viernes, 13 de septiembre de 2013

Algo sobre Sectas

SECTAS, SALUD Y FE.
© DR. Xavier A. López y de la Peña
Diez y ocho anillos conforman la verdad reveló un loco, truhán, iluminado o místico. ¿Cuántos de ellos serán mentiras?, ¿Quién decide?, ¿Quién sabrá?, ¿Cuánto daño causará?, ¿Quién lo controlará?
La fe, suele decirse, mueve montañas es el aserto inicial. Ciertas personas con dotes y un carisma particular han tenido la facultad de crear ideologías capaces de impactar en lo más profundo el intelecto de sus semejantes ávidos, consecuentemente, de obtener dichos satisfactores que pueden ser: explicación, consuelo, reconocimiento, trascendencia, recompensa, perdón, salvación, inmortalidad y muchas otras. Estas ideologías se conforman hoy como religiones y, derivadas de ellas ciertas sectas, aunque este calificativo no suele ser bien recibido por sus integrantes, ya que consideran como más adecuado el llamárseles Iglesias (esto es, congregación de fieles que profesan una religión). Así, una secta se refiere a un grupo de personas que en reunión profesan alguna forma de religión escindida de otra. De hecho, el vocablo secta deriva del latín sectura que significa cortadura, incisión y suele aplicarse a un grupo de individuos que, profesando un culto religioso principal, se apartaron posteriormente de él pero conservando algunos nexos importantes. ¿Porqué se separan ciertas personas de su tronco religioso inicial? Seguramente es porque no les satisface, porque no es capaz aquél de completar las aspiraciones personales o porque se entra en conflicto con ella por mil y una circunstancias. Se convierten en verdaderos apóstatas que entretejen sus particulares concepciones, interpretaciones y formas de actuar a partir de su religión original, ya de manera profundamente convencida de sus bondades en ocasiones rayanas en lo místico o de forma mezquina para hacerse de poder y dinero, elemento siempre cercano y contaminante, en mayor o menor grado, de todas las religiones en el mundo.
Las religiones y las sectas giran en torno de la relación interpretativa entre el ser humano y la idea de Dios, siendo puntos particularmente sensibles los referentes a su origen y destino, la vida en suma aún antes de iniciarse o ya después de extinguirse.
El russelismo creado por Charles Taze Russell en 1874 y que cambió de nombre al de Testigos de Jehová en 1931 es un ejemplo de ello. Particularmente ha sido controversial en ciertos sectores de la sociedad su resistencia a la aceptación de sangre (elemento vital por excelencia) por vía transfusional dado que se sigue de forma literal la orden de Jehová dada al patriarca Noé de no comer la carne con su alma. Esta práctica judía tan antigua sigue siendo válida aún para los propios judíos al seguir el ritual kosher de comer sólo la carne que previamente ha sido privada de su sangre, tradición que sin embargo no se siguió posteriormente en el catolicismo como corriente derivada del judeo-cristianismo. La Biblia ha sido fuente en la que abrevaron otros ideólogos que le interpretaron de diversa forma también. El estadounidense y predicador laico metodista, William Miller (1782-1849) predijo, en base a sus estudios sobre el Antiguo Testamento, que el mundo se acabaría el día 22 de octubre de 1844 y como ésta, y otras predicciones no se cumplieron, los seguidores del Sr. Miller parecieron desencantarse hasta que llegó la recia y enorme figura de la cristiana, también estadounidense, Ellen Gould Harmon de White (1827-1915), quien afirmaba haberse comunicado directamente con Dios a través de un ángel y que le había explicado que no se trataba en realidad del fin del mundo como había predicho el Sr. Miller, sino del inicio del periodo del fin del mundo, conocido como el periodo de la Gran Encuesta de la que sólo al final se habrían de salvar únicamente sus conversos. Los milleristas impulsados fuertemente por las ideas nuevas de la Sra. Harmon que, en nueve volúmenes escribió las Revelaciones celestiales que se sucedieron en las Tablas de la Ley Adventista y que se conformaron en torno a la Iglesia Adventista del Séptimo Día, también tienen la prohibición de aceptar las transfusiones de sangre, además de las de comer carne de cerdo, beber café o té. Imponen ellos el diezmo como aportación de cada uno de sus miembros a la congregación y profetizan la lucha que habrá de librarse contra ellos por parte de los católicos cuando se llegue el fin del mundo . Llegado el momento los adeptos a su Iglesia habrán de ser auxiliados por ángeles tras los cuales vendrá Jesucristo montado a caballo. Resucitarán entonces los Justos y serán llevados a la Gloria en carruajes alados. De extraordinaria y sobresaliente fuerza también, es la historia de la Sra. Mary Baker nacida en una granja de Bow, New Hampshire. E.U.A. el 16 de julio de 1821 y fundadora de la Ciencia Cristiana, ideología religiosa o «secta» que enfatiza la curación de los pacientes como un elemento esencial para la salvación de la humanidad en su conjunto. Dicha curación por mediación de la Ciencia Cristiana se aparta sensiblemente de la curación por la fe a secas, los métodos sugestivos o incluso de la psicoterapia ya que no se trata de tener una fe ciega, sino guiada siempre por la comprensión de Dios como verdad y amor infinitos que conducen a la mente humana hacia él. La Sra. Baker (la lisiada histérica calificada así por el neurólogo y psiquiatra español, Gonzalo R. Lafora) que evidenciaba desde la infancia una naturaleza enfermiza, poseía así mismo un temperamento muy fuerte capaz de dominar a los demás y de lograr todo lo que se proponía con una tenacidad admirable. Su carácter catalogado como neurótico fue moldeado en un ambiente familiar de rígidas creencias calvinistas de las que se apartó no sin fuertes sinsabores de adolescente contestataria y crítica. Padeció severas y frecuentes crisis religiosas-físicas que le llevaban a la cama por períodos prolongados que aprovechaba para profundizar en lecturas religiosas e iniciarse en la práctica de ciertos sistemas terapéuticos como la homeopatía y el espiritualismo. Luego de dos matrimonios tormentosos y llenos de sinsabores y problemas trabó amistad con el Sr. Phineas Parkhurst Quimby, relojero y maestro espiritual que gustaba de realizar curaciones por medio de la fe y quien, al morir, le dejó como herencia un manuscrito que guardaba celosamente. La Sra. Baker aderezó el voluminoso manuscrito con innumerables citas interpretativas de textos bíblicos hasta darle forma final a su obra Ciencia y salud con la llave de las Escrituras que vio la luz pública en 1875 con un éxito asombroso. Para la medicina alopática oficial, la Ciencia Cristiana representa un comprensible reto porque su modelo de enfermedad o alteración se sustenta en la premisa de que ésta es algo irreal o ilusorio . Están convencidos de que el enfermar es sólo el producto de un raciocinio equívoco; que todo se debe a un desatino consciente o inconsciente y que la única forma de resolverlo radica en conocer cuál fue el origen de la idea perturbadora y contrarrestarla mentalmente negándola con apoyo de las palabras de Dios: «... Yo soy la resurrección y la vida; el que creyere en mí aunque estuviera muerto, vivirá; y el que viva y creyere en mí nunca morirá.», «Busca primero el reino de Dios y su rectitud y todas las demás cosas te serán dadas.» La Ciencia Cristiana escinde también al ser humano en mente y cuerpo privilegiando a la oración y la fe para oponerse a la enfermedad, el mal, que no puede tener por lógica un origen divino. Los Practicantes de la Ciencia Cristiana de forma general y amplia son informados previamente de que los “casos” que habrán de tratar serán, en una gran mayoría, difíciles e infructuosos a pesar de la oración. Posiblemente el fracaso se deba a que el sufriente no encuentra la guía divina en la que debe depositar toda su fe. No se trata de una autocuración, si ésta llega, por medios individuales sino por la influencia directa y orientada por Dios. Se estimula entonces de forma reiterada al sufriente a que asuma una actitud férrea frente a sus problemas luchando con amor, comprensión, paciencia y oración. Cada domingo por la mañana llegan a la Iglesia central de Boston, en E.U.A., como en otros lugares en el mundo, las personas previamente aceptadas por ella, leen versículos de la Biblia y partes seleccionadas de la obra de la Sra. Mary Baker-Eddy (la “papisa de Boston” como se le llegó a conocer), cantan a coro y con vehemencia algunos himnos y terminan intercambiando testimonios varios sobre la cura, por medio de su religión, de sus múltiples alifafes.
Aquí en nuestro país operan oficialmente 285 sectas y miles más de forma extraoficial. Muchas de ellas corresponden a la clasificación de "sectas destructivas" en la que las personas que lo integran siguen un movimiento religioso o ideológico en el que se ejerce el control mental y cuyas consecuencias pueden ser peligrosas tanto para sus propios miembros como para el resto de la sociedad y rayar en la violencia con enfoque suicida, homicida o genocida, enmascaradas bajo la fachada de asociación cultural, deportiva, política, religiosa o de atención a problemas de salud, entre otras, donde persuaden coercitivamente a sus miembros mediante la seducción, la impronta de ideas apocalípticas y mesiánicas sobre las que impere la salvación o la curación, al tiempo que se allegan de jugosos recursos económicos para perpetuar e incrementar el nivel de su influencia, poder y control de la persona y su entorno. Estas sectas en algunos países han sido catalogadas como destructivas o peligrosas y por lo mismo prohibidas, por lo que a menudo actúan en la clandestinidad.
Recuérdese la denunciada Secta Neo Nazi que infiltró al gobierno federal del PAN en México (Jacobo Zabludovsky. El Universal, 21 de enero de 2013). ¿Qué sabe usted acerca de las siguientes sectas: La Nueva Jerisalén, Narcosatánicos, La Santa Muerte, Misiones de Shaddai, Iglesia Cristiana Restaurada, Iglesia de la Luz del Mundo, Cienciología o Defensores de Cristo? Contra el avance creciente de éstos movimientos sectarios, como ha ocurrido en Francia por ejemplo, se emitió la Ley About-Picard del 12 de junio de 2001 para fortalecer la prevención y represión de los movimientos sectarios que afectan a los derechos humanos y las libertades fundamentales. Dicha ley refiere que puede ser impuesta, conforme a lo dispuesto en el su artículo inicial, la disolución de toda persona moral, independientemente de la forma jurídica de su objetivo legal, que lleve a cabo actividades con el propósito o el efecto de crear, mantener o explotar el sometimiento psicológico o físico de las personas que participan en dichas actividades, cuando éstas se realizaren en contra de la corporación, de ellos mismos o de sus dirigentes, de derecho o de facto, con condenas penales firmes por una u otra de las infracciones que en seguida enumeran.
Podríamos preguntarnos entonces, ¿cuándo se establecerá en México una Ley contra daños ocasionados por Religiones o Sectas?

lunes, 5 de agosto de 2013

De los médicos.

CONCEPTOS DEL SIGLO XIX SOBRE LOS MÉDICOS
© DR. Xavier A. López y de la Peña
Uno de nuestros más ilustres historiadores mexicanos, Francisco de Asís Flores y Troncoso (1852-1931) en su enorme aunque cuestionada obra -su Tesis recepcional de médico, título que por cierto, nunca obtuvo-, Historia de la medicina en México desde la época de los indios hasta el presente, publicada en 1888, tomamos las siguientes observaciones hechas como una auto reflexión del autor sobre la moral médica de sus tiempos y que nos recuerda, aún hoy, la frase de que “no hay nada nuevo bajo el sol”. Vivir para los demás, y antes que todo ser médico, y vivir todo para los médicos y la Medicina: he aquí dos de los principales aforismos de dos distinguidos médicos, aforismos que la moderna filosofía ha incrustado en el código de moral del médico, marcándole el camino que debe seguir en el espinoso calvario de la práctica.
He aquí en pocas palabras, cual es, por lo general, para con la sociedad en que vivimos, el carácter del médico mexicano. El médico nacido en esta bellísima parte de América, es afable en el trato, cumplido caballero en su conducta, medido en su lenguaje, tan reservado como las circunstancias lo exigen, y caritativo hasta donde le es posible con el humilde y con el necesitado. Y no debía ni podía ser de otra manera. Corriendo por sus venas la sangre latina bajo sus varios matices, y la sangre indígena pura y sin mezcla, tiene la galantería que distingue a los hijos de Francia, el fuego de los hijos de Italia, la hidalguía española, la reserva y prudencia de las razas indias, y la caridad, atributo común de todas estas razas. Todo esto no quiere decir, sin embargo, que no haya personas que conservan la fama de que fueran altamente groseras para tratar a los enfermos; pero a la verdad se puede asegurar que son pocos, y que generalmente sólo lo son los médicos jóvenes, que orgullosos con la pedante erudición que han sacado de las aulas, que empiezan a ejercer con aspereza la profesión, hasta que después de no pocas severas lecciones que les da la experiencia y de miles de reveses, se empiezan a hacer asequibles y después afables para tratar a sus clientes, aun a los menesterosos, que en último análisis no son sino el primer escalón por donde han empezado a ascender a sus respectivos puestos todos los médicos.
Actualmente, la moderna filosofía positiva (siglo XIX) ha inculcado en la conciencia de nuestros jóvenes facultativos saludables principios. Ella ha prohibido las conferencias secretas; ella ha hecho excluir del ejercicio las prácticas reservadas; ella ha proclamado muy alto la conveniencia de la unión de todos los miembros del gremio, y ella, en suma, ha recomendado a los hombres todos, que en los actos de la vida, tanto los públicos como los privados, nunca esquiven la responsabilidad de sus actos, haciéndolos públicos, con lo que ha puesto un hasta aquí a los abusos e inconveniencias que todas estas prácticas antiguas traían consigo. Actualmente en nuestro ejercicio, como decía el Sr. Erazo, “... La responsabilidad empieza en donde la conciencia acaba, y esta no falta al médico cuando no se aparta de los hechos repetidos y bien observados”. Hay, sin embargo, dos defectos capitales en algunos de nuestros médicos: el escepticismo en algunos, la poca o ninguna caridad en otros. Ya es necesario que abandonen muchos de nuestros prácticos ese escepticismo sobre los alcances de nuestra terapéutica, y esa incredulidad sobre las conquistas efectivas de algunos estudios modernos, como la Histología y la Histoquimia, conquistas que sólo juzgan como meras ilusiones de óptica o como creaciones de la fantasía; pues si bien sería un gran defecto la credulidad extremada, el escepticismo no puede menos de traer en el médico el desaliento; la poca o ninguna fe en el desempeño de la sagrada misión de su sacerdocio, que ejerciéndolo sin conciencia, queda reducido a una simple superchería, y el hastío, cuando el médico, el primero, no debe olvidar en ninguna circunstancia de la vida, que su profesión, la Medicina, no es jamás estéril, en la absoluta acepción de la palabra, pues que, como Auber ha dicho, cuando no alcanza el bien que se propone, vigilante y bienhechora consuela y fortifica al enfermo, y esparce a su derredor el perfume saludable de la esperanza, don el más precioso de todos.
Y ¿qué decir de la falta de caridad de algunos de nuestros compañeros; de esa caridad, don inestimable, de que debieran estar dotados más especialmente todos los médicos sin excepción, cualesquiera que fueran sus ideas y sus creencias? ¿Qué decir de los médicos avaros que se hacen pagar con usura un renombre adquirido quizás en medio de las vicisitudes de la vida; que no dan un paso, que no distraen una mirada, ni menos pierden el tiempo en recetar a un paciente, si antes no les asegura una exagerada recompensa, y que, en cambio, cuando ven en lontananza un pingüe negocio, se despierta en ellos una febril actividad? No podemos decir otra cosa sino que son mercaderes de la profesión. Felizmente esta clase de tipos escasean entre nuestro distinguido cuerpo facultativo, y no forman sino excepciones, excepciones que en todas partes y en todos los tiempos ha habido siempre y habrá mientras la humanidad sea humanidad. Y estos médicos debieran recordar que si la vida, como dice Auber, se revela en el estremecimiento de la sensitiva; sí se manifiesta en el movimiento de los astros y de los animales; sí se pinta en los trabajos de los hombres, y sí se contempla en la creación: la más bella y sublime manifestación de esta vida es su encarnación en los actos de la caridad hechos en los semejantes, pues que no debieran olvidar que el hombre, sin esa virtud, es como cuerpo sin alma, como flor sin perfume, como música sin armonías y como día sin aurora y sin crepúsculo. Al médico, en efecto, como dice Cabanis, es a quien toca llevar caritativo, al enfermo dolorido, los consuelos más dulces de su profesión; él es quien puede penetrar más adentro en la confianza del infortunio y de la debilidad, y él es quien puede verter sobre sus llagas el bálsamo saludable de la caridad.
Pero es necesario confesar también que para que el médico pueda dedicarse enteramente a su sacerdocio, debe buscar en los enfermos, según decía un antiguo profesor mexicano, el Sr. Robredo, tres cualidades que no en todos se hallan: fe en la Medicina, esperanza de la curación y caridad con el médico, y esta última, generalmente escasea mucho entre nuestra sociedad, que pretende exigir del facultativo más de lo que permite la filantropía universal; cometiendo con él frecuentes abusos; negándole sus honorarios; escatimándoselos cuanto puede, creyendo que por sólo el hecho de ejercer tan abnegada profesión está obligado a todo; que para él no debe haber descanso que apetecer, ni necesidades urgentes que llenar, sino que debe ser su verdadero esclavo: errores todos contra los cuales ya es tiempo de protestar. No es justo permitir, y hagámoslo así saber muy claro a la sociedad, que se nos reciba al tocar la alcoba de los enfermos y se nos despida al salir del dintel de las casas, llenándonos de bendiciones y recordándonos el premio que Dios tiene asignado a la caridad, pero sin pagarnos los justos honorarios, porque los médicos, lo mismo que los miembros de las demás profesiones, tenemos también necesidades que satisfacer, y obligaciones que llenar, y deber es de esa sociedad a quien servimos, contribuir con su óbolo para nuestro conveniente sostenimiento y para el de una vida consagrada toda al alivio de los dolores de la humanidad. Respecto de las relaciones que guardan nuestros médicos entre sí, sólo podemos decir, que creemos que, como en todas partes, es imposible hacer desaparecer esas jerarquías que hacen establecer la edad, el talento y el dinero.
En tesis general, creemos, pues, poder decir, que los preceptos de la moral médica forman el decálogo supremo de la mayor parte de los médicos mexicanos. De ellos podemos asentar con el eminente facultativo español Gimeno: que en la cátedra pública donde vierten las semillas del saber; que en la práctica de las ciudades donde tiemplan y consuelan las amarguras de las miserias que dora el vicio y en la de los pueblos donde sufren los tormentos de la ignorancia; que en los tribunales ante los que dirigen la justicia con el recto criterio de la ciencia que nunca transige más que con la verdad; que en los hospitales cuya atmósfera agota su salud; que en el lazareto cuyos peligros no les arredran; que en el buque perdido en lejanos mares donde sufren las soledades y las inclemencias del elemento; que en el manicomio frente a frente del sombrío sueño de la razón que procuran sondear; que en el campo de batalla en donde no pocas veces de fríos espectadores se convierten en valientes soldados; que en todas partes, en fin, donde hay algo que enseñar, dolores que disminuir, desgracias que atender: en donde quiera se les encuentra, siempre heroicos y serenos siempre, consoladores y sublimes, pues que la ciencia los inspira, la caridad los guía y la ciencia los sostiene. Y aquí debemos consignar, que si esa moral los guía, y si observan sus preceptos, todo no es sino por inspiraciones naturales de su corazón, pues que si en un tiempo (todavía en el año de 1860) se les inculcaba en la Universidad esas enseñanzas, en nuestra Escuela nunca las ha habido y casi son desconocidas, no obstante que son tan necesarias para la juventud, que poco avezada a las peripecias de la vida práctica, necesita ahora, más que nunca, de sabios consejos, de buen ejemplo y de la enseñanza de sanas y severas prácticas.
Para terminar, nos atreveríamos a afirmar sin hipérbole, del gremio médico mexicano, parodiando lo que decía del Cuerpo francés el célebre Conde de Salvandy: que por sus condiciones de estudios, por sus luces, por sus servicios, y, lo que vale más aún, por su abnegación siempre caritativa y frecuentemente heroica, es una parte esencial y considerable de la sociedad mexicana, y que su constitución importa a los intereses más caros y elevados del Estado.

miércoles, 10 de julio de 2013

Surrealismo

XILITLA.
© DR. Xavier A. López y de la Peña.
Porque he visto tanta belleza como rara vez se puede ver, estaré agradecido de morir en este pequeño cuarto, rodeado de la floresta, de la gran penumbra verde de los árboles, mi única penumbra –y del murmullo, el murmullo del verdor [...]
Edward James
La capacidad creativa del ser humano es enorme. Sus derroteros son también disímbolos y amplísimamente contrastantes, sin embargo, el crear algo es inherente a la humanidad. Bien lo dice la frase que “de músico, poeta y loco todos tenemos un poco” para señalar el deseo artístico y creador de cada uno de nosotros. Edward Frank Willis James (1907-1984) mejor conocido en México como “el inglés”, es uno de los personajes que dejó en un lugar conocido como Las Pozas en Xilitla, S.L.P. una muestra de su capacidad creativa desbordada. Incrustada en la Huasteca potosina y sobre un accidentado terreno sobre la ladera del monte Xilitla (lugar de caracoles) se extiende el desarrollo onírico-quimérico-creativo del “inglés” sobre una superficie agreste de 40 hectáreas.
Durante el recorrido de esta muestra arquitectónica surrealista la razón y el corazón chocan (esta es una interpretación personal) y plantean preguntas ávidas de respuesta: ¿qué sentido tiene construir tantos elementos obtusos, inútiles e inertes en medio de una maravillosa infraestructura natural palpitante y desbordante de vida? ¿Porqué se dilapidan 5 millones de dólares en irreales construcciones coloridas en el centro de una comunidad con necesidades sociales primarias insatisfechas?
La obra considerada artística (de hecho, todo lo es) despierta emociones varias en el espectador si le mira o le escucha. Puede agradarle o desagradarle, sus tonalidades, su textura, sus combinaciones, su representación, su forma, su contenido, su expresión, su idea, etc. La casa del “inglés” en Xilitla causa emoción ciertamente. Es la expresión concreta de una mente atormentada por el hastío con fuertes rasgos psicopatológicos y posiblemente influenciados por drogas psicotrópicas. A los 15 años de edad -recuerda el mismo Edward James- “un día en presencia de mi madre, estallé en sollozos incontrolables y sólo pude explicarme diciendo: ¡Ya no puedo soportarlo más... no puedo... no puedo!” La naturaleza vívida, incontenible y exuberante engulle progresivamente la obra del “inglés” sobreponiéndosele. Hace falta mucho esfuerzo humano para mantenerla a raya, contribuyendo con ello a lucirla como “una obra incorporada” al paisaje natural. Desbordada la imaginería combinando formas y colores, la obra del “inglés” mezcla intrincados simbolismos entre los que destacan las escaleras que llevan a ningún lugar y las puertas o ventanas que no se incorporan a nada. Una representación de búsqueda sin encuentro, un destino incompleto, una insatisfacción expresada íntimamente. La construcción “jamesiana” como todo constructo surrealista en totalmente impráctico, arquitectónicamente opuesto a lo funcional y útil. Tiene también su expresión religiosa con la vereda de las serpientes que nos muestra a siete serpientes de piedra proyectándose desde el suelo y que representan a los siete pecados capitales, la plaza de san Isidro y la puerta de san Pedro y san Pablo. Incongruencias no sólo estéticas sino reales como la bóveda de los murciélagos que tiene en uno de sus muros un altorrelieve con motivos egipcios presididos por Ra, el dios sol de su mitología, en contraposición al quiróptero al que se le dedica, conocido como el rey de las tinieblas o de la noche.
Edward James incorporó al paisaje de Las Pozas su inconsciente probablemente atormentado y retuvo a la misma naturaleza en libertad en jaulas (casa de los flamencos, casa de las aves, casa del ocelote, casa de los pericos, corral de venados, casa o bóveda de los murciélagos, templo de los patos) en un acto de posesión del entorno estático y dinámico como diciendo: yo soy yo y la naturaleza. Su obra es la obra de un solitario luchador por conocer su destino, por conocerse a sí mismo en una expresión artística surrealista en que campean los símbolos inacabados de su vivir sin sentido. La obra de un ególatra que se asume como única parte de la naturaleza, la expresión misma de la primera persona del singular dejando fuera a todos los demás. Una plancha de cemento en la parte alta de la selva de Las Pozas, con la forma del cuerpo del “inglés” en la que solía recostarse a reposar rodeado de velas encendidas, constituye el monumento a tal aseveración.
Las Pozas, en Xilitla, S.L.P. fue el oasis en el que el “inglés” Edward James sació su sed de identidad incorporando al paisaje sus sueños, sin integrarse al suelo potosino o mexicano, sin aprehender la esencia de lo humano a su derredor. Nada de lo construido tiene visos de la más mínima influencia mexicana, ni siquiera un nombre de raigambre local como podría haber sido “papalotitlán” (lugar de las mariposas) en alusión a estos lepidópteros tan abundantes en ése lugar. Columnas, arcos, flores estilizadas, caminos, puentes, puertas y ventanas evidencias su armamentarium cultural neogótico delirante y en ofrenda a sus mentores y admirados que no disimula en homenajear: Max Ernst y Henry Moore. Conoce a Leonora Carrington y Salvador Dalí a quien patrocina y a muchas otras personalidades; vive de la imaginería fantástica y pretende conocerse al través de los intrincados laberintos del surrealismo. Su vida se expresa de esta manera: inexplicablemente, y su contacto con Erich Fromm en México tal vez no fuera sólo casual y le hubiera ayudado a tratar de descifrar su psicopatología desde el punto de vista profesional. Su huella en tierra mexicana lucha por perpetuarse contra los embates de la naturaleza que engulle inmisericordemente la obra del “inglés”. Los mexicanos que le sirvieron no dejaron en él ninguna huella aparente. El tampoco dejó una huella de humanismo en México. Las Pozas, Xilitla, S.L.P. fue un accidente en la vida agitada de Edward James, como podía haber sido un lugar en Borneo, Paraguay o en el archipiélago Malayo. Edward James viajaba y vivía buscándose. La obra del “inglés” se muestra como un monumento a la egolatría, una expresión artística que combina formas y figuras caprichosas entremezcladas con la naturaleza feraz de Las Pozas, Xilitla, S.L.P. cuyas estructuras antaño coloridas se muestran desteñidas, sin calor. Asombra, ciertamente, la capacidad creativa del “inglés”. Su obra contrastante en competencia desleal con la naturaleza del lugar dejó, sin embargo, su huella fría en monumentos de piedra, carentes de calor, ausente del tú y del nosotros.
Al conocer la “casa del inglés” me sentí ausente; nada me ligaba gustosamente al surrealismo circundante en el medio de su arquitectura fantástica. Admiraba la capacidad creadora en sus formas delirantes y sufrí el vacío de Edward James. El poeta y loco que luchaba afanosamente por su identidad, el ególatra que se hacía llevar en andas por los caminos inhóspitos de su contra-naturaleza ideológica radicada en Xilitla como un faraón, dueño y señor de su mundo privado.
Las Pozas, Xilitla, S.L.P., en el mismo corazón de la Huasteca potosina es el monumento surrealista a la memoria del inglés Edward James, el multimillonario que tuvo todo sin tener nunca nada. Un derroche de recursos integrados al paisaje selvático de la ladera del monte Xilitla sin ningún ápice de sentido social. Un mausoleo irreal a la imaginería del yo: Edward James. El solitario añorando morir solo como siempre vivió.