lunes, 9 de enero de 2017

Prosperidad

Vigilando, laborando y meditando todas las cosas prosperan. Salustio (Caius Sallustius Crispus). 83-35 a.n.e.
© DR. Xavier A. López de la Peña
La forma de entender el término prosperidad podrá variar algo de una persona a otra en consideración a que hace alusión al curso favorable de las cosas; buena suerte o éxito feliz en lo que se emprende, sucede u ocurre.
En nuestra sociedad occidental la prosperidad suele referirse directamente a la acumulación de bienes materiales, muebles o inmuebles. No suelen apreciarse los avances, logros o metas en el terreno moral o espiritual; ello -se considera- no tiene valor de cambio. Es próspero por tanto el que, día a día puede tener y de hecho tiene más cosas como casas, terrenos, joyas, refrigerador, modular, antena parabólica, automóviles, cuentas de cheques, inversiones en las Islas Caimán, maquinaria, ropa, viajes al extranjero, cenas fuera de casa, reuniones sociales, etc.
Si acostumbramos ver al vecino con su misma bicicleta o automóvil de hace 10 o 20 años, que no remodela su casa con frecuencia, si no viaja a París, Ámsterdam o cuando menos a Cancún o bahías de Huatulco con frecuencia se suele suponer que no prospera, desde esta perspectiva. Si el país enfrenta una creciente deuda externa y una dependencia económica consecuente del extranjero de manera inacabable, también sabremos que no prospera. La prosperidad guarda una relación directamente proporcional con lo que se posee o lo que se puede poseer efectivamente.
¿Qué se requiere para prosperar? ¿Por qué unas personas prosperan y otras no? ¿Será acaso la fortuna veleidosa que se niega y que no llega?
La prosperidad la da indudablemente el trabajo y sus consecuencias materiales. Trabajar y trabajar. No hay otra fórmula ni nada de magia o suerte en ello. Sin embargo, el trabajo requiere de ciertos elementos que le acompañen; el trabajo debe ser creativo, productivo, bien hecho. Cualquier cosa que se haga debe hacerse bien, cuando menos hacer todo el esfuerzo posible porque así sea. Con puntualidad, ordenadamente, con seguridad y disciplina. Creer en lo que se hace. En esto radica uno de los aspectos valorativo del trabajo.
El trabajo, sin embargo, debe llevar también un sentido de equidad y de justicia, no sólo el trabajar denodadamente a tontas y a locas. Ello le da así sentido humano al quehacer, le dignifica. Cobrar lo justo y pagar lo justo por determinado trabajo o servicio bien hecho. Así, el que trabaja gana y tiene, y por consecuencia prospera bajo estas premisas, será efectivamente una persona próspera legítimamente. Si de forma contraria se trabaja cobrando de más, o pagando de menos por el trabajo o servicio prestado y éste mismo es deficiente y, aun así se gana dinero, se prosperará ilegítimamente. Piénsese para este último caso en el constructor de viviendas o carreteras, o puentes, o presas o... que, por compadrazgos y después de haberle embarrado la mano con dinero al que otorga una u otra autorización, utiliza material de calidad inferior a la estipulada para “hacerse” de una ganancia adicional en el negocio.
El trabajo próspero y legítimo también requiere de un ambiente propicio para desarrollarse. Para que el mismo sea justo y equitativo, debe campear en un medio que fomente y proteja la justicia en las relaciones de trabajo; con la ley. Y para que haya ley se requiere la existencia de un Estado de Derecho.
Del Estado de Derecho emanado de una ley no sólo escrita en el papel, sino de una ley efectiva que dé a los ciudadanos certeza y confianza en los procesos controversiales que se puedan suscitar o se susciten. Si el trabajo o el servicio prestado se producen en un régimen sin leyes, sin Estado de Derecho actuante y eficaz, el trabajo dará al traste. Nada de lo que se haga podrá servir para hacer a la persona próspera si su trabajo no está tutelado por leyes que se hagan cumplir y que se cumplan de forma justa y equitativa.
¿Cómo se puede entonces prosperar en forma individual y colectiva en un país si el trabajo de unos y otros no se desempeña bajo un Estado de Derecho? Si la ley es realmente letra muerta, la prosperidad de algunos o de muchos tendrá por cierto que ser ilegítima y medrará por todos lados. Las fortunas habidas entonces dejarán entre los ciudadanos un muy mal sabor de boca. Tendrán un substrato de injusticia y de inequidad: serán mal habidas seguramente.
El trabajador consciente de su trabajo bien hecho se sentirá por ello mismo trabado en una maquinaria en la que campea la injusticia impidiéndole prosperar.
Pensemos en un negocio cualquiera. El dueño del mismo, hoy quizá próspero -de acuerdo al concepto de prosperidad citado- seguramente debió lidiar a troche moche contra ineficiencias, corruptelas, abusos, intolerancias, chicanadas y mil y una formas posibles de hacerle “complicado” el salir adelante por parte de la o las autoridades correspondientes. Él mismo, aunque siempre con trabajo, debió recurrir al mismo tipo de maniobras para sortear el accidentado camino hacia la prosperidad. Este es el resultado de la lucha en el trabajo que se libra día con día a causa del substrato y fermento que, en nuestra sociedad, deja un Estado de Derecho cuestionable. Prosperamos sí, pero prosperamos a la décima parte de lo que podríamos prosperar si todos nos ajustáramos y viviéramos en un verdadero Estado de Derecho.
Debemos entonces, y ésta es la propuesta, asumir el compromiso de trabajar, y con ello prosperar, luchando y propugnando a la vez por la valía de las leyes, en orden, con disciplina, reconstruyendo el Estado de Derecho tan deseable en México para poder allanarnos el camino hacia la prosperidad legítima, bien habida. Un Estado de Derecho a su vez, bien consolidado y respaldado por todos nos librará en forma progresiva de la corrupción, el cáncer social que se nutre del derecho mermado, de la ley omisa, la ley equívoca o la ley escrita en letra muerta.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Poesía y Ciencia.

En ciencia uno intenta decir a la gente, en una manera en que todos lo puedan entender, algo que nunca nadie supo antes. La poesía es exactamente lo contrario.
Paul Adrien Maurice Dirac (1902-1984)
© DR Xavier A. López y de la Peña
Comparto con los lectores esta vivencia que tuve hace algún tiempo.
El escenario estaba determinado de antemano. El autor presentaba su obra escrita: “El animal sin manada” de manera verbal y pródigamente aderezada con gesticulaciones, manejo de luces y apoyos varios que incluían juguetes, cuentas, velas, linternas, fósforos y fuego.
La obra escrita que expresaba las vivencias de su autor, era transmitida de esta manera a los espectadores (nosotros) en un marco teatral festinado por las diversas escenografías que el museo ofrecía. Sí, la presentación de este libro fue en un museo. Precisamente en el Museo de Historia Natural de la ciudad de México.
No dejo de asombrarme por la capacidad creadora del ser humano, independientemente de que mi respuesta pueda ser y sea parcial o totalmente opuesta a la de otros. Cada quien percibe «su realidad» bajo diversos constructos. Por esto no resistí la tentación de expresar aquí mi sentir ante este acontecimiento del que fui testigo y actor involuntario (voluntario -debo aclarar- porque yo decidí asistir, involuntario porque fuimos incluidos todos los asistentes en la representación) en consideración al conflicto sentido entre la poesía y la ciencia.
La presentación de este libro por su autor en el referido museo, contaba además con la presencia de un hombre dedicado a la ciencia en el capítulo de las ciencias de la vida animal. En tanto que el escenario se tenía y entretejía entre los diferentes módulos museográficos, el público era trasladado de uno a otro de éstos, guiado sólo apenas por las tenues luces que a diestro y siniestro nos conducían los presentadores.
De fondo, y sin poder ver a su ejecutante, se escuchaba el sonido armónico de un violín solitario que dejaba salir una composición lánguida y melosa al ritmo que su intérprete imponía. En cada cambio de escenario se entremezclaban el sonido del violín con una grabación de fondo que dejaba escuchar un montaje de naturaleza con aullido de lobos, la alharaca de las chicharras y silbidos de mil y un habitantes nocturnos.
El autor, hacía gala de una impronta histriónica bien estudiada, artista al fin. Mientras decía alguno de los versos que contenía su libro, ya sentado de lado en una banca e iluminándose el rostro desde abajo con la luz de una linterna sorda, o jalando lentamente una cuerda atada a un barco de juguete desde la parte alta de un módulo que representaba un pasaje del pleistoceno, marcaba al público definitivamente.
El científico alternaba con el autor en una extraña combinación. Mientras este último se preparaba para la siguiente escena, el científico exponía su improvisada poesía científica hablándonos de la mano del ser humano como de las “alas que han guiado a la humanidad en el pasado, el presente y al futuro”. Metáfora sutil que unía la fría idea de la característica humana biológica con el encanto alado transportador del ayer y el mañana en el hacer cultura. Cantos diversos de ballenas en uno y otro lado del mundo estructurados en armonías particulares como señal de “cultura” y más.
El público (nosotros) también era así mismo un público sui generis. Resaltaba el maquillaje mortecino en las mujeres que les hacía lucir un aspecto cianótico por la moda del color obscuro del lápiz labial y de la pintura para las uñas simulando una cardiopatía cianógena avanzada en el humano, en este momento sano. Un sombrero aquí y allá parecido al que utilizan las indígenas peruanas; moda light en todo caso, atizada de post-modernismo y generacionalmente también post-pop. El vestir masculino no se quedaba atrás, ropa negra mayoritariamente, nada de corbatas -como señal velada de rechazo eterno al establishment- , mezclilla y rayón; barbas de intelectualidad tocadas simétricamente por canas; amaneramiento profuso.
Ciertamente la expresión artística por medio del verso como se define a la poesía, daba a la obra del autor un carácter muy particular, dejando entre su público aquél encanto indefinible que halaga y suspende, conmueve y deleita en el ánimo por un lado, o pasa sin trastornar la sensibilidad. Creación al fin. Se recreaba un ambiente mágico en el medio de un escenario brutalmente natural. Poesía y ciencia entrelazadas por la palabra y el sentimiento. Corazón y razón. Ambos vibrando con el «impulso sensible» a la tónica que describiera Federico Schiller (1759-1805), y que habría de expresarse en esta presentación bajo su concepto universal que es la vida; dando el objeto de este impulso para valorar sus merecimientos estéticos a su aserto de que “a la libertad se llega por la belleza” . Libre fueron los actores y libre el espectador de juzgar la obra según sus apreciaciones ¿Libres? sí, no obstante con aquella libertad acotada y modelada por las vivencias de cada quien y por la que nos imponen los demás.
La creación artística ilimitada siempre, busca transmitir el “impulso sensible” del autor como en el caso presente a sus espectadores, de la misma manera como las vibraciones que el tañido de una campana emite se transmiten a cada tímpano que les recibe. El proceso de tal información ocurrida en el cerebro de cada quien, ya es otra cosa. Para unos podrá percibirse como un sonido estrepitoso en tanto que otros, podrán considerarlo como un llamado del gong tañido en un lamasterio tibetano.
La poesía y la ciencia no se oponen, se complementan como se hizo en esta presentación. Cada uno con su lenguaje y sus formas, cada quien con sus “sentires” y elementos expresivos.
La Divina Comedia de Dante Alighieri que nos ofrece diálogos filosóficos y teológicos con Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura y Salomón, y los Miserables de Víctor Hugo para mencionar sólo algunos ejemplos nos pueden conmover hasta las lágrimas, como también puede hacerlo el contemplar la primera representación espacial del ADN (ácido desoxirribonucleico) elaborada por Watson y Crick expuesta en un museo de París o el comprender la magnificencia que encierra la ecuación que explica una posible nueva forma de materia llamada partícula Z(4430), elemento con una masa que supera a la de los protones y que tiene carga negativa. Hay poesía en la ciencia como hay ciencia en la poesía.
El siguiente poema titulado “Ceniza, la hermosura” de Francisco López de Zárate (1580-1658) combina átomos con flores y polvo. Encuéntrense la ideación científica que en su primera parte nos muestra al sol vívido de explosiones termonucleares en un aparente proceso inacabable.
Átomos son al sol cuantas beldades con presunción de vida siendo flores, siendo caducos todos sus primores respiran anhelando eternidades. La rosa ¿cuándo, cuándo llegó a edades con todos sus fantásticos honores? ¿no son pompas, alientos y colores rápidas, fugitivas brevedades? Tú de flor y de rosa presumida, mira si te consigue algún seguro ser en gracia a todas preferida; ni es reparo beldad, ni salud muro, pues va de no tener a tener vida ser polvo iluminado o polvo oscuro.
Este otro de madame Marie Curie que plasma el difícil trabajo que se exigía en su dedicación a la ciencia:
«¡Ah, cómo la juventud del estudiante transcurre amargamente, mientras que a su alrededor, con eterna pasión lozana, otros jóvenes buscan ávidamente los fáciles placeres! ¡Y no obstante, en su soledad vive, oscura y feliz, pues en su celda halla la fuerza que hace inmenso el corazón! Mas el tiempo bendito se esfuma, pues debe abandonar el país de la ciencia para luchar por su pan en los grises caminos de la vida. …Y muy a menudo, el espíritu fatigado vuelve bajo los techos de este rincón siempre amado por su corazón, en donde albergaba la labor silenciosa y en donde quedó un mundo de añoranzas».
O en este reciente de Benjamín Valdivia (1986) cual descriptor poético de la muerte, reino eterno de la entropía a la que nos accesa Carón el barquero del Aqueronte:
Un día hilará sobre mi voz el sopor último. Y los cordeles que tendones eran del duro barco de los huesos han de ceder al peso inmóvil de este tiempo, certero apaleador. Una piedra que casi puedo ver tiene mi nombre sobre la tierra de ceniza. Tamiz el cielo. Otros vendrán, acaso en ellos teje versos el aire, de nueva cuenta su primer gemido.
Si la ciencia se define como el tipo de conocimiento sistemático y articulado que aspira a formular, mediante lenguajes apropiados y rigurosos, las leyes que rigen los fenómenos relativos a determinado sector de la realidad , la poesía expresa en su sentir y mediante la palabra la comprensión estética de aquella realidad que definiera o tratara de definir la ciencia. Miradas aparentemente disímbolas enfocadas hacia la “explicación” de una misma realidad: todo lo que atañe al ser humano.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Por una medicina defensiva.

Esto es, no ofensiva.
© DR. Xavier A. López y de la Peña.
Hay médicos porque hay enfermos. El enfermo así es causa y razón de la medicina. El médico es la persona que se ha dedicado a rescatar del sufrimiento y de la enfermedad a otra persona para con sus acciones procurar devolverle la salud.
El médico se ha convertido en el luchador contra el mal -la enfermedad- que con el paso del tiempo y la evolución tecnológica ha adquirido una amplia gama de destrezas y conocimientos que le ha alejado cada vez más -emocional y físicamente- del mismo enfermo. Así el estetoscopio representa simbólicamente el distanciamiento físico por excelencia entre ellos.
La relación ideal médico-paciente se caracterizaba comúnmente por una comunicación estrecha personal que llevaba a un conocimiento mutuo profundo entre ambos. Médico y enfermo constituían un todo que rebasaba los límites de la simple enfermedad para ser con cierta frecuencia amigos, compadres o establecer vínculos familiares.
No es mi intención parecer nostálgico, la sociedad y su cultura han modificado esas estructuras y nosotros como miembros de la misma hemos contribuido de alguna manera a que las cosas sean así. Sin embargo, algo que subyace en el quehacer médico y le mantiene por encima de todo es el deseo de ayudar al semejante que sufre. Esta es la cuestión principal.
Cuando la medicina se ejerce por razones ajenas -básicamente- al deseo de ayudar ésta se convierte en una medicina ofensiva.
En la relación médico-paciente se conjugan diversos intereses y propósitos. De un lado el interés del paciente por recuperar la salud comprometida por diversas causas en manos de tal o cual médico en quien deposita su confianza y el propósito de retribuirle por sus servicios; en el médico está el propósito de ayudar con sus conocimientos, habilidades y destrezas a recuperar la salud al enfermo y el interés de que sus servicios sean recompensados. Dicho con claridad y simpleza: tú me curas yo te pago, yo te curo tú me pagas.
Este tú y yo conforman la relación contractual médico-paciente que regula y norma nuestra sociedad a través de las leyes y reglamentos que definen los derechos y obligaciones a que cada uno de ellos se compromete.
El médico cuando lucha contra la enfermedad, de hecho defiende al enfermo, a su integridad física y psíquica amenazada. Sin embargo la defensa cada día se ha ejercido más contra la "enfermedad" como si se tratase de una entidad ajena a la persona, de tal suerte que hay cada día más enfermedades que enfermos. La enfermedad hoy suele concebirse como (si se me permite la burda comparación) si fuere un postizo en la cabeza o en el vientre: una cisticercosis cerebral o una apendicitis. La mirada médica actual en términos genéricos y bajo el auspicio de la burocratización, deshumanización y medicalización de la salud entre otros, "busca" y "ve" (si lo logra) a la enfermedad pero no al enfermo. Así al defenderle de la enfermedad le ofende como persona.
El paciente en el tiempo moderno ya no quiere que se le vean los postizos sino que se le tome en cuenta como una persona-enferma, quizá ya no para establecer una alianza amistosa, de compadrazgo o familiar pero sí que pueda formar "parte" de la relación médico-paciente con su capacidad de decisión, su libertad y su integridad.
La defensa médica puede ejercerse en diferentes escenarios, en la consulta privada, en la clínica, en el hospital y bajo modalidades diferentes de la prestación, ya se trate de social o pública. Sin embargo también estas modalidades pueden contribuir a entorpecer la defensa porque la relación médico-paciente (de dos) se ve comprometida por la concurrencia de más personas. De hecho, el médico bajo estas circunstancias debe ampliar su rango de defensa hacia los demás en la medida de sus posibilidades. El médico es el único responsable de la defensa de la salud comprometida del paciente, es su abogado defensor contra las deficiencias del sistema, la burocracia, la inexperiencia, la irresponsabilidad o negligencia de otro u otros.
La salud de su paciente puede ser amenazada ya no solamente por las circunstancias propias de su enfermedad sino por la de aquellos que coparticipen en su atención. Es ya mandatorio así, establecer una línea que defina el concepto de responsabilidad compartida, en donde la figura de la "responsabilidad profesional" se enriquezca y trascienda del profesional a todo el equipo de salud. ¿Acaso no es corresponsable el director de un centro de atención a la salud por contratar a un profesional no calificado para ejecutar ciertas acciones.
La demora en un procedimiento quirúrgico podría poner en un riesgo mayor a un paciente, el médico y el equipo de salud: ¿hacen realmente algo para resolverlo? esto es, ¿cada uno de ellos puso lo mejor de sí para solucionarlo, o se cruza de brazos culpando a otro porque él sí quiere ayudar, pero el otro no?
Mas allá de la contribución que el profesional pueda hacer de sus conocimientos habilidades y destrezas en el terreno médico estrictamente hablando hacia su paciente (y que tiene obligación de ofrecer) está lo que debe conocerse como la verdadera medicina defensiva.
Esta medicina que, superando su misión sobre el ámbito de la enfermedad, pugne porque exista la justicia en el cobro de honorarios y en las cuentas por la prestación de servicios a la salud en cualquiera de las modalidades en que esta se proporcione, en la igualdad en el trato y a la accesibilidad real y sin cortapisas a los servicios de salud, al respeto irrestricto hacia los derechos y la autonomía del paciente y su libertad, a su atención oportuna y de calidad constantemente evaluadas bajo leyes y reglamentos que le protejan verdaderamente será realmente medicina.
Una medicina así entendida cumple con la misión que desde siempre se ha propuesto: ayudar.
La medicina defensiva es la que el médico debe ejercer para la salvaguarda de los intereses del paciente primaria y secundariamente. Si es para que el médico se defienda del paciente (¿de qué?, ¿contra demandas por negligente?, ¿por pillo o abusivo?) deja de ser medicina y le envilece.