jueves, 11 de agosto de 2011

Simbolismo animal


ZOOLOGÍA
FANTÁSTICA

© DR. Xavier A. López y de la Peña


El ser humano idealiza e internaliza todo lo que le rodea en la naturaleza. Hombres y bestias entretejen sus vidas en alegorías fantásticas llenas de simbolismo. Las figuras de los animales tienen representaciones en este vivir humano ya mágicas, religiosas, decorativas, demoníacas o sublimes. Ofreceremos algunos ejemplos de ello.
El caballo traído por los españoles, figura aterradora que impresionó notablemente a los habitantes de América fue para los indoeuropeos un animal sagrado que viajó ligando a comunidades lo más diversas ya como transporte, bestia de tiro, arma para la guerra, como integrante del quehacer lúdico y más. El caballo fue compañero inseparable de toda la vida para el nómada y elevado en muchos casos a la categoría de totem, fue vehículo también de traslado para el difunto en el más allá conjuntándose en un ideograma protector tanto de los vivos como de los muertos.
El centauro, la ideación fantástica zooantropomorfa (Kentauroi, hijos de Néfele, la nube -o de Centauros- y de Ixión, hijo de Ares, personajes mitad caballo y mitad humano, oriundos de Tesalia) representa indiscutiblemente la fuerza bruta de los instintos y los excesos de la naturaleza, de otra forma dicho, la naturaleza animal incontenida que cada uno de nosotros posee y que suele expresarse brutalmente. Símbolo también de la fuerza viril y de la potencia fecundante ligada al martilleo de sus cascos al chocar sobre la tierra.
El caballo ha sido montura liberadora, salvífica o aterradora (recuérdese a los cuatro jinetes del Apocalipsis: el primero montado sobre un caballo blanco, coronado y fuerte, representa a la conquista. El segundo, sobre un corcel de color de fuego y esgrimiendo una espada, es la guerra. El tercero sobre una cabalgadura negra y una balanza en el brazo representa a el hambre y finalmente, el cuarto jinete, montado sobre un delgado rocín y armado con una guadaña, representa a la peste), el caballo sigue ligado al ser humano y forma parte de su consciencia profunda como un poder más de la impronta que la naturaleza marca en sí misma.
El ciervo, rumiante esbelto de largas patas, ha sido considerado por las más variadas culturas y civilizaciones como una animal ligado a la idea de inmortalidad y a la pureza. A veces ha sido protector de los muertos y guía también en el Más Allá. Solo o asociado con otros animales (caballo, águila, serpiente) tiene sin embargo, e indefectiblemente, su nexo con la inmortalidad. La mitología le liga como atributo de Artemisa (Diana) una de las principales divinidades griegas, hija de Zeus (Júpiter) y de Leto (Latona), hermana gemela de Apolo. Se dice que temerosa Artemisa de los dolores del parto, le pidió a Júpiter permanecer célibe como Minerva y de él recibió el arco y las flechas, y habitó en los bosques dedicándose a la caza por lo que fue reconocida como la diosa protectora de los cazadores.
Para los egipcios, el ciervo era el símbolo del engaño, pues cierta fábula contaba que le atraían con el son de la flauta, y entre los cristianos representó el de la mutua ayuda y de la precaución ante el peligro. Los Padres griegos y Orígenes se refieren a la fábula del ciervo y la serpiente como la imagen de la lucha librada entre los creyentes y el demonio.
Bambi, en fin, el cervatillo tímido y dócil de la imaginería cinematográfica infantil, aún representa en nuestros días la ternura, inocencia y pureza que deleita a niños y adultos.
Dentro del culto zoolátrico prehistórico, la figura del toro en el Neolítico ha sido multirepresentado. Al toro, el bóvido astado, se le liga indiscutiblemente y desde entonces con la fuerza y la pujanza, con la mas recia potencia fecundante. El cuerno (como en otros muchos astados) se constituye en el equivalente al falo que hiende y penetra.
El Minotauro, fue el monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro, hijo de la bestial relación sostenida entre Pasífae reina de Creta con el magnífico toro blanco que el rey Minos no quiso, desdeñosamente, sacrificar al dios Poseidón. Éste, terriblemente irritado hizo que el toro enloqueciera y devastó tierras y cosechas amenazando a los pobladores con la hambruna. Después de una encarnizada lucha, Hércules al fin logró capturarlo vivo y le llevó a Grecia en donde fue sacrificado a la diosa Atenea.
El jabalí, preciada pieza de caza, fue considerado entre los países indoeuropeos como un animal de propiedades inusitadamente demoníacas y entre los germanos tuvo un valor simbólico diferente: era un animal sagrado con propiedades generadoras. De hecho, su imagen, representando a Gullinburstis, el jabalí de pelaje de oro, acompañaba siempre al poderoso Ing-Freyr, dios de la fecundidad.
En el psicoanalísis, su simbolismo es ambivalente; de una parte simboliza valor y coraje irracional que podría llevar al suicidio; y de otra, al desenfreno y los bajos instintos. En la interpretación de los sueños se ha hecho la diferenciación entre el cerdo y el jabalí; para el primero suele asignarse o relacionarse con el desenfreno y los bajos instintos, en tanto que al segundo se le asocia con el coraje.
La serpiente (coatl, en náhuatl), símbolo fálico por excelencia, representaba en la Antigüedad clásica, unida a otra serpiente el símbolo de la fecundidad en la conjunción de dos principios, masculino y femenino. Fue también el emblema de la salud (una sola serpiente) en la vara de Esculapio (hijo de Apolo y Corónide, que aprendió el arte de la medicina por parte de Quirón y el poder de resucitar a los muertos de parte de Atenea, considerado el fundador de la medicina) y, en el báculo de pastor que Apolo entregó a Hermes, las dos serpientes entrelazadas alrededor de este y coronado con una pequeñas alas, simbolizan la sublimación de la energía sexual instintiva que permite al ser humano alcanzar planos superiores.
La mitología náhuatl es rica en ideologías ligadas con la serpiente: Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, deidad solar del panteón mexicano ávida de corazones humanos en sacrificio para poder renovarse y seguir su camino al sol. Chicomecóatl, siete serpientes, hermana del dios Tláloc y diosa de la vegetación y el maíz maduro. Cihuacóatl, la mujer serpiente como diosa protectora de la guerra y los nacimientos y la Coatlicue, la diosa azteca de la falda de serpientes identificada con la primavera y patrona de la tierra y la fertilidad; creadora, madre de los dioses celestiales y de Huitzilopochtli (el colibrí zurdo), dios de la guerra y el Sol.
La serpiente también se liga con las potencias de ultratumba al salir y entrar a la tierra. Cristianamente es el espíritu del mal «Andaréis sobre áspides y basiliscos» dice el salmo 91, e induce a comer el fruto prohibido del árbol de la sabiduría a Eva por lo que es echada, junto con Adán fuera del paraíso.
El águila representa el símbolo cósmico. Su mito aparece en Eurasia Septentrional ligado al mito del Arbol del Mundo; árbol cósmico que asegura la comunicación entre el cielo y la tierra. La reina de las aves, el águila entre los griegos era el atributo y mensajera de Zeus (Júpiter). En la mitología india servía de corcel al dios Wisnú, en la escandinava y alemana acompañaba al dios Odín. El águila es un animal heráldico empleado en los estandartes antiguos persas y romanos como emblema y, después de la Edad Media en Europa, se le colocó en innumerable variedad de formas y posiciones dentro de los escudos de armas.
El águila se une a una mujer y se convierte en el padre del primer chaman, es decir, de un ser con prestigio y grandes poderes mágico-religiosos que en las sociedades primitivas se encargaba de curar a los enfermos. Dotados de una gran psicopompa los chamanes pueden también ser poetas y sacerdotes.
El águila, ave cósmica es así co-creadora de la heliolatría (de Helios, el sol, hijo de Hiperión y de Tía, hermano de Eros y Selene), el culto al sol.
El águila o cuauhtli en náhuatl, figura representativa en esta mitología mesoamericana actúa como mediadora, llevando los corazones aún palpitantes salidos del pecho del sacrificado, al sol, Tonatiuh, el que alumbra, dios del Sol del calor y la luz. Cuauhtémoc, (del náhuatl: cuāuh- 'águila' y témōhuia 'descender, bajar'; el “águila que cae”), fue el último tlatoani mexica de México-Tenochtitlán. Asumió el poder en 1520, un año antes de la toma de Tenochtitlán por Hernán Cortés y sus tropas.
El murciélago, que para los chinos la palabra murciélago es «FU», que tiene una pronunciación parecida a la palabra “Felicidad” y cuya figura gozó de gran popularidad como elemento decorativo durante la dinastía Qing en el siglo XVII, y su simbolismo como buen augurio preside aún gran parte de las manifestaciones artísticas de este pueblo. La figura de cinco murciélagos estampada en un círculo sirve para atraer suerte, salud, prosperidad y riqueza; la asociación de un durazno con varios murciélagos pronostican una vida larga y feliz, y la figura del murciélago junto con un ciervo prevé riqueza y felicidad.
En la Biblia es considerado como un animal impuro y en la Edad Media fue asociado con el demonio al que representaban con alas de murciélago, y los alquimistas lo consideraron como un símbolo con propiedades mixtas o ambivalentes, dada su apariencia entre pájaro y mamífero.
En la mitología mesoamericana el dios murciélago: Camazotz o Camazot es considerado y se representa generalmente como tal entre los aztecas y mayas. Su culto dio inicio alrededor del año 100 a. C. entre los indios zapotecas de Oaxaca, México; quienes veneraban un monstruo antropomórfico con cuerpo de hombre y cabeza de murciélago. El murciélago fue asociado con la noche, la muerte y el sacrificio. Este dios encontró su lugar rápidamente entre el panteón de los Quiché, una tribu maya que vivió en las selvas de lo que es ahora Guatemala y Honduras. Los quiché identificaron rápidamente el dios-murciélago con su dios Zotzilaha Chamalcan, dios del fuego.
Tzinacatlán, es el nombre de un pueblo de Chiapas, México, habitado por los tzotziles (palabra maya derivada de Zotz, “el murciélago de la muerte”) o «gentes del murciélago» de la familia maya y en el valle de Toluca (Edo. de México) se encuentra el pueblo de Zinacantepec, palabra del náhuatl que combina las voces Tzanacan, que significa "murciélago" y Tépetl, "cerro", que significa "en el cerro" o "junto al cerro de los murciélagos." En la matrícula de tributos del Códice Mendocino está representado por el jeroglífico de un cerro con un murciélago en su cima.
En el Popol Vuh el murciélago es un ángel que bajó del cielo para decapitar a los primeros hombres mayas hechos de madera, el murciélago celeste que aconsejó a Ixbalanqué y a Hunab Kú lo que debían hacer para salir victoriosos de la prueba de la caverna del dios murciélago.
Para terminar, tendremos que decir que el ser humano que participa de la naturaleza, la aprehende en su inconsciente y crea con ello los relatos fantásticos que ya en mitos, leyendas o sueños, que transmiten a otros el discurrir inverosímil o real de su existir lleno de alegrías o tristezas, de derrotas y triunfos como en esta pequeña muestra de las relaciones entre el ser humano y algunos animales.

lunes, 18 de julio de 2011

Lenguaje Náhuatl



Nuestro lenguaje olvidado.

© DR. Xavier A. López y de la Peña


Tlacatle tlatoanie ca ye otimotequili,
ca ye otimotlacotili,
ca ye ompopouh ca ye on ixtlauh in itcoca in imamaloca in matzin in motepetzin...


La traducción de las líneas iniciales escritas en náhuatl, forman parte del Huehuetlatolli o “pláticas de los ancianos”, a partir del manuscrito MPM 4068.J83 de la Biblioteca de Bancroft de la Universidad de California, en Berkeley E.U.A. que nos ofrece el padre Ángel Ma. Garibay Kintana (1943), y dice así:
Señor Rey, pues ya cumpliste con tu encargo, ya has trabajado como esclavo pues ya se realizó se cumplió el gobierno el mando de tu ciudad... Cuando se desconoce una lengua, el contenido de sus escritos resulta enigmático, fascinante e indescifrable y limita en gran medida el acercamiento al “conocimiento” que se nos brinda. El conocerla al fin tras denodados esfuerzos, resulta en una explosión de belleza inconmensurable y representa la llave que abre el cofre del tesoro de ese conocimiento inscrito en caracteres mucho tiempo atrás ignorados. Con ello, un jirón más del ropaje cultural de la humanidad con un tejido otrora desconocido tras el que se ocultaban celosamente, tanto el artesano como el telar y su entorno, ha sido dado a la luz.
Otras veces, tenemos el conocimiento -por ejemplo- de que en el México prehispánico los sacrificios humanos como ofrenda a los dioses eran practicados como parte de un ritual de enorme trascendencia y, creo que para muchas personas, el conocer que sobre la piedra de los sacrificios el sacerdote abría el pecho del sacrificado para extraerle el corazón palpitante aún es algo familiar.
El padre Fco. Javier Clavijero se refería a éstas prácticas diciendo que “el empleo más considerable del sacerdocio y el acto principal de la religión de los mexicanos eran los sacrificios que hacían para merecer algún favor del cielo o en acción de gracias por los beneficios recibidos.” Sin embargo, no hay como las representaciones ideo-gráficas que nos ofrecen los códices para resumir, en unas cuantas figuras, tan enorme concepto con nombre y apellido -si se me permite decirlo así- de los protagonistas como podemos ver en la figura de arriba a la derecha tomada del Códice Selden A, pág. 12 que se encuentra en la Biblioteca de la Universidad de Oxford:
En ella se observa -basándonos en la interpretación realizada por el Dr. Hermann Beyer- que, sobre una “faja con almenas se asienta un techcatl o una piedra de sacrificio y sobre ella y de espaldas, a una víctima tendida. El sacerdote o ministro conocido generalmente como topiltzin que se encarga de la ejecución, apoya su cuerpo hendiendo con un cuchillo el pecho de la víctima abriendo una herida de la cual brota abundante sangre. Ambos personajes tienen sus nombres inscritos a la derecha con numerales e ideogramas que representan fechas del calendario; el hombre ritualmente sacrificado lleva el nombre de “13-ciervo” y el sacerdote el de “9-casa”. En la parte superior de la figura se observa la imagen de un dios solar recibiendo el corazón y sangre de la víctima llevada hasta él por dos figuras mitológicas: en la mano-garra de una águila al lado derecho, y en la mano de una deidad con caparazón de tortuga al lado izquierdo.
La “piedra del sol”, o “calendario azteca”, (imagen de arriba a la izquierda) es un monumento pétreo dedicado al culto solar cuya parte central se representa en las monedas de 10 pesos actuales. Esta obra del artífice prehispánico fue encontrada en 1790 al sureste de la actual Plaza de la Constitución en México, D.F. y por un tiempo se exhibió en el costado poniente de la torre occidental de la Catedral Metropolitana, hasta que en 1885 se llevó y guardó en el Museo Nacional de Antropología en un lado del Palacio Nacional. Hoy, esta soberbia pieza ocupa un sitio de honor en el Museo Nacional de Antropología e Historia de Chapultepec, y es considerado uno de los monolitos más conocidos sobre la cultura mexicana en el mundo.
Aparentemente esta piedra fue labrada en tiempos del rey Axayácatl, sexto rey de México, en el año de 1479 y estaba colocada en el Templo del Sol. Su contenido ideo-gráfico simbólico sin embargo, sigue siendo ajeno a muchos de nosotros a pesar de rodar en nuestras manos impresionado como moneda y utilizarle frecuentemente en nuestras transacciones comerciales.
Si le observamos detenidamente y quizá con la ayuda de una lupa, veremos que la parte central está representada por un rostro, reconocido hoy como tonatiuh el numen solar quien lleva en la frente una banda adornada con 3 chalchihuites , la central con forma de corazón. Se observa que Tonatiuh tiene así mismo la boca abierta simbolizando que de él emanan los rayos de luz y el calor que da vida a la tierra y de ella también sale su lengua transformada en un cuchillo de sacrificio, el tecpatl o “cuchillo de pedernal” como si se mostrase ávido de incidir sobre el pecho de los mortales para recibir de ellos el manjar de su corazón y su sangre: su “vitalidad”.
A la izquierda y derecha de la imagen de tonatiuh se observa una “garra” transformada en fauces que devoran un corazón y, complementando el marco se aprecian cuatro figuras rectangulares (Nahui-Ollin -cuatro-movimiento-) representando a los 4 soles, ya perdidos y que antecedieron al actual “quinto sol” central.
Arriba a la izquierda está Ehecatonatiuh , “el sol del aire” representando a Quetzalcóatl , el norte como punto cardinal y con el símbolo de tecpatl (pedernal) para significar que los vientos eran tan cortantes como el filo de un cuchillo. A la derecha y arriba está Tlaltonatiuh o “sol de tierra”, cuyo punto cardinal es el sur, su elemento la tierra y el símbolo es el tochtli (conejo). Abajo a la derecha está Atonatiuh “dios de agua” cuyo punto cardinal es el oriente, su dios Tezcatlipoca y su símbolo Acatl (caña) y la estación el verano. Por último abajo a la izquierda Tletonatiuh o “sol de fuego” representado por el dios Tonatiuh, punto cardinal poniente, estación del año que representa es la primavera y su símbolo calli (casa).
De esta manera y de forma muy sencilla, hemos apreciado que las obras artísticas del pasado prehispánico perduran grabadas en nuestras monedas -como la que analizamos- como una liga en el continum del saber con nuestros antepasados, en un vínculo temporal, aunque poco nos demos cuenta de ello.
Con la ayuda de la lupa también, si no se tienen buenos ojos, podrá leer con facilidad en los billetes de 100 pesos, al lado derecho (izquierdo en los billetes pequeños más recientes) de la figura de Netzahualcóyotl, el rey poeta hijo del soberano Ixtlilcozhitzin Ome Tochtli y de Matlalcihuatzin, uno de sus poemas más sobresalientes:

Amo el canto del zentzontle,
pájaro de cuatrocientas voces.
Amo el color del jade
y el enervante perfume de las flores.
Pero amo más a mi hermano el hombre.

lunes, 20 de junio de 2011

Drogas psicoactivas


EL PARAÍSO PERDIDO
DE LAS DROGAS PSICOACTIVAS*

* © DR. Xavier A. López y de la Peña


El complejo desarrollo humano a través de la historia, evidencia el intrincado camino que ha seguido por hacerse del paraíso, del que fue echado, aún cuando fuese por un segundo. Su inquietud innata le llevó, entre otras fantásticas y riesgosas aventuras a la febril búsqueda los paradisíacos El Dorado o Shangri-La venciendo obstáculos una y mil veces.
El paraíso -decían triste y lánguidamente- ¡se miraba tan cerca!
El paraíso -en otra apreciación- podría haber sido la concepción y puesta en marcha de la misión jesuita en las orillas del Paraguay -la «Reducción»-, era el nombre que le daban en donde estos religiosos recrearon un estilo de vida comunitaria idílica, una utopía más en la historia de la humanidad hacia la búsqueda de felicidad, en la que sólo se hablaba y escribía en guaraní, no existía la propiedad privada y era, sin exagerar un ápice, el único reducto humano en el mundo en el que no había analfabetas en pleno siglo XVII.
Otro paraíso al que se abrieron y accesaron los seres humanos fueron las drogas.
Las drogas psicoactivas entendidas como toda aquella sustancia que determine modificaciones en la esfera psíquica y cuyo consumo no médico, está prohibido y que es capaz de generar problemas, fueron un vehículo muy importante para traer hacia sí el paraíso perdido. Estas drogas psicoactivas sirvieron y sirven para lograr la comunicación con “otros” niveles que traen imágenes fantásticas, sensaciones superiores que condicionan por lo general un gran placer, un estado surrealista, si es el caso, en el que campean las más diversas formas expresivas y perceptivas. Bienestar, placer, quietud, paz, felicidad, brillantez, percepción, memoria, fuerza, aplomo, determinación, entereza, etcétera, son términos habitual y generalmente asociados con el uso de ellas. Las drogas sirvieron y sirven como medios de enlace, como facilitadoras, como creadoras de estos paraísos y tanto histórica como antropológicamente han estado ligadas a lo humano. El paraíso que atrae y atrapa a quien lo encuentra. El mundo de las drogas, que sin embargo, lleva tanto al paraíso como al infierno. Es, valga la metáfora, como el canto y música de las Sirenas de la mitología griega que con la magia de sus voces y con la belleza polifónica que salía de sus liras y flautas, atraían a los navegantes perdiendo estos la orientación y estrellándose luego contra los bajíos, donde eran devorados por estas astutas encantadoras: Aglaopé, la del bello rostro; Aglaophonos, la de la bella voz; Leucosia, la blanca; Ligia, la del grito penentrante; Molpé, la música; Parthenopé, la de cara de doncella; Pisinoé, la que persuade; Raidné, la amiga del progreso; Teles, la perfecta; Telxepia, la encantadora; y Thelxiopé, la que persuade.
México ha escuchado este canto de Sirenas ya que tiene un historial riquísimo desde el ámbito prehispánico en el uso de drogas psicoactivas que tienen, por ejemplo, capacidades alucinógenas como con el uso de ciertos hongos: el teonanacatl (Paneolus sphinctrinus) y el peyote para no abundar. Hernán Cortés en los albores de la conquista fue testigo de las intoxicaciones indígenas por peyote en ceremoniales religiosos, en los que esta “planta del diablo” como la llamaron los misioneros, les producía alucinaciones las más de las veces giratorias y fantásticas. El peyote antaño fue llamado científicamente como Anhalonium lewinii en honor a que había sido estudiado por el farmacólogo alemán Ludwig Lewin y hoy se le conoce como Lophophora williamsii. Recuérdese que actualmente un grupo de indígenas en Estados Unidos forman parte de la Native American Peyote Church que utilizan a este último producto en sus ceremonias, en tanto que fuera de él está estrictamente prohibido en todo su territorio.
El historial sobre las substancias que influyen en el estado de ánimo de quien las toma o consume de alguna otra forma es enorme. Recordamos las “permitidas” como el té, el café, el chocolate, el tabaco y el alcohol, que sin embargo, bajo ciertas circunstancias y acorde con particulares hábitos de consumo, pueden causar serios problemas de salud como en la llamada “epidemia de la ginebra” que generó enormes estragos en la Inglaterra del siglo XVIII al afectar, principalmente, a la clase proletaria y que llevó a plantear ya para el siglo siguiente la adopción de medidas de índole moral y económicas más que sanitarias para combatir este flagelo.
El alcohol también sirvió, de alguna manera, como mecanismo de control, sujeción y exterminio de ciertos grupos indígenas en América. Las terribles guerras del opio (1842 y 1857-8) británico-chinas por el comercio entre el té intercambiado por el opio. Luego llegan la morfina en 1805, la cocaína en 1859 y los barbitúricos y la heroína a fines de siglo. En los tiempos modernos hacen aparición las amfetaminas, la dietilamida del ácido lisérgico (LSD), benzodiacepinas, el “éxtasis”, “polvo de ángel” y más y más. Diferentes nombres, como diferentes son las Sirenas.
Otros productos de uso milenario incluyen al haschich, ampliamente consumido en oriente y que es una variedad de cáñamo y del mismo género al que pertenece la nuestra bien conocida marihuana (cannabis). El haschich, es conocido por sus efectos tóxicos y se conoce la tristemente célebre historia en que por mediación de Hassán Ibn Sabbah nacido en el Cairo, Egipto en 1034 a partir del cual se fundó la secta de “Los Asesinos” (la palabra asesino, deriva de que estos individuos, permanentemente intoxicados con haschih¸ fueran llamados haschischins). El objetivo de Hassán era ofrecer a sus fieles los placeres sensuales prometidos por Mahoma y, una vez intoxicados secretamente por el haschich, quedaban a su merced; sus fedayines -nombre que les daba a sus ya soldados y que perdura hasta la actualidad para designar a los terroristas fanáticos dispuestos a todo- hacían entonces ciegamente lo que se les mandaba. El paraíso del haschich los convertía en endemoniados asesinos.
Las drogas psicoactivas en los tiempos modernos han generado, sin embargo, serios problemas desde distintos órdenes. Por ejemplo, en la dimensión de la salud, el uso de estos productos puede llevar a graves disfunciones orgánicas y hasta a la muerte misma, pasando por grados variables de afectación a la salud de orden temporal o permanente, agudo o crónico y que han conformado actualmente un serio problema de salud pública nacional e internacionalmente. Han generado también serios inconvenientes en la esfera de la seguridad pública ya que sus uso está aparejado con un aumento de la violencia y delincuencia, a la proliferación de organizaciones criminales que controlan la producción y el mercado de estas substancias y que tienen en jaque permanente a las autoridades en todo el mundo. También conforman un importante factor de daño político al promover la corrupción de todos los sistemas públicos para favorecer el tráfico y la llegada al consumidor final de las drogas mediante mil estrategias en donde el dinero y el poder son su principal motor y fin.
La sociedad mundial se debate al son del flagelo (el canto de las Sirenas que se deja oír, ya globalizado) de las drogas psicoactivas y ha elaborado varios acuerdos internacionales que tienden a su regulación como el Convenio internacional de La Haya sobre restricción en el empleo y tráfico de opio, morfina, cocaína y sus sales signado el 23 de enero de 1912; el Convenio internacional sobre restricción en el tráfico del opio, morfina y cocaína, de Ginebra, Suiza el 19 de febrero de 1925; la Convención internacional sobre fabricación y reglamentación de la distribución de estupefacientes, también de Ginebra, Suiza el 13 de julio de 1931; el Convenio para la supresión del tráfico ilícito de drogas nocivas, Ginebra, Suiza, 26 de junio de 1936; el Protocolo de París sobre fiscalización internacional de drogas sintéticas del 19 de noviembre de 1948; el Protocolo sobre adormidera y opio de Nueva York, el 23 de junio de 1953; la Convención única de 1961 sobre estupefacientes en Nueva York el 30 de marzo de 1963; el Convenio sobre substancias psicotrópicas de Viena, 21 de febrero de 1971; el Protocolo de modificación de la Convención única sobre estupefacientes de Nueva York el 25 de mayo de 1972; y la Convención de las Naciones Unidas contra el tráfico ilícito de estupefacientes y sustancias psicotrópicas, Viena 20 de noviembre de 1988. Todas ellas llevan en su misión la protección de la salud física y moral de la humanidad, y a la consideración reciente de que se llama «drogas» a las substancias psicoactivas fiscalizadas por ellos y que, introducidas en el organismo, pueden modificar una o más funciones de éste, produciéndole efectos nocivos -toxicidad- y un estado de dependencia que lleva al uso indebido o toxicomanía.
Las drogas psicoactivas y algunas de ellas utilizadas desde la más remota antigüedad como hemos señalado, han tenido sólo un reconocimiento social-jurídico reciente cuando éstas han tenido y se les ha dado una connotación y tratamiento «legales», en consideración a la generalización que ha habido en su consumo por el hábito, cada vez más extendido, de socialización que se da entre los jóvenes particularmente, consumiendo las substancias prohibidas o ilegales, alentadas por un mercado negro con gran rentabilidad que se las hace llegar a precios reducidos.
El “problema de las drogas” como suele llamarse en forma general, enfrenta no obstante una polarización aparentemente irreconciliable en su manera de combatirlo: su legalización o su prohibición.
Los que abogan por su legalización aducen argumentos como el de la autonomía y la libertad en base a los lineamientos presentados por John Stuart Mill, diciendo que estos derechos (el derecho personal a decidir que hacer uno con su propia persona) no pueden ni deben ser enajenados por un “estatismo químico” protector. El controversial teórico de la medicina Thomas Szasz lo planteó de la siguiente manera:
¿Por qué carecemos ahora de un derecho que poseíamos en el pasado? ¿Por qué los Padres fundadores consideraron tan evidente el derecho a las drogas que no vieron razones para mencionarlo siquiera? Estas preguntas quedan sin respuesta. Sin embargo, las propiedades farmacológicas de las drogas no han cambiado desde el siglo XVIII; ni las reacciones fisiológicas del organismo humano; ni la Constitución, que nunca fue enmendada en materia de drogas, al contrario de lo que sucedió con el alcohol. ¿Por qué, entonces, controla el Gobierno federal algunos de los más antiguos y valiosos productos agrícolas de la humanidad y las drogas que de ellos se derivan?
En tanto que los que están a favor de la prohibición (como G. Elorriaga) esgrimen los siguientes argumentos:
Sometido a la esclavitud de la droga, el adicto no es un hombre libre, cuya libertad se manifiesta en su derecho a consumir, sino un hombre privado de voluntad y libertad auténtica, al que hay que ayudar con la tutela a liberarse a la esclavitud en que ha caído para que recupere su verdadera libertad. No luchan por la libertad quienes hacen bandera del derecho al consumo, sino quienes luchan contra el consumo de sustancias aniquiladoras de la voluntad del individuo. Y son hipócritas las medidas de dureza, como la violación de domicilio sin orden judicial por efectivos policiales, cuando, al final, el encuentro de dosis de droga puede justificarse por el derecho a la posesión para el propio consumo. Tipificar la posesión de droga no es atacar la libertad, sino defenderla.
En la búsqueda del paraíso perdido que, cuando lo encontramos, acaba por perdernos, el capítulo del debate en torno al control de las drogas psicoactivas no se ha cerrado. Frente a las divergentes y extremas posiciones indicadas, tercia ya la que ha dado en llamarse el “paternalismo justificado” por parte del Estado, como una proposición que señala que:
Es fácil notar que, para admitir que la cuestión del uso de drogas es un caso de tutela estatal de la salud y de la integridad física [...] habría que convenir antes en dos puntos. Primero, que no todo uso de drogas es en sí inmoral (o sea, que el de las medidas antidrogas no constituye un caso de moralismo legal), lo que no es difícil de admitir. Y, segundo, que los consumidores de drogas no se convierten siempre y sólo por este hecho en sujetos carentes de autonomía (como los niños o los locos), lo que tampoco debe presentar grandes objeciones. Si se acepta esta doble afirmación, entonces es posible aplicar a las medidas antidrogas el esquema de paternalismo jurídico.
Prohibir, legalizar o “diferenciar” son los verbos que se conjugan en el lenguaje actual sobre el “problema de las drogas” cuyo léxico abunda y enfatiza si se es, entre otras muchas, «consumidor» o «adicto», «legal» o «ilegal».
Finalmente diremos que los chispazos encefálicos que evocan fantasías y detonan en el sensorio las más diversas percepciones placenteras y no placenteras otras veces, producto del consumo de drogas psicotrópicas, también pueden extender sus cortocircuitos bioquímicos inutilizando sus estructuras y potenciales con toda la cauda de dolor, agravios, sinsabores y fatalidades inclusive, que tienen a la humanidad al filo de la navaja. Entre el paraíso y el infierno. En el border line del placer y el dolor-muerte.
La lucha actual contra las drogas ha fracasado a nivel global y por ello es que se hacen propuestas para poner fin a la perspectiva de su “no” criminalización de acuerdo al informe de la Comisión Global de Políticas sobre Drogas encabezado por el ex secretario de la ONU, Kofi Anan.
El mundo de las drogas incluye a 250 millones de personas consumidoras de drogas “ilícitas” y otro multimillonario contingente de productores, traficantes y vendedores.
El enfoque en la lucha contra las drogas debe ahora replantearse y dejar atrás la declaración del entonces presidente de los Estados Unidos de Norteamérica (1971), Richard Nixon, que fue seguida por muchos países en el mundo, declarando al abuso de drogas como el “enemigo público número uno.”
A natura contra natura por natura. Seres humanos en búsqueda de “sus” paraísos y al encuentro también de “sus” infiernos.