persona confiere a una determinada disposición de las cosas entre sí y a saber qué lugar le corresponde a cada una de ellas. Sin embargo, con ello concedemos que mayoritariamente el significado que damos a las cosas es un producto resultante de nuestro estado emocional, esto es, entonces, una mera respuesta estética. El orden es así que lo dispuesto esté metódica y armoniosamente relacionado entre sí y con otras cosas.

            Consideremos a la empresaria y organizadora del hogar, la japonesa Marie Kondo, llamada la “gurú mundial del orden” como un ejemplo práctico de orden organizacional estético doméstico quien, seguramente, no conoce sustantivamente la definición que dimos del término “orden”, pero ciertamente su inquietud por el orden organizacional le lleva a la felicidad al darse respuesta a las siguientes preguntas ¿es necesario?, ¿lo quiero? y ¿me hace feliz? , siguiendo un orden o método particular: primero la ropa, después los libros, luego papeles, después artículos de belleza o de uso personal y al último los objetos con valor sentimental. Todo ello ordenado metódica, estética y armónicamente con su espacio; objetos de diversos colores y tonalidades, tamaños y formas; texturas, tiempos, necesidades y propósitos especial y específicamente determinados. ¡Un orden con sazón estético rayano en lo sublime para su meticulosa y ataxofóbica autora y sus posibles seguidores!

             Gracias al orden de nuestros pensamientos e ideas es que podemos comunicarnos entre nosotros y con los demás utilizando el lenguaje. Dicha comunicación se logra a través del intercambio de mensajes entre un emisor y un receptor, y dicho mensaje requiere de la utilización de un código, que es el lenguaje utilizado ya sean en palabras, gestos o símbolos. Por supuesto, el código debe seguir un orden determinado acorde con normas y reglas específicas que le den significación (esto es, una idea, una imagen o concepto que evoca cualquier signo interpretable).

            Dentro de la significación, la vida pertenece a este universo que con el pasar del tiempo (4 000 millones de años) se ha complejizado y con ello ha surgido el campo de estudio del carácter natural-cultural del signo o código, como la unidad de análisis esencial de los seres vivos: la biosemiótica.

            Con ello se quiere decir que todos los organismos vivos son sistemas semióticos (Semiótica: ciencia que estudia los diferentes sistemas de signos que permiten la comunicación entre individuos, sus modos de producción, de funcionamiento y de recepción) integrados en una teoría general de los signos orientada a escuchar las señales y los signos de la naturaleza, ya sea de la naturaleza humana o la naturaleza no humana, sin la necesidad filosófica de postular entidades ni supuestos metafísicos o religiosos.

            Todos los seres vivos conocidos conforman una unidad de mensajes interactuantes de doble código: el mensaje codificado en forma análoga en el organismo y su redescripción en el código digital del ADN (ácido desoxiribonucleico). Los organismos se reconocen e interactúan entre sí en un espacio ecológico que crea un sistema semiótico horizontal en tanto que, en la recombinación genética los rasgos se transmiten pasivamente de generación en generación en forma digital.

            El orden adecuado del código de información de la vida desde los extremófilos hasta el ser humano, está inserto en la información que proporcionan sólo cuatro nucleótidos: citosina, guanina, timina y adenina. Con ello ocurre una intrincada variedad de interpretaciones y decodificaciones de manera incesante en el organismo vivo, en una serie de constantes e inacabados procesos de semiosis en los que, a mejor y mayor semiosis, mejor adaptabilidad, en tanto que, a menor capacidad semiótica menor adaptabilidad.

            La vida de hecho, se sitúa en una disyuntiva Hegeliana entre la “tendencia cósmica hacia el orden” y la entropía como “tendencia general del universo material hacia el desorden y el perecimiento”. Preguntémonos entonces si el Universo tiene un orden, un código.       

Muchos científicos escudriñan en este campo y con acierto señalan que:

 

La ciencia no es un enemigo de la humanidad, sino una de las expresiones más profundas del deseo humano de llevar a cabo esa visión de conocimiento infinito. La ciencia nos muestra que el mundo visible no es ni materia ni espíritu; el mundo visible es la organización invisible de la energía. Yo no sé (Heinz R. Pagels) cuáles serán las futuras sentencias del código universal. Pero parece cierto que el reciente contacto humano con el mundo invisible de los cuantos y la grandeza del universo dará forma al destino de nuestra especie o de lo que quiera en lo que nos convirtamos.